domingo, 23 de septiembre de 2018

Mi amigo Pastor

Evito a mi amigo Pastor. Él está ahí cuando llego, sentado en la silla, como si me esperara desde siempre, como si nos debiéramos una conversación, la coda de un diálogo que empezamos no sé cuando. Lo evito y sigo hacia el orinal. O  tal vez sea al salir del orinal cuando evito a mi amigo Pastor, no recuerdo. La verdad, la memoria comienza a jugarme malas pasadas. La memoria. Instalada en una región del cerebro bien estudiada por los neurocientíficos, inmaterialidad alojada en una porción de materia cerebral, la memoria se me antoja fascinante, igual que los tendones, igual que las células reconstructoras de tejidos, igual que todo el cuerpo. ¡Maravilla!

Más me maravilla mi amigo Pastor sentado ahí en su silla de ruedas. Acabo por descubrir que es una silla de ruedas donde está sentado mi amigo Pastor. ¿Qué le habrá pasado? El cuerpo se le ve consumido, y el rostro le adelgazó. Sus ojos y su densidad total son los de un convaleciente. Yo debería acercarme y hablarle, pero me retraigo y sigo de largo. Porque de pronto me doy cuenta de que mi amigo Pastor y yo quizás no somos tan amigos, que el lenguaje hablado tal vez no sea la forma ideal para comunicarnos. El lenguaje. También está alojado en una subregión del cerebro, en el hemisferio izquierdo, si no estoy mal. Una lesión en esta zona puede cuusar un serio trastorno llamado afasia. Hay afasia del habla y de la escucha. A esta última los neuroanalistas le llaman Afasia Receptiva: cuando no entendemos lo que nos dicen.

Tal vez porque sospecho una afasia receptiva en mi amigo Pastor, es que paso de largo sin hablarle, sin saludarle, sin preguntarle qué le ocurrió, por qué está postrado en una silla de ruedas. O tal vez porque nuestra amistad es del todo mental. Hay amistades de este tipo. Las mías son casi todas así.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario