Otra verdad de este
mundo: la vejez, el ancianato, en definitiva, la muerte. La muerte. Y el patético
preámbulo que es la vida. El debilitamiento extremo de nuestras facultades, la
vejez. La carcajada fatal al revés de nuestra vanidad. Lo que pone en ridículo
todos nuestros actos, nuestra petulancia, nuestro infantilismo. La vejez
encorvada y titubeante, inválida y tartamuda. Los viejos, oscura salmodia de un
moscardón sin voz, lanzándonos a la cara su violenta admonición. Ver esto y
seguir como si nada. Sentir ese abismo y continuar en nuestra comedia.
Negándonos a ver el saldo en rojo de esta vida, la triste escoria de nuestro
cerebro. Eufóricos al borde del acantilado. Sordos al llamado de una razón más
sensata que nuestros pobres reflejos animales. ¿Cuál es esta razón? La vejez. Y
no es vejez sólo la del viejo de noventa años temblecoso y postrado en el
geriátrico, no. Es una vejez de la vida, de la que no escapa el niño ni el sol
de la tarde ni la paloma. Hay una ruindad tremenda en seguir a pesar de todo,
en seguir contentando los sentidos, atiborrando el estómago, aliviando el
organismo. Una ruindad escandalosa en
este desentenderse. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué girar y girar en esta
estúpida máquina que nos emborracha? Hay una ebriedad que no nos deja ver la
fealdad. Y es esa fealdad que pasamos por alto la que, tarde o temprano, nos
pasa cuenta de cobro. Engañados por la misma silueta ondeante, continuamos
anhelando. Es esa onda la que nos cautiva y nos pierde. Al final siempre
perdemos. ¿Dónde están los triunfadores? La vejez sonríe con su mandíbula
desencajada y sus encías desdentadas. Sonríe la carcasa vestida de pellejo. Con
todo, es la risa de la vida. Es muerte, pero está imbricada con la vida y, al
final, es vida. Una vida pretenciosa, que se pasea altiva y desdeñosa entre la
ignorancia y el dolor, y la pasajera euforia. Euforia que omite los astros y
las esferas cósmicas. Euforia que se empalaga en su propia vacuidad. Euforia
insensible y tarada que sólo piensa en el goce. Goce de una extraña especie
sensual y triste, abandonada en una mísera partícula de universo, castigada con
el peso de la conciencia. Vejez pasada a orines y grasa. Grasa de desaseo, nunca
de aceites balsámicos. ¡Ah, si existiera un bálsamo! Una fuente de sosiego y de
olvido. Entonces sería la sonrisa beatífica.
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