lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Quedará rastro?

¿Quedará rastro en mi rostro de tantas reflexiones e  intuiciones? Una luz en mis ojos, una sombra en mi aire, quién sabe. O una arruga más pronunciada en el entrecejo, de pronto. Algo ha de quedar. El pensamiento es como un glaciar, arrastra materiales, forma morrenas. Así que en mi rostro deben quedar huellas visibles de mi pensar, de este estar cada día imaginando, soñando, especulando. De hecho, mi semblante de hoy es el producto de toda una vida de interioridad. Seguro que algo de esto se trasluce y es captado por los demás. Algunos dirán de mi adustez, de mi seriedad. Otros, muy pocos, leerán en mis ojos los profundos cauces del ser. Porque no es otra cosa la que sostengo conmigo mismo, un diálogo incesante. El discurso de la interioridad.

Al menos una luz de meditación, de cusumbosolo, se desprenderá de mi rostro. Ha de ser fácil, si no de compartir, sí de percibir. Algunos se ahuyentarán, otros, muy pocos, intentarán un acercamiento, una palabra. El silencio y la reflexión no atraen demasiado. Aún así, es lo único que podemos ofrecer, el fruto acendrado por los años. Un rostro grave, mas no demasiado, porque tampoco es que hagamos migas con el fatalismo. Un lenguaje mesurado y discreto, porque no somos afectos a la verborrea. Nos vamos dando de a poco, porque la entrega a ultranza no está en nuestra filosofía. De vez en cuando sorprendemos con una frase inteligente, porque a veces nos ataca el morbo de la pedantería.

  

viernes, 14 de diciembre de 2018

En alguna parte

En alguna parte, en más de una ocasión, habrá escrito sobre aquella vivencia. Hoy no recuerda dónde, en qué libreta. Comienza el expurgo con la libreta más antigua. Es lógico. Es una vivencia remota. No los encuentra: la familia, la vereda, la casa al lado del camino, la tiendecita casera, la vega de caña y café donde el hombre de la casa jornaleaba. Algo guarda en la memoria, pero ya es muy borroso, de poco fiar.

Son más de cuarenta años, desandando el tiempo. Tiempo más que suficiente para que anide el olvido. De hecho, ha olvidado muchas cosas: el nombre del hombre de la casa, el de la vereda, los rostros de aquella familia.

El hombre era joven, casi un muchacho, soltero; era de buen trato, trabajador, de aspecto serio. Era el sostén del hogar, que estaba constituido, además, por algunas mujeres. Adicional a la parcela de caña y café, tenían una ventica en la casa, una vitrina en el corredor, algo muy modesto.

De vez en cuando, él hurtaba una galleta o un pan de la vitrina. La comida no abundaba en la casa, era la reglamentaria, precisa.

Ayudaba al hombre de la casa a trabajar en la vega. Tenía escasos diez años, pero ayudaba. Al mediodía subía la cuesta, venía a la casa y le traía la garita (el almuerzo). ¿O alguna de las mujeres venía a la parcela a traerles la garita? ¡Tan trabajadoras y esforzadas esas mujeres del campo! ¿Cuántas eran las de la casa? La vieja acababa de morir. Estaban en el novenario.

¿Quién era la vieja? No la conoció. Llegó allí el día en que la enterraron. Recuerda el novenario en el cuarto de atrás, el de la difunta. Las noches traían su manojo de rezanderos a aquel cuarto. Se sentaban y participaban del responso. Terminada la novena, los vecinos se marchaban, las sillas se vaciaban. Él también, niño de diez años, ocupaba una silla en medio de los presentes. Curioseando en el chifonier del rincón, descubrió que el bolsillo de una chaqueta guardaba dinero. De vez en cuando, en el día, hurtaba una moneda y la gastaba en la tienda vecina. Al irse del todo, cogió un billete.

¿Quién fue la vieja? Seguro que una fotografía con su imagen presidía la estancia colgada en la pared, pero él no recuerda. Del interior de la casa recuerda el cuarto del chifonier; el corredor con la vitrina es otra cosa que recuerda; y la parte trasera de la casa, el solar por donde se descendía a la vega.

Le gustaba el exterior de la casa, el corredor, el camino, las casas vecinas. Al atardecer jugaba pelota con los otros niños, antes de que la noche del campo abalanzara la oscurana, se encendieran los mechones y, luego de la novena, viniera el dormir.

¿Qué cosas agitaban su mente?

domingo, 11 de noviembre de 2018

El indio Chumaco

De niño tenía afición por los cantos. Cualquier ocasión era propicia para enhebrar la voz en coral con las de sus hermanos. Acaso sin saberlo echaba mano de la herencia de los ancestros, abuelas cantoras y bailarinas, abuelos guitarreros y serenateros. Así fue como el indio Chumaco entro en la dimensión vocal. Quiso hacerse una voz.

De niño, se sumaba al festivo grupo de sus hermanos, donde un precario fogoncito de piedras en el patio, por lo general en la noche, sustentaba un cocido, un arrocito con papa. A él lo mandaban por la cebolla junca a la pobre huerta del barranco. En la penumbra no era fácil discernir las cebollas secas de las óptimas, y el indio Chumaco arrancaba un manojo. Daba la casualidad de que traía las más escurridas, y esto daba pábulo a sus hermanos para un canto jocoso.

"Una cebolla toda podrida
Y toda seca, y toda escurrida
Fue la que trajo el indio Chumaco".    

domingo, 28 de octubre de 2018

Otra verdad

Otra verdad de este mundo: la vejez, el ancianato, en definitiva, la muerte. La muerte. Y el patético preámbulo que es la vida. El debilitamiento extremo de nuestras facultades, la vejez. La carcajada fatal al revés de nuestra vanidad. Lo que pone en ridículo todos nuestros actos, nuestra petulancia, nuestro infantilismo. La vejez encorvada y titubeante, inválida y tartamuda. Los viejos, oscura salmodia de un moscardón sin voz, lanzándonos a la cara su violenta admonición. Ver esto y seguir como si nada. Sentir ese abismo y continuar en nuestra comedia. Negándonos a ver el saldo en rojo de esta vida, la triste escoria de nuestro cerebro. Eufóricos al borde del acantilado. Sordos al llamado de una razón más sensata que nuestros pobres reflejos animales. ¿Cuál es esta razón? La vejez. Y no es vejez sólo la del viejo de noventa años temblecoso y postrado en el geriátrico, no. Es una vejez de la vida, de la que no escapa el niño ni el sol de la tarde ni la paloma. Hay una ruindad tremenda en seguir a pesar de todo, en seguir contentando los sentidos, atiborrando el estómago, aliviando el organismo. Una ruindad escandalosa  en este desentenderse. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué girar y girar en esta estúpida máquina que nos emborracha? Hay una ebriedad que no nos deja ver la fealdad. Y es esa fealdad que pasamos por alto la que, tarde o temprano, nos pasa cuenta de cobro. Engañados por la misma silueta ondeante, continuamos anhelando. Es esa onda la que nos cautiva y nos pierde. Al final siempre perdemos. ¿Dónde están los triunfadores? La vejez sonríe con su mandíbula desencajada y sus encías desdentadas. Sonríe la carcasa vestida de pellejo. Con todo, es la risa de la vida. Es muerte, pero está imbricada con la vida y, al final, es vida. Una vida pretenciosa, que se pasea altiva y desdeñosa entre la ignorancia y el dolor, y la pasajera euforia. Euforia que omite los astros y las esferas cósmicas. Euforia que se empalaga en su propia vacuidad. Euforia insensible y tarada que sólo piensa en el goce. Goce de una extraña especie sensual y triste, abandonada en una mísera partícula de universo, castigada con el peso de la conciencia. Vejez pasada a orines y grasa. Grasa de desaseo, nunca de aceites balsámicos. ¡Ah, si existiera un bálsamo! Una fuente de sosiego y de olvido. Entonces sería la sonrisa beatífica.

sábado, 13 de octubre de 2018

Los enemigos de la Humanidad

Ocurre a menudo que a quienes tratan de mejorar las condiciones de vida de sus semejantes son mal interpretados por esos a quienes intentan ayudar. Qué paradoja. Se aplica entonces el dicho: Quien se mete a redentor, sale crucificado. Es real. Pareciera que al mundo le agradara permanecer en las sombras, porque ¿cuántos que han querido traer luz no han sido señalados y sacrificados? Se les califica de corruptores de las costumbres, destructores de los buenos hábitos, desalmados, peligrosos, en fin. Así es la vida.

