En Colombia no se puede soñar. Ante los sueños se levanta, como una pared infranqueable, un odio brutal. Los que sueñan son señalados, condenados. Contra ellos se lanza la oscura marea de la "razón". Una "razón" que ha prevalecido por años, que aspira a prevalecer como sea, desprestigiando y arrasando a las otras "razones" que pugnan por surgir.
Hoy por hoy, el antagonismo de esas "razones" sale a relucir en cualquier coloquio. Un odio exacerbado se refleja en la voz de la "razón" que ha dominado por años. En el acto estallan calificativos violentos en contra de las "razones" que sueñan, y esa "razón" eterna deja sentado que su "verdad" es la "Verdad". No puede haber otra. Menos la "verdad" que sueña.
Es apabullante la brutalidad de esa "verdad". Sus representantes son coherentes con la agresiva semiótica de su "razón". Al referirse a sus rivales, rabiosos, sentencian: "vamos a aplastarlos". Ya los han aplastado de mil maneras, no sólo en el lenguaje. ¿Qué otra cosa puede esperarse?
Pero a esa "razón" endiosada y que se cree todopoderosa, dedico la sencilla y lúcida frase que escuché a un vecino: "Todo reinado tiene su fin". Y esto aplica, creo, para cualquier "razón", y sobre todo, para la altiva y virulenta "razón" de los eternos.
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