martes, 7 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.3.)

Calibío era el nombre de una hacienda de Popayán, escenario de una de las batallas de la independencia, donde se enfrentaron Nariño y Sámano en 1814. Antes de esto, en tiempos prehispánicos, debió existir un cacique Calibío: el término posee una clara sonoridad indígena. Esta última afirmación no es más que una suposición mía. Consultando en Google, "calibío" viene del neologismo latino "calibyum", que a su vez proviene del griego, y que significa choza, casa, lugar protegido. En botánica, "calibío" se refiere a una formación axial. Si no existió un cacique Calibío en la época previa a los conquistadores, estoy dispuesto a encarnar el papel. Me declaro cacique Calibío, en pugna perpetua contra el opresor español.

Tomas las dos primeras sílabas de "calibío" y tienes Cali, la capital del Valle del Cauca. En María, Jorge Isaacs canta el paisaje del Cauca: sus montañas, sus ríos, sus árboles (chiminangos, písamos, higuerones). La hacienda El Paraíso, donde estaba "la casa de la sierra", donde transcurre la historia de María, está en el Valle del Cauca: fue propiedad de la familia Isaacs de 1855 a 1858. Las láminas de portada que ilustran la novela, muestran a María sentada en una peña al lado del torrente, en medio de una vegetación tropical, protegiéndose del sol con una sombrilla. ¡El Cuaca! Más que ningún otro, fue el río de mi infancia, de mi vida. Concordia, el pueblo del suroeste donde transcurrió gran parte de mi niñez, queda cerca a Bolombolo, por donde cruza este río. Más que un referente geográfico o enciclopédico, fue siempre un crisol de tragedias y leyendas. Una de aquellas noches de mi niñez en Concordia, el desvelo me sorprendió entre la multitud expectante que aguardaba en la plaza la llegada de la volqueta municipal con los ahogados en el Cauca, unos jóvenes que habían ido de excursión, a pescar. Recuerdo que una de la víctimas era El mellizo, un muchacho perteneciente a una buena familia, que con su partida dejaba solos y tristes  a su fácsímil y a todos sus deudos.

Mi amigo Edgar Hincapié (lector incondicional de estos recuerdos) celebra que esté escribiendo sobre Calibío, mi amor por este paisaje urbano, y me invita a que no me olvide de apreciar allí la escultura Los mirones. Entiendo en seguida su referencia, pero me percato de que está errado. Alude, sin duda, a Los Cabezones ( así los llamo yo), motivo escultórico en la parte alta de la fachada del edificio Víctor (también llamado edificio Bedout), que está en la calle siguiente, al sur, esto es, Boyacá, entre Bolívar y Carabobo. Son tres cabezas humanas, en piedra, que semejan el mismo hombre en triple presentación, y que miran desde su alto sitial el transcurrir del callejón. A mí siempre me pareció que tienen rasgos italianos, o cuando menos, europeos. El edificio albergó la empresa Víctor, prensadora de vinilos (un sello discográfico), lo mismo que la Editorial Bedout. ¡Y volvemos a cruzarnos con la imprenta ! Esa calle Boyacá también debió estar animada por los negocios de las papelerías. Tiempo después, la Editorial Bedout tuvo su sede en Bolívar con Moore, cerca del Hospital San Vicente. Una vez llevé a mis alumnos allí, una visita guiada. Entiendo que ya no existe, que fue liquidada, y que sus instalaciones fueron compradas por la Universidad de Antioquia. Ah, los libros da Editorial Bedout, los "bolsilibros Bedout", memoria y gratitud, sí. Aunque esta empresa fue devorada por el capitalismo salvaje, aún quedan en nuestra biblioteca algunos de sus ejemplares, verbigracia: Así hablaba Zaratustra, Electra, Edipo rey, Antígona.  

Hacer una lectura de María como un estudio de los árboles, una experiencia botánica, es una idea que se me ocurre en este momento: las palmeras, los písamos, los higuerones, los chiminangos. El algarrobo del parque San Pablo es la imagen que he izado como símbolo de mi amistad con la profesora de literatura colombiana. En el parque de San Antonio de Prado, también hay un algarrobo. Es un gigante esbelto y bello, no tan añoso y ancho como el del parque San Pablo. A diario se presenta a mis ojos, junto con las palmeras y las ceibas, como guardianes de un tiempo esplendoroso. Nunca he visto que estos algarrobos echen frutos, regalándonos sus algarrobas de recia cáscara y de pulposas y polvosas y olorosas semillas, que comíamos alegres en la niñez. No sé por qué. ¿Será que es otra variedad de algarrobo? Era comida para puercos, según algunos. Nosotros las comíamos efundiendo gozo, ¿será que teníamos algo de puercos? También debió de ser el alimento que el hijo pródigo de la Biblia le disputaba a los puercos, después de que derrochó la herencia paterna y sufrió hambres. Algarrobas, gratitud y memoria a esta palabra, a estos frutos, así como al papel y a los libros de la Editorial Bedout. Ya no tenían con qué pagar de contado las enormes bobinas de papel con que producían sus libros, la proveedora capitalista les negó el crédito, por eso cerraron la imprenta: oh Guttemberg. En tiempos de la pandemia, en 2020, un descendiente de tercera generación de los Bedout pioneros se queja de la triste suerte de la empresa. ¡Liquidada!

¡El papel! ¡Qué cosa! Tan romántica nuestra mirada, tan bobalicona en el fondo, frente a al ojo de águila, a la especulación financiera,  al agresivo monopolio, al corazón de piedra de los industriales del papel. La profesora de literatura colombiana tenía en su despacho una repisa con libros y, junto a estos, un portarretrato con la fotografía de su amor. En las paredes cerca de su escritorio había dos poemas en gran formato enmarcados y colgados como cuadros: Amor constante más allá de la muerte, de Quevedo, y Eternidad, de Emily Dickinson. Era un papel fino, adornado con viñetas. Del cuerpo maduro de esta mujer cuarentona y de gafas manaba un perfume discreto, lánguido, reposado, con un leve dejo de almendras. Sentada en su sillón de catedrática, su figura expresaba dignidad y conocimiento. Al visitarla en su oficina, sentado frente a ella, yo imaginaba su cuerpo como un vigoroso y crujiente papel de Pérgamo. Con cierta malevolencia, me fijaba en las arrugas que apuntaban en su rostro, pero me cautivaba el ambiente espiritual del que se rodeaba: Francisco Quevedo, Emiliy Dickinson.                                           

No hay comentarios:

Publicar un comentario