La única vez que estuve cerca del marido de Magi (creo que hasta cambié unas palabras con él), fue un viernes en la noche, en la u, durante una parranda que hubo en la explanada frente al bloque administrativo. Magi era de armas tomar. Con la idea de acrecer sus ingresos con una renta casual, instaló un puestecito y vendió aguardiente en un improvisado expendio entre la multitud aglomerada. El marido la acompañaba, era su socio, había invertido en el asunto. Todavía eran estudiantes. Vivían separados, pero se unían en situaciones como esta, con el fin de echar para adelante. Pasaban por buenos amigos. Al parecer el tipo no tenía cómo hacerse cargo de los gastos del hijo (cursaba séptimo semestre de ingeniería), y Magi debía meter el hombro, proveer la leche, corriendo el riesgo de pasar por mantenida en su casa. Recuerdo que esa noche me comporté de manera inusual. La pegajosa música de la tarima y la fatiga de las clases actuaron en tándem sobre mi endeble voluntad y arrasaron con los diques de mi contención: bebí aguardiente. Me hallaba en compañía de otra gente, compañeros con quienes acababa de salir de clase. Magi se ocupaba de su negocio, recorría el festejo ofreciendo guaro, y siempre encontraba la ocasión de saludarme y hablar. Recuerdo que conocí a una muchacha llamada Gloria Astrid, de ingeniería, y que bailé con ella. Era una morena bajita, muy cariñosa, con una sonrisa fácil, de dientes encaramados. Me contó su vida en dos minutos y luego me dejó el número de su trabajo y el de su casa, lo mismo que la promesa de vernos el domingo. Mi vida es una historia de citas fallidas. Gloria Astrid escurrió el bulto, sacó una excusa, no cumplió. Y yo que ya sentía de nuevo la fiebre del amor, la zozobra por la ausencia de otro ser. Sentí que otra experiencia vital se acercaba, y anhelé vivirla. Recuerdo que la víspera de la cita estuve paseando con mi amigo Rubén por el parque de Bello. Este me invitó a arepa de chócolo y pagó el pasaje en la buseta. Andaba tan entusiasmado con Gloria Astrid que hice otra cosa inusual: le conté a mi amigo de ella y de la cita al día siguiente. Una cosa que me caracteriza es ser reservado con mis amoríos. En esos días había roto con otra muchacha, una que estudiaba ingeniería en la Eafit y a la que no supe querer. Me inquietaba comenzar de nuevo con el ritual del romance, vivir otra vez las angustias, el aferrarse. Pero a la cita con Gloria Astrid iba, por supuesto que iba, lanzado de cabeza, como desde un trampolín. Esa noche de la parranda en la u fue de Gloria Astrid. Yo estaba tan contento que charlaba con todo el mundo. Saludé a personas a las que no podía tomar precisamente por amigos. Me amisté con un joven rapado de nombre Gonzalo. Acompañé por unos instantes a Magi y el marido en su negocio. Bailé con Esther Gladis, una de las compañeras de literatura. Corrí a orinar presa de un henchimiento infantil. Recuerdo que iba pensando: "el amor me hará valiente, hermoso, desenfadado". Era muy extraño ese desborde. Porque había ocasiones en que el solo hecho de existir, de poseer un cuerpo y una mente, me llenaba de un terror sin límites. Y allí estaba Gloria Astrid, y mi carcaj repleto de versos. Y allí estaba Magi, vista bajo otra luz, como si una súbita lumbrarada transformara ese ser sin realce, anodino, en una cosa magna. Me pareció hermosa su forma de ser. Una mujer berraca, sin estúpidas afectaciones, de una sencillez adorable. Una mujer sin pudores tontos, ansiosa de mejorar su pecunio. Y como si fuera poco, amante de Neruda y Benedetti. Si bien es cierto que tomé a contrapelo su faceta mercantilista, de usurera, de judía, no dejaba de maravillarme con su cariz emprendedor. Tenía que salir adelante. Ya estaba terminando la carrera. Ya empezaba a trabajar en colegios privados. Al irse de Medellín, decepcionada quizás de tantas cosas, cogió el toro por los cuernos y salvó su matrimonio. En Cartagena comenzó otra vida. Mientras, yo seguía dando tumbos en esta cubeta andina, yendo de un lado a otro, entre aventuras intrascendentes y trasnocho y licor, con una infame lista de teléfonos de mujeres a las que llamar cuando el apremio me aupaba, con las que cuadraba encuentros que nunca se daban (algunas ni siquiera contestaban), al estilo de Holden Cualfield en su cagada New York y su excelso jazz. A la postre, aquella parranda me dejó el guayabo de Gloria Astrid. Nada más. ¿Qué era eso? ¿Qué era eso? ¿Quién era esa mujer situada detrás de todas nuestras inquietudes? ¿Cómo enredarla en el ovillo de nuestros deseos inconfesados? Magi había sido más astuta. Me había ganado la partida. Aún así yo creía poder vivir la vida que llevaba dentro, no dejarla prisionera día a día en la cárcel de las limitaciones de todo tipo. Dar un salto, rebotar sobre un trampolín, salir disparado en cualquier sentido. Ah, capturar y vitalizar ese mundo que se lleva dentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario