domingo, 31 de octubre de 2021

Hernán (Cap.3.)

Hernán dicta literatura rusa. No tiene ningún problema en cederle esta materia a Natalia, quedarse con literatura griega. Es lo que ocurre. Natalia entra a la u recomendada por el profesor Barrientos. Es así como se llama la explanada principal de la u, Plaza Barrientos, en triste recordación de los episodios nefastos acaecidos durante las luchas estudiantiles. Hernán es docto en ambas literaturas, se las arreglará a la perfección con los griegos. De hecho, al entrar a la u, Marcos lo conoce como profesor de griega, no alcanza a verlo enseñando literatura rusa. "Ese es Hernán, el de griega", se oye decir aquí y allá. Su reducto es la sala de profesores del bloque 12, primer piso, allí atiende. 

Esa gentileza es propia de Hernán, todo un caballero; sabe tratar a las personas, más a una dama como Natalia. Conservará ese don de gentes toda la vida, esa receptividad, esa cortesía. Ya viejo y enfermo, sus ex-alumnos lo llaman a consultarle algún asunto, y Hernán los agasaja con su amabilidad y con su buen criterio. En la forma en que alguno de estos remeda su voz y sus gestos, más que burla, hay una intención de honrarlo, un homenaje. Su figura es un referente de crédito en Humanidades, una enciclopedia ambulante, un ser carismático: su cuerpo menudo, sus mohínes exaltados, su cigarrillo eterno. Sus estudiantes agradecen a la vida por haberlos premiado con tal dádiva: ser pupilos de Hernán. 

Desde entonces la amistad de Hernán y Natalia: desde ese gesto donairoso de cederle literatura rusa y quedarse con literatura griega. ¿Quién más apropiado para una cátedra de literatura rusa que una filóloga ucraniana? Una profesional graduada en la universidad estatal de Kiev. "Su dominio del español es absoluto", dice Hernán, con esa rimbombancia que lo caracteriza. Con igual idoneidad domina él la literatura rusa, "desde Pushkin hasta el Nobel Iván Bunin" (¡otro Iván!). Iván Alekseyevich Bunin, el primer escritor ruso en ganar el premio Nobel (1933). Así que Hernán está en su salsa con la literatura rusa. Pero ante todo están la caballerosidad y la amistad. Así que pacta con la ucraniana: ella dicta la literatura de su país ( la URSS dejó de existir en 1991) y Hernán se consagra a los griegos. Trato hecho. Natalia ennoblece con su nórdica estampa el claustro de Humanidades. Hernán, lleno de juventud, con su empaque de latin-lover, hace excelentes migas con la bella ucraniana.  

          

viernes, 29 de octubre de 2021

Hernán (Cap.2.)

*La cara de Hernán parece accionada por tirantes internos; es una especie de crispamiento muscular, un tic nervioso, que hace de su rostro una máscara gesticulante. (¿Qué es un pueblo bárbaro? Un pueblo no griego.) Un rostro de constantes espasmos y temblores. Mantiene en la mano un cigarrillo sin encender. (Bueno, pero volvamos a Grecia). No se está tranquilo. (La Poética de Aristóteles sigue siendo un filón inagotable.) La suya es una dicción que fluye a borbotones, en un fervor burbujoso, entre gagueos y desesperos. Muy docto, eso sí. (Si uno lee, por ejemplo, un poema de César Vallejo…) Sus palabras son enfáticas, arrastradas. (Pues, eeh…) Luce una chaqueta de cuero, negra y reluciente, sobre una camiseta roja. Qué locuacidad. (Safo…) Sin orden discursivo y, si este existe, se ahoga en esa verbosidad, en esa vehemencia. Esa inquietud. A veces mira fijamente  a los ojos a su interlocutor, como en un frenesí. La boca grande, de labios blandos, húmedos, lívidos. (Los griegos alcanzan cimas en los diferentes géneros.) Un mechón de cabello cae sobre sus ojos y él lo aparta con un movimiento impetuoso de la cabeza. Un brillo de sudor en el labio superior. Nariz larga, de gran fuste. (Medea.) Delgado, con barriguita. (¿Qué es el espíritu griego? El teatro griego expresa la lucha entre esos dos extremos: el destino y el libre albedrío. De ahí su vigencia.) A veces se le dificulta expresar la idea, entonces se le ve forcejear consigo mismo. (Alcestes es un personaje maravilloso del mito… Medea, de Jean Annuil. Lesqui, Historia de la Literatura Griega. Logógrafos, abogados de la Antigua Grecia.) Esa suerte de amaneramiento, que no debe ser tal, es más bien el reflejo de una sensibilidad profunda y desaprensiva. El cigarrillo continúa apagado en su mano. (Los primeros filósofos griegos escribieron en verso, buscando ayudar en la memorización, gracias al ritmo… El Oscuro Heráclito, para Nietszche el filósofo por excelencia. Yo quisiera referirme al Neoclasicismo. ¿Dónde está la exposición de la Poética? ¿Postergamos otro rato la lectura del programa? Robert Graves, una autoridad en lo griego.  La Grecia actual vive bajo un régimen de Monarquía Constitucional. Los frisos del Partenón. Lord Elghin. Para no divagar tanto… Diccionario de Literatura Griega y Romana, Pierre Grimard.)

miércoles, 27 de octubre de 2021

Hernán (Cap.1.)

* “Los griegos alcanzan cimas en los diferentes géneros”, dijo Hernán. Marcos le prestó atención a esta frase. Pensó que el profesor se detendría en ese punto, que lo ampliaría. Pero era pedir demasiado a esa labiosidad sin linde. Hernán era incapaz de centrarse en una idea. Su discurso era impetuoso y desordenado. Sin transición, pasaba de un razonamiento a otro, plagando su disertación de referencias a autores y títulos de obras.  Era obvio que no le interesaba mantenerse en una línea discursiva. Sí, la digresión es un arte, pero no hay que exagerar. Nadie negaba lucidez a sus juicios, pero esa verborrea sonaba a pedante autosatisfacción. La esperanza de Marcos se frustró, porque Hernán olvidó el precioso filón que conducía a Nietzsche, pasando, como una abeja que liba de flor en flor, de la Poética de Aristóteles a  César Vallejo, a Safo, a la Medea de Jean Arnuil, a Alcestes, a Lesqui y la Historia de la literatura griega, a los lotógrafos (abogados de la antigua Grecia). Hasta que, por fin, Marcos vio una lucecita cuando Hernán citó a Heráclito, añadiendo que era el filósofo favorito de Nietzsche, que los filósofos griegos escribieron en verso para ayudar a la memorización, por el ritmo. Pero Hernán siguió de largo y habló del Neoclasicismo, de Robert Graves, de los frisos del Partenón, de Lord Elghin, de Pierre Grimard y el Diccionario de literatura griega y romana. Marcos sabía lo difícil que era sacar al profesor de ese rapto (el cigarrillo que había sacado al comienzo de su perorata, seguía sin encender en su mano), así que se propuso hilar algo, por su cuenta, partiendo de ese fárrago. El asunto le interesaba. Al regresar a casa consultó unas notas personales sobre Nietzsche y El origen de la tragedia. Volver sobre sus apuntes, era algo que hacía con frecuencia. Así, refrescaba saberes y consolidaba los conceptos.

¿Qué sacó en claro de la consulta de sus apuntes? Nietzsche acusa a Sócrates de haber debilitado el poder de la tragedia. Ese período de grandeza en que las artes griegas alcanzan un nivel insuperable, fue producto del conflicto entre Apolo y Dionisos, entre el equilibrio y la desmesura. Sócrates critica el instinto dionisiaco y la ausencia de una ley moderadora: lo considera como un error, producto de la ignorancia. Desprestigia a Dionisos, el dios arrebatado y fulgente, borracho y loco. Sócrates anticipa el cristianismo con su idea de que el conocimiento lleva a la virtud, que viene siendo una especie de salvación. Nietzsche repudia este pensamiento. Dionisos encarna un camino erizado de peligros, pero a la vez vigorizante.

Ah, era esto. Organizar las ideas, esmaltarlas de deslumbrante claridad, se le hacía de vital significación a Marcos. Por eso escribía. Encontraba placentero darle vueltas a una frase, forzarla, jugar con ella, encauzarla, conseguir que responda a un ritmo, a una intención. No tenía nada contra el viejo Sócrates. Es el protagonista de los Diálogos platónicos y, por tanto, vehículo de las ideas de este. Hay demasiada contemporización en los interlocutores socráticos. Con su arte dialéctico, Sócrates los va llevando. ¡Vomítalo! Uno desearía una migaja de rebeldía en esos corresponsales. Sócrates acaba saliéndose con la suya. Sin embargo, qué riqueza histórica y literaria subyace en esas páginas. En el diálogo Protágoras, Hipócrates y Sócrates conversan sobre el padre de los sofistas, que acaba de llegar a Atenas. Sólo la noche anterior, al regresar de Oinoe (donde andaba persiguiendo a su esclavo Sátiro, que se había fugado) Hipócrates se da cuenta de la llegada de Protágoras. Sócrates le confirma que Protágoras llegó la víspera. Hipócrates ha ido muy temprano a casa de Sócrates, hallándolo todavía acostado. A tientas, el visitante se acomoda a los pies de Sócrates, en la cama, mientras le habla. ¡Qué escena! David podría haberla pintado.    

