sábado, 1 de enero de 2022

Consuelo

Ya estaba que me graduaba de la u cuando compartí unos instantes con esta profesora altiva, distante, con fama de poseer un gran intelecto. Creo que dictaba crítica literaria. Tita, que se había hecho amiga de ella, programó una velada en su casa, invitándonos a varios condiscípulos, entre estos María y yo. Fue un chasco. Consuelo, que era la invitada de honor, la que presidiría la tertulia con su brillantez, nomás llegar dijo sentir un terrible dolor de espalda, disculpándose de acompañarnos. Tita le cedió su cuarto. Luego Tita me contó que Consuelo y María se llevaban mal, que la excusa del dolor de espalda no fue más que diplomacia. Pasó por antipática, mas esto no le importó. Continuamos con nuestro plan de escuchar música, tomar unos rones, hablar. En fin, dilapidamos la noche en un convite de universitarios. 

Durante la noche, que se hizo larga y tirante, Consuelo salió del cuarto en dos breves oportunidades, para venir a la cocina por un vaso de agua y, luego, para hacer una llamada telefónica en la que, al parecer, tuvo una respuesta negativa. En estas ocasiones presentó un rostro afable, protocolario, pero con lejanía de fondo. Nunca entendí esas diferencias entre mujeres ni me esforcé por sondearlas, aunque se me ocurría pensar que ese "me cae mal" referido a alguien que apenas conocemos obedece más a mala fe y obcecación que a otra cosa.

A la mañana siguiente Consuelo fue la primera en levantarse. Aprovechó la claridad para escabullirse, antes de que los demás se desperezaran. Afanada, entró al bañó, se cepilló los dientes, se peinó. Tita salió a despedirla. Yo dormía en el recibidor.  Me desperté. Aproveché que Consuelo tenía auto y que se ofreció a llevarme hasta el centro. En los apuros de la partida, Consuelo descubrió que le hacía falta el reloj. Se daba tanta prisa que no condescendió a buscarlo en la pieza donde durmió, sugiriéndole a Tita que no había problema, que se lo devolviera después, en caso de que, efectivamente, lo hubiese olvidado allí. Era un afán insensato, así me lo pareció. Aún la recuerdo en el parqueadero, sacando el carro, diciéndole adiós a Tita con una amabilidad un poco impaciente. 

Consuelo apuntó un comentario sobre el aspecto sensual de la mañana, con el ligero trastorno que el cambio de hora provocaba: el reloj marcaba las ocho, siendo en realidad las siete. Era en la época de los racionamientos de energía. Yo tenía una opinión similar con respecto al tiempo, a lo excitante de día. Me agradaba el mes de diciembre, con la placentera idea de las vacaciones, con la sensibilidad propicia a todas las seducciones de la nostalgia, el amor, los sencillos actos cotidianos. Consuelo me pareció una mujer madura, no solo por la edad, también por la voz y lo que esta revelaba: un pensamiento profundo, decantado, un espíritu sensible. Cada palabra suya venía atravesada por una circunstancia vital intensa, por una suerte de íntimo ardor. Era una voz femenina, amena. Yo la escuchaba en medio de un sentimiento de bienestar, de halago, de aventura. No podía conciliar la imagen de la mujer cismática encerrada en el cuarto, con la que ahora conducía su auto de un modo tan suave y experto, tanto que yo, a su lado, no sentía otra cosa que el fuerte influjo de su voz. La ciudad se deslizaba insensible, y yo venía preso en la magia veraniega de esa voz. 

Conversamos de libros y autores, pero no exclusivamente. En aquel instante me vino a la mente Marvel Moreno y su novela En diciembre llegaban las brisas, y me pareció que, de alguna forma, Consuelo y yo éramos personajes de aquella ficción, una mujer y un hombre del Caribe volcando el estremecimiento de nuestras almas a la captura del encanto matinal. Viniendo de una especie de romance platónico. El aire era cálido, el sol venía a cumplir sus funciones con algo de sonreída negligencia. La avenida no podía ser más cómoda. El auto rodaba blandamente en el pavimento sin un solo bache. La ciudad venía a nosotros como una flor que eclosiona o como un mundo que se deja recorrer, ofreciendo el dulce misterio de la luz, lo mismo que el leve desasosiego ante la contingencia de un día por vivir. Le mostré las iglesias del Perpetuo Socorro y la de Barrio Triste, contándole de la fuerte emoción estética que me producían con sus estampas góticas resaltando entre sectores industriales. Las agujas, cónicas, parecían horadar el cielo, y la pátina del tiempo las revestía con indudable majestad. Le conté cómo me gustaba dejarme atrapar por la sugestión de verlas aparecer y moverse merced al desplazamiento del auto. Era una sensación espacial inefable. Se me antojaban el punto de convergencia de una espiritualidad afincada en lo más hondo de mis vivencias. Agradecí dentro de mí tener a mi lado a una mujer como Consuelo, inteligente, capaz de hermanarse sentimentalmente a estas cosas tan mías, risueña, conversadora. Sí, era una mujer encantadora, estimulada por la tenue luz decembrina, eufórica, desafiante ante los azares de la existencia. Yo experimentaba cierta melancolía mezclada a mis inmensas ganas de vivir. Acaso era la certidumbre que la irreparable pérdida de cada minuto entrañaba. Certidumbre de pasar, de ser huideros como la misma vida. Algo como eso. Satisfecho, me dije: "me ha aceptado". 

El agrado era recíproco. Sentado junto a ella en el auto, no dejaba de sentir lo mucho de aventurilla que había en eso de estar hablando con una profesora universitaria, con una mujer atractiva, quizás de buena familia, con una vida material libre de preocupaciones, con un corazón en constante fermento, entre los conflictos del odio y el amor. Recordé que al llegar a la velada de Tita, antes de encerrarse, ella me saludó amigablemente. Recordé que entonces el parco fui yo.                  

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