Los operarios veían
de tarde en tarde un raro pez que se acercaba a la dársena. Era un espécimen
grande, tal vez de la familia de los cachalotes. Aparecía en esa hora del atardecer
que precede a la noche, cuando la luz y la actividad de los hombres, antes de
aplacarse en la sombra, sufren una suerte de paroxismo. El pez sacaba del agua
la cabeza y el lomo y observaba con ojos nostálgicos los enormes depósitos de
mercancías. Nadie sabía qué le atraía o qué buscaba. Algunos suponían que le
gustaba el olor de la brea, o quizás el aroma de la madera, porque había un
astillero por ahí cerca.
Uno de los trabajadores del puerto tenía un niño de ocho años y, de tarde en tarde, solía llevarlo consigo cuando éste no iba al colegio. El pequeño acostumbraba llevar una cometa a estas excursiones. Al atardecer, el padre se desocupaba antes de lo habitual y acompañaba a su hijo a la explanada junto al muelle. En el viento vigoroso de la costa, la cometa se elevaba y ganaba altura en un instante. Hombre y niño se sentían a sus anchas.
Como una barcaza
varada en un banco de arena el pez se quedaba allí, detenido, observando la
dársena, hasta que un preciso reloj interno lo impulsaba a partir. Y partía. No
era seguro que volviera al día siguiente. Por lo general, tardaba semanas en
volver. De pronto, reaparecía. Algún marinero intentó cazarlo cierta vez, pero
desistió al ver la melancolía con que los ojos de la bestia miraban el muelle.
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