Hernán era el profesor del que los alumnos comentaban que había intentado suicidarse en varias ocasiones. En los labios de los estudiantes, el comentario cobraba visos sarcásticos, y el conato de suicidio pasaba a ser un cuento absurdo y ridículo. Babosadas. Propaganda para cimentar la imagen romántica de una sensibilidad incomprendida. Había vuelto a beber Diablo Rojo. Y los alumnos reunidos en el pretil del corredor, frente al aula vacía, espolvoreaban hilaridad sobre el asunto. Le apodaban Diablito. Algunos tal vez agradecían haberse librado de la sesión. Ah, qué bueno irse a Troncos a beber un café, a botar corriente, a ver pasar muchachas, a disfrutar de la tarde de estío. Que Diablito se estaba recuperando. Muy bien. Semónides y Safo tenían derecho a descansar de ese tenaz martillear del catedrático. Todo tiene un límite. También Arquíloco se desinhibía una migaja al saber de la incapacidad de Hernán. Arizmendy era de los que se reían de la anécdota. También Ospina descubría sus dientes encaramados celebrando la broma. ¡Otro intento de suicidio!      

Con todo, la figura familiar y un tanto patética de Hernán ponía una sazón luminosa en esos días agobiados y turbulentos. Un profesor con tres intentos de suicidio a cuestas. Esto, y las asambleas estudiantiles, la oleada de crímenes, las marchas de protesta, la represión policial. Marcos recordaba a un condiscípulo del Taller de Estévez (Iván, otro Iván). Durante una manifestación, la policía lo capturó al descubrirle un tarro de aerosol. Al salir del calabozo no era más que un bagazo, un ente. No volvió al Taller. Así, para algunos la estampa de Hernán ofrecía un magnetismo indiscutible. Quizás porque ese mundo griego al que remitía, siendo un espejo de nuestra violencia, era asimismo un escenario de dignidad y de grandeza. Y esto último era, sin duda, lo rescatable. Su empaque endeble y atormentado no impedía que, con el poder de su elocuencia, desvaneciera el mundo horrible de la guerra en la ciudad, arrastrando a sus oyentes al país del mito. Este era el carisma que Marcos veía en el profesor Hernán. Era un ser desaprensivo, de un sentir profundo.        

martes, 26 de octubre de 2021

Natalia PIkouch (Cap.50.)

*Los tiempos dan. En marzo de 2007 terminé mi novela Hojas al viento, que se hacía eco del exhorto de Estévez de que todavía no se había escrito una novela sobre la u. Al decir “la u”, yo siempre entendí la Universidad de Antioquia. No podía ser otra. También me hacía eco de tu pregunta sobre que si mi vocación como escritor era verdadera, si en realidad quería emular a los grandes. En Hojas al viento no me explayé contigo, sólo te dediqué una línea dentro de un párrafo que pretendía ser un escorzo crítico de los profesores del bloque 12. “María con su caderota hiperbólica y su amor por Ajmátova”, así fue como te retraté. Te bauticé “María”, como la primera esposa de Dostoievski, la que lo consoló a la salida de prisión, tras cuatro años de reo político. A Restrepo, en cambio le consagré un capítulo entero, bajo el nombre de José Lebrún. A mi parecer, es uno de los capítulos más logrados de la novela.

Los tiempos dan. En marzo de 2007 tu estrella se eclipsaba en un hospital, mientras yo terminaba Hojas al viento. “Había taco en la circunvalar ante la salida de Barranquilla. Volvió a ver a Arley. Mueca impaciente, estaba sentado al volante de su automóvil lujoso. Intentó un saludo, pero Arley fingió no verlo. A él le dio lo mismo. Sereno, risueño, recordó cómo Arley copiaba sus respuestas en los exámenes de sociología. En verdad, le daba lo mismo. Medellín, marzo de 2007”, así acaba Hojas al viento, una novela de 262 páginas. Ese “él”, esa tercera persona que observa a Arley salir de la u en su auto lujoso, es Marcos Pita. Arley era ahora un catedrático de la u, uno de los que se había quedado, de los que había hecho nido. Ahora fingía no ver a Marcos, cuando en la clase de sociología copiaba sus respuestas con total descaro. Marcos se había dado un vueltón por la u, y la nostalgia le castigó con golpe aleve. Arley, que se le arrimaba a la hora del examen, ahora rehuía un saludo. Así es la vida. Y a Marcos le da lo mismo.

Los tiempos dan. Dediqué Hojas al viento a mi abuela María Ross, que finó en mayo de 2005. Otra María. María del mar, porque mi abuela siempre vivió junto al mar, en su aldeíta de Urabá. De mi abuela digo que es la mujer que más he amado, la que me ató al recuerdo, la que sembró en mí la maravilla de las historias. Te bauticé María en mi novela Hojas al viento, mientras morías. Mientras morías, yo me daba a la tarea de escribir esa novela  de la u (primer intento). Creaba personajes como José Lebrún, Jhon Wilson, Mónica, Gildardo, Rueda, Marcos Pita. A Iván Arizmendy, el compañero de la u que murió a temprana edad, lo bauticé Méndez. Hay un capítulo dedicado a Pessoa, el de Lisboa. También está allí la imagen del poeta José Manuel Arango. Y estás tú, como María, como una de las profesoras que formaban el vesánico guiñol  del bloque 12. En mi segundo intento de una novela de la u (creo que ya la tengo más clara, como dicen los muchachos, más madura) te bautizaré María Pavlish. Ese “Pavlish” puede remplazar muy bien a “Pikouch”.        

Los únicos a quienes he compartido Hojas al viento son María y Guzmán, condiscípulos de la u, con los que me sigue uniendo el lazo de la amistad. María (con la que estudiaba a Eisenstein) tuvo una copia de la novela por varios meses. En esos días ella parió la idea de constituir un grupo de estudio con Guzmán, y propuso que estudiáramos mi novela. Nos reuníamos en Otra Parte y leíamos la historia de Marcos Pita al amor de un café o una cerveza. El asunto no duró mucho. Nos desanimamos de un momento a otro. Lo dejamos ahí. Una banalidad entre tantas otras banalidades. Guzmán hacía objeciones a mi novela. Parecía en una cacería de brujas. María tenía que calmarlo. Está bien ese espíritu crítico, pero con moderación. Así es también Luis, con quien debes tener mucho tacto al momento de poner uno de tus escritos bajo su consideración. Te dará palo. Es muy exigente. Eso es bueno hasta cierto punto. Mi propósito con Hojas al viento (lo especifiqué en el prólogo) fue documentar la vida universitaria tal como la trasegó un estudiante del montón. Es una mirada personal, hilvanada de recuerdos y acaso de sueños. Durante el tiempo de la escritura (tú agonizando en el hospital) me persiguió la imagen de las hojas: montículos de hojas secas esparcidos en el césped, entre los árboles, en la zona verde cerca de la entrada de Barranquilla. Un trabajador maniobra el rastrillo, forma las pilas. Mi abuela María barría las hojas del patio al atardecer, las amontonaba, les prendía fuego. Al escribir Hojas al viento revolvía las hojas de mis cuadernos, a tal punto que, en momentos alucinados, las hojas se me antojaban pertinaces mariposas, ululantes murciélagos, alas de pájaros y hasta velas de barcos.  

¿Es esto todo? No sé. El nombre “Natalia” iluminado con resaltador de colores aparece a menudo en mis apuntes de estos días. El resaltador ilumina tu nombre, y tú iluminas mi vida. Tu iluminado nombre: Natalia.

domingo, 24 de octubre de 2021

Natalia pikouch (Cap.49.)

Sábado, 23 de octubre de 2021. Viajo a Venecia (suroeste antioqueño) a disfrutar de unos días de asueto. Días de recreo, de evasión de la urbe, de agradable sol cerca al río Cauca. Pero también serán días de trabajo. Así que echo en mi tula dos cuadernos (el número 88 y el número 110) que me servirán para terminar los dos capítulos que me faltan de la serie de Natalia Pikouch. En el cuaderno 88 encontraré apuntes sobre El jugador, de Dostoievski; en el 110, sobre Guerra y paz, de Tolstoi. Los dos cuadernos en mi tula, entre mis bártulos, son como tacos de dinamita, y yo mismo me veo como un Robert Jordan dispuesto a volar un puente. La literatura es subversiva; el escritor, un conspirador. En la grandiosidad del entorno montañoso, en la casa para mí solo, mi sosegada labor en el computador desmiente mis ínfulas de experto en explosivos. Mi esfuerzo callado y metódico en la escritura, sin embargo, hablan en favor del conjurado.         

Turguenev presta cincuenta táleros a Dostoievski, que está en apuros en un balneario de Alemania, luego de perder su dinero a la ruleta. Dostoievski duró diez años presa del vicio del juego. Toca fondo, y le promete a su esposa Ana que lo dejará, y cumple. Tarda en devolverle la pasta a Turguenev. Turguenev y Dostoievski son contemporáneos y coetáneos. Turguenev vive de 1818 a 1863. El autor de Crimen y castigo de 1821 a 1861. La sujeción al juego es el tema de la novela El jugador. El protagonista es Iván Ivanovitch, preceptor de una familia aristocrática rusa. La novela, narrada en primera persona, ocurre en el extranjero, en alguna ciudad europea cuyo nombre ficticio es Rouletemburg. El general, Paulina, la abuela, el inglés (Mister Astley), Des Grieux, Le Blanche (la francesita). Un individuo que descubre la pasión del juego, y cómo se pierde en ella. Un drama familiar (el general, la abuela) que se decide en la ruleta. La vieja llega inesperadamente y pierde todo en la ruleta. En Dostoievski la fatalidad es elemento preponderante. Personajes que buscan la purificación por el sufrimiento. Autodestrucción. Iván Ivanovitch.    

Guerra y paz es la historia de dos familias rusas, los Rostov y los Volkonski, durante las guerras de Rusia contra Napoleón, de 1805 a 1820. 

Piotr no es soldado, no participa en la guerra, como sí ocurre con Rostov. Piotr es el rico heredero del conde Bezujov, un vidabuena medio perezoso, encargado de sus negocios, entusiasmado con la francmasonería y con proyectos de reforma social: libertad de los siervos, mejores condiciones de vida para estos. Matrimonio desastroso con Elen, hija del príncipe Vasili, se separa y vuelve con ella, mas no tienen intimidad. 

El príncipe Vasili, muy importante al principio, se desvanece durante gran parte del libro. El príncipe Andrei, Piotr, Boris y Rostov son personajes que ganan presencia y fuerza protagonística. Lo mismo Natacha, hermana menor de Rostov (Nicolai). La guerra ocupa considerable espacio de la obra. Guerra contra Napoleón, contra Francia. Rusia es aliada de Austria contra Bonaparte. Después es aliada de Bonaparte contra los austriacos. Hay un armisticio entre los emperadores de las potencias: Alejandro (Rusia), Napoleón (Francia). Piotr y Andrei encarnan las ideas tolstoianas religiosas y de reforma social. El príncipe Andrei libera a sus siervos, Piotr lee las Sagradas Escrituras y se empeña en la tarea del perfeccionamiento de sí mismo a través de la francmasonería. La logia permea gran parte de la sociedad rusa. Es una orden secreta, pero sus socios se conocen, se ayudan. Un buen segmento de la novela, por medio de Piotr, trata de este tema. También aparece la vida del campo, con el príncipe Andrei, quien se retira allí después de ser herido en combate y tras la muerte de su esposa. Tras un período de retiro, torna a la vida social y se convierte en personaje distinguido en San Pertersburgo, ciudad importante, junto con Moscú.            

Tolstoi afirma en esta novela que Napoleón, antes de invadir Rusia, ordenó timbrar una gran cantidad de billetes falsos, con el fin de introducirlos en el país invadido. Se dice además que pagaba dolosamente con esta moneda las cosechas y productos tomados a los campesinos, para granjearse ante ellos una imagen favorable. 

Tolstoi afirma además que mientras solo se escriban las historias de personajes particulares, como las de César, Alejandro, Lutero, Voltaire, y no la historia de todos sin excepción, de todos los hombres que hayan tomado parte en el suceso histórico, no será posible describir el movimiento de la Humanidad sin concebir la fuerza que obliga a los hombres a dirigir su actividad hacia un mismo fin. Y el único concepto posible que conocen los historiadores es el poder. 

Los cuadernos han cumplido la tarea encomendada. Debe existir una suerte de cábala en esto de los números de mis cuadernos, lo mismo que en los números de las fechas de sucesos de toda índole. Por ejemplo, Dante nació en 1265, Nabokov publico Lolita en 1955, Fischer, derrotó a Spassky en 1972. Para redactar este capítulo he echado mano de los cuadernos 88 y 110, que corresponden, respectivamente, a los años 1999 y 2005. En 2005 murió mi abuela María Ross. Natalia Pikouch vivía aún: estaba a dos años de su fin, marzo de 2007.  

sábado, 23 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.48.)

*Después de una cena, tres hombres maduros conversan en la casa del anfitrión sobre el primer amor. Uno de ellos se resiste a narrarlo directamente. Decide escribirlo y, tras unos días, lo presenta a sus interlocutores. Ese texto escrito es el relato Mi primer amor, de Iván Turguenev. Dos mujeres, madre e hija,  se mudan a vivir al ala derecha  del edificio que ocupan Vladimiro Petrovitch y sus padres. Vladimiro Petrovitch, joven estudiante burgués de dieciséis años, se enamora de la hermosa vecina, Sinaida. Esta es una mujer de veintiún años, y su madre es una princesa arruinada. El chico despierta al amor, atravesado de las inefables emociones que este despertar trae. Sinaida es un ser encantador, con modales aristocráticos. En seguida se forma un grupo de hombres galantes que se reúnen en torno de la joven, colmándola de atenciones. Ella los domina a todos. Entre los caballeros hay un conde, un poeta, un doctor, un húsar y, por supuesto, está Vladimiro. Todos se disputan su preferencia. Pero ella se enamora ¡del padre de Vladimiro! lo cual, a la postre, constituye la desgracia de ambos. El padre de Vladimiro es un hombre de cuarenta y dos años, serio, altivo, elegante, inteligente. No ama a su mujer. Se casó con ella por interés. Esta es una dama excitable. Al parecer, el padre de Vladimiro es chantajeado económicamente por la princesa, vieja indelicada. Sinaida trata a Vladimiro con suma condescendencia, pero porque es el hijo del hombre que ama. Su pasión llega al extremo de pasar por encima de las conveniencias, aunque a nadie cuenta sus cuitas. Él es casado, con un hijo. El padre de Vladimiro también es muy discreto. El conde y el médico acaban por descubrir el objeto de la pasión de Sinaida, y alertan al jovencito. Este sufre un golpe indecible al penetrar la verdad. Hay una escena admirable en que Vladimiro, avisado de que Sinaida tiene un amante y se cita con él de noche en el jardín, se arma con un cortaplumas, aguarda la hora propicia y sale a espiar. Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con su padre rondando por allí. Vladimiro llora desengañado, pero perdona a Sinaida. Jamás olvidará que fue su primer amor. La esposa descubre todo. Hay un escándalo. La madre y la hija se mudan. Vladimiro la visita y se despide. El carácter de Sinaida, lejos de ser vulgar, es noble y digo. En todo momento se comporta como una princesa. El papá de Vladimiro sigue viendo a la muchacha. Solo la muerte, una apoplejía, lo librará de ese lazo. Ella se une después a otro hombre, que también muere al poco tiempo.

En este relato Turguenev pone de manifiesto la oscura pulsión del amor, que puede llevarnos al sacrificio. Sinaida podía escoger entre un montón de rendidos pretendientes a cuál más encumbrado y cortés, pero se apasiona por un hombre maduro, frío, comprometido. Turguenev hace gala de un magistral manejo de la expectativa. No descubre sino hasta el final que el padre de Vladimiro es el amante de Sinaida. El lector pronto sospecha la verdad. Vladimiro, el juvenil protagonista, locamente enamorado, tarda en enterarse de que Sinaida suspira por otro. Sin prisa, Turguenev devana el hilo de la historia. Hay delectación en narrar los detalles de una fisonomía, de un cielo invernal, de los pasatiempos aristocráticos (el juego de las prendas, la invención de cuentos, la lectura de poesías). Esa complacencia, esa gratuidad, constituyen el sello del verdadero escritor. Incluso, se halaga al lector con un prólogo y un epílogo. Qué bello relato. Un lenguaje delicado y expresivo. Es soberbia la pausa, el suspenso, la elegancia y la poesía con que Turguenev desarrolla la trama de la pasión de Sinaida.         

viernes, 22 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.47.)

"¿Es Raskolnikov un nombre universal por ser precisamente un personaje novelesco? Sí. Pero Raskolnikov, al margen del genio de Dostoievski, no sería Raskolnikov, del mismo modo que Wherter, al margen de Goethe, no sería Wherter. El autor es el personaje, pues el personaje existe únicamente en la medida en que el autor existe. El personaje es un engendro del autor. Lo que no representa, en ningún momento, un obstáculo para que el personaje pase a hacer las veces de padre autoritario con respecto al autor. Pero yo no quería hablar de esto. Quería, sí, hablar de Rodion Romanovich Raskolnikov. Y siento cierta desazón al saber que yo nunca seré como Raskolnikov, ni haré las cosas que él hizo, precisamente porque yo soy... Porque yo no soy Él... Es decir, que no soy un personaje de novela (¿o sí?)... En la literatura todo es un poco más romántico que en la realidad... La literatura no pasa de ser literatura, en cierta forma, ficción... La realidad es mil veces más cruda , más terrible, aléguese lo que se alegue...

No digamos ya asesinar a una vieja usurera, como hizo Raskolnikov, no me atrevería... Sino que no me atrevo siquiera a hacer cosas ante las que yo mismo me digo: "atrévete". Atreverse, he ahí el pensamiento de Raskolnikov... Y todo atreverse es romper una ley, violar un precepto, infringir una norma socialmente reglamentada... Rodion Romanovich mató, pero pagó su castigo por haber hecho tal cosa. Lo que le hizo verse a sí mismo en su simpleza, en su llaneza: él no era un dios, jamás llegaría a ser un Napoleón o un Emperador de los que la historia ha condecorado... Su acción no es recompensada con los laureles y la fama, sino con la degradación y la confinación en Siberia...

¿Puedo yo inmortalizar un personaje? Puedo... Necesito solo constancia y sensibilidad... Que yo jamás me atreveré a hacer lo que Raskolnikov hizo (con todo y que esa idea me ha pasado por la mente alguna vez, aniquilar a un ser despreciable), lo sé. Pero en la cotidianidad de mi existencia, ¿no me atrevo ya a cositas por más insignificantes, más punzantes a la hora del fracaso, más degradantes a la hora de ser dado de baja? ...

Raskolnikov me ha demostrado que todo intento por querer ser dios, es vano".      

Estos pensamientos los escribí en uno de mis primeros cuadernos de apuntes (está codificado con el número 4), por allá recién ingresé a la u, cuando aún no conocía a Natalia Pikouch. Están escritos a lápiz, por lo que aparecen borrosos. Las hojas del cuaderno en sí  mismas presentan una coloración amarillosa y una textura deleznable. Se puede apreciar el estilo de mi escritura en ese entonces, y cómo me marcó un personaje como Raskolnikov, que es ya (esta reflexión la hago ahora) el Iván de los Hermanos Karamazov. Cuando se publicó Crimen y Castigo (1866) muchos estudiantes se sintieron a disgusto con el escritor por Raskolnikov, en quien no se sentían representados. Los estudiantes decían que Dostoievski les hizo un pobre favor con este personaje, los rebajaba. Esto hizo que Paulina Suslova, amiga de Dostoievski, terminara definitivamente con este. 

Me parece una actitud salida de tono, porque, de cualquier modo, Raskolnikov no es más que un personaje literario. Salió de las entrañas de Dostoievski, pero no es Dostoievski. En cuanto a mí, cual sería mi estado interior de aquellos años, que me sentía identificado en muchos aspectos con Raskolnikov. No me atacaron escrúpulos ni sensiblerías semejantes. Aunque mi análisis del acto de Raskolnikov (matar a la vieja usurera) lo consideré cuestionable, y concluí que es vano querer ser un dios, nunca repudié al personaje en sí. En los Hermanos Karamazov, Dostoievski , por medio de Iván, vuelve a poner el dedo sobre la llaga, al plantear este interrogante: ¿quién, alguna vez, no ha pensado en asesinar a su padre? De hecho, Iván es considerado autor intelectual del crimen cometido por Smerdiakov. 

En la novela La muerte feliz, Albert Camus (1913-1960) nos coloca ante un dilema similar al de Raskolnikov. Patrice Mersault, cuyo imperativo es ser feliz en la vida, roba y asesina a un inválido (Zagreus), con la idea de poder vivir bien, teniendo el tiempo a su disposición, lo cual se consigue con dinero.         

jueves, 21 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.46.)

*Una sonrisita guasona rielaba en los labios de Luis cada que hablaba de Kolia, del cual había sido profesor de castellano en el Colombo Francés.  A Luis le divertía la ocurrencia del muchacho de abjurar de los libros y de tachar de extravagantes a los amigos de su madre. La voz de Luis era tenue y despaciosa, una voz con un timbre muy particular, inolvidable, así que la gente disfrutaba con sus historias. Natalia todavía era de este mundo cuando Luis compró un tomo con todos los cuentos de Nabokov, en el 2001. Recuerdo que lo visité en esos días y que me enseñó complacido su nueva adquisición: Nabokov.

Nabokov. Esa “k”. El apellido Pikouch también la tiene. Esa “k”. Siempre he pensado que es una “k” bastarda. La “k” de Kafka. Increíble que en un apellido tan breve haya dos “k”, casi tres, porque la “f” es casi otra “k”. También está en “Raskolnikov”, en “Dostoievski”, en “Bakunin”, en “Kolia”. No sé por qué esa “k” me da la idea de un cadalso, de un ajusticiadero. Quizás esa ha sido la historia de Rusia, la patria de los verdugos. Iván el Terrible, Stalin. O esa “k” tal vez sea el signo que representa la historia de la humanidad. “Kiev”, donde nació Natalia, por allá en 1950 (no sé a ciencia cierta), como Natalia Tolstáya (que nació en 1951), escritora rusa, descendiente de Tolstoi, que a la fecha de hoy (2021) tiene setenta años. Es la edad que tendría Natalia Pikouch,  si viviese, poco más, poco menos. Una mujer entera, diría alguno que ya no esté tan entero. El concepto del tiempo es relativo.        

El nombre de Kolia en la voz de Gonzalo es otra cosa. Gonzalo también fue profesor del hijo de Natalia, en La Salle de Bello, antes de que el muchacho fuera discípulo de Luis en el Colombo Francés y le hiciera sonreír con su desprestigio de los libros y de los ridículos intelectuales. Como la esposa de Tolstoi, Sofía Andreyevna, que los llamaba vagos. Es que la voz de Gonzalo es otra cosa, recia, altisonante, impostada (estudió teatro), así que el nombre de Kolia en sus labios suena un poco frívolo. El cariño con que hablamos de las cosas les da un cariz especial, las esmalta de trascendencia. Nos reunimos tres colegas (Luis, Gonzalo y yo) y hablamos de Natalia, de Kolia. Pero en cada uno de nosotros hay una emoción distinta. Como si Natalia y Kolia, a los ojos de cada uno de nosotros, fuesen personas diferentes.

Luis no escatima dinero a la hora de comprar sus amados libros (Kolia, que sabe de números, debería reparar en esto), así que desembolsa unas buenas decenas de miles por el tomo de Nabokov (es como decir Bakunin, ahí está de nuevo la “k”). En verdad, he leído muy poco de Nabokov, Lolita. Lolita (1955) narra la historia de Humbert Humbert, anti-héroe poseído por el deseo incontrolable de seducir muchachas jóvenes. También vi la película. En mis notas de clase de la época en que Natalia me dictaba literatura rusa, aparece el nombre: Vladimir Nabokov. “Vladimir”, nombre común en Rusia, recordemos que San Vladimir I fue el que puso las bases del estado ruso. Vladimir Ilich Uliánov, Vladimir Putin, Vladimir Nabokov. Vladimir es asimismo el nombre de un colega de Gonzalo y de este servidor, cuando fuimos profesores en la Salle de Bello. Vladimir dictaba artística, era músico, tocaba la guitarra y cantaba. Amenizaba con su sus canciones las reuniones del colegio. Hacía parte de un trío de cuerdas y los fines de semana se rebuscaba los pesos cantando en grilles y dando serenatas. Hombre noble, ese Vladimir.

Ese 2001 en que Luis se dio el gusto de comprarse el tomo de cuentos de Nabokov, Natalia vivía todavía. Fue el año del sismo en el Salvador y de la volada de las Torres Gemelas, y a poco Estados Unidos invadía Afganistán. La tienen clara esos gringos, como dirían los muchachos de hoy. En ese 2001 yo leía San Jorge de Ilheús, una novela de Jorge Amado, y mi hijo Alejandro tenía ocho meses.  Fue también el año en que me decidí a convertir en ficción ciertas vivencias y escribí Las vueltas de la pelota, mi primera novela, dando vida a mi personaje Marcos Pita. Ese año terminé, además, mi libro de haiku Homenaje  a Basho. 

miércoles, 20 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.45.)

*Tu enamorado, el violinista, tocaba la Sonata a Kreutzer  en honor a tus opulentas nalgas de negra. Tus atributos fisonómicos, que en la cauda recordaban a una morocha del Pacífico, llevaban a tu pretendiente a un delirio arborícola. Se trepaba a un árbol cercano al sendero que de Troncos lleva al bloque 12 y, semejando un chimpancé filarmónico, mientras pasabas rumbo a tu oficina, te dedicaba los compases de la sonata. Era un muchacho de aire latino, me ha contado María. ¿Será el mismo del que me habla Guzmán? Un joven de ojos intensos, ojos garzos, con una suave piel amulatada, como de indio, una especie de Visy Anad, el ajedrecista, por decir algo. Visy Anand no tiene los ojos verdes, pero el tono de su piel es hermoso, como la de Vijay Sing, el golfista. Así era tu enamorado, según el relato de  María, de piel moruna.

Diez son las sonatas de Beethoven para violín y piano, una de estas dedicada a Rodolphe Kreutzer, violinista francés (1766-1831). Rodolphe era el nombre del amante de Emma Bovary. La sonata a Kreutzer también es una novela de Tolstoi, publicada en 1889, vetada por las leyes rusas. Tú no querías mucho a Tolstoi, tu amado era Dostoievski. En la profunda fe cristiana, en esa suerte de misticismo, te encontrabas con el autor de los Hermanos Karamazov. Tolstoi era algo remiso en cuestiones de fe, un librepensador. De este modo, fue aceptado por el régimen soviético, en tanto que sobre Dostoievski se tendió un manto de duda. Estas cosas debían enojarte. Tu amado Dostoievski pospuesto por el gobierno de los bolcheviques, en tanto que el autor de Ana Karenina y Sonata a Kreutzer era bien visto. En su lecho de agonía, Iván Ilich se cuida de llamar al sacerdote, es su mujer quien lo hace. Iván Ilich se resigna a las circunstancias y acepta al cura. En esos días amargos de su fin, tiene a la mano una novela francesa, de Emilio Zola.

Podznishev es el protagonista de La sonata a Kreutzer. Podznishev mata a su mujer. La obra es un alegato contra el matrimonio, contra tantas cosas relacionadas con este: amor, interés, carnalidad, fidelidad. Un tren es el escenario del relato, que Podznishev hace a un fortuito compañero de viaje. Antes de esto, varios pasajeros (un comerciante, un abogado, una dama, hasta el guarda del tren) han expuesto argumentos sobre el tema. El comerciante, hombre añoso, propugna por el sometimiento de la mujer, por la santidad del matrimonio, por la ineficacia de la educación. La dama cree que la mujer no debe someterse sin amor. El abogado también cree que el amor es el lazo que lleva a dos personas a unirse. El guarda relata la historia de un tipo al que la mujer le fue infiel y acabó en la calle. Podznishev pone la tapa. Confiesa ser de los que encuentra en el matrimonio solo cópula (lo físico) y que de este modo se llega a la infidelidad y a la violencia.        

¡Ana Karenina! ¡Emma Bovary! ¡Molly Bloom! Mujeres perdidas. Ana Karenina es arrollada por un tren, Emma Bovary ingiere un veneno, con Molly Joyce orquesta el crescendo más original de una infidelidad (Blazes Boylan). La imagen del tren en Tolstoi. Tras abandonar su casa (¡huir de la esposa!), muere de neumonía en la estación ferroviaria de Astápovo. El tren que arrolló a Ana Karenina. El tren donde quiso irse, huir de su esposa, Sofía Andreyevna. Se cuenta que esta, al darse cuenta de que él había dejado en su testamento los derechos de sus obras a su hija Alexandra, entró en furia y le hizo la vida imposible. Huyó en compañía de su médico. No era fácil la vida con la mujer. De esto habla muy bien La sonata a Kreutzer. En cierta época, siendo joven, Máximo Gorki  intentó organizar una comunidad que aspiraba a la vida rural. Fue enviado por sus camaradas a Yasnaya Pioliana a pedir ayuda y consejo a Tolstoi. No encontró al escritor. Siguió viaje a Moscú. Tocó de nuevo a la puerta de Tolstoi, pero tampoco lo halló. Sí encontró a su esposa, quien lo hizo seguir adelante y le ofreció café y pan. Sofía Andreyevna contó a Gorki, entre otras cosas, que su esposo vivía asediado por una horda de vagos, ralea abundante en Rusia. Cómo sería la vida entre esos dos, León y Sofía. Se dice que Tolstoi tenía una letra pésima, y que su mujer y su hija Alexandra le auxiliaban copiando sus textos. Sofía copió diez veces Guerra y Paz. Claro, cómo no sentir enojo con el marido que en el testamento la priva de los derechos de sus obras. ¡Después que hizo de secretaria toda la vida! ¡Y cuántos hijos le dio! Trece hijos, de los cuales cinco murieron a temprana edad. Ahí está el tema de La sonata a Kreutzer. Las asperezas y bondades del matrimonio. Cuántas Sofía se convierten en Ana Karenina. En fin.                      

martes, 19 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.44.)

*Mal humor, ese cuento de Chejov, recuerda a Revancha, ese cuento de Joyce. Joyce escribió Revancha en 1905, año del desastre ruso en la guerra contra Japón, un año antes de la muerte del propio Chejov. Mal humor es un cuento muy bello, muy divertido, a pesar de su cruel desenlace. En dos o tres páginas, Chejov nos da muestra de su genio en este género. Semion Ilich Prachkin pierde ocho rublos a las cartas y esto le agria el humor. Vania (forma cariñosa de Iván), su hijo, está recitando un poema de Pushkin en el cuarto y el padre, al escucharlo, comienza a renegar y a burlarse del contenido del texto. Al final, no se aguanta y llama al hijo, recordándole que la víspera rompió un cristal, por lo cual le dará unos azotes. Es lo mismo que ocurre en el cuento de Joyce, el hijito se convierte en el chivo expiatorio. Farrington tiene un mal día en la oficina, sale del trabajo y se va de juerga por las tabernas, se le ocurre pulsar con un tipo más joven y pierde. Al llegar a casa se desquita con el hijo, acusándolo de haber dejado apagar el fogón en el que ha de calentarse la cena. En fin, otros bastonazos sobre la indefensa criatura. La excusa está servida: un cristal roto, el fogón apagado. Otros expedientes acudirán en gran número. Lo que importa es descargar en un inocente el infecto humor del alma. Así, el poema de Pushkin no libra a Vania del castigo del padre. La rabia hace proferir a Prachkin un duro juicio contra Pushkin, lo ridiculiza. “¿Quién ha compuesto esa poesía?”, “Pushkin, papaíto”, “¿Pushkin?... ¡Hum!... ¡Algún chiflado, seguramente!... Se ponen a escribir…, a escribir…, y ellos mismos no saben lo que escriben… ¡Escriben solo por escribir!” Así, pues, además de sacrílego con respecto al padre de la literatura rusa, Prachkin se deja llevar por el brutal instinto. “¡Ayer rompiste un cristal! ¡Ven, que te voy a dar unos azotes!”. Ahí queda la historia de Chejov. No se sabe cómo continuarán las cosas. Acaso el padre se arrepienta, no se sabe. En el cuento de Joyce Farrington sí descarga el bastón contra la humanidad del hijo, Tom. “Ya verás cómo no vuelves a dejar apagar el fuego-dijo el hombre, golpeándole salvajemente con el bastón-. ¡Toma, y esta, mequetrefe!”

El cuento de Chejov tiene una maestría, una concisión, un ingrediente tan limpio y sutil, una gracia tan admirable, que nos lleva a tomar partido, en contraste con el de Joyce. Lo que Joyce nos cuenta en doce páginas, Chejov lo decanta en dos páginas y media. Es tan sorprendente y bello ese pasaje en que Vania, estudiando la lección, recita el poema de Pushkin. Y la manera como Semion remeda los versos que Vania va diciendo, siempre con el reniego y con afán de zaherir. No se halla. Llega el aldeano con la harina y Vania avisa al padre. “Que la cojan”, grita este. “Pero la harina tampoco disipó el mal humor de Prachkin”. “La bilis empezaba dentro de él a hacer de las suyas… La necesidad de descargar su pena sobre alguien alcanzó un último grado que no admitía un aplazamiento. No pudo resistir más…” Vania ha de pagar por los ocho rublos que Prachkin perdió a las cartas. Nos viene a la mente ese impulso enigmático del ser humano por las apuestas, ese mundo de la pasión del juego. Recuerdo que, cursando once, en el descubrimiento del amigo secreto, Marvin me regaló la novela El jugador, de Dostoievski. Todavía la conservo. ¡Oh, septiembres de la juventud, bella época! Marvin sabía que me gustaba la lectura, que me pasaba abstraído  con los libros. ¿Qué obsequié yo a mi amigo secreto? Tal vez un desodorante o un perfume, mi madre vendía productos de Ebel. La verdad, no puedo precisarlo. Marvin me tenía a mí, ¿yo a quién tenía? Ah, la memoria. Si era una muchacha (ojalá hubiese sido Cristina), seguro que le obsequié un perfume. Mi madre me ayudaría a salir del paso. ¡Lozanos septiembres! ¿A quién tenía? Una tarea para la memoria. Farrington pregunta a Tom: “¿dónde está tu madre?”, “Ha ido a la iglesia”, “vaya, ¿y no me ha dejado algo para cenar?”, “Sí, papá, yo…” Un canalla, eso es lo que es Farrington. Claro, buena copa, al mejor estilo irlandés. Y la mujer, una rezandera. Típico. Los ocho rublos de Prachkin. Lo que rebalsó la taza de Farrington fue perder la pulsada con un muchacho. “Hervía de cólera y de deseo de venganza. Se sentía humillado e insatisfecho, y ni se había emborrachado. Maldijo todo el mundo: en la oficina había metido la pata, había empeñado el reloj y gastado el dinero, y a pesar de todo no había conseguido emborracharse. Volvió a sentir mucha sed y a desear el ambiente irrespirable de la taberna. Había perdido la reputación de hombre fuerte dejándose derrotar dos veces por un chiquillo. Se le hinchaba el corazón de furia, y cuando se largó con el pensamiento tras la mujer del gran sombrero a la que había rozado diciendo perdón, le parecía que se moría de rabia”. Sórdido. El cuento de Joyce es de una brutalidad rayana en la sordidez. En cambio, el de Chejov es gracioso, hace gala de un fino humor, y uno sospecha que al final, Prachkin no castigará a Vania. Que en el recorrido del chico a presencia del padre, se atravesará algo que suavizará el alma del hombre.                       

 


lunes, 18 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.43.)

*Chejov estuvo en las islas Sajalín, y fue testigo del sufrimiento de los deportados. El cuento El pabellón Número 6 surgió de su estada en aquel lugar. Su relato de los padecimientos de estas personas provocó, en 1893, la visita de una comisión estatal, que se propuso corregir los excesos que allí se cometían. El zar era Alejandro III, padre de Nicolás II.

Las islas Sajalín y Kuriles: motivo de belicosidad entre Rusia y Japón. Japón ganó la guerra en 1905 y puso las condiciones. Rusia se desquitó en 1945, y privó a Japón de estos territorios. El reclamo de Japón sobre las Kuriles sigue vigente.

En mis manos tengo La dama del perrito y otros cuentos, de Chejov. Es un ritual de lo más íntimo, casi furtivo: estirar el brazo y tomar un libro del estante. El acto tiene un ingrediente emotivo, un acento de ternura, una textura de caricia. Es una especie de veneración, un rapto. Abro el libro. En la anteportada constato el precio, escrito a lápiz. En la época en que lo compré valía cuatro mil pesos, pero lo dejaron en dos mil. El precio rebajado aparece escrito más abajo, con bolígrafo de tinta roja. “¡REALIZACIÓN! LIBRERÍA LA ANTICUARIA”. Vuelvo las páginas, 236. Me voy al final, al índice. ¡Qué tesoro! Cuarenta  cuentos. Algunos de estos los he señalado con un punto en tinta de bolígrafo: Un hombre extraordinario, En la Oscuridad, El león y el sol. Esto me recuerda que debo aplicarme a leer el resto, que siempre estamos en deuda con los amados autores. O tal vez los leí todos, siendo este terceto a los que dediqué una atención especial. ¡Chejov!

Chejov me lleva a Maupassant, otro monstruo. Me voy a un libro de cuentos del francés y en el índice me deslumbra otro tesoro: Bola de sebo, Un gallo cantó, En el campo, Toño, El diablo. Y me detengo a pensar que por algo hemos adquirido cierto bagaje en esto de escribir, porque desde jóvenes hemos bebido en fuentes de lo inmenso. Como dice Chejov en El hombre enfundado, nos hemos hecho una funda de literatos y en ella nos movemos, como esos gusanos (gusano canasta) que construyen un caparazón y viven dentro de este, sin abandonarlo. Es una estrategia de supervivencia.

¡Chejov! “El inspector de policía Semion Ilich Prachkin paseaba por su habitación de un lado a otro esforzándose en ahogar dentro de sí una desagradable desazón. El caso era que la víspera de aquel día, en vez de visitar a su jefe, con quien tenía que tratar un asunto, se había sentado a jugar a las cartas, perdiendo ocho rublos. La suma era insignificante, una pequeñez…, pero el diablo de la avaricia, colgado de la oreja del policía, le reprendía por su despilfarro”.  Ahí lo tenéis, Chejov. ¿No es un maestro? En cinco renglones nos presenta un universo, una cantidad dosificada de elementos en los que adivinamos la historia. Allí está todo, lo demás es deshilar. O, si se quiere, hilar. El cuento es un tejido.

