jueves, 2 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 9.)

Me gustó cuando lo vi escribiendo. Sí, escribía en su cuaderno, y yo lo espiaba desde la mesa contigua. Era en el aula, antes del inicio de la clase. Miré su mano, cómo sujetaba el lapicero, cómo se movía, cómo se agitaba al plasmar la escritura, y eso me gustó. Es más, sentí un arranque de lujuria. El eléctrico temblor de su mano al escribir, me excitó. Fue como escuchar una música arrebatadora, un saxo, qué se yo. Su mano era un miembro anatómico, el extremo del brazo, pero también era ese conjunto de ramificaciones y ligamentos internos, esa  red de líneas que se cruzaban en la palma. Su mano me hablaba desde este aspecto que no es netamente físico, desde lo simbólico y lo oculto. Me imaginé gitana y quise leerla, revelar su destino por medio de esa malla de carne e ilusión. Intuí abismos en su mano, un orbe pasmoso entre garra y flor. Me dije que en realidad no es una mano, sino una manaza de ahusados y robustos dedos, una manaza que podría abarcar mi rostro o atarme reciamente a su lado, como una prisionera. En una especie de arrobo, yo lo contemplaba mientras escribía, mi vista fija en esa mano que (era mi parecer) obraba prodigios de lenguaje en la hoja, gracias a la radiosa conexión entre los impulsos del cerebro y aquella vigorosa extremidad. Fue entonces cuando me gustó, cuando su vida se imbricó a la mía en los profundos cauces del deseo. Una pregunta me condujo a él: ¿Qué escribe? ¿Qué lo impulsa a ese ritual de la palabra? Recordé a mi vecina la evangélica y su frenético discurso de que la letra mata y el espíritu vivifica. ¿La letra mata? Esta señora se había dejado con el marido, que era taxista, peleándose a la vez con sus hijos, que no querían seguirla en su religión. Vivía echando pestes contra todo el mundo. ¿La letra mata? Por lo menos en esta faceta en que Marcos se liaba con la letra, lo que yo veía era un íntimo y poderoso manantial de vida, un torrente de pensamiento y expresión. Me parecía que en lugar de destruir, creaba. Su tarea tenía un propósito que podía ser gratuito pero que, por eso mismo, se llenaba de un contenido y de una significación ajena a cualquier estereotipo. Me hacía la ilusión de que tejía, de que al unir una letra tras otra, realizaba una obra delicada. También me llamaba la atención el carácter profano de este ejercicio. Marcos estaba solo, consigo mismo, librado al conjuro de sus propias potencias. No acudía al auxilio de ninguna divinidad y tampoco invocaba a un chamán. La letra nacía de su ser, y abarcaba su mundo y lo demás. Y en esa letra había espíritu, una energía proveniente del universo, no del dogma. Por eso su escritura era vida, me dije, cerrando la discusión imaginaria con la vecina evangélica. Me atacaron las ganas de enterarme qué escribía y, siendo más osada aún, quise leerlo. ¿Serían cosas tristes? ¿Cosas de amor? De entrada, se me antojó que debían ser las primeras, cosas tristes. Tal vez era de malas en el amor, y sufría por eso. Fue cuando sentí que debía acercarme a él, hablarle, brindarle mi compañía. ¿Y si me rechazaba? Tenía cara de pocos amigos. No perdía nada con intentar. Hay seres que poseen esa fuerza callada, cuyo mayor atributo es el silencio. Los seres así me invitan a sus abismos, tal vez ese ha sido mi error, derivar hacia la oscuridad, trenzarme con lo solitario y agreste. Y Marcos era uno de estos tipos. No era amargo, no. Era de los que establecen, por encima de cualquier regla, un nexo supremo consigo mismos. En este sentido, era insociable por naturaleza. A veces hasta podía ser dulce, pero su dulzura estaba entretejida a esas razones incuestionables del ser, a una intransigencia de fondo. Entonces había que saber a qué atenerse. Que meditaba cosas profundas, que un río primigenio corría por sus venas, que su paisaje era tórrido, había que entenderlo. Y todo esto se leía en su mano, en el electrizado  acontecer de la escritura. No me quedó grande el papel de gitana.                

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