Las gatas de la casa
Son dos, Elena y Maya. Elena tiene dos años (años humanos), Maya uno y medio. Elena es gris y blanca, Maya, blanca, negra y marrón. La más traviesa es Maya: le apodamos "Terremoto" y "Papeleta". Ama la calle. Cada día, con sus maullidos, nos pide que le demos el recreo en la acera, la zona verde y en ocasiones más allá... porque, a veces, la atrevida suele escaparse más allá...
Elena es tranquila, un poco soñolienta, a la vez dependiente y desapegada, en la medida en que en veces se aísla y, en veces, busca nuestro calor, por ejemplo, cuando, en la noche, se sube a nuestra cama y duerme a nuestros pies. Maya no es así, duerme donde puede, en ocasiones en el sofá de la sala, otras oportunidades con Mariana, que es su ama, su "mamá". Por regla general, Maya es la primera en estar en la sala cada mañana, pendiente de la calle, asomándose a la ventana.
A Elena también le gusta la calle. No tarda en sumarse a Maya cuando les abrimos la puerta y, en veces, también da maullidos suplicantes. Ya afuera, no es tan díscola como Maya. Se mueve en un área reducida (nuestra fachada, escaleras vecinas, la grama, cuando más trepa a un árbol) y siempre obedece al llamado a entrar, que suele ser, amén de la voz, sonoras palmadas al aire.
A Maya es más arduo hacerla entrar. Se escapa. Hay que perseguirla, atraparla, traerla cargada, refunfuñando, aplicándole "la máquina" (sujetar fuerte la piel del cuello, halándola, tortura necesaria). La descarada repulsa y, en ocasiones, propina arañazos.
Sin embargo, las dos son un amor, el encanto de la casa. Con su carácter distinto, con sus colores "personales", con su compañía cotidiana, tornan más grata la vida familiar, la irisan con una magia indescriptible.
Gracias, Elena; gracias, Maya.
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