El relato en cuestión se titula Mal humor. Ese primer párrafo es una provocación, un bocado que incita a seguir leyendo. Ahí está Chejov, poniéndonos frente al variopinto entramado social, ante personajes de toda índole, en este caso un inspector de policía: Semion Ilich Prachkin. Y ahí está otra vez ese “Ilich”. “Ilich” es un término que, en bielorruso, significa: un patronímico (Iliá, Elías) y una localidad (por ejemplo, Ilich Gómel, en Bielorrusia, o Ilich Otrádnaya, en Rusia). Iván Ilich, Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), Semion Ilich Prachkin. Nombre bíblico, Elías y su carro de fuego. Vladimir Elías Uliánov.  Iliá Ehrenburg, escritor ucraniano, de familia judía. Nexos. Unas realidades nos llevan a otras. Cuando me embarqué en esta aventura de escribir sobre Natalia Pikouch, no tardé en percatarme de que el nombre “Iván” era una especie de palabra-talismán. Es que el nombre “Iván” aparecía reiterativamente en la realidad y la ficción. El primer referente era Iván Ilich, de Tolstoi. Luego, Iván Arizmendy, compañero de la u que murió a temprana edad, cuando cursábamos tercer semestre. Está Iván, el compañero de adolescencia y fútbol en Santamaría (Itaguí), a quien apodábamos Chiván. Y está el Iván de Los hermanos Karamazov, el del poema El gran inquisidor. Y después Solchenitsin con su Un día en la vida de Iván Denisovich. Y el profesor Iván Hernández, experto en literatura inglesa, que nos dictó un seminario de Literatura Contemporánea. Tal cantidad de Ivanes me sugirió una Teoría de Ivanes. Pero es que también está Natalia. Y ahora, Ilich.

Por ahora dejemos al inspector Semion Ilich Prachkin lamentando la pérdida de sus ocho rublos. Puedo entenderlo, porque también yo jugué cartas y también fui, en este sentido, un desmerecido de la fortuna.                     


viernes, 15 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.42.)

*Rememoro tu voz contándonos de Oleg de Novgorod (879-912), fundador del principado de  Kiev, núcleo originario del futuro estado ruso. Rememoro la gracia especial con que pronunciabas esa palabra: “Novgorod”. Me parecía que en esa dicción cantarina se remansaban las nostalgias del pasado, de una nación cuyas raíces hay que buscarlas en Escandinavia, entre los varegos, en un personaje llamado Rurik, que sometió a los fineses y eslavos y fundó el imperio ruso. Nos hablabas de cómo los cimientos del estado fueron echados por San Vladimiro I, príncipe de Kiev; nos hablabas del cristianismo y su rama oriental (bizantina), opuesta a Roma, como la religión principal de tu pueblo.

Dabas un salto en la historia y nos hablabas de Pushkin, cuyo abuelo era un general de sangre africana, por lo que Pushkin resultaba siendo un mulato. Nos contabas de Pushkin y su relación con Ucrania (Odessa), el tiempo de su exilio.  A su regreso a Moscú, una epidemia de cólera lo retuvo por tres meses en su finca, en Boldino. La esposa de Pushkin era Natalia Goncharova Pushkina. Natalia. Me venía a la mente la añoranza de los nombres femeninos rusos, y allí estaba siempre Natalia, pero también, Olga, Tania, María, Catalina, Ana. Nos hablabas de La hija del Capitán y también, por supuesto, de Eugenio Onieguin. Pushkin, el padre de la literatura rusa. Boldino, allí vivió Pushkin un período mágico de creación. El otoño de Boldino. Hoy la finca  de Pushkin es un museo. Está, además, el Café Pushkin, muy famoso, en Moscú, fundado en 1999, a raíz de la canción del francés Gilbert Becaud (Natalie). Es muy curiosa la historia. Los turistas franceses que llegaban a Moscú, trataban de hallar el café de la canción, pero no existía. Esto inspiró a Andrei Dellos, un artista y restaurador, a crear el Café Pushkin. Es una casona barroca, donde también hay una estatua del poeta. En la inauguración Becaud estuvo presente e interpretó su canción. Hay un Café Pushkin en Bogotá, en la Candelaria, abierto hace dos años, un sitio sencillo y discreto.

“La plaza roja muy blanca, la nieve formaba un tapiz, y yo seguía aquel frío domingo a Natalie. Hablaba con frases sencillas de la Revolución de Octubre, y yo pensaba ya que de la tumba de Lenin iríamos al Café Pushkin a tomar un chocolate”. Es una canción dedicada a una guía rusa. Según se cuenta, Becaud dio una presentación en Moscú, y al regresar a París escribió la canción en honor a la muchacha rusa que le sirvió de guía. ¡Qué cosas! Es ver a Napoleón frente al zar Alejandro I. Los rusos prendiendo fuego a Moscú ante la llegada de las tropas napoleónicas. Es la nieve que derrotó a Napoleón y luego a Hitler. ¡Hohenzollern! “La nieve formaba un tapiz”. Así, la guerra (los fusiles, las bayonetas) se truecan en una canción de amor. Y todas esas historias, leyendas y cantos, vuelan por el mundo, y trastornan el caletre a más de uno. Estabas allí, presidiendo el aula, disertando sobre Novgorod, sobre Kiev y la capilla de Santa Sofía, y yo me preguntaba si conocías a la Natalie de Becaud, a la guía rusa que hablaba en frases sencillas sobre la Revolución de Octubre, los bolcheviques de Lenin que derrotaron al gobierno provisional, luego de que estos derrocaran al zar. Bolcheviques contra mencheviques, y todas esas barahúndas. Tú echabas tierra sobre todo eso esgrimiendo a la grandiosa Ana Ajmátova. Porque la revolución bolchevique desató un verdadero infierno sobre el país. Eisenstein hizo un filme sobre aquel hecho: Octubre. Y John Reed escribió (sobre este mismo acontecimiento) Los diez días que estremecieron al mundo. Creo recordar que Estévez nos aconsejaba leer a John Reed y sus extraordinarios reportajes. Si San Vladimiro I fue el fundador del estado ruso,  Lenin fundó el estado soviético. Gorbachov y su perestroika disolvieron este último, 1991. Hoy Putin es El Putas.                       

 


miércoles, 13 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.41.)

*Han pasado los años, muchos años. Se desdibujan o se borran los puntos de referencia, las aristas se embotan. Quedan cabos sueltos, cuestiones por precisar. No es fácil cerrar la historia, trazar un epílogo. Sigo averiguando cosas, buscando conexiones, preguntando a personas que te conocieron: unos se quedan mudos, otros aportan algún dato. ¡Datos! Mi vida atravesada por los datos sobre Estévez, por los datos sobre ti, como si me hubiesen encargado ser el guardián de un archivo de vidas. No es fácil zanjar la cuestión. Quedan trozos dispersos, situaciones que quisiera atar a algún contenido. Tu voz diciendo: “me gustó su ensayo”, mi sensación de tu figura como la encarnación del tiempo en que conocí a Dostoievski, el nombre “Sonia” apareciendo aquí y allá, enredándose a mi vigilia y a mis sueños. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿Pegarme de esos jirones y encontrar luz a como de lugar? ¿Convertirme en un manipulador de residuos? ¿Volverme rico reciclando? Los que no hablan de ti porque no te conocieron están justificados. Los que guardan silencio por algún reato de conciencia o por simple pereza de recordar, son culpables. Recordar es arduo. En ocasiones debemos forzar la memoria, probarla. Algo resulta cuando la atacamos.

La literatura me aclara las cosas, me pone sobre el camino: Chejov, El pabellón número 6. Una señal de la maestría de Chejov como escritor de cuentos es que, por citar un ejemplo, el lector puede anticipar el fin de Andrei Efímych. Andrei Efímych renuncia a su oficio de médico y se recluye en el pabellón de los orates, junto con Iván Dmitrich Grúmov y los demás locos. Este desenlace encuentra apoyo en varias situaciones previas: el temperamento pasivo, pusilánime y caviloso de Efímych, su inconfesada rebeldía social.

Volcarme sobre los autores rusos que nos recomendabas me pone de nuevo en el camino. Chejov era uno de estos, cómo no. Recuerdo que en las tardes arduas de aquella época, me iba a la biblioteca del Palacio de la Cultura (que años atrás sirviera de sede de la Gobernación, edificio diseñado por Agustín Goovaerts), en pleno centro de Medellín, al lado de la Plazuela Nutibara, y leía a Chejov. Recuerdo el placer que sentía luego nomás al evocar algunos pasajes de la historia de Andrei Efímych. Es misteriosa esa alquimia que un libro produce en nuestro ser. Recuerdo la sensación de compañía que en aquellos tiempos difíciles me brindaba un parvo librito de pasta roja con una antología de poemas de García Lorca. Son cosas inefables. En aquella biblioteca solía cruzarme con María Victoria, la hija del poeta Carlos Castro Saavedra, empeñada en diligencias burocráticas con el objeto de que aquel lugar llevara el nombre de su padre. Al final creo que lo consiguió. Recuerdo que darme cuenta de las maquinaciones de María Victoria con respecto a la gloria futura de su padre, me dejaba un soso sabor en la boca del estómago. En cambio, ante la historia de Andrei Efímych, no tenía más que exclamar: “Chejov, enorme”. Y luego leí El hombre enfundado y volví a estallar: “Grandioso”. Sin duda que este era mi reino, jamás el mundo de los tejemanejes por lograr fama terrenal. “Grandioso”.

¿Qué es lo que nos dice Chejov en El hombre enfundado? Que todos nos metemos en la funda de nuestro carácter, de nuestras ideas, de nuestros gustos, de nuestras ocupaciones, como en una coraza que nos aísla del mundo y nos conserva seguros, intocables. De aquí procede toda intolerancia, todo escrúpulo, toda mezquindad. El músico se encierra en el estuche de su música, el humanista en la funda de su humanismo, el clérigo en el caparazón de sus dogmas. Y todos vamos así, con temor de contagiarnos, cautelosos, prevenidos, no vayan a estropear nuestra envoltura, a remover nuestras creencias.               

 


sábado, 9 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.40.)

*En noviembre de 1995 me separé de mi mujer y me fui a vivir con mi hermana. Mi hermana me dio cobijo mientras salía del apuro. Ahora vivía en Conquistadores, de modo que dejé de frecuentar el sector cercano a la u, tan querido para mí (Carabobo, Juan del Corral, Prado, Bolívar), donde tuve tantas vivencias a lo largo de tantos años, casi una década. Creo que fue la época en que me fui destetando de la u, a la que seguía yendo de tarde en tarde. Ahora, con la mudanza de barrio, al vivir más lejos, no me quedaba tan fácil darme una vuelta por el campus. Alguna vez me acerqué por allí, pero muy ocasionalmente. Era la época de los adioses. Fue el tiempo de la ruptura con mi mujer, y asimismo fueron los días en que dejé de verte, Natalia. Nuestros rumbos ya no se cruzaban. Yo trabajaba en un colegio del centro. Muy pronto me amancebé de nuevo, partí de donde mi hermana y me fui a morar en Sucre, por la calle Pativilca, ahora otra vez vecino del centro. Otra mujer, otra historia. Recuerdo que me iba en las tardes a la u, después del trabajo, a trotar. Pero ya no me cruzaba contigo. Oía hablar de ti, alguna amiga me informaba algún pormenor de tu vida, de una conferencia sobre literatura infantil que dictaste y a la que esta amiga asistió, quedando muy contenta. Mi nueva pareja trabajaba todo el día, de modo que, al volver del colegio, me iba a la u. Nuestras rutas ya no coincidían, era extraño. Ya no apareces en mis apuntes de ese tiempo, cuando aún estaba fresco mi arrasamiento por el fracaso sentimental, cuando, con todo el atolondramiento del caso, volvía a embarcarme en otra relación.

¿Cómo olvidar ese aire de ventura de la juventud y la vida universitaria y los encuentros en Troncos y los coloquios sobre cualquier asunto? Era la época de las teorizaciones, pontificábamos sobre todo, un poco irresponsablemente. La universidad nos había convertido en genios del discurso, pero se había olvidado de cultivar el corazón. Mi sensación de aquellos días, al romper con mi mujer, era la de que una parte de mi vida estaba muerta, calcinada. Toda esa vida sensual y aventurera de la juventud tenía, en el fondo, algo de arrastrada y egoísta y miope. Sin embargo, ¿cómo olvidar aquello que, a través de la irreflexión y del dolor, galvanizó nuestro ser para futuros desafíos? También algo hermoso, como blanda escarcha, había cristalizado en nuestro interior entre los tumbos de la tempestad.  Un poema. Todo lo que había sido capaz de iluminar y acorazar un poema. El amor es volandero y frágil. Lo perdurable es esa escarcha que acolcha al árbol batido por la nevisca. Guzmán me ha contado, Natalia, que en aquella época de la u (debió ser cuando finalizábamos la carrera) tuviste un novio, un muchacho que fue condiscípulo nuestro. Guzmán me habló de ello cuando me contó de Gala (tu hermana) y su ritual sanador. Me preguntó si recordaba a ese muchacho y le dije que no. ¡Un amor! ¡Así que en esa época tuviste un amor! ¿Y por qué no? Era de lo más natural. Kolia iba creciendo, se presentaba a la universidad, se enamoraba a su vez, se casaba. Te imagino de abuela, de brujita Yagá. Ese turbión de los años, ese embrollo de la vida, ese dejar de vernos así nomás. Me mudé a San Antonio de Prado, donde me resultó una plaza de profesor estatal. La rutina oprimiéndonos en sus férreas muelas. Un día cualquiera de marzo o abril de 2007, Luis me telefonea y me cuenta de tu muerte. “Murió Natalia Pikouch, esta semana, de cáncer”. A Luis le transmitió el dato un amigo, periodista y profesor universitario. Y Luis me sigue contando que solo tenías una hermana, en Rusia (debió decir Ucrania), enferma. Claro, Gala. Me dijo que Kolia debía frisar los treinta años, que era un ingeniero en sistemas. Luis me dijo que este amigo periodista y profesor sabe muchos rollos de profesores de la u. Por ejemplo, un catedrático que tenía fama de mártir y de maltratado por su mujer, pero él era el tremendo. Dizque la esposa era familiar de los Ochoa (los mafiosos) y al hombre le pagaban por ponerles nombre a las fincas de los narcos. Era poeta. Dizque un día llegó a casa y la mujer lo esperaba con las maletas hechas: lo dejaba. Le mostró la razón: un vídeo donde el marido hacía el amor con una muchacha en un motel. Lo habían filmado. La esposa lo dejó. Él murió a los años, de leucemia. ¡Natalia! Y tú enamorándome con ese poema de Ajmátova. Luis me da señas del catedrático del vídeo: “claro, andaba con Luisa, esa profesora de literatura”, Ah, ah, nada que lo recuerdo. ¡Rostros olvidados! Quizás los vimos un día, pero la memoria no guarda rastro de ellos. En esos días de tu muerte mi hermana, la que me amparó tras la ruptura con mi mujer, dio a luz a un niño en Estados Unidos, donde se fue a vivir, luego de casarse con un gringo. ¡Nacimientos! Marzo, mes de tu muerte, es el mes en que nací, por eso soy un Piscis.                      


miércoles, 6 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.39.)

*En el número 133 de Agenda Cultural Alma Mater, junio de 2007, Aída Gálvez Abadía hace una semblanza póstuma de Natalia Pikouch. Aida Gálvez Abadía, profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta la experiencia de cuando conoció a Natalia, en 1982, en El Hatillo, durante la inducción de una semana programada por la universidad para familiarizar a los nuevos docentes. “Al momento de la presentación de cada quien, nos  sorprendió  un acento femenino extraño, de una acabada modulación en el  idioma  español:  Me  llamo  Natalia Pikouch  y  soy  filóloga  ucraniana,  dijo mientras  se  erguía  con  un  gesto  un  tanto militar,  una rubia  pequeña, maciza  y  de tez rosa”. Fue allí que se hicieron amigas, una amistad que duró años. Aída Gálvez dice que Natalia era  una gran persona, amistosa y cálida. Se fue acercando a su mundo y  el de  su  pequeño  hijo kolia. Habitante  de  un  apartamento  en  un Bello semirrural, que admitía torrentes de luz y de verde a través de las ventanas, traslucía allí su  tierra  natal  en  los  platos  preparados,  en íconos  y  tapetes  diseminados  por  el apartamento, en la  música escuchada, en los títulos de ajenos caracteres que sobresalían en los  lomos de  sus  libros y  claro  está, en  las conversaciones mantenidas en ucraniano entre madre e hijo.  Visitar a Natalia uno que otro  fin de semana se convirtió para Aída en una suerte de inmersión en  aquello  que  constituiría  el  foco  de  su pasión  de buena  parte  de su  oficio literario: los cuentos infantiles repletos de hadas, ogros, infantes  juguetones,  adultos  severos,  en tramas  que  iban  desde  el  claroscuro  de  la condición  humana  y  animal  de  sus protagonistas,  hasta el  triunfo de  las  buenas causas,  luego  de  mil  peripecias.  A  la  vez, Natalia seguía con genuino interés el recuento de  Aída de sus  viajes  de antropóloga por  la  selva del  noroccidente antioqueño, donde  trabajaba con los  pueblos indígenas.  Añade Aída que la sensibilidad  y  apertura  de pensamiento  de Natalia la  convertían  en  una interlocutora sagaz, inmersa en cada instante, en  cada  palabra  de la  conversación, siempre exigente  en  cuanto  a los matices  de ideas  y sentimientos  intercambiados,  siempre  de humor marcado por una risa tan sonora como ella.  Añade la antropóloga que “por avatares de la vida laboral nuestros encuentros se espaciarían en los años 90. De retorno a nuestra amistad en años recientes, hallé a una Natalia que había virado hacia la espiritualidad. En algún retorno a Kiev había asumido un compromiso a fondo con el cristianismo ortodoxo; en conexión con otras modalidades de la experiencia religiosa, abandonó el gusto por el tabaco y por el vino, redefinió sus hábitos alimentarios y se volcó hacia la introspección. No dudo que en esa búsqueda imperaba el deseo de felicidad, el mismo que animó su texto sobre Poesía para niños, publicado por la editorial de la Universidad de Antioquia en el año 2000. Encaró el curso de su enfermedad con claridad meridiana y optó por irse, con la certeza de que mudaba de aspecto, como ocurre en los cuentos de todas las épocas que revitalizó para sus lectores”.

He aquí un retrato de Natalia hecho por una colega y amiga. En general, es el concepto que las personas que la trataron tienen de ella: una mujer luchadora, inteligente, amistosa, creativa. Una mujer que era extranjera, pero que supo arraigarse a esta tierra. Una mujer que fue madre cabeza de familia, que se esforzó por educar a su único hijo, que se granjeó el aprecio y el respeto de sus colegas y estudiantes. La semblanza de la profesora Aída Gálvez Abadía nos muestra la valentía con que Natalia afrontó su fin: “optó por irse”.        

