domingo, 23 de septiembre de 2018

De ayer

Estoy sentado sobre un sillón, en un extremo de la sala, mirando. Mis ojos rozan levemente el estampado del sofá, su brazo recto, y vagan luego por la bruñida baldosa que brilla con la luz que se desparrama desde afuera, entra por la puerta y llena el ámbito. Más allá de la puerta explayada, en el rellano de granito, en el balconcito, están los niños, siluetas morenas, dibujadas con trazos precisos, con exactas y bellas proporciones. Desde aquí puedo contemplar dos tramos de la baranda y, de la escalera, uno que desciende y otro que asciende, ambos truncos, insinuándose hasta un destino que no conozco. Más allá de la barandilla, color indefinido, vuela el vacío de la tarde, del aire, donde se amalgaman y se yuxtaponen las voces humanas, los ruidos de la calle doméstica, de los motores de los coches, de los niños. Siempre los niños llenándolo todo de color y de sonrisas. 

Oblicuo, negro, delgado, un cable eléctrico cual cuerda de guitarra pulsada por el aire define su trazo moreno, su irse viniendo desde quién sabe dónde, nítida forma contra la transparencia del aire límpido, transparente, grato. Un poco más lejos, no mucho, plana, repleta de colores fugaces, lentos, agradables, se ventila una azotea, liso cemento, color gris de nube, donde hay un ladrillo roto, hecho añicos, almagre reguero detenido. Las infantiles voces, el olor fragante de la cocina, el crujir de la puerta con la brisa que la mueve... La tarde, paulatina, exacta, llega de lejos, de cerca, de mí  mismo. Mis ojos, fascinados, contemplan. Ladra en la calle un perrito que conozco. En la distancia, con golpes de tambores, una banda de guerra, marcial y poderosa, se aleja, se aleja por quién sabe qué calle.

Geométricos, triangulares, al sesgo, buídos, se yerguen, enormes, crema su color, las altas paredes de los edificios vecinos; sus tejados claros, de ribetes ondulosos, casi grises, casi blancos. Resaltan, ingentes, frente a mi puerta, allá en el golpe rítmico donde el aire los modela, nítidos, concretos en la forma de simétricos ladrillos verticales, horizontales, claros. 

Aún más lejos, por encima de los tejados, el aire pinta de verde las sensibles, claroscuras, danzantes copas de unos árboles distantes pero llenos de alborozo, de sosiego, de calma.

Al fin, tras la lineal espalda de los techos, llenas, compactas, verdes, terrosas, tostadas como pan, las montañas puras, pesadas, milenarias, plácidas, parecen estremecerse soberanamente al compás intermitente de los tambores golpeteando. Una mujer pasa por la escalera: es delgada, suave, lleva una falda de cuadritos azules. Yo conozco a esa mujer. La he visto en el paisaje de otros días menos nostálgicos y llenos. Brevemente, por un espacio estelar de tiempo, se interpone entre mis ojos y las densas montañas. Tengo tiempo de mirar en los edificios próximos los pequeños ventanales, sus festoneados cortinajes recogidos, sus celosías abiertas. Allá, en la falda tostada de la montaña, diminutas, sus techos opacos por la inevitable huída del sol, yacen, repletas de sí mismas, las casas de ladrillo de los barrios altos, trepando como un mapache por la montaña de rojiza tierra. La brisa suave contornea con precisión el paisaje. Tras las elevadas copas danzantes de los árboles, nítidos, tras los tejados, en ordenadas filas urbanizadas, inclinadas, se prolongan las construcciones, planas, achatadas, como una estampa de una bella ciudad italiana: sus calles largas y amplias, los múltiples muros desparramados en su color almagre, los techos apagados, la vida palpitante en la distancia, bajo el vuelo de las alas negras: es un pájaro de ligero vuelo el que las mira.

En la oscura, definida, cortante arista de las montañas, donde cede el verde color al color oscuro, donde se compacta la unión de cielo y tierra, saltan al abismo mis ojos. Miro al cielo azulado, levemente lácteo. Miro las nubes. Miro, maravillado, el tostado crepúsculo, el tupido follaje; escucho y miro a los niños y siento, humana, la brisa que inflama de lejanía las cortinas. Miro el desplazarse donairoso de los pájaros negros. Son ellos la incipiente noche, el oscuro crespón que llega de pronto.

Cuando los niños sonríen en la cocina y los postreros sones de los tambores se definen, un martillo golpetea el ritmo de la tarde, un obrero, un dios, una flor suspensa, yo miraba estático la vida! 

         

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