martes, 25 de septiembre de 2018

El extraño pez de las dársenas


Los operarios veían de tarde en tarde un raro pez que se acercaba a la dársena. Era un espécimen grande, tal vez de la familia de los cachalotes. Aparecía en esa hora del atardecer que precede a la noche, cuando la luz y la actividad de los hombres, antes de aplacarse en la sombra, sufren una suerte de paroxismo. El pez sacaba del agua la cabeza y el lomo y observaba con ojos nostálgicos los enormes depósitos de mercancías. Nadie sabía qué le atraía o qué buscaba. Algunos suponían que le gustaba el olor de la brea, o quizás el aroma de la madera, porque había un astillero por ahí cerca.

Uno de los trabajadores del puerto tenía un niño de ocho años y, de tarde en tarde, solía llevarlo consigo cuando éste no iba al colegio. El pequeño acostumbraba llevar una cometa a estas excursiones. Al atardecer, el padre se desocupaba antes de lo habitual y acompañaba a su hijo a la explanada junto al muelle. En el viento vigoroso de la costa, la cometa se elevaba y ganaba altura en un instante. Hombre y niño se sentían a sus anchas.

Como una barcaza varada en un banco de arena el pez se quedaba allí, detenido, observando la dársena, hasta que un preciso reloj interno lo impulsaba a partir. Y partía. No era seguro que volviera al día siguiente. Por lo general, tardaba semanas en volver. De pronto, reaparecía. Algún marinero intentó cazarlo cierta vez, pero desistió al ver la melancolía con que los ojos de la bestia miraban el muelle.        

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