 


martes, 5 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.38.)

Nunca lo hablamos. Preferíamos hablar de educación. Después de que me echaron del colegio donde di clase a tu hijo, alguna vez, al cruzarnos en un pasillo de la u, prometiste hacer algo en favor mío, ayudarme a conseguir un empleo de profesor. No dudaba de tu buena voluntad. Ya comenzaba a verme en apuros económicos. Al final de la carrera me amancebé con una mujer, cada vez iba de manera más esporádica a la u, tú te habías pasado de Humanidades a Artes (ahora dictabas teatro), así que casi no nos veíamos. Y cuando nos topábamos, una vez al año, hablábamos de educación, evadiendo, quién sabe por qué, la política, las ideologías. No es que me apasionara el tema, seguro que a ti menos, pero hoy me parece extraño, cuando no sospechoso, que jamás abordáramos aquel tópico, con respecto al cual teníamos concepciones antagónicas. Hablar de educación, de los míseros salarios de los profesores estatales (sobre todo de los que empezaban en el escalafón), era una especie de zona de confort. Me gradué, inscribí mi diploma en el escalafón y empecé a postularme a una plaza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Con excelente buen criterio, me negué a jugar la baza de vivir de la escritura. Nada de eso. Tenía que vivir de mi profesión de maestro. No había de otra. Comprendí que no basta tener talento para abrirse paso como autor, que hay, además, otras variables a tener en cuenta. Lo mismo hiciste tú. Te desempeñaste toda la vida como profesora. La producción literaria la confiaste a tu tiempo libre. Era lo más sensato. Paradójicamente, en nuestro medio el escritor que triunfa es el que obtiene las gabelas. El que va en ascenso debe defenderse solo. Por lo general, no basta con ganar concursos para obtener renombre y vender. Así que la docencia está bien para ganarse el pan. La literatura nos dispensaba de esta prosaica elección, confiando el resto al fuego de  nuestra vocación. Eso hicimos. Fuimos maestros. Y al encontrarnos hablábamos de educación, siempre en un tono pesimista. Eso estaba bien, el pesimismo. No era una postura. Era una vía consecuente con la experiencia. Si todo se hubiese quedado en Lenin y Trotski. O al menos en Fourier y su falansterio. Le he echado cabeza al asunto. Despotricabas del comunismo, o más bien del modelo soviético. Stalin. Necesariamente, tuvo que existir un Stalin, una sombra que diese realce a la estrella de Lenin. Esa sombra fue Stalin. Es igual que Judas y Jesús. No puede haber Jesús sin Judas. El comunismo primitivo, la sociedad que existió en los comienzos, eso era bonito. El poder del clan, la fuerza de las costumbres y las tradiciones, el sabio guiar de los mayores. No había Estado. Eso lo explica muy bien Lenin. El Estado surgió cuando la sociedad se dividió en clases, cuando algunos usurparon el gobierno mediante la coerción y las armas y crearon una sociedad de explotadores y explotados. Bueno, yo siempre he admirado a Lenin. Eso no lo hablamos nunca. Lo único que sé, independiente de ideologías y gustos, es que esos tipos tenían un cerebro bien puesto, que eran unas mentes lúcidas: Marx, Engels. Basta con leer una de sus páginas, una sola. Trotski. La mujer de Trotski se llamaba Natalia, como tú. Natalia Sedova. Sin entrar en polémicas, yo hoy te hablaría del libro Lenin en Zurich, de Alexander Solchenitsin. Quizás lo desaprobaras, tal vez nunca lo leyeras. Hoy pienso en tantos hombres de letras, tantos artistas que se adhirieron con ardor a estas ideas de una sociedad mejor, donde las clases sojuzgadas tuviesen, como dice García Márquez en Cien años de soledad, "una segunda oportunidad sobre la tierra". Me parece difícil creer que todos estos hombres y mujeres inteligentes y sensibles estuviesen equivocados. Pienso que es, más bien, cuestión de gradaciones, que la utopía vive. Es ver en Lenin a un poeta.                            

domingo, 3 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.37.)

*Te respondí que lo que escribía no valía la pena, que eran fruslerías, cosas sin importancia. Es que en esa época mi autoestima era un columpio; me tenía confianza, sentía que las palabras se me daban, pero no al punto de considerarme un escritor, no todavía. Me consideré un escritor años más tarde, cuando el trabajo continuo y el fogueo en los concursos me permitieron aceptar la responsabilidad que esa palabra conlleva. Siempre he creído que para llamarse “escritor” o “poeta” hay que hacer méritos, presentar una obra. Y aún es más que esto. Es sentir esa compulsión que nos obliga a fuercear con el lenguaje, a inventar mundos.

Desde la época de la u sostengo esa conversación contigo, y hoy, después de tu muerte, el diálogo se ha hecho más carnal. Lo que enfatizabas es que un escritor debe tener un imperativo, una regla de oro: emular a los grandes. Hay que sentirse tocado. Como decía Estévez: para ser escritor hay que merecerlo. De ese diálogo constante contigo, Natalia, saco un montón de enseñanzas. Lo primero, que la literatura es importante. Es un acto de fe. Te lo crees, le metes el alma y sigues adelante. Fue el camino que anhelaste para tu hijo Kolia, los libros, la lectura, el arte. Cuando el chico creció hizo a un lado todo eso, al considerar a los literatos  como seres estrambóticos y ridículos. Kolia renunció al violín y estudió ingeniería. Un joven pragmático.

La segunda enseñanza que extraigo de nuestra conversación, es que el escritor debe batirse a diario con las palabras, sin que esto signifique que escribir sea un martirio. Por el contrario, debe ser una actividad placentera. Nadie nos ata a la silla, nadie nos paga, incluso, muy pocos le dan valor a lo que hacemos, pero ahí estamos, atados a la silla, prendados de una tarea que nosotros mismos nos hemos impuesto, “el hambre voluntaria” que decía Kafka. “El más elevado sacrificio”, así es como lo llamaba el amigo Franz. Sí, entregamos horas y desvelos a este ejercicio, a esta pasión de enhebrar palabras. De algún modo te he demostrado, Natalia, que mi amor por la literatura no era un devaneo. Es una consigna vital. Como si los dioses me hubiesen probado con el castigo de Sísifo. ¿O soy yo quien me pruebo a diario a mi mismo? De algún modo, muchos años después, he respondido a tu pregunta con toda seriedad, con hechos. Esta respuesta vale asimismo para el maestro Estévez, que tenía sus esperanzas cifradas en mí. No es que hoy sea un escritor famoso, un bestseller. No, no se trata de eso. Se trata, sencillamente, de haber conservado la disciplina.     

Una enseñanza más que me dejaste, el amor por las letrillas y los cuentos populares. Mientras escribo estas líneas tengo a mi lado, en el escritorio, La bruja Yagá y otros cuentos, de A.N. Afanasiev, lo mismo que un volumen de Poesía lírica griega, una traducción de Carlos García Gual. He querido leer El botón azul, tu cuento laureado cuando recién llegabas a Medellín, pero me ha sido imposible conseguirlo. Tal vez deba hacer otra llamada al profesor Hernán, para que haga una  búsqueda más minuciosa en su biblioteca. El botón azul. No he sido remiso. He buscado en Google, en vano. Por otra parte, he consultado con condiscípulos de aquella época, con idéntica suerte. Es decir, sin suerte. Imagino que tu cuento laureado debe asemejarse a los bellos ejemplares del catálogo de Afanasiev: La hermanita zorra y el lobo, La zorra partera, El kolobok, El lobo estúpido, Los hongos, etcétera. Sencillas y breves obras pletóricas de picardía, sabrosas narraciones donde destella el alma y la sabiduría del pueblo. Eran para mí referentes conocidos de la cultura rusa el samovar, la balalaika, los íconos sagrados, la isba, el mujik, el pope, el santón, los gorros y los abrigos para el invierno, etcétera. Tras la lectura de los cuentos de Afanasiev, me familiarizo con otros términos del folclore ruso: “kolobok” o panecillo redondo, “prosvirka” o pan consagrado, “lápot” o calzado rústico, “salamat” o gachas con tocino, “Miskha” o apelativo cariñoso para el oso, “kvas” o bebida refrescante. . 

La canción de la golondrina es un canto popular anónimo del siglo VI antes de Cristo. Qué versos tan lúdicos y puros y hermosos. Se queda uno maravillado al constatar que al tiempo que Sófocles componía sus grandiosas tragedias, existiesen a la par cancioncillas tan bellas y tan alegres: “llegó, llegó la golondrina, que nos trae bellos tiempos.”

Esta es, con tu permiso, querida Natalia, mi versión de El botón azul: Había una vez un botón azul que  tenía  cuatro ojitos. Un botón azul de carita feliz. Resulta que un día el viento arrastró al botón azul y este se elevó en el aire y voló, y voló, hasta que anidó en un árbol llamado almendro, acurrucándose en una hoja. Volvió el viento a soplar, tan fuerte que arrancó la hoja de almendro y al botón azul y los llevó por los aires, volando, volando, hasta que cayeron sobre el caparazón de una tortuga que venía andando, y el  botón azul, la hoja de almendro, y la tortuga, anda que anda, dieron con un tapete, en el que se subieron. De nuevo sopló el viento y se llevó por los aires al tapete con la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul, volando, volando, hasta que avistaron el mar y cayeron en un barco. El barco viene navegando con el tapete, la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul, navega que navega, hasta que llegan a una isla. Y allí vivieron, y siguen viviendo, muy felices todos (entre los cocoteros danzarines, la lumbrarada del sol y la caricia del viento), la isla, el barco, el tapete,  la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul.