Al comienzo Magi me pareció encantadora. Con su lápiz había marcado un chulito en los números del índice que correspondían a los poemas que más le gustaban para que yo los leyera antes que ninguno. Era Inventarios, de Benedetti. Sentí que en mi interior se encendía una bombilla. Era la primera vez que conversábamos, y ella retomó de mis manos el libro de poemas de Benedetti, examinó el índice, se fijó en las páginas donde aparecía este o aquel texto y, tras localizarlo, empezó a leer. La escuché queriendo robar a su voz alguna flor. Ella siguió leyendo, dueña de un entusiasmo que envidié. Me hubiera quedado escuchándola hasta la muerte, porque ella me miraba a los ojos con esa mirada de fronda estremecida. "Me gustan los poemas, no los poetas", dijo. No sé por qué me desencanté. Pero luego volví a sucumbir a su sortilegio, porque de nuevo estaba leyendo con esa voz que yo solo oía, esa voz que solo era para mí. Teníamos urgencia por conocernos. En dos minutos, ella me contó que tenía un niño de un año, enfermito, al que dedicaba casi todo su tiempo; que vivía con sus padres y hermanas, y que a su progenitor, que era un sujeto romántico, le fascinaba la poesía; que era la menor de doce hijas; que necesitaba trabajar cuanto antes, pues no se sentía cómoda en su casa donde, además de mantenerla a ella, mantenían a su hijo. Ella quiso saber mi edad, y yo le respondí rebajándome dos años. Luego, ella me dijo: "adivina cuántos años tengo". Y yo, otra vez restando dos años a mis cálculos, dije: "dieciocho". Ella rompió en risas, lo que significaba que tenía más años. El asunto quedó ahí. Ella me encareció que leyera lo más pronto posible a Benedetti, a quien amaba "con loca pasión". Me prestó el libro. Que Magi fue una amistad cierta, una compañera de tardes relajadas, cuando, después del trabajo en el colegio, nos encontrábamos en la u para conversar, cómo dudarlo. En ocasiones, también nos entrevistábamos allí en las mañanas. Hubo días espléndidos, en que uno sentía ensanchada el alma por el fulgor del aire. El sol instalaba su feria de luces, su espectáculo de gala, sus duchas de oro. Uno se llegaba a la u para verse con Magi. En el césped blanqueaban las resecas y encogidas hojas de balso. En el espacio ante nuestra vista, los árboles entreveraban sus ramajes. Maína sabía de un nogal por la floresta del bloque 11. Había dos pupitres volcados contra un muro. Se escuchaba el canto vivaz de los pájaros, sus arpegios veloces. En los cristales de las ventanas de Derecho se reflejaban tonalidades de verde, una mancha cárdena, un carro azul que cruzaba. Había regueros de luz dorada entre la sombra del prado. El sol irradiaba e irisaba las ramas. Por el cedazo de las frondas una claridad llameante se deslizaba. Los ruidos y las voces llegaban atenuados por el recogimiento del día. Dos individuos pasaban por nuestro lado, uno de ellos mencionaba la palabra "cafeína", envolviéndola en un ropaje de cosa nociva. Cómo se había despojado el balso de sus hojas. Pero las había remplazado por una lozanía primorosa. Uno miraba los despojos, las hojas quemadas, los sueños marchitos, los mundos extintos. Y, no obstante, sentíamos un mensaje sutil, una rara belleza en las hojas mustias dispersas en el césped, circuyendo el tronco del árbol que las mudó. Nada se comparaba con los jirones de sol que rompían la techumbre del follaje para tenderse en la hierba y amarillear la sombra. El viento vendría a remover ese hojerío del césped. No le pedíamos sino que fuera delicado. Que no nos excluyera de una placentera música al arrancarle susurros a las hojas. Era la época de vacaciones, y la u se sentía sabrosa así. Sabroso saber que Magi vendría con su locuacidad y sus muletillas, con su sustancia y su sonrisa. Sabroso estar leyendo a Antonio Machado. Sabroso vivir y que la muchacha que se sienta a la mesa contigua nos haya tomado por Byron, uno de sus compañeros de Derecho. Éramos igualitos. Me presento, le digo que estudio Literatura (ella me lo ha preguntado), y que si no hay problema en que me diga su nombre. "No, no hay problema: me llamo Gloria". Nubecillas deliciosas hermoseaban el cielo este día, desde el amanecer. Eran tan livianas, tan blancas, tan adornadas. Uno pensaba en las cosas que languidecían con ese inefable destello de las cosas moribundas; casi terminaba la u. Un gallinazo cruzaba el espacio con su vuelo armonioso. Veíamos el negro y perfecto trazo de su silueta. Recuerdo que en la buseta abrí la ventanilla para que se disipara ese fuerte olor a gente acicalada y odorizada. El aire, viejo compinche, entró a raudales con la frescura necesaria, removiendo el pelo canoso de la señora de adelante. Esas nubes ligeras. La levedad de todo lo bello. Ese gallinazo. Hermoso, fraterno buitre: surcaba el espacio con una serenidad majestuosa. La ciudad definía sus contornos en medio de la niebla (aún no salía el sol). Medellín, apretado y ladrillesco, con unos cuantos edificios prominentes y un cerco de ceñudas montañas. Medellín, parvo, provinciano, modesta villa donde también el hombre, como en todas partes, se había organizado según el mandato del capital. Esas ligeras nubes. Y uno pensaba a Antonio Machado (y Magi estaba por allí) como esa arena de los caminos que deja vagar su sombra en las soledades; el alma del poeta es toda errancia; es cruel el laberinto donde su ser tropieza. Campos de España, para el fraterno Antonio separa frutos sanos, viñas de amor dulce y de jugoso encanto. Antonio Machado, sigue andando, porque la andanza es tu destino. Porque tu verso es un canto peregrino.
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