sábado, 18 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.3.)

Restrepo se sentaba a leer en un sillón junto a la ventana. Su oficina estaba en el cuarto piso del bloque 12, a unos pasos de la de Sonia Gómez. El ventanal, que daba a una zona verde, debía de ser el lugar más ameno del despacho. Más de una vez, al entrar allí, uno solía encontrar a Restrepo de ese lado, de pie o sedente, leyendo o mirando hacia el jardín. Uno era un poco indiscreto y amaba fisgonear en las vidas de los profesores. Los comentarios que escuchábamos sobre Restrepo tenían que ver con su producción literaria, con su agenda de poeta, con su vida bohemia. No era difícil hallarlo en los cafés de Carlos E., departiendo con colegas al amor de unos rones. 

No tardé en darme cuenta de que Restrepo era una persona observadora y sensible. Calificaba mis informes escritos con una nota alta, y añadía por escrito: "muy bien". Adivinaba en él un cúmulo de sabiduría, y esto me hizo dirigirme a él en pos de un mentor. Me atacaban las ganas de confesarle mi vocación literaria, anhelaba sus consejos. En alguna ocasión le escribí un poema y, más tarde, redacté una carta que nunca le envié. Moderé mis ímpetus. Alguna oportunidad hasta le reproché (en una de las anotaciones de mis cuadernos) que me pusiera buenas notas, pues esto obedecía simplemente a que yo escribía lo que él quería oír. Y así son todos los profesores, pensaba. Si tienes una sensibilidad o una concepción del mundo similar a la mía, un cinco; si tu sensibilidad se va apartando de la mía, un tres con cinco; si difiere de la mía, un dos. 

Restrepo era evasivo, y no pudo ser ese mentor buscado, ese padre espiritual en el que hallar estímulo. Este papel lo representó Estévez. La personalidad de Restrepo despertó tal entusiasmo en mí, que lindaba con la veneración.  A Estévez jamás llegué a escribirle un poema o una carta, y tal vez lo mereció más que ninguno. Embargado de romanticismo y de candor, en mi carta enumeraba a Restrepo los nombres de Kafka, Beethoven, Nietzsche, Freud, Joyce, como esclarecidos ejemplos del género epistolar, y me proponía emularlos. "Restrepo...", rezaba el encabezamiento. Pero no tuve valor de enviarla. Claro que la carta era una trabazón de vaguedades e incongruencias. No decía nada en concreto. Siquiera no la envié. Me hubiese arrepentido de tamaño adefesio.                 

Hubo un vínculo entre profesor y alumno, por supuesto, pero nunca tan cercano como lo idealicé. Restrepo sólo me dictó uno o dos cursos, luego cada uno fue por su lado. Estévez, en cambio, fue mi guía durante tres años por los menos. La diferencia salta a la vista. Ahora que lo pienso, cuántos de mis alumnos, a lo largo de mi vida en el magisterio, no vivieron con respecto a mí la misma experiencia que atravesé con Restrepo. Espero haber copado sus expectativas. Siempre me preocupé por ser atento, por ofrecer una frase de incentivo. La incertidumbre, las dudas, las vacilaciones, los temores hacen presa del alma de un joven. No sé por qué a los adultos nos cuesta entender esto. De otro modo, seríamos más tolerantes. 

Incertidumbre, era lo que lastraba mi carta a Restrepo. Tres enormes párrafos angustiados, con vetas de pedantería, y una posdata extravagante. Todavía conservo una que otra esquela de algún alumno, mensajes de gratitud. Mi carta a Restrepo era una comunicación entre pares, un diálogo entre espíritus ofuscados por la luz. Creo que hasta me faltó humildad. Siquiera no la envié. En mis visitas a su oficina y en entrevistas ocasionales, informé a Restrepo de mis logros en los concursos literarios. Se alegraba, me felicitaba. De algún modo, yo era su hijo espiritual. Envidiaba su serenidad, su sonrisa bonachona, y deseé que hubiese estado más en su oficina las veces en que me acerqué a esta urgido de un solaz estético. Pero mientras la puerta del despacho de Sonia Gómez estaba expedita, la de Restrepo, raras veces. En algún apunte de los cuadernos de aquella época lo manifiesto, no sin una pizca de coraje.         

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