jueves, 16 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.2.)

*Fábulas, un librito de Restrepo, acompañó a Marcos por mucho tiempo, constituyéndose en un superviviente de trasteos y percances. Los años y la humedad acabaron por descuadernarlo y enmohecerlo, así que Marcos tuvo que tirarlo. Nunca olvidó la imagen del unicornio que adornaba la carátula. Eran textos en prosa, breves, amenos, desenfadados, sobre anécdotas cotidianas o vidas de estrellas del celuloide. Restrepo parecía añorar esa época de las leyendas del cine. Según el profesor Hernán, Restrepo había sido su compañero en la carrera de derecho. Quién sabe si la terminaría. Al parecer, también la abandonó. Porque, al igual que a Hernán, Marcos lo conoció como profesor de literatura. Y nunca escuchó que Restrepo hablara de sus tiempos de estudiante de leyes. Según eso, había sido una experiencia episódica e ingrata.

Restrepo amaba dibujar, como García Lorca (que además de dibujante era músico y dramaturgo). En ocasiones se excusaba de dar clase, debido a sus viajes al extranjero para participar en eventos de poesía. Su talla de poeta era indudable. Tenía la categoría de un Juan Manuel Arango o de un Juan Manuel Roca, y solía tener un puesto merecido en las antologías nacionales. Marcos fue su alumno en el curso de Introducción a la literatura. Restrepo no era avaro con los cincos, desde que el estudiante demostrara pasión y audacia en lo que escribía. Marcos vio otro curso con Restrepo, donde algunos discípulos que se las daban de superdotados le hicieron pasar un mal rato, al espetarle, agavillados, que su bibliografía era idéntica en sus diversos cursos. Restrepo transigió con los rebeldes. Era un hombre manso, con una sabiduría a prueba de banalidades. Cuando fue su turno de pensionarse, no le dio largas. Abandonó el rol de docente y siguió vinculado a la u desde un cargo en la editorial. En esas dependencias, situadas junto a Ingeniería y al coliseo, lo visitó Marcos las últimas veces. Siempre fue un hombre receptivo y risueño, aunque Luis alguna vez, con la acritud de los años, lo tildara de engreído. Para Marcos no había tal. Sencillamente, Luis andaba de malas pulgas ese día. 

Lo que Marcos encontraba de su gusto en Restrepo era esa forma discreta y amable con que se escondía del mundo, con que evitaba los formalismos sociales. No se daba tono con su fama de poeta. Era una persona sencilla, distante. 

Cierta tarde, Marcos conversaba con Restrepo junto a una columna de la cafetería del bloque 12. Se remitían a libros antiguos, incunables, cuando apareció un individuo maduro y arrancó a Restrepo del diálogo con el alumno, instalándolo en una charla de viejos amigos que se saludan y hablan de asuntos comunes. Restrepo hizo gala del tacto necesario para impedir que Marcos quedara excluido, presentando a los dos que no se conocían. Estos cambiaron una mirada civilizada y abandonaron cualquier recelo. El tema que Restrepo y Marcos sostenían, quedó olvidado, y los dos veteranos empezaron a hablar de sus hijos, los cuales prestaban el servicio militar en Puerto Berrío. El de Restrepo se llamaba Santiago, y el del otro, Jaime. A Jaime el cambio de clima le irritó la piel del rostro, el acné que padecía se le convirtió en una erupción endiablada. Esto preocupó de tal modo a los padres, que lo enviaron a un médico. Fuera de este inconveniente (relató el padre, más animado) Jaime no había disfrutado sino de ventajas, porque se ocupaba de dar clases de inglés al hijo de un oficial. El hijo de Restrepo no tenía tales privilegios, le tocaban duros turnos de vigilancia. Marcos estaba fastidiado, no por la plática de los dos hombres, sino por el aire opaco de la cafetería, por saberse blanco de la mirada de los circunstantes, por no poder intervenir sino con débiles expresiones y gestos estúpidos en una conversación que no le concernía.

Se despidió. A sus ojos, era como si Restrepo hubiese perdido la aureola en la que lo había circunscrito. Se fue algo desengañado de esos dos vejancones que hablaban de hijos reclutas, de preocupaciones paternales, de asuntos, en fin, tan prosaicos. Marcos ignoraba que Restrepo tuviese hijos. Lo imaginaba como un poeta célibe, ajeno a la idea de reproducir la semilla. Se le antojó panzón, avejentado, tocado por la simpleza y las menguas. Pensó que a esos dos hombres los años les habían robado la hermosura. Así nomás se daba cuenta de que Restrepo tenía un vástago (al parecer tenía también una hija), que prestaba servicio en Puerto Berrío, que soportaba duros turnos de vigilancia y vaya a saber Dios qué otras penalidades. El muchacho se llamaba Santiago, y a Marcos se le antojó un ser de fábula, del todo inconexo con el concepto (naturalmente, prejuiciado) que tenía de Restrepo, en el que lo asimilaba a una entidad casi divinal, asexuada, símbolo excelso de la Poesía.           

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