*Una tarde Marcos visitó a Restrepo en su oficina. Lo encontró fuera de su escritorio, de espalda a la puerta, mirando el paisaje por la ventana. Restrepo volvió el cuerpo hacia él. Vio en el empaque del muchacho un gesto urgido, inflexible; su mirada lo interpeló. Lo saludó. Restrepo respondió con solicitud y lo invitó a sentarse. Se acomodó en su sillón, ante el mesón lleno de libros y revistas. Adoptó un semblante abierto, exhortativo, dispuesto a escuchar. Se dio cuenta de la sorpresa de Marcos ante su barba rasurada, esto lo turbó un poco. Quizás su rostro se veía menos benévolo. ¿Acaso quiso retroceder? Fue lo que pensó, pero se mostró cordial y receptivo, y el joven pareció tomarse confianza. Le confió que sólo había pasado a saludar, que su visita era informal, con el objeto de cruzar unas palabras.
Mientras empezaban a conversar,
recordó su visita anterior, cuando le solicitó una lista de autores
recomendados. Tenía el propósito de trazarse un exigente plan de lectura. Quedó
algo decepcionado ante su respuesta. Le dijo de su desconfianza frente a esos
listados y decálogos. Los libros van llegando a nosotros, dependiendo de la
intensidad de nuestra búsqueda. Sabía que Marcos asistía al taller de
escritores dirigido por Estévez. Estévez prescribía un catálogo de escritores
dignos de leerse. ¡Ese muchacho! Ahí estaba otra vez, ante él, la imagen de su
juventud, su inexperiencia, sus inquietudes, pesquisas, zozobras. Reprimió en
su interior la resaca de dolor que amenazó con arrasarlo. Le preguntó por su
vida, por sus lecturas. Marcos le dijo que estaba leyendo Gran sertón, de Joao
Guimaraes Rosa.
La postura y las palabras de
Restrepo obedecieron al propósito de vencer la inseguridad del joven, de
conseguir que se sintiera bien. Sabía que a esa edad somos presa fácil de la
ambigüedad y la modestia, lo mismo que de la arrogancia. Marcos era un muchacho
reservado y arisco. Seguro que se autoflagelaba a diario con reproches, que le dominaba el desánimo. No
era difícil descubrir en sus ojos el vaivén de estas emociones. Al fin entraron
en una apaciguada atmósfera y el diálogo fluyó. Parecía que se entendían.
Hablaron de ese cuento de Guimaraes Rosa titulado La tercera orilla del río.
Sí, parecía que se entendían.
Restrepo le preguntó por Estévez
y advirtió que el muchacho no se sintió tan a gusto. Quizás tenía como
principio no hablar de personas ausentes. Tal vez percibía cierta deslealtad al
actuar así. Acaso hubiese algo de volubilidad en su carácter. No sabía. Las
palabras de Restrepo sobre Estévez habían sido discretas y elogiosas. Pese a
que el trato entre estos colegas era limitado, se guardaban mutua
consideración. Estévez no tenía muchos estudios académicos, pero suplió esta
falta con el autodidactismo. Había llegado a ser un escritor respetado, muy
consciente de su oficio. Rara vez se veían. Ambos eran seres esquivos. En
cuanto a Restrepo, la universidad y la casa eran sus espacios habituales. De
vez en cuando, un viaje a algún evento poético, en ocasiones al exterior. Vivía
en Carlos E. Restrepo, en un conjunto de cómodos apartamentos, al pie de la biblioteca
La Piloto y la Universidad Nacional. El ambiente estudiantil daba vida al
sector, salpicado de comercios donde era grato sentarse a tertuliar. Bebía unos
rones con amigos escogidos y de vuelta a casita. Era su rutina.
La impaciencia se apoderó del
muchacho, Restrepo lo advirtió en seguida. Fue mala cosa mencionar a Estévez,
de esto se dio cuenta. Quizás la culpa
era suya. Tal vez el desestimar el listado de libros significó una crítica
encubierta a la metodología del colega. Esto cabreó al muchacho, desnudando la
hosquedad en su semblante. Restrepo notó cómo se removía a menudo en la silla,
apretando la mochila contra el regazo, mirando inquieto a uno y otro lado. Ahí
estaba frente a él, con su piel morena y su pelo apretado, su vigorosa y
atlética figura. Vestía un bluyín y una camiseta de mangas largas y cuello
redondo. En general, presentaba un aspecto esmerado. El buen clima había durado
muy poco. Marcos hizo varias veces el ademán de levantarse. Restrepo se hizo
cargo de la situación e inventó cualquier excusa para abandonar la oficina. Se
pusieron de pie. Restrepo tomó su chaqueta del respaldo del sillón. El muchacho
le antecedió, aguardándolo en el pasillo, mientras el otro se demoraba con la
cerradura. Una muchacha abordó a
Restrepo al salir y le preguntó algo sobre Mircea Eliade y el mito. Esto fue ya
demasiado para el muchacho que, fingiendo mirar algo en la cartelera de la
pared, libraba una lucha interna entre
el respeto a las convenciones y su fogosidad. Mircea Eliade y el mito, a ver.
Restrepo se despidió un poco a la ligera del muchacho y este bajó la escalera.
Al verlo desaparecer, el profesor no pudo evitar advertir unos desgarrones en
la mochila de lona del joven.
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