Aún así, no puedes callar. De manera directa o sutil intenta derribar todo aquello que humilla y azota al ser humano, todo lo que nos maltrata y degrada. No puedes quedarte de brazos cruzados viendo cómo los verdugos de esta humanidad construyen sus imperios sobre el sudor y la sangre de los pueblos. Si callas, si te haces a un lado, serás cómplice de los tiranos. Es cierto que ninguna lucha es fácil, que todo combate es a muerte, porque los déspotas no se dejarán destronar así como así. Los tendremos que desbancar dando la pelea, con inteligencia de decisión. 

Soy de los que da la pelea.     

martes, 25 de septiembre de 2018

El extraño pez de las dársenas


Los operarios veían de tarde en tarde un raro pez que se acercaba a la dársena. Era un espécimen grande, tal vez de la familia de los cachalotes. Aparecía en esa hora del atardecer que precede a la noche, cuando la luz y la actividad de los hombres, antes de aplacarse en la sombra, sufren una suerte de paroxismo. El pez sacaba del agua la cabeza y el lomo y observaba con ojos nostálgicos los enormes depósitos de mercancías. Nadie sabía qué le atraía o qué buscaba. Algunos suponían que le gustaba el olor de la brea, o quizás el aroma de la madera, porque había un astillero por ahí cerca.

Uno de los trabajadores del puerto tenía un niño de ocho años y, de tarde en tarde, solía llevarlo consigo cuando éste no iba al colegio. El pequeño acostumbraba llevar una cometa a estas excursiones. Al atardecer, el padre se desocupaba antes de lo habitual y acompañaba a su hijo a la explanada junto al muelle. En el viento vigoroso de la costa, la cometa se elevaba y ganaba altura en un instante. Hombre y niño se sentían a sus anchas.

Como una barcaza varada en un banco de arena el pez se quedaba allí, detenido, observando la dársena, hasta que un preciso reloj interno lo impulsaba a partir. Y partía. No era seguro que volviera al día siguiente. Por lo general, tardaba semanas en volver. De pronto, reaparecía. Algún marinero intentó cazarlo cierta vez, pero desistió al ver la melancolía con que los ojos de la bestia miraban el muelle.        

domingo, 23 de septiembre de 2018

Mi amigo Pastor

Evito a mi amigo Pastor. Él está ahí cuando llego, sentado en la silla, como si me esperara desde siempre, como si nos debiéramos una conversación, la coda de un diálogo que empezamos no sé cuando. Lo evito y sigo hacia el orinal. O  tal vez sea al salir del orinal cuando evito a mi amigo Pastor, no recuerdo. La verdad, la memoria comienza a jugarme malas pasadas. La memoria. Instalada en una región del cerebro bien estudiada por los neurocientíficos, inmaterialidad alojada en una porción de materia cerebral, la memoria se me antoja fascinante, igual que los tendones, igual que las células reconstructoras de tejidos, igual que todo el cuerpo. ¡Maravilla!

Más me maravilla mi amigo Pastor sentado ahí en su silla de ruedas. Acabo por descubrir que es una silla de ruedas donde está sentado mi amigo Pastor. ¿Qué le habrá pasado? El cuerpo se le ve consumido, y el rostro le adelgazó. Sus ojos y su densidad total son los de un convaleciente. Yo debería acercarme y hablarle, pero me retraigo y sigo de largo. Porque de pronto me doy cuenta de que mi amigo Pastor y yo quizás no somos tan amigos, que el lenguaje hablado tal vez no sea la forma ideal para comunicarnos. El lenguaje. También está alojado en una subregión del cerebro, en el hemisferio izquierdo, si no estoy mal. Una lesión en esta zona puede cuusar un serio trastorno llamado afasia. Hay afasia del habla y de la escucha. A esta última los neuroanalistas le llaman Afasia Receptiva: cuando no entendemos lo que nos dicen.

Tal vez porque sospecho una afasia receptiva en mi amigo Pastor, es que paso de largo sin hablarle, sin saludarle, sin preguntarle qué le ocurrió, por qué está postrado en una silla de ruedas. O tal vez porque nuestra amistad es del todo mental. Hay amistades de este tipo. Las mías son casi todas así.    

