La panadería y pastelería Santa Clara estaba en la esquina suroccidental de Calibío. Me gustaba arrimarme allí y comer pasteles rellenos de arequipe, jalea de guayaba, pasta de leche y brevas. Un relleno que me volvía loco, que me parecía delicioso, en el que no desmerecían ni las brevas, que en la infancia no eran muy de mi gusto, aunque mi madre nos las servía en conservas y en dulces. En Santa Clara vendían parva fina, y claro, costosita. Más abajo estaba la heladería La montaña, que mi padre solía frecuentar en su época de empleado gubernamental, y de la que yo también, siguiendo su ejemplo, me volví asiduo. "La montaña", nunca había reparado demasiado en este nombre. Pero hoy me provoca asociaciones bíblicas y literarias: la montaña a la que Moisés subió a recibir las Tablas de la Ley, y La montaña mágica, la novela de Tomás Mann. Tanto frecuenté este lugar donde mi padre se solazaba bebiendo, que llegué a pensar que repetiría la faceta juerguista de mi ancestro. Sin embargo, mis visitas a La Montaña, cuando no eran para entrevistarme con mi padre, obedecían a una extraña nostalgia. No pocas veces saqué mi cuaderno y me puse a escribir allí.
Los árboles del pasaje Calibío (desde que recuerdo ha sido una calle peatonal) no podían ser otros que las palmeras que bordean el edificio de Goovaerts, similares a las que abundan frente a esta misma edificación, en la plaza Nutibara, donde los bulliciosos pericos se han aquerenciado. Estas palmeras de Calibío tienen hoy gran tamaño, superando en altura a muchas de las construcciones del callejón, pero yo las recuerdo tiernas, casi recién sembradas, cuando el edificio de Goovaerts dejó de ser sede de la Gobernación y se le hizo mejoras para convertirlo en Palacio de la Cultura. Cómo pasan los años. También recuerdo las palmeras del parque San Antonio, me tocó verlas tiernas, niñas, protegidas tras la albitana. Hoy son palmeras gigantescas.
Sonia Gómez sabía a qué atenerse con la literatura. Lo decía sin vacilar: "yo no me considero escritora, no tengo madera para eso. Soy crítica literaria, digo cosas sobre los libros que otros escriben. Soy cineasta a morir. Estévez me parece, definitivamente, un escritor muy flojo". Lo decía sin pelos en la lengua. El cine era lo suyo. Se sentía con autoridad para hablar de filmes y recomendarlos. Una vez que pasé a saludarla en su oficina, me prestó dos libros (Seis propuestas para el próximo milenio, de Ítalo Calvino, y La tejedora de coronas, de Germán Espinosa) y me recomendó una película: El maestro de música, de Jan Van Dan. También me habló de un ciclo de cine italiano que estaban pasando en el Colombo Americano. Como Estévez, ella tenía la precaución de anotar en un cuaderno el nombre y el teléfono de los deudores de libros. Eso hizo conmigo, no fui la excepción. ¿Que era lo que no le gustaba de Estévez? Estévez no es que amara mucho el cine. Un día me confesó su hartera con la familia de la mujer y de tener que acompañar a esta y a su hijito a ver cualquier película o a comer pizza. Le pesaba todo aquello que lo distrajera de la escritura. Cuánto acabe pareciéndome a Estévez. No es que me gusten mucho los convites familiares, que llamo "guachafitas". En cuanto a Sonia Gómez, su relación con la escritura era cómoda, algo frívola, como el que prefiere ver los toros desde la barrera. Estévez era un matador.
