Trampeaba a la vida aquella tarde en que conocí a Marcos. Era
un muchacho lejano, al que una se daba cuenta de que jamás podría alcanzar.
Pero estaba allí a mi lado, escuchando
la disertación del profesor de Morfosintaxis, volcado a su interior como una cisterna, callado,
brusco y filoso como un cantil, y una trampeaba a la vida haciéndose la
encontradiza a la salida de clase, poniéndole conversación, mientras nos
desplazábamos hasta la cafetería y nos invitábamos un tinto. Hablar de libros
podía ser tal vez una burda estratagema, pero era al mismo tiempo lo más afín a
esa emoción romántica que caracoleaba en
el pecho. Así que hablamos de libros, así resultara un truco barato.
Recuerdo que abandonamos la
universidad entre la mareada de estudiantes, en el azafrán que pintaba los
montes del ocaso, y una trampeaba la vida sintiéndose dichosa en compañía de un
muchacho de piel bruna y adormecidos ojos. Una se preguntaba por qué este
muchacho era así, lejano y hondo como una poza. Sí, era rico caminar a su lado,
sentir esa atmósfera de altas arenas profundas en que se movía. Era un muchacho
que inspiraba ternura, eso que, precisamente, él no era capaz de dar. Porque era
áspero y esquivo, y a pesar de que consentía caminar contigo y se comportaba
con amabilidad, una se daba cuenta de que estaba en otra parte.
Una trampeaba la vida hablándole
de Juan Manuel, mi hijo, y cómo este niño era todo en mi existencia; trampeaba
la vida contándole de la pelea con mi marido, estudiante de séptimo semestre de
ingeniería, amante del béisbol. El hijo y el marido eran, sin duda, realidades
más concretas que cualquier dios letrado y cualquier tertulia literaria, pero
una no estaba segura de qué idea se hacía Marcos de esta supuesta sinceridad.
Marcos vivía con sus padres y hermanos y tiraba mal con los pasajes, por lo que
andaba desesperado por conseguir un trabajo. Me ofrecí a ayudarlo. Fue la época
en que le transcribí sus cuentos a máquina para que los enviara a los
concursos. También de vez en cuando lo desatollaba con préstamos de dinero.
Todavía no le prestaba el libro que nunca me devolvió: Los grandes misterios de
la humanidad. Benedetti era un asunto liquidado, un tarugo en el camino. Quizás con los años y una lectura sin
prejuicios se retractara de su desdén por el uruguayo. Le sugerí enviar hojas
de vida aquí y allá. Era un sueño muy lindo este muchacho, pero una sabía que
trampeaba a la vida.
Era una de esas tardes en que
regresamos a casa tragadas y huérfanas. Marcos aceptó acompañarme a un
supermercado, donde compré una caja de torta para celebrarle el cumpleaños a mi
abuela. Sonriendo, le pedí que me acompañara también al amor, y era ahí donde
más trampeaba a la vida. Porque hay palabras que no deben decirse. Pero una se
da cuenta muy tarde del error. Fue como la mala fortuna de citar entre mis
autores favoritos a Benedetti, que no era santo de su devoción. Citar a ese
poeta demasiado urbano y civilizado, que chocaba de entrada con las abrasadas
llanuras y las aguas abisales frecuentadas por Marcos. Así se trampeaba a la
vida, con una ligereza que, a la larga, terminaría por enrostrarnos la enojosa
contraparte. A este muchacho absurdo una no podía venirle con un poeta que él acaso consideraba de salón
y cóctel. Había que arriscarse en otras latitudes. Había que viajar en la
noche, atrapado, como un reo, entre dos tiempos enemigos, ver qué resultaba de
todo eso. Era muy distinto a Caliche. Caliche iba en el carril del tiempo, en
un solo sentido. Caliche era un amigo.
Marcos era una marea revuelta, una espiral de miedo. Me equivoqué al querer
trampearle a la vida, al mostrarle mi contento al pasear con él por ahí (como
esa vez que caminamos por la 80, y esa otra ocasión en que recalamos en
Suramericana y nos topamos con el hombrón lento y tierno), al hablarle mal de
mi marido, al invitarlo a mi casa y presentarle a mi hijo, al prestarle dinero
sabiendo que tal vez no me lo devolvería. Una se monta facilito en la película
e invita como héroe al primero que se le antoja. Se acaba por pensar que, con todo
lo neblinosos que puedan ser, es mejor esperanzarse en los dioses letrados, en
los fantasmas de la ficción. Un muchacho de ensoñados ojos es una bella
ilusión, pero trampeamos a la vida anhelando atarnos a él.
Trampeaba a la vida, hasta esa noche en Versalles en que un comentario casual de Jhony me abofeteó. Marcos vivía con una mujer. Jhony se dio cuenta de la embarrada y quiso maquillar el asunto, pero ya todo estaba jugado. Ante la mirada estupefacta de los dos contertulios, enfurecida, cogí mi bolso y abandoné el lugar. Hasta ese día vi a Marcos, el bello muchacho de adormecidos ojos.
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