De ayer

Estoy sentado sobre un sillón, en un extremo de la sala, mirando. Mis ojos rozan levemente el estampado del sofá, su brazo recto, y vagan luego por la bruñida baldosa que brilla con la luz que se desparrama desde afuera, entra por la puerta y llena el ámbito. Más allá de la puerta explayada, en el rellano de granito, en el balconcito, están los niños, siluetas morenas, dibujadas con trazos precisos, con exactas y bellas proporciones. Desde aquí puedo contemplar dos tramos de la baranda y, de la escalera, uno que desciende y otro que asciende, ambos truncos, insinuándose hasta un destino que no conozco. Más allá de la barandilla, color indefinido, vuela el vacío de la tarde, del aire, donde se amalgaman y se yuxtaponen las voces humanas, los ruidos de la calle doméstica, de los motores de los coches, de los niños. Siempre los niños llenándolo todo de color y de sonrisas. 

Oblicuo, negro, delgado, un cable eléctrico cual cuerda de guitarra pulsada por el aire define su trazo moreno, su irse viniendo desde quién sabe dónde, nítida forma contra la transparencia del aire límpido, transparente, grato. Un poco más lejos, no mucho, plana, repleta de colores fugaces, lentos, agradables, se ventila una azotea, liso cemento, color gris de nube, donde hay un ladrillo roto, hecho añicos, almagre reguero detenido. Las infantiles voces, el olor fragante de la cocina, el crujir de la puerta con la brisa que la mueve... La tarde, paulatina, exacta, llega de lejos, de cerca, de mí  mismo. Mis ojos, fascinados, contemplan. Ladra en la calle un perrito que conozco. En la distancia, con golpes de tambores, una banda de guerra, marcial y poderosa, se aleja, se aleja por quién sabe qué calle.

Geométricos, triangulares, al sesgo, buídos, se yerguen, enormes, crema su color, las altas paredes de los edificios vecinos; sus tejados claros, de ribetes ondulosos, casi grises, casi blancos. Resaltan, ingentes, frente a mi puerta, allá en el golpe rítmico donde el aire los modela, nítidos, concretos en la forma de simétricos ladrillos verticales, horizontales, claros. 

Aún más lejos, por encima de los tejados, el aire pinta de verde las sensibles, claroscuras, danzantes copas de unos árboles distantes pero llenos de alborozo, de sosiego, de calma.

Al fin, tras la lineal espalda de los techos, llenas, compactas, verdes, terrosas, tostadas como pan, las montañas puras, pesadas, milenarias, plácidas, parecen estremecerse soberanamente al compás intermitente de los tambores golpeteando. Una mujer pasa por la escalera: es delgada, suave, lleva una falda de cuadritos azules. Yo conozco a esa mujer. La he visto en el paisaje de otros días menos nostálgicos y llenos. Brevemente, por un espacio estelar de tiempo, se interpone entre mis ojos y las densas montañas. Tengo tiempo de mirar en los edificios próximos los pequeños ventanales, sus festoneados cortinajes recogidos, sus celosías abiertas. Allá, en la falda tostada de la montaña, diminutas, sus techos opacos por la inevitable huída del sol, yacen, repletas de sí mismas, las casas de ladrillo de los barrios altos, trepando como un mapache por la montaña de rojiza tierra. La brisa suave contornea con precisión el paisaje. Tras las elevadas copas danzantes de los árboles, nítidos, tras los tejados, en ordenadas filas urbanizadas, inclinadas, se prolongan las construcciones, planas, achatadas, como una estampa de una bella ciudad italiana: sus calles largas y amplias, los múltiples muros desparramados en su color almagre, los techos apagados, la vida palpitante en la distancia, bajo el vuelo de las alas negras: es un pájaro de ligero vuelo el que las mira.

En la oscura, definida, cortante arista de las montañas, donde cede el verde color al color oscuro, donde se compacta la unión de cielo y tierra, saltan al abismo mis ojos. Miro al cielo azulado, levemente lácteo. Miro las nubes. Miro, maravillado, el tostado crepúsculo, el tupido follaje; escucho y miro a los niños y siento, humana, la brisa que inflama de lejanía las cortinas. Miro el desplazarse donairoso de los pájaros negros. Son ellos la incipiente noche, el oscuro crespón que llega de pronto.

Cuando los niños sonríen en la cocina y los postreros sones de los tambores se definen, un martillo golpetea el ritmo de la tarde, un obrero, un dios, una flor suspensa, yo miraba estático la vida! 

         

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Ideas

*Un hombre encuentra un libro escrito en un idioma que no entiende. Es de gran tamaño y da la impresión de decir cosas muy importantes, pero está un poco usado. El hombre, que necesita dinero, piensa en vender el libro. Imagina que le darán mucha plata por él. ¿A quién ofrecérselo? A una persona estudiada, lógico. Nunca a un iletrado como él.

