Ante la previsión de Sonia de anotar en un cuaderno el nombre y el teléfono de la persona a la que prestaba libros, pensé en hacer una tipología de esta actitud, tomando en cuenta al que presta y al que toma prestado, distinguiéndolos de acuerdo a la mayor o menor desconfianza (esto con relación a los primeros)y a la mayor o menor falta de seriedad (con relación a los segundos).
Al salir de la oficina de Sonia (esa mujer madurota, maquillada, de voz alegre, apasionada por la literatura), me sentí un hombre nuevo, curado de mis males. “Adiós al infierno del garito, adiós al Salón Bogotá, bienvenidas las salas de cine”, me dije. Uno de los hechos que fundamentaron mi resolución de volverme un adicto al cine, es la conexión que este tiene con la literatura, aspecto que había ponderado con Sonia y al que le había prestado escasa atención. Contagiado de este fervor, un tiempo después emprendí con María el estudio de Eisenstein, el cineasta ruso. Pertrechados con varios libros, nos reuníamos en las tardes en la universidad y leíamos, y discutíamos.
La verdad es que mi entusiasmo con el cine duró muy poco. Siempre preferí la lectura y, más que esta, la escritura. Sonia sabía que yo escribía, que asistía al taller de Estévez, pero nunca conversábamos al respecto. A mis veintidós años yo había escrito ya dos novelas. La primera sobre mi escapada de casa siendo un niño de diez u once años. La segunda sobre Jeremías, predicador callejero, anciano achacoso y fanático que divulga y defiende la palabra de Cristo en el Parque Bolívar. Me regodeaba describiendo la miseria del personaje, como la del mundo en que este se mueve. Hacía constantes alusiones a pasajes de los Evangelios. Soterrada o explícitamente, denunciaba la injusticia social, clamaba por un mundo de paz y amor. Jeremías era un personaje combativo, férreo en sus creencias. Yo lo situaba en la lidia pública, entre un corro de detractores. Era palmaria mi intención de reivindicarlo, exaltando su apostolado. Jeremías era un cruzado de Cristo. El aire sórdido del libro se desprendía de la morbosa fascinación del narrador por los sitios lóbregos, crapulosos, un mundo que él contemplaba con ansia y espanto. Había largas disquisiciones con relación al episodio en que Jesús multiplica los panes. En la obra latía un deseo de redención de los oprimidos. La figura de Cristo se conjuraba como la del hombre capaz de redimir a la especie humana de sus padecimientos.
Ambas novelas (la primera escrita en un un bloc, la segunda en un cuaderno) las perdí en los trasteos. Las evoco con cariño, como el luminoso despertar de mi vocación de escritor, que eclosionó a mis dieciocho años, en Itaguí.
Luego vino ese tiempo en que Estévez nos decía que un cuento es un sector de historia, que debe tener una columna vertebral, y creo que ahí fue donde comencé a hacerme un lío, perdiendo la espontaneidad y la desmesura de la imaginación. Tengo cuadernos enteros de apuntes sobre sectores de historias, columnas vertebrales y, enhorabuena, uno que otro cuento acabado. Algunas ideas eran bastante osadas, y eso me gustaba. Por ejemplo: "En Riofrío un sepelio era una oportunidad para variar la rutina, y nadie quería desaprovecharla. Como la mayoría de la gente no tenía nada qué hacer, se iban de paseo acompañando el féretro hasta el cementerio".
Entonces Sonia nos hablaba de La vorágine, y uno trataba de prestarle atención a la clase, de entender la cuestión. Pero era imposible dejar de sentirse en medio del torbellino de la vida universitaria, la masa, el tumulto de un viernes, por ejemplo, en que las cafeterías no daban abasto y los patios bullían de estudiantes ostentosamente juveniles, parlanchines, llenos de vitalidad. Y uno argumentaba para sí mismo que en la segunda parte de la obra es Clemente Silva, más que Arturo Cova, la figura relevante. No solo porque el relato de sus desventuras se extiende agotando páginas y páginas, sino porque aparece como un personaje con mayor entidad que ningún otro. Tanto el viejo rumbero como Arturo Cova están impelidos a la selva por un deseo obsesivo: el primero quiere repatriar los huesos de su hijo, el segundo quiere vengarse de su adversario. Los viernes en la u eran como un paroxismo de sensualidad. Al margen de la crisis social, cientos de jóvenes buscábamos divertirnos. La naturaleza me parecía casi un adorno, un abalorio, comparada con esta enorme manifestación del hedonismo, del querer rumbiar, beber, disiparse. Y ahí al lado estaba Clemente Silva, lanzado por su amor de padre a la selva inhóspita y carnívora. Ya no era el idilio de Efraín y María, era una cosa brutal.
Tras la lectura de estas novelas colombianas estaba una mujer que sabía mucho de su materia, una profesora (Sonia Gómez) que nos recibía en su clase con indudable buena voluntad, pero que acaso no se detuviese a pensar en ese remolino en que nos sentíamos atrapados como jóvenes, cuando sentíamos la vida como una araña vigilando su presa. ¿Y por qué debía detenerse a pensar en ello? ¿Acaso era nuestra madre o nuestra hermana? Hoy, con el superavit de los años, me digo que ella también daba tumbos en el vórtice, así tuviese la seguridad de un trabajo y una casa en un barrio confortable con esponjado algarrobo a bordo. Su amor por el cine era ese escape al que confiaba la salvaguarda de su mundo decoroso, amenazado por los rabiosos canes del tedio.
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