lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Quedará rastro?

¿Quedará rastro en mi rostro de tantas reflexiones e  intuiciones? Una luz en mis ojos, una sombra en mi aire, quién sabe. O una arruga más pronunciada en el entrecejo, de pronto. Algo ha de quedar. El pensamiento es como un glaciar, arrastra materiales, forma morrenas. Así que en mi rostro deben quedar huellas visibles de mi pensar, de este estar cada día imaginando, soñando, especulando. De hecho, mi semblante de hoy es el producto de toda una vida de interioridad. Seguro que algo de esto se trasluce y es captado por los demás. Algunos dirán de mi adustez, de mi seriedad. Otros, muy pocos, leerán en mis ojos los profundos cauces del ser. Porque no es otra cosa la que sostengo conmigo mismo, un diálogo incesante. El discurso de la interioridad.

Al menos una luz de meditación, de cusumbosolo, se desprenderá de mi rostro. Ha de ser fácil, si no de compartir, sí de percibir. Algunos se ahuyentarán, otros, muy pocos, intentarán un acercamiento, una palabra. El silencio y la reflexión no atraen demasiado. Aún así, es lo único que podemos ofrecer, el fruto acendrado por los años. Un rostro grave, mas no demasiado, porque tampoco es que hagamos migas con el fatalismo. Un lenguaje mesurado y discreto, porque no somos afectos a la verborrea. Nos vamos dando de a poco, porque la entrega a ultranza no está en nuestra filosofía. De vez en cuando sorprendemos con una frase inteligente, porque a veces nos ataca el morbo de la pedantería.

  

No hay comentarios:

Publicar un comentario