Ofrece el libro. Le informan que está escrito en inglés y que trata de temas científicos, mas no tiene gran valor, porque está desgastado y los datos que contiene son algo anticuados. Todos le dicen lo mismo. 

Entonces el hombre se olvida del deseo de conseguir dinero con la venta del libro y decide aprender a leer, primero en su idioma, y luego en inglés. Con mucho esfuerzo, lo consigue. Entonces se da a la tarea de leer el libro y se absorbe en él de tal manera que su vida cambia por completo. Se torna un estudioso, amante de la ciencia. Con el tiempo, logra ser reconocido como un gran científico. 

Variación: el libro encontrado cuenta su propia vida.

*Una familia da posada a un forastero (un caminante) y, desde esa noche, (el hombre se marcha al día siguiente, temprano) todos en casa se dan cuenta de que las cosas comienzan a marchar mejor. Las dificultades que les aquejaban, cesan. En adelante viven días prósperos. (El relato puede ser una parábola de la caridad). La familia conservará un bello recuerdo del forastero.

*Odiaba la lluvia. Cada que llovía, ponía cara de enojo y, desde un sitio bien cubierto, a salvo de la menor salpicadura, despotricaba contra esta húmeda y fastidiosa invasora. Un día en que, bajo un balcón, se hallaba atrapado por el aguacero, una mujer muy hermosa cruzó por su lado como una aparición y le susurró: "estás enamorado de la lluvia". Y siguió de largo. De repente, el espíritu amargo salió del hombre y en su lugar reinó la alegría. Loco de contento, travieso niñín, corrió a la calle  y brincó en la lluvia, mojándose y cantando de felicidad. Desde entonces vivió dichoso. Y nunca olvidó el rostro angelical y fugitivo de la mujer que cambió su existencia.    

sábado, 11 de agosto de 2018

La música: esencia del alma

Música es música, independiente de todo lo demás. Las categorizaciones humanas no la merman en lo más mínimo. Música es cómo sientes, cómo vives. Cuando la vida dispone que esa esencia interior debe transmitirse en un sustrato formal, entonces nos valemos de la expresión (el pentagrama, un instrumento, la voz, en fin), pero la esencia no se desvirtúa, sigue siendo la misma, música y nada más.

La música irriga todas las manifestaciones del universo, de la naturaleza y de la vida. El academicismo y las clasificaciones intentan encasillar en severos patrones este fluido del alma. Sin embargo, todo es música. La sensación, la emoción, el pensamiento, la voluntad, todo es música.

Además, en un plano social, la música conlleva un enaltecimiento moral. Desde unas determinaciones profundas, la música cincela en nuestro ser una invaluable joya, realiza la cristalización de lo bello.     

sábado, 28 de julio de 2018

Invitación

Hola:

Te invito a visitar mi blog de poesía albitana.blogspot.com
Comparto textos de años atrás y de ahora.
Bienvenidos.

sábado, 21 de julio de 2018

Mundos dispares

Lo que a otros les importa un bledo, para ti es todo. Lo que haces a muy pocos les interesa: pero para ti es la vida. Que tejes orbes con la palabra, que sanas el alma con canciones. ¿Y bien? ¿Qué quieres que te digan?  Habitamos mundos dispares, sensibilidades distintas, intereses variados. Tampoco hay que culpar a nadie. No se nos enseña a ser delicados, amables, corteses. Nos cuesta brindar una frase de estímulo, una palmada en el hombro. Más fácil es la omisión, la crítica, el sarcasmo. Tal vez sea un rasgo de egoísmo o la desnuda exhibición de nuestro ser. Quizás falta ponernos en el lugar del otro. A lo mejor somos así, secos, duros, insensibles.



      

viernes, 6 de julio de 2018

Milaya

Una sábana estampada con coloridos bordados de aves y flores, esto es una milaya. Las mujeres de Sudán del Sur (su capital y ciudad más poblada es Yuba) realizan esta prenda artesanal, utilizándola como tendido de cama y como telón , también cual manto para envolver a los niños.

En los campamentos de refugiados de Uganda, colectivos de mujeres sudsudanesas trabajan bordando las milayas, con lo que obtienen ingresos para sostener sus hogares. La mayoría son mujeres cabezas de familia, porque los hombres se quedaron en Sudán del Sur, peleando en la guerra o cuidando sus tierras.

