Después de que me gradué, ya de profesor, seguí buscando a Restrepo, pero ahora no en el cuarto piso del bloque 12, sino en el bloque 28, donde funcionaban la Imprenta y Publicaciones. Una o dos veces me di una vuelta por allí, en pos del rechoncho y emérito profesor. Seguía vinculado al Alma Mater, ofreciendo su autoridad literaria, esta vez en el rol de editor. Yo tenía escritos una serie de cuentos y se me ocurrió publicarlos. Siempre me he negado a publicar del propio bolsillo. Hablé con Restrepo, pero no me dio otra opción que remitirme a los requisitos establecidos, los cuales me parecieron tediosos. También es que soy desesperado y llevado de mi parecer. El solo hecho de llenar un formulario me sacó de casillas, así que renuncié al propósito. Tal vez hoy sea más paciente, aunque no estoy seguro. He aquí el recuerdo de una de aquellas visitas a Restrepo:
La secretaria me aseguró que Restrepo no tardaba, que salió a tomar un café. Lo aguardé por media hora en la salita, en compañía de una mujer joven con dos niños. Un hombre claro, de gafas y de buena talla era el objeto de espera de la madre y los chicos. Este hombre salió de los cubículos, firmó unos papeles bajo la supervisión de la secretaria (algo sobre derechos de autor) y se reunió con la mujer y los pequeños, su familia. El tipo se mostró cortés. Todos contentos, al punto de preguntar qué se había hecho Rosita, la gata de Publicaciones. Todo indicaba que no era la primera vez que la familia visitaba el lugar. Rosita era una mascota albinegra, tan gorda que parecía preñada. La secretaria aseguró a los chicos que Rosita no estaba por parir, ya no podía, la operaron, pues había tenido ya muchos críos.
Ya casi iban a ser las seis y casi terminaba mi paciencia, cuando vi a Restrepo venir por la acera en compañía de una mujer y un hombre jóvenes. Desde mi asiento podía ver la baranda de la entrada, el nacimiento de la escalera, el jardín de matas de banano, la acera, la calle, la otra acera (por donde trasegaban tantos estudiantes a esta hora, más los que salían de la u que los que entraban a clases nocturnas), la avanzada construcción del bloque de ingeniería tras la lona verde. En la salita, una mesita con dos sillas rojas. Al otro lado, otra silla del mismo color y una mata. Un aire sobrio y estético. Cuadros abstractos con pulidos y sobrios marcos de madera. El rótulo a la entrada del despacho: "Mirian Ospina, secretaria". Una cartelerita con información sobre una antología poética de Víctor Gaviria y un afiche grande sobre la 18 Feria del Libro a afectuarse en agosto. Vi venir a Restrepo, un hombre robusto, calvo, de gafas, bien vestido: camisa rosa de seda, pantalón de dril y zapatos cafés de cuero. Su cuerpo delataba vigor y fuerza. Lo perdí de vista un instante, mientras ascendía la escalera, y al cabo de unos segundos lo vi aparecer en el rellano. Allí estaba la gata, gorda y casi altanera. Por un momento solo ella dominó la escena, detenida allí, en un ángulo del umbral, como una visión misteriosa. Luego aparecieron Restrepo y sus acompañantes. Restrepo me miró sin reconocerme y se quedó a la entrada junto a sus compañeros, haciéndole mimos a la gata. Restrepo era el primero en la fila, su aire era un poco distante. Contemplaba a la gata y comentaba cosas a los otros en tono humorístico, sutil, risueño. Algo como que la gata era una consentida. El joven que lo acompañaba, canosito, era quien más mimaba a Rosita, y acabó cargándola.
Los tres entraron y yo esperé hasta este momento, cuando Restrepo estuvo casi frente a mi, para saludarlo. Me reconoció. Hablamos. Me invitó a su cubículo. Abrió la puertecilla y me cedió el honor. Entramos a su oficinita, la tercera del ala derecha del pasillo (al fondo, en la pared, había una llamativa pintura abstracta). Me invitó a sentarme, luego de presentarme a su joven asistente, la diseñadora. Se sentó junto a ella, que estaba trabajando en el computador, y habló conmigo. Advertí las arrugas en sus párpados, sus ojos empequeñecidos y cansados, su obesidad. Era un hombre maduro, vivaz al hablar y al moverse. Mostró una vez más su vena humorística al preguntarme: "¿casado, con hijos, divorciado?"
Restrepo se levantó con el objeto de sacar un libro de un paquete. Se hizo un lío con la envoltura plástica, le dio lidia extraerlo. Me levanté y le ayudé a tirar de la banda plástica. Me pareció divertido los dos inclinados ante el paquete de libros que descansaba en el piso. Todos esos libros eran el mismo libro. Recordé el filme The Wall y la imagen de los ladrillos de la pared, igualitos. También evoqué el conjunto de los cincuenta libros de que me hice merecedor por ganar un concurso de poesía, años atrás. Siempre me ha asombrado esa seriada repetición de la especie, llámese persona, libro, vaso, cerilla, célula. Salí de la Secretaría de Educación (entidad organizadora del concurso) con un maletín y un sobre de manila abultados por los cincuenta libros. Venía hecho un lío con todos esos libros. En cierto instante pensé tirarlos, desprenderme de ellos. Es que pesaban los condenados. Para acabar de ajustar, estaba constipado. Tuve un resto de cordura. Y ahí estábamos Restrepo y yo, intentando hacernos con un ejemplar de esa seriada repetición de un título. Al fin logramos sacarlo. Me quedé con el volumen. Era un obsequio de Restrepo. (Hoy no recuerdo qué libro era).
Volvimos a nuestros asientos y continuamos la conversación, con pausas en las que él daba instrucciones a la asistente o un joven de un cubículo vecino (el mismo que entrara con él momentos atrás, el canosito), el cual se acercó y, desde la entrada, le pidió información sobre algo: negocios editoriales con otras ciudades, Madrid. Restrepo era el director de la revista de la u.
Llegaron las seis y Restrepo debía salir: su jornada había terminado. Antes de irme le dije si podía quedarme con la revista Alma Mater que estaba sobre el escritorio y que hojeé todo el tiempo (nerviosamente, volviendo siempre a la imagen de la cubierta, Ronda nocturna, de Rembrandt), mientras hablaba con él. Restrepo vaciló y habló algo con una muchacha del cubículo contiguo. "Sí, puedes quedarte la revista". Nos despedimos. "No olvides despedirte de la asistente", me dijo. Y salí de allí con dos impresos en la mano como equipaje. Dos obsequios de Restrepo, la revista de la u y el libro cuyo título no recuerdo.
El canosito que cargara a la gata (que se había acercado a preguntar algo a Restrepo mientras conversábamos, ¿recuerdan? El de los negocios editoriales con Madrid...), también venía de salida, y al verme sujetó la reja del acceso y me permitió salir primero. Era un hombre afable, delicado, y de seguro tendría gatos en su casa, dos por lo menos. Le agradecí su cortesía y vine bordeando ingeniería, por lugares que tanto trajiné en mis años de pregrado, mirando con nostalgia a los grupos de muchachos haciendo cola ante las fotocopiadoras, la cola a que tantas veces me sumé para sacar algún documento. Esa nostalgia.
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