lunes, 20 de diciembre de 2021

Restrepo (cap.4.)

Por lo general, a lo largo del semestre, un estudiante acude a la oficina de un profesor en pos de asesoría sobre un trabajo. Es lo más frecuente. Sin embargo, Marcos visitaba a Restrepo para conversar. Este le recibía con deferencia, y le preguntaba sobre su vida y sus lecturas. Restrepo tenía un carácter risueño y una sutil ironía que dejaba aflorar a menudo. Sobre su ordenado escritorio se veían algunos cartapacios y, en su sobriedad, se permitía el ornato de un vaso de porcelana con una solitaria flor. En una repisa mantenía libros y revistas. Había un escritorio más al otro lado de la oficina, igualmente pulcro, y la pared de esa parte mostraba una colección de coloridas libélulas de papel. El compañero de despacho de Restrepo debía tener un espíritu soñador.

¿Qué pensaba Restrepo de ese muchacho afro que se atrevía a visitarlo en su oficina y le pedía que le recomendara libros? Ya se había regado la bola entre los docentes y los estudiantes de que ese muchacho escribía bien. Acaso Restrepo se percatara de que ese joven tenía cara de abjurar de todo, de dirigir contra el mundo la burla más desfachatada. Quizás había algo de compasión en su gesto de recibirlo en su despacho con la mayor consideración. Tal vez advertía que se hallaba ante un reprimido, un tipo peligroso, al borde de la locura, y era prudente tratarlo con tacto. También sentía ante ese muchacho esa suerte de desvalimiento que hay en la juventud. Intuía que un joven como él no respetaba a nadie, que a las mujeres las trataba de perras y a los profesores de bestias. Imaginaba que Marcos era de esos tipos chocantes que reparaban en cuántas mudas de ropa tenían sus profesores, con qué frecuencia repetían cada muda, haciendo mofa de ello. 

Sea como fuere, siempre que lo visitaba se comportaba modosito, algo inquieto, pero dentro del protocolo. Era un muchacho respetuoso. Podía tener su mundo de aullantes hienas íntimas, mas se atenía a la fórmula alumno-profesor. Restrepo esperaba que la visita calmara sus demonios, que la sacerdotal benevolencia del maestro impusiera una penitencia de recato en ese joven a todas luces desesperado con la vida. Sí, a veces se sentía como un clérigo que recibiese en confesión a una tropa pervertida. El muchacho andaba embolatado, pero era natural, todavía era muy joven.

Marcos hacía anotaciones sobre Restrepo. En su caligrafía pequeña y pasuda como su pelo discurrían apuntes sobre el profesor de literatura: lo sorprendía comprando confites de menta, viajando en la buseta de Circular. Reparaba en su bluyín, en su camisa fina, en sus zapatos. Y un día de canícula lo describe usando gafas de sol. Era viernes, día pintiparado para imitar a sus amadas estrellas del cine y usar lentes de sol. Podía excusarse con la artimaña de que el sol le irritaba los ojos. Entonces se dejaba la barba y se parecía a Bud Spencer, sin llegar a ser tan talludo. Marcos se topaba con él en la Plaza Barrientos y Restrepo le enseñaba el confite de menta recién comprado, como un niño sorprendido cometiendo una falta. Al separarse, el profesor volvía la cabeza para mirar al muchacho, y su sonrisa era la de un buen padre.

¡Viernes! Para un universitario, llámese profesor o alumno, un viernes era mágico. Era día de expansiones. Restrepo se ajuareaba sus lentes de estrella del celuloide, y Marcos se escurría en un aula (y había gozo indescriptible en ello) y consignaba un apunte en su cuaderno, mientras las cafeterías y los tránsitos eran pura ebullición. "Restrepo se puso lentes hoy viernes, el sol le irritaba los ojos y en su ser había un antiguo asombro ante la vida. En la buseta se mostró reservado con el amigo del lado, se miró las palmas de las manos y se sonrojó. La verdad es que se veía algo nervioso", está escrito en el diario de Marcos.                     

Y Marcos pensaba en el dominio que debía ostentar el cauto y reservado Restrepo en la buseta, por ejemplo, al coincidir con estudiantes y colegas, al enfrentar un saludo, una charla, o un simple silencio, una indiferencia, un desplante. Eran cosas de todos los días, necesarias, insufribles en ocasiones, molestas. No era un hombre sociable, se veía a la legua.  

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