domingo, 28 de octubre de 2018

Otra verdad

Otra verdad de este mundo: la vejez, el ancianato, en definitiva, la muerte. La muerte. Y el patético preámbulo que es la vida. El debilitamiento extremo de nuestras facultades, la vejez. La carcajada fatal al revés de nuestra vanidad. Lo que pone en ridículo todos nuestros actos, nuestra petulancia, nuestro infantilismo. La vejez encorvada y titubeante, inválida y tartamuda. Los viejos, oscura salmodia de un moscardón sin voz, lanzándonos a la cara su violenta admonición. Ver esto y seguir como si nada. Sentir ese abismo y continuar en nuestra comedia. Negándonos a ver el saldo en rojo de esta vida, la triste escoria de nuestro cerebro. Eufóricos al borde del acantilado. Sordos al llamado de una razón más sensata que nuestros pobres reflejos animales. ¿Cuál es esta razón? La vejez. Y no es vejez sólo la del viejo de noventa años temblecoso y postrado en el geriátrico, no. Es una vejez de la vida, de la que no escapa el niño ni el sol de la tarde ni la paloma. Hay una ruindad tremenda en seguir a pesar de todo, en seguir contentando los sentidos, atiborrando el estómago, aliviando el organismo. Una ruindad escandalosa  en este desentenderse. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué girar y girar en esta estúpida máquina que nos emborracha? Hay una ebriedad que no nos deja ver la fealdad. Y es esa fealdad que pasamos por alto la que, tarde o temprano, nos pasa cuenta de cobro. Engañados por la misma silueta ondeante, continuamos anhelando. Es esa onda la que nos cautiva y nos pierde. Al final siempre perdemos. ¿Dónde están los triunfadores? La vejez sonríe con su mandíbula desencajada y sus encías desdentadas. Sonríe la carcasa vestida de pellejo. Con todo, es la risa de la vida. Es muerte, pero está imbricada con la vida y, al final, es vida. Una vida pretenciosa, que se pasea altiva y desdeñosa entre la ignorancia y el dolor, y la pasajera euforia. Euforia que omite los astros y las esferas cósmicas. Euforia que se empalaga en su propia vacuidad. Euforia insensible y tarada que sólo piensa en el goce. Goce de una extraña especie sensual y triste, abandonada en una mísera partícula de universo, castigada con el peso de la conciencia. Vejez pasada a orines y grasa. Grasa de desaseo, nunca de aceites balsámicos. ¡Ah, si existiera un bálsamo! Una fuente de sosiego y de olvido. Entonces sería la sonrisa beatífica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario