miércoles, 15 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.1.)

*Una tarde Marcos visitó a Restrepo  en su oficina. Lo encontró fuera de su escritorio, de espalda a la puerta, mirando el paisaje por la ventana. Restrepo volvió el cuerpo hacia él. Vio en el empaque del muchacho un gesto urgido, inflexible; su mirada lo interpeló. Lo saludó. Restrepo respondió con solicitud y lo invitó a sentarse. Se acomodó en su sillón, ante el mesón lleno de libros y revistas. Adoptó un semblante abierto, exhortativo, dispuesto a escuchar. Se dio cuenta de la sorpresa de Marcos ante su barba rasurada, esto lo turbó un poco. Quizás su rostro se veía menos benévolo. ¿Acaso quiso retroceder? Fue lo que pensó, pero se mostró cordial y receptivo, y el joven pareció tomarse confianza. Le confió que sólo había pasado a saludar, que su visita era informal, con el objeto de cruzar unas palabras.

Mientras empezaban a conversar, recordó su visita anterior, cuando le solicitó una lista de autores recomendados. Tenía el propósito de trazarse un exigente plan de lectura. Quedó algo decepcionado ante su respuesta. Le dijo de su desconfianza frente a esos listados y decálogos. Los libros van llegando a nosotros, dependiendo de la intensidad de nuestra búsqueda. Sabía que Marcos asistía al taller de escritores dirigido por Estévez. Estévez prescribía un catálogo de escritores dignos de leerse. ¡Ese muchacho! Ahí estaba otra vez, ante él, la imagen de su juventud, su inexperiencia, sus inquietudes, pesquisas, zozobras. Reprimió en su interior la resaca de dolor que amenazó con arrasarlo. Le preguntó por su vida, por sus lecturas. Marcos le dijo que estaba leyendo Gran sertón, de Joao Guimaraes Rosa.

La postura y las palabras de Restrepo obedecieron al propósito de vencer la inseguridad del joven, de conseguir que se sintiera bien. Sabía que a esa edad somos presa fácil de la ambigüedad y la modestia, lo mismo que de la arrogancia. Marcos era un muchacho reservado y arisco. Seguro que se autoflagelaba a diario  con reproches, que le dominaba el desánimo. No era difícil descubrir en sus ojos el vaivén de estas emociones. Al fin entraron en una apaciguada atmósfera y el diálogo fluyó. Parecía que se entendían. Hablaron de ese cuento de Guimaraes Rosa titulado La tercera orilla del río. Sí, parecía que se entendían.

Restrepo le preguntó por Estévez y advirtió que el muchacho no se sintió tan a gusto. Quizás tenía como principio no hablar de personas ausentes. Tal vez percibía cierta deslealtad al actuar así. Acaso hubiese algo de volubilidad en su carácter. No sabía. Las palabras de Restrepo sobre Estévez habían sido discretas y elogiosas. Pese a que el trato entre estos colegas era limitado, se guardaban mutua consideración. Estévez no tenía muchos estudios académicos, pero suplió esta falta con el autodidactismo. Había llegado a ser un escritor respetado, muy consciente de su oficio. Rara vez se veían. Ambos eran seres esquivos. En cuanto a Restrepo, la universidad y la casa eran sus espacios habituales. De vez en cuando, un viaje a algún evento poético, en ocasiones al exterior. Vivía en Carlos E. Restrepo, en un conjunto de cómodos apartamentos, al pie de la biblioteca La Piloto y la Universidad Nacional. El ambiente estudiantil daba vida al sector, salpicado de comercios donde era grato sentarse a tertuliar. Bebía unos rones con amigos escogidos y de vuelta a casita. Era su rutina.

La impaciencia se apoderó del muchacho, Restrepo lo advirtió en seguida. Fue mala cosa mencionar a Estévez, de esto se dio  cuenta. Quizás la culpa era suya. Tal vez el desestimar el listado de libros significó una crítica encubierta a la metodología del colega. Esto cabreó al muchacho, desnudando la hosquedad en su semblante. Restrepo notó cómo se removía a menudo en la silla, apretando la mochila contra el regazo, mirando inquieto a uno y otro lado. Ahí estaba frente a él, con su piel morena y su pelo apretado, su vigorosa y atlética figura. Vestía un bluyín y una camiseta de mangas largas y cuello redondo. En general, presentaba un aspecto esmerado. El buen clima había durado muy poco. Marcos hizo varias veces el ademán de levantarse. Restrepo se hizo cargo de la situación e inventó cualquier excusa para abandonar la oficina. Se pusieron de pie. Restrepo tomó su chaqueta del respaldo del sillón. El muchacho le antecedió, aguardándolo en el pasillo, mientras el otro se demoraba con la cerradura. Una muchacha abordó  a Restrepo al salir y le preguntó algo sobre Mircea Eliade y el mito. Esto fue ya demasiado para el muchacho que, fingiendo mirar algo en la cartelera de la pared,  libraba una lucha interna entre el respeto a las convenciones y su fogosidad. Mircea Eliade y el mito, a ver. Restrepo se despidió un poco a la ligera del muchacho y este bajó la escalera. Al verlo desaparecer, el profesor no pudo evitar advertir unos desgarrones en la mochila de lona del joven.                 

 

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