Sudán del Sur se independizó de Sudán y es país soberano desde 2011. Sin embargo, ha vivido bajo el el azote de la guerra civil.

Como un estandarte de la esperanza, como un tejido totémico, como una obra de arte, como elemento práctico y cotidiano, la milaya acompaña a estas comunidades devastadas por la barbarie.

Mi homenaje para todas vosotras, mujeres sudsudanesas y mujeres del mundo que sostenéis el hogar con vuestro aguerrido ser.    

jueves, 5 de julio de 2018

Golondrina

Una golondrina saeta se retrata en la última luz de la tarde. Saeta la golondrina cruza el cordel templado de la luz en equilibrio perfecto. El cielo azul cobalto deriva al azul prusiano; contra él se recorta la plana geometría de las altas edificaciones.

Diminuto planeador, ingrávido papel,  la golondrina se estampa en el azul.

Por encima de los muros la iglesia y las palmeras de una plazuela alcanzan a insinuarse. Acá tiene la luz un espacio medido, un manto de secreto, un hálito de destiempo.Allá la luz es ancha, burda, mundanal. De allá huye la golondrina. Acá encuentra refugio.

La oculto en mi verso.    

martes, 3 de julio de 2018

La parte del gato

Me faltaba la parte del gato para ser realmente yo. Esa parte que medita y filosofa conmigo. Ahí está el gato, en el sillón, junto a mí, conmigo, tan próximo, tan íntimo y distinto. Ahí está, corporeidad que descubro mientras leo a Pessoa, que también tiene su gato.

Me faltaba la parte del gato para entenderme cabalmente. Agradezco que el gato llegase a mi vida a esta edad, cuando tantas cosas han partido, cuando tantas otras se han transformado, unas en bagazo, otras, las que más amo, en cristales.

Y el gato, al que antes no entendía, es un cristal, un diamante. Y a través de sus innumerables caras, veo el gato de ayer, el gato de hoy, el gato eterno. Como si saliera del libro que leo, temprano se despierta el gato a meditar conmigo.

A estos años, que ya son muchos, les pone condimento el gato.  

lunes, 2 de julio de 2018

Magallo

(Dedico este texto a Jairo Morales, maestro concordiano.)

Desde la Manga de Las Toñas bajábamos peloteando hasta la quebrada de Magallo, donde nos metíamos a coger renacuajos.
La quebrada de Magallo bajaba de por allá...
En predios de Casa Grande, próxima a la vereda el Cascajo, Magallo ya es ancha y ofrece buenos charcos a los bañistas.
En cercanías con Bolombolo, del calor ribereño, venciendo unas peñas, la quebrada se convierte en Salto de Magallo, espumosa y blanca cabellera de una diosa indígena dormida.
En mi memoria, Magallo es días de ñiñez, excursiones a la dicha, travesuras, horizontes.




viernes, 15 de junio de 2018

Los judíos y el ajedrez

Dios y el hombre juegan una partida de ajedrez. Dios juega con las negras. Pese a la ventaja inicial, el hombre pierde la mayoría de las oportunidades, aunque, alguna vez, Dios le permite hacer tablas.

En este arte, Dios es el indestronable campeón, el Gran Maestro de todos los tiempos.

Legó parte de esta ciencia a los judíos. El ajedrez es de los judíos, así como la Promesa. Los judíos son el pueblo de la Promesa.

El Antiguo Testamento es una partida de ajedrez entre Dios y los judíos. El Pentateuco es la apertura; Jueces y Reyes son el juego medio; la Profecía y la Deportación son el final.

Jesús se asoma y echa un vistazo, como espectador, a la partida, pero no se le permite ir más allá. Jesús no juega ajedrez. Cuando más, fabrica el tablero y las piezas, porque es carpintero.

Es de todos sabido que los mejores jugadores de ajedrez de la historia, con algunas excepciones, han sido judíos. El judío domina la Cäbala, la Combinación.

El Holocausto puede entenderse como el odio de Europa por el genio de los judíos. El judío tiene la ciencia, la bendición. Las mentes más preclaras han sido judías.

viernes, 8 de junio de 2018

Antioquia pujante

El pudor me domina a la hora de hablar de esta Antioquia pujante. Un pudor que se acerca a la timidez, quizás a la indefensión. ¿Y ahora qué es lo que pasa con esta Antioquia pujante? Nada, que sigue pujando cual mujer que va a parir. Va a parir otro hijo. Un hijo de sus entrañas y sus anhelos. Un hijo de su absoluta predilección. Un varón. 

