domingo, 12 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.6.)

En la época federalista, el estado del Cauca comprendía los actuales departamentos de Chocó, Valle del Cauca y Cauca. Fue una región que acogió la mano de obra esclava, para el desempeño en las minas, en los cultivos de caña de azúcar y en el servicio doméstico. El pasaje Calibío también era punto de concentración de negros del Pacífico. En ese sector, del lado de Bolívar, echando hacia el Parque Berrío, había un garito que frecuenté por un tiempo: el Salón Bogotá. Había en la timba asiduos de toda laya, pero los negros constituían una buena parte del paisaje. En María la servidumbre está conformada sobre todo por esclavos: Pedro, Bruno, Remigia, julián, Feliciana, Juan ángel. Durante la travesía de Efraín por el Dagua, la obra tiene acentos que nos recuerdan la poesía de Candelario Obeso (1849-1884): los bogas, su jerga, su canto, su faena.

Yo me embeleso con el algarrobo del parque San Pablo. En Maria, Isaacs se derrite con las palmeras: "Los grupos de palmeras se hicieron más frecuentes. Veíase la pambíl de recta columna manchada de púrpura; la milpesos frondosa, brindando en sus raíces el delicioso fruto; la chontadura y la gualte, distinguiéndose entre todas la chonta de flexible tallo e inquieto plumaje, por aquello de coqueto y virginal que recuerda talles seductores y esquivos. Las más con sus racimos medio defendidos aún por la concha que los había abrigado, todas con sus penachos color de oro, parecían con sus rumores dar la bienvenida a un amigo olvidado".          

En una de las visitas que hice a Sonia Gómez en su oficina, le conté que había interrumpido la carrera para trabajar como profesor en un colegio privado. En el momento menos pensado, hallándome en la u, se me ocurría pasar por el despacho de un profesor y saludarlo. Tenía estas confianzas con muy pocos: Restrepo, Natalia Pikouch y Sonia Gómez. Estévez no tenía oficina en el campus. Su despacho eran las cafeterías. Nunca entendí bien su contrato con la u. Debía de ser prestación de servicios. Ya casi a sus setenta años le dieron una cátedra de español. En la ocasión presente, me había dirigido a la oficina de Restrepo. Al encontrarla cerrada, ya en retirada, opté por saludar a Sonia Gómez. Eran vecinos del cuarto piso, en el bloque 12. Era una tarde de esas en que, luego de terminar mi jornada de docente, me iba a la u a estudiar, un poco a fingir que seguía matriculado, cuando no era así. Se me presentó la oportunidad de trabajar en un colegio, y me retiré de la carrera a tontas y locas. No avisé a mi familia. Ni siquiera redacté una carta dirigida a la administración, poniéndolos al tanto de mi resolución. Esto me hubiese ahorrado dinero a la hora del reingreso. Al volver a la u, un año después, el costo de la matricula se acreció considerablemente. De veras que lamenté mi imprevisión. Pero son cosas que nos pasan por atolondrados, por irreverentes o por terquedad.

Desde el corredor vi a Sonia sentada en su escritorio, al fondo de la oficina. Una mujer entrada en años, motilada cortico, con cierta gravedad en el semblante. Me dispensó una acogida reconfortante. Empezamos a platicar, y cada vez nos sumergíamos más y más en el mundo de los libros. Era inevitable no atender el magnético conjuro de los poemas enmarcados y colgados en la pared, leer como al descuido los versos de Emily Dickinson y de Quevedo, ofrecidos al visitante como una provocación. Me sinceré con Sonia, refiriéndole mi desvinculación de la u, mi trabajo como profesor. Hoy me doy cuenta de que yo debía inspirarle crédito, o que sencillamente, me estimaba, porque siguió  prestándome libros, a pesar de mi condición de retirado. Ya hacía un semestre o dos que yo había estado en su curso de literatura colombiana, que había puesto cacumen en el trabajo sobre María, y seguramente me recordaba con aprecio. Un muchacho que escribe bien es una felicidad para un profesor. Le hace sentir que no todo está perdido, que vale la pena compartir nuestro saber. Yo seguía saludándola cuando nos cruzábamos por ahí. Y esa vez en que se rodó por la escalera y retornó a la u luego de un mes de incapacidad, yo era uno de los dos estudiantes en que ella apoyaba su renqueante cuerpo al avanzar por el pasillo rumbo a su bloque. Una mujer jamona con dos jóvenes apolíneos sirviéndole de muletas, era una imagen digna de ver, quién sabe qué sensaciones suscitaba en los protagonistas y en los espectadores de la escena. La verdad, yo sentía cierto embarazo. No es que acostumbrara ser muy galante. Tal vez Sonia hasta exageraba su impedimento, para recostarse más en sus auxiliadores. Muchachos considerados, aceptaron el pedido de ayuda de la profesora al verla pasar trabajo con su cojera. Muchachos con inquietudes literarias ambos. No, qué lujo de muchachos. ¿Aceptan que los invite a gaseosa? Bueno, entonces detengámonos en la cafetería.

Mis apuntes sobre María eran cosa del pasado, lo mismo que mi estrambótico viaje a Bogotá y mi anécdota con el poeta muelón (me invitó a su casa, un inquilinato vetusto, y me enseñó sus poemas y sus pinturas. Me ofreció posada. Denegué). Sonia Gómez también quedaba atrás, en el recuerdo y la nostalgia de los profesores de la u, de esos maestros que nos transmitieron su experiencia. Desde cualquier corriente del pensamiento que siguieran, nos explicaban la materia y nos invitaban a dar nuestro aporte. Estaba dentro del camino trazado por Sonia que basara mi trabajo sobre María en las teorías de George Lucaks y Bertold Brecht. Parecía que nuestros argumentos tuvieran más peso si los sustentábamos en pensadores foráneos. Eran pocos los que evitaban darse ese puntillo. Explicar María desde la perspectiva de unas eminencias de afuera. Así es la Academia. Al escribir María, Isaacs tendría a la vista a Atala de Chateaubriand (1768-1848). Esos referentes extranjeros son casi una fatalidad.

    

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