Me gustó cuando lo vi escribiendo. Sí, escribía
en su cuaderno, y yo lo espiaba desde la mesa contigua. Era en el aula, antes
del inicio de la clase. Miré su mano, cómo sujetaba el lapicero, cómo se movía,
cómo se agitaba al plasmar la escritura, y eso me gustó. Es más, sentí un
arranque de lujuria. El eléctrico temblor de su mano al escribir, me excitó.
Fue como escuchar una música arrebatadora, un saxo, qué se yo. Su mano era un miembro anatómico, el extremo del brazo, pero también era ese conjunto
de ramificaciones y ligamentos internos, esa red de líneas que se cruzaban en la palma. Su mano me hablaba
desde este aspecto que no es netamente físico, desde lo simbólico y lo oculto.
Me imaginé gitana y quise leerla, revelar su destino por medio de esa malla de
carne e ilusión. Intuí abismos en su mano, un orbe pasmoso entre garra y flor.
Me dije que en realidad no es una mano, sino una manaza de ahusados y robustos
dedos, una manaza que podría abarcar mi rostro o atarme reciamente a su lado,
como una prisionera. En una especie de arrobo, yo lo contemplaba mientras
escribía, mi vista fija en esa mano que (era mi parecer) obraba prodigios de
lenguaje en la hoja, gracias a la radiosa conexión entre los impulsos del
cerebro y aquella vigorosa extremidad. Fue entonces cuando me gustó, cuando su
vida se imbricó a la mía en los profundos cauces del deseo. Una pregunta me
condujo a él: ¿Qué escribe? ¿Qué lo impulsa a ese ritual de la palabra? Recordé
a mi vecina la evangélica y su frenético discurso de que la letra mata y el
espíritu vivifica. ¿La letra mata? Esta señora se había dejado con el marido,
que era taxista, peleándose a la vez con sus hijos, que no querían seguirla en
su religión. Vivía echando pestes contra todo el mundo. ¿La letra mata? Por lo
menos en esta faceta en que Marcos se liaba con la letra, lo que yo veía era un
íntimo y poderoso manantial de vida, un torrente de pensamiento y expresión. Me
parecía que en lugar de destruir, creaba. Su tarea tenía un propósito que podía
ser gratuito pero que, por eso mismo, se llenaba de un contenido y de una
significación ajena a cualquier estereotipo. Me hacía la ilusión de que tejía,
de que al unir una letra tras otra, realizaba una obra delicada. También me
llamaba la atención el carácter profano de este ejercicio. Marcos estaba solo,
consigo mismo, librado al conjuro de sus propias potencias. No acudía al
auxilio de ninguna divinidad y tampoco invocaba a un chamán. La letra nacía de
su ser, y abarcaba su mundo y lo demás. Y en esa letra había espíritu, una energía
proveniente del universo, no del dogma. Por eso su escritura era vida, me dije,
cerrando la discusión imaginaria con la vecina evangélica. Me atacaron las
ganas de enterarme qué escribía y, siendo más osada aún, quise leerlo. ¿Serían
cosas tristes? ¿Cosas de amor? De entrada, se me antojó que debían ser las
primeras, cosas tristes. Tal vez era de malas en el amor, y sufría por eso. Fue
cuando sentí que debía acercarme a él, hablarle, brindarle mi compañía. ¿Y si
me rechazaba? Tenía cara de pocos amigos. No perdía nada con intentar. Hay
seres que poseen esa fuerza callada, cuyo mayor atributo es el silencio. Los
seres así me invitan a sus abismos, tal vez ese ha sido mi error, derivar hacia
la oscuridad, trenzarme con lo solitario y agreste. Y Marcos era uno de estos
tipos. No era amargo, no. Era de los que establecen, por encima de cualquier
regla, un nexo supremo consigo mismos. En este sentido, era insociable por
naturaleza. A veces hasta podía ser dulce, pero su dulzura estaba entretejida a
esas razones incuestionables del ser, a una intransigencia de fondo. Entonces
había que saber a qué atenerse. Que meditaba cosas profundas, que un río
primigenio corría por sus venas, que su paisaje era tórrido, había que
entenderlo. Y todo esto se leía en su mano, en el electrizado acontecer de la escritura. No me quedó grande el papel de gitana.
jueves, 2 de marzo de 2023
Los condiscípulos (Magi. Cap. 9.)
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