domingo, 26 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 7.)

Trampeaba a la vida aquella tarde en que conocí a Marcos. Era un muchacho lejano, al que una se daba cuenta de que jamás podría alcanzar. Pero estaba allí a mi  lado, escuchando la disertación del profesor de Morfosintaxis, volcado a su interior como una cisterna, callado, brusco y filoso como un cantil, y una trampeaba a la vida haciéndose la encontradiza a la salida de clase, poniéndole conversación, mientras nos desplazábamos hasta la cafetería y nos invitábamos un tinto. Hablar de libros podía ser tal vez una burda estratagema, pero era al mismo tiempo lo más afín a esa emoción romántica que  caracoleaba en el pecho. Así que hablamos de libros, así resultara un truco barato.

Recuerdo que abandonamos la universidad entre la mareada de estudiantes, en el azafrán que pintaba los montes del ocaso, y una trampeaba la vida sintiéndose dichosa en compañía de un muchacho de piel bruna y adormecidos ojos. Una se preguntaba por qué este muchacho era así, lejano y hondo como una poza. Sí, era rico caminar a su lado, sentir esa atmósfera de altas arenas profundas en que se movía. Era un muchacho que inspiraba ternura, eso que, precisamente, él no era capaz de dar. Porque era áspero y esquivo, y a pesar de que consentía caminar contigo y se comportaba con amabilidad, una se daba cuenta de que estaba en otra parte.

Una trampeaba la vida hablándole de Juan Manuel, mi hijo, y cómo este niño era todo en mi existencia; trampeaba la vida contándole de la pelea con mi marido, estudiante de séptimo semestre de ingeniería, amante del béisbol. El hijo y el marido eran, sin duda, realidades más concretas que cualquier dios letrado y cualquier tertulia literaria, pero una no estaba segura de qué idea se hacía Marcos de esta supuesta sinceridad. Marcos vivía con sus padres y hermanos y tiraba mal con los pasajes, por lo que andaba desesperado por conseguir un trabajo. Me ofrecí a ayudarlo. Fue la época en que le transcribí sus cuentos a máquina para que los enviara a los concursos. También de vez en cuando lo desatollaba con préstamos de dinero. Todavía no le prestaba el libro que nunca me devolvió: Los grandes misterios de la humanidad. Benedetti era un asunto liquidado, un tarugo en el camino. Quizás con los años y una lectura sin prejuicios se retractara de su desdén por el uruguayo. Le sugerí enviar hojas de vida aquí y allá. Era un sueño muy lindo este muchacho, pero una sabía que trampeaba a la vida.        

Era una de esas tardes en que regresamos a casa tragadas y huérfanas. Marcos aceptó acompañarme a un supermercado, donde compré una caja de torta para celebrarle el cumpleaños a mi abuela. Sonriendo, le pedí que me acompañara también al amor, y era ahí donde más trampeaba a la vida. Porque hay palabras que no deben decirse. Pero una se da cuenta muy tarde del error. Fue como la mala fortuna de citar entre mis autores favoritos a Benedetti, que no era santo de su devoción. Citar a ese poeta demasiado urbano y civilizado, que chocaba de entrada con las abrasadas llanuras y las aguas abisales frecuentadas por Marcos. Así se trampeaba a la vida, con una ligereza que, a la larga, terminaría por enrostrarnos la enojosa contraparte. A este muchacho absurdo una no podía venirle con un poeta que él acaso consideraba de salón y cóctel. Había que arriscarse en otras latitudes. Había que viajar en la noche, atrapado, como un reo, entre dos tiempos enemigos, ver qué resultaba de todo eso. Era muy distinto a Caliche. Caliche iba en el carril del tiempo, en un  solo sentido. Caliche era un amigo. Marcos era una marea revuelta, una espiral de miedo. Me equivoqué al querer trampearle a la vida, al mostrarle mi contento al pasear con él por ahí (como esa vez que caminamos por la 80, y esa otra ocasión en que recalamos en Suramericana y nos topamos con el hombrón lento y tierno), al hablarle mal de mi marido, al invitarlo a mi casa y presentarle a mi hijo, al prestarle dinero sabiendo que tal vez no me lo devolvería. Una se monta facilito en la película e invita como héroe al primero que se le antoja. Se acaba por pensar que, con todo lo neblinosos que puedan ser, es mejor esperanzarse en los dioses letrados, en los fantasmas de la ficción. Un muchacho de ensoñados ojos es una bella ilusión, pero trampeamos a la vida anhelando atarnos a él.

Trampeaba a la vida, hasta esa noche en Versalles en que un comentario casual de Jhony me abofeteó. Marcos vivía con una mujer. Jhony se dio cuenta de la embarrada y quiso maquillar el asunto, pero ya todo estaba jugado. Ante la mirada estupefacta de los dos contertulios, enfurecida, cogí mi bolso y abandoné el lugar. Hasta ese día vi a Marcos, el bello muchacho de adormecidos ojos.         

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