Porque Antioquia es una región de machos, así su nombre sea femenino. Por coherencia con esta potencia viril, debió llamarse Atlántico, Chocó, Nariño, qué se yo. Pero se la denominó Antioquia, la Grande, la que siempre ha soñado con llamarse Antioquia Federal. La que en su himno proclama la perfumada Libertad.

Antioquia, región de machos machos y de machos muchos. Esta es la Antioquia que desbrozó los montes y explotó las minas, que tendió puentes sobre los ríos y abrió trocha hasta el mar. Una Antioquia ufana del machete y la sotana, de los próceres y los deportistas. Esta es la Antioquia que puja porque va a parir otro hijo. Un hijo que nacerá bendecido y arropadito. 

Esta es la Antioquia Grande con su himno libertario, que induce a tratarla con respeto, y a veces hasta con timidez e indefensión. Porque es tan grande, tan pujante. ¿Qué puede sentirse ante estas montañas y estos ríos antioqueños? Montañas y ríos que han visto pasar y pasar la diáspora de la civilización, el progreso, la justicia y la paz?  

   


domingo, 3 de junio de 2018

Colombia no puede soñar


En Colombia no se puede soñar. Ante los sueños se levanta, como una pared infranqueable, un odio brutal. Los que sueñan son señalados, condenados. Contra ellos se lanza la oscura marea de la "razón". Una "razón" que ha prevalecido por años, que aspira a prevalecer como sea, desprestigiando y arrasando a las otras "razones" que pugnan por surgir. 

Hoy por hoy, el antagonismo de esas "razones" sale a relucir en cualquier coloquio. Un odio exacerbado se refleja en la voz de la "razón" que ha dominado por años. En el acto estallan calificativos violentos en contra de las "razones" que sueñan, y esa "razón" eterna  deja sentado que su "verdad" es la "Verdad". No puede haber otra. Menos la "verdad" que sueña.

Es apabullante la brutalidad de esa "verdad". Sus representantes son coherentes con la agresiva semiótica de su "razón". Al referirse a sus rivales, rabiosos, sentencian: "vamos a aplastarlos". Ya los han aplastado de mil maneras, no sólo en el lenguaje. ¿Qué otra cosa puede esperarse?

Pero a esa "razón" endiosada y que se cree todopoderosa, dedico la sencilla y lúcida frase que escuché a  un vecino: "Todo reinado tiene su fin". Y esto aplica, creo, para cualquier "razón", y sobre todo, para la altiva y virulenta  "razón" de los eternos.      



    

viernes, 25 de mayo de 2018

Gatos


Ya soy como ellos. No ves que soy una pelota de pelos y bigotes, no ves el dinamismo de mis orejas ante los estímulos del medio, no importa. Así y todo, ya soy como ellos. No tengo andar aterciopelado ni me gusta purgarme comiendo yerba; tampoco me ovillo y duermo sin afanes en el sofá o encima de la organeta, vale. Así y todo, ya soy como ellos. No hago mis necesidades en el arenero ni me desespero ante la aparición de un pájaro, una mariposa, un ratón. No importa, así y todo, ya soy como ellos. El sentido del pudor frente a mis deyecciones sí lo tengo. Lo mismo que el ronroneo de satisfacción ante los halagos de la vida. También poseo el goce y la pericia de trepar árboles y de la carrera veloz. De igual modo, me esponjo y alerto en la vecindad de los perros y de las gentes extrañas. Ya soy como ellos en el búdico estado de entendimiento del mundo, en el arte inapreciable de saber pasar los días. Ya soy como ellos, y llevo calcados por dentro sus pasos y sus gestos.        

lunes, 5 de febrero de 2018

El maestro Ciruela

Es un impostor o un espontáneo que usurpa el cargo que el profesor nombrado oficialmente debe ocupar. El maestro Ciruela intercepta una comunicación en la que el otro informa al rector del colegio que no puede presentarse al trabajo por hallarse con quebrantos de salud. La ausencia (la incapacidad médica lo comprueba) será de dos meses. Su impostura no se descubre hasta el final.

Este impostor de la docencia, cuya identidad queda oculta, es todo lo contrario a un maestro tradicional (si nos detenemos en las asociaciones peyorativas que este apelativo conlleva). Es una fresca exhibición de lo que el verdadero maestro debe ser en lo concerniente a originalidad, conocimientos, amor  por la educación y empatía con los niños. Su tarea de formador rebasa los muros de la escuela para volcarse al ámbito comunitario, donde sigue siendo amigo, ciudadano, maestro.

