Esta vez el nombre no era europeo, pero me sembró en la misma ardua rememoración. Claro que, al final, y después de un duermevela en que soñé que estaba en el parque de Bello, la palabra brotó musical en mi mente: "Maracaná". La amnesia tenía que ver con la marca de unos guayos que solía mercar en mi época de futbolista, y que alguna vez merqué en Sport River, en los bajos del edificio Guttemberg. "Maracaná". Desde el principio me sonaba carioca, latinoamericano. Me agoté inútilmente en una enumeración de términos, hasta que me dormí, ya muy de madrugada, y soñé que me hallaba en el parque de Bello, y que una rectora de alguno de tantos colegios en los que trabajé, me descubría haciendo el holgazán en la tierra de Marco Fidel Suárez, y me llamaba al orden.
A través de Sport River, el nombre del almacén de artículos deportivos de Carabobo con Calibío (o Calibío con Carabobo), comencé a bucear en los recuerdos, a forzar la memoria, a ver qué encontraba. Se me hizo patente el lugar, el almacén abierto al público, los mostradores exhibiendo mercaderías de fútbol: uniformes, guayos, espinilleras, balones. Recordé los guayos marca "Gol", que tanto usé. Creo que había otros guayos marca "Crack". Y por supuesto, los balones "Mikasa", que eran un lujo. Vino a mi mente el nombre de otro almacén del mismo género: "La revancha", pero me queda la duda si estaba ubicado en Calibío o en Junín. Este nombre ("La revancha") me sonó bien, con un tinte contestatario, aunque sé que su sentido puntual se enmarca en el campo deportivo. Anhelé que la memoria rodara gentilmente ante mí una película lenta, y que yo pudiese verificar con precisión los comercios del pasaje Calibío, todo aquello desaparecido, abolido. Era demasiado pedir. La palabra "Maracaná" fue, con todo, una maravilla. Todo ese mundo de nombres y referencias comerciales cobraba realce en mi cabeza. Venía evocando los negocios desde la esquina de Bolívar hasta la de Carabobo, en ese Calibío de veinte, treinta o más años atrás. Y algo conseguía, sí, no era en vano del todo.
Hace ya unos años, el algarrobo del parque San Pablo fue sometido a una "cirugía mecánica". Debido a su estado centenario y a fallas en su estructura, tuvo que ser sostenido con "muletas". Los ingenieros idearon unas vigas metálicas poderosas, hundidas en bases de concreto y acomodadas entre el ramaje, para que el coloso vegetal resista más de lo que su naturaleza y su edad le permitirían. Algún día colapsará, pero ya no tan pronto ni tan brutalmente. El mismo procedimiento usaron con otro árbol añoso, un piñón de oreja de Robledo. Así pues que los botánicos y los ingenieros se unen en el propósito de salvar a los árboles de un inminente desplome. ¡Aplausos!
La profesora de literatura colombiana proyectó el curso con base en la lectura de tres novelas: María, La vorágine y Cien años de soledad. Yo tomaba apuntes para el trabajo sobre María. De acuerdo con la perspectiva teórica que había dado al ensayo (el realismo en la novela de Jorge Isaacs), me agencié, como bibliografía de apoyo, textos de Bertold Brecht y de George Lukacs.
No era muy ordenado con mis apuntes académicos. Los escribía, indistintamente, en uno u otro cuaderno de los que empleaba para mis anotaciones literarias. Así, las notas sobre María estaban dispersas aquí y allá. Las hacía a lápiz o bolígrafo (pero predominantemente con el primero), por lo general con una caligrafía menudita y apretada, que solía causar sorpresa en la gente. Alguna compañera de clase (¿Loren, Rosana, Olga Regina?) le había llamado a mi letra “pichaderito de pulgas”. ¿Cómo podía entenderla? Sin embargo, yo no tenía ningún problema. Cada cual descifra su enredo. Mis cuadernos eran sencillos y baratos, unas veces cuadriculados, otras, rayados. No solía ser escrupuloso con estas cosas. Por esa época llevaba, amén de otros cuadernos, una agendita café con la litografía de una entidad bancaria: Davivienda.
Ahora recuerdo que era en Calibío (donde abundaban las papelerías, por algo ese edificio de la esquina tenía el apellido del inventor de la imprenta) donde yo mercaba mis cuadernos y otros menajes de escritura: la Papelería Palacio. Los empleados ya me referenciaban. Me gustaba la manera diestra y amable como empaquetaban mi compra en papel de envolver. Hice de esta práctica casi un sistema, de tal modo nos aquerenciamos en los hábitos. Hoy casi todas esas papelerías han desaparecido. No hay que olvidar que la gobernación de Antioquia funcionó mucho tiempo allí, en ese edificio exótico (levantado por Goovaerts) que da sobre la plaza Nutibara. Esta circunstancia legitimó, en el pasado, la proliferación de tinterillos y de papelerías en el pasaje Calibío. Con el traslado de la administración a la Alpujarra, todo cambió.
Ahora me ocupaba María. El lápiz
había dado forma a sueltos trozos numerados de escritura a lápiz, que se
disponían consecutivos a lo largo de tres páginas de mi cuaderno. Sumaban veintisiete fragmentos. Era apenas el
acercamiento al tema, el aproach, como dicen los gringos. “Podemos rastrear y
precisar en María (considerada por muchos la obra romántica por excelencia de
la literatura latinoamericana) algunos elementos encasillables dentro del realismo”, rezaba el primer pedazo.
Este cuaderno con los apuntes sobre María (la imagen de la profesora Sonia Gómez, el barrio San Pablo y su amplio parque con el excelso algarrobo) me acompañó durante mi extravagante viaje a Bogotá, realizado a la loca, sin un fin preciso. Andaba fugado de casa, luego de derrochar un dinero que mi padre me confiara para consignar en su cuentecita bancaria. La mañana en que llegué a la capital, evocando la figura de Camilo Torres (“el cura guerrillero”), visité la Universidad Nacional. Allí me duché. Una hora después, en la Plaza Bolívar, conocí a un poeta muelón, un amanuense que trabajaba en los despachos del capitolio. Después del mediodía, entré a un cine y vi un filme de acción (¿Van Dame?). Luego fui en busca de la dirección de la casa del tío de Jaime, mi hermano menor, pensando en encontrarlo y saludarlo. Búsqueda infructuosa. A las cinco de la tarde, según lo convenido, regresé a la Plaza Bolívar y me encontré con el poeta. Estuve en la pensión donde este se alojaba, Candelaria arriba. La imagen de una muchacha hermosa y trágica (María) recorría los renglones de mi cuaderno, mientras me perdía en el laberinto de las calles capitalinas, subía a un bus, rastreaba a mi pequeño hermano. Lo mismo la estampa de Sonia Gómez, la profesora jamona, que acaso hilaba trampas románticas a sus estudiantes bajo la excusa de préstamos de libros. Veinte o más años atrás, ella había sido joven y hermosa como María, y había captado los suspiros de más de un Efraín. Pero ahora solo podía fingir benevolencia ante sus alumnos, mientras trataba de capturarlos en la red de sus deseos.
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