En esos días (ya lejanos, cuán lejanos) en que me crucé con Sonia Gómez en un supermercado de San Juan con la 70, yo todavía solía visitar a Estévez en su casa de Manrique. De una de estas entrevistas salí con un prospecto sobre un concurso de literatura, obsequio de mi maestro. Igual que Blandón, me chutaba información sobre concursos, a ver si me los ganaba. Me tenían confianza. Blandón era aún más comunicativo y servicial, puesto que me chutaba cualquier dato de la agenda cultural de la ciudad: conferencias, cine, ajedrez, tertulias, posgrados, ferias, lanzamientos de libros,. Recuerdo que toda esa tarde y parte de la noche anduve con el prospecto hecho un rollo en mi mano. Me acompañaba aún mientras orinaba en un billar al que entré de afán. Un concurso. Llegaría el día en que me importarían un maravedí esos concursos. Las paredes del billar estaban enchapadas con espejos. En ellos se reflejó mi figura de negro con cara de pocos amigos, desplazándose hacia el mingitorio con un papel enrollado en la mano. Otro negro muy borracho ocupaba uno de los tres compartimientos del orinal. Me coloqué con prudencia al lado del beodo. Este se hallaba en tal estado de embriaguez, que orinaba sin controlar bien su miembro, por lo que los meados caían fuera de la porcelana, salpicándole el pantalón y los zapatos. El tipo se mecía de un lado a otro, hip, hip. Hice aguas tranquilamente. Mi rostro expresaba gravedad y dominio. Vigilaba al otro con el rabillo del ojo. Qué situación tan deplorable, pensé del otro pobre diablo. Parecía a punto de dormirse y caer de bruces contra el tazón. Aparentaba unos cuarenta años y una barba de dos días le sombreaba la cara. Advertí el respingo de recelo del hombre cuando me sumé al orinal. Me percaté de que el borracho soltaba el pene para sacar algo del bolsillo del pantalón. El puerco se estaba mojando los zapatos. Oriné expedito. El hombre me dirigía turbias miradas de desconfianza. Me desconcertó notar que lo que el tipo extraía del bolsillo con arduos y torpes ademanes, era una navaja. Me puse en guardia. El tipo tenía cara de perpetrar un disparate. Subí la cremallera y me retiré con pasos enérgicos.
Era mediodía cuando fui de compras a la Candelaria de San Juan con la 70. En un cartoncito apunté: arroz, aceite, pescado, tomates, guayabas. No seguí la ruta acostumbrada (la 65, torciendo por la 44), sino que ascendí por la Avenida Bolivariana, tan chusca, y luego doblé por la 70. Un paseo confortante. Ya en el supermercado, lo primero que hice fue aviarme con la canasta y dirigirme a los enormes frigoríficos en pos de los tomates. En la desolación del mediodía había allí una mujer madura, entrada en carnes, sumida en el examen de unos pepinos. Reconocí en ella a Sonia Gómez, mi antigua profesora de literatura colombiana. Ahora no estaba maquillada , como en la u. Su rostro aparecía deslavado, sin gracia. La saludé cortésmente. Al verme, su rostro se despejó en una sonrisa y en una expresión gentil. Sonia Gómez suele ser tan amable. Como yo (y quizás como todos los compradores) venía provista con una canasta naranja con manijas negras. Estaba de frente al congelador, mientras que yo permanecía de lado, a medio paso de ella. Vestía un traje veraniego, de tono suave, que magnificaba sus abundantes caderas. Se cara veíase apagada, algo marchita, a pesar de su ánimo cordial. Tontamente, le pregunté qué hacía. “Mercando, ¿qué más puede hacer uno?”, me contestó, entre festiva y fatalista. Sostuvimos un breve diálogo, durante el cual ella se las arreglaba para seguir con el escrutinio de los pepinos y yo me desplacé dos pasos para escoger unos tomates. Me habló del éxito de la maestría en literatura colombiana que dictaba, pero no mostré gran interés por el tema. Sin variar su gesto risueño, giró hacia otro tópico. Me preguntó qué hacía. Le dije que trabajaba en un colegio. Se mostró sorprendida y me felicitó, como si esa institución donde yo trabajaba fuese el premio áureo que todo profesor anhela. En mi opinión, no era para tanto. Antes de despedirnos (ya había escogido los pepinos), me animó a que no dejara de estudiar, o sea, de hacer una especialización. Me mostré condescendiente con su recomendación. Se fue, dejándome ante la tarea ardua de encontrar tomates sanos en ese descolorido y magullado montón. Puro desperdicio. Me vi, quince años adelante, con la edad y las mermas físicas de Sonia Gómez, comprando víveres en un supermercado, cargando la modesta canasta del bolsillo estrecho, para aligerar la escasez de una despensa poco acostumbrada a la abundancia. Ay, vida.
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