El ingrediente de la acción no falta. He aquí un par de situaciones: Primero, la batalla campal entre los alumnos de Ciruela y los del colegio vecino; segundo, la persecución de Ciruela y sus chicos a los ladrones que les hurtan el dinero recolectado para auxiliar a la madre de Óscar. Estos dos episodios avivan la narración y magnifican la historia, capturando la atención del lector. 

En sí, todo el libro es rápido, digerible, divertido. La prosa es sencilla, con abundantes diálogos y situaciones jocosas. El mensaje es elevado, inspirador, edificante. El maestro Ciruela personifica el ideal del maestro cariñoso y severo, inteligente y jovial, maduro y juvenil al mismo tiempo. Y, sobre todo, deseoso de enseñar a sus alumnos valores inquebrantables como el amor a la vida, la solidaridad, etcétera.

Además de narrar una simpática historia, el libro ilustra estrategias didácticas meritorias.      

miércoles, 17 de enero de 2018

Las gatas de la casa

Son dos, Elena y Maya. Elena tiene dos años (años humanos), Maya uno y medio. Elena es gris y blanca, Maya, blanca, negra y marrón. La más traviesa es Maya: le apodamos "Terremoto" y "Papeleta". Ama la calle. Cada día, con sus maullidos, nos pide que le demos el recreo en la acera, la zona verde y en ocasiones más allá... porque, a veces, la atrevida suele escaparse más allá...

Elena es tranquila, un poco soñolienta, a la vez dependiente y desapegada, en la medida en que en veces se aísla y, en veces, busca nuestro calor, por ejemplo, cuando, en la noche, se sube a nuestra cama y duerme a nuestros pies. Maya no es así, duerme donde puede, en ocasiones en el sofá de la sala, otras oportunidades con Mariana, que es su ama, su "mamá". Por regla general, Maya es la primera en estar en la sala cada mañana, pendiente de la calle, asomándose a la ventana.

A Elena también le gusta la calle. No tarda en sumarse a Maya cuando les abrimos la puerta y, en veces, también da maullidos suplicantes. Ya afuera, no es tan díscola como Maya. Se mueve en un área reducida (nuestra fachada, escaleras vecinas, la grama, cuando más trepa a un árbol) y siempre obedece al llamado a entrar, que suele ser, amén de la voz, sonoras palmadas al aire.

A Maya es más arduo hacerla entrar. Se escapa. Hay que perseguirla, atraparla, traerla cargada, refunfuñando, aplicándole "la máquina" (sujetar fuerte la piel del cuello, halándola, tortura necesaria). La descarada repulsa y, en ocasiones, propina arañazos.

Sin embargo, las dos son un amor, el encanto de la casa. Con su carácter distinto, con sus colores "personales", con su compañía cotidiana, tornan más grata la vida familiar, la irisan con una magia indescriptible.

Gracias, Elena; gracias, Maya.  

lunes, 15 de enero de 2018

Estudio

Dedicas una hora a pasar revista a tus libretas, sin saber a ciencia cierta qué es lo que buscas. Es en la madrugada, con un frío que cala los huesos y el alma, porque al estudio entran corrientes de aire. Una hora, quizás un poco más, trajinando tus libretas, inquiriendo en tus apuntes, leyendo fragmentos de vidas, de historias.

La página en blanco aguarda en la pantalla del computador encendido. Pantalla (hoja en blanco) que se oscurece cada cierto tiempo y que vuelve a su naturaleza cuando tocas el cursor. Hoja en blanco que aguarda la continuación de la escritura, un episodio más enhebrado a la historia.

Tardas en hallar lo que buscas. Tal vez porque no buscas nada concreto, así Margarita la de Ituango y Jhon Jairo el de Concordia reincidan en los apuntes encontrados. Una joven pueblerina, un policía. La repetición de estos nombres en tus apuntes acaso quieran dar una pista, un sendero por el que transitar.

Piensas que la hoja en blanco de la pantalla acogerá a Margarita, a Jhon Jairo, porque la lectura de los apuntes te ha predispuesto hacia ellos. No es así. Cuando al fin empiezas a signar la hoja en blanco, es otro personaje quien toma carne: Casandra.

Así de misterioso es el estudio.