miércoles, 22 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.5.)

Recrear el mundo del bloque 12 (Humanidades) a través de las figuras de Restrepo, de Sonia Gómez, de Hernán, de Natalia Pikouch y tantos otros catedráticos. Óscar Castro, por ejemplo, que enseñaba literatura prehispánica; Dora Tamayo y sus sabrosas lecciones sobre Don Quijote; Ramón Jáuregui, el de linguística, áspero en apariencia, amable y cálido cuando se lo trataba de cerca, fuera de la esfera del salón de clase. Hernán Sepúlveda, otro experto en Saussure; la obesa y grata Vilma, que nos dictó un seminario de literatura europea donde me las vi con El proceso. En fin, Iván Hernández, Consuelo Posada, con quienes nunca vi cursos. Alcides, el de inglés, era otro personaje, algo pintoresco con su gran afro, de aquella fauna magisterial. Con este último también sostuve algunas charlas, aunque no tenía el bagaje literario que, en ese entonces, me parecía indispensable para considerar interesante a un académico. Incluso tenía facetas pesadas este Alcides tan folklórico. Le recuerdo algún chiste burdo sobre los negros. 

La verdadera alegría era hablar con Restrepo, ese hombre maduro, de voz grave y reposada, de aspecto tranquilo. Un viril y sincero afecto me inclinaba hacia él. Me lamentaba de que no pudiese sentir idéntica emoción frente a mi padre. Con este las cosas marchaban a los trancazos. Restrepo me atraía por su esencia de poeta, por su recorrido en las letras, por sus viajes. Quizás soñaba con llegar a ser como Restrepo, un vate de renombre, con libros publicados y un aura de reconocimiento por donde quiera que se movía. Una figura de peso en el escenario de la literatura. Reconocía en mi padre, sin embargo, al más grande poeta. Era una relación de la sangre, de la vida, eterna. A pesar de que jamás sostuvimos una conversación sobre libros ni se interesó por mi vocación literaria, mi padre está en el principio de mis búsquedas artísticas. Yo intentaba llenar con mi escritura esos vacíos que sentía en la naturaleza de mi padre, ese desdén suyo por mis versos. 

En ese entonces la cafetería del bloque 12 se llamaba Hello Kitty. El nombre da idea de cómo estaba decorada, qué aspecto tenía el tendido de sillas y mesitas. La secretaría de la facultad quedaba en el segundo piso, subiendo las escalas, y allí había una funcionaria eterna llamada Margarita. Aulas y oficinas de docentes, lo mismo que centros de documentación y uno que otro baño, se repartían el espacio de los cuatro pisos. En el bloque 12 también funcionaba bibliotecología. Muchas veces encontré el rastro frío al acercarme a la oficina de Restrepo. Entonces descendía las escalas hasta el segundo piso, y en ocasiones preguntaba por él a Margarita, la secretaria. La mayoría de las veces, me marchaba sin indagar, y me perdía por la u en mi sonambulismo.   

Restrepo no las tenía todas consigo. Había los detractores. Recuerdo el inicio de un semestre en que me matriculé con él en un seminario de literatura universal. Restrepo propuso trabajar la literatura fantástica. Se armó tremenda discusión. Asunto: metodología, autores, bibliografía básica y secundaria. Óscar, un condiscípulo pertrechado con un impresionante saber enciclopédico, se alzó como contradictor del maestro. Restrepo sostenía que no se puede enseñar la literatura sino desde la incertidumbre y el placer, elementos que, de un modo indirecto, se convierten en generadores de conocimiento. Un conocimiento particular, intuitivo, distinto al académico y doctrinario. Óscar argumentaba lo opuesto. Era un racionalista a ultranza, pleno de vigor juvenil, ardoroso. Restrepo vaciló ante la arremetida del oponente. Se hizo un lío. Intervine, conciliador. Pero no dejé de advertir el quiebre de Restrepo. A mis ojos, las bolsas de sus párpados se acentuaron, su calva se hizo más notoria. En fin, sentí que su majestad se derrumbaba. Todo aquello me parecía tan grotesco. Óscar cesó en su temeridad al ver el desmadeje del profesor y, sobre todo, al advertir el rechazo que su ataque causaba en el grueso del alumnado. Tenía algo de innoble ese irse lanza en ristre contra un maestro de aspecto tan bondadoso. Al final se llegó a un acuerdo. Elegimos una temática: la literatura fantástica restringida al cono sur de América: Cortazar, Bianco, Casares. Habría una bibliografía adicional, documentos complementarios. En el fondo, todo al gusto de Óscar: leer a la luz de un problema. ¿Por qué el desarrollo de la literatura fantástica en Argentina?   

Salía de clase más sonámbulo que nunca, sintiéndome atracado de la vida, en una especie de fraude. Era fácil sentirlo. Imbuidos en el maremagno libresco, llegábamos a sentirnos plenos. Pero no había tal, porque la fragmentación inevitable de nuestra energía, hacía que los productos de nuestro pensamiento no fuesen más que piltrafas, pobreza intelectual, ausencia de grandes miras, servil obediencia. Y notaba que este entorno de la u en el que empleaba la mayor parte de mis calorías, era donde menos auténtico me sentía.                 

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