Teníamos una compañera (a la que llamaré Tita) que le gustaban los hombres veteranos, robustos, de anchas espaldas, barbados, morenos. Restrepo cumplía estas condiciones en un ochenta por ciento, descachándose solo en lo de moreno. En el tiempo en que Tita se prendó de él, llevaba barba. Luego, unos años antes de pensionarse, optó por afeitarse. Cierta vez Tita empezó un coqueteo con un profesor de artes al que llamaba "mi musiquillo". Una tarde en que nos hallábamos sentados en Troncos, Tita me invitó a mudarnos a artes, con el fin de tener una mejor vista de su amor, que se hallaba sentado al borde de la fuente en compañía de una chica a la que Tita llamó "boba". Hay que advertir que este musiquillo cumplía a cabalidad los requerimientos estéticos de Tita. De los quiebres que Tita tuvo los dos últimos semestres, el musiquillo era quien más le había parado bolas. No era casado ni estaba tan comprometido como el resto. Hablaron. Salieron. Una noche, con rones en la cabeza, Tita marcó el número del musiquillo. Contestó una señora de edad, seguro la madre. Tita preguntó por su amor. La señora, muy educada, le dijo que no estaba. Entonces a Tita la picó el demonio de la travesura y se dio en llamar cada media hora, desde las diez de la noche hasta la una de la madrugada, con el propósito malévolo de tomarle el pelo a la dama. La señora, tras descolgar repetidamente el teléfono y padecer la indelicadeza de esa voz ebria que siempre le preguntaba por su hijo, acabó por perder la paciencia y pedirle más cultura, que respetara. La seriedad del musiquillo los días siguientes hizo pensar a Tita que su amor sospechaba de ella. Cuando él le inquirió (bastante molesto por el irrespeto de que fue víctima su madre) si acaso Tita lo hizo, ella negó.
Con Restrepo las cosas fueron más arduas para Tita. Restrepo era un individuo reservado, además de comprometido, con esposa e hijos. Yo creo que era hasta tímido. La mayoría de las veces se lo veía solo, del salón de clase a la oficina. No es que acostumbrara sentarse en las cafeterías. Tita tenía sus artes de seducción. Recordaba a Circe viéndoselas con Odiseo. Estilaba cierta perversidad con él. Entraba a clase con un vasito de agua en la mano y le ofrecía: "profe, ¿quiere?" Restrepo denegaba, discreto. Un día ocurrió lo peregrino. Restrepo solía sentarse en una silla ante el tablero. Tita se sentaba cerca de él, a la cabeza de la fila. Como al descuido, trabó su pierna a la de él. Restrepo comenzó a sudar copiosamente. Sacó el pañuelo. Se secaba la cara, el cuello, y no zafaba la pierna, y estuvieron así un rato. Restrepo peroraba y Tita escuchaba y las piernas enlazadas, y él sude que sude y el pañuelo en su nervioso vaivén.
Un día Tita fue más audaz, llegó a clase con una manzana y se la brindó. Restrepo la rechazó con una sonrisa medrosa. "No me tiente con la idea del Paraíso", susurró.
Hay mujeres a las que les gustan los hombres mayores. Veteranos a los que les gustan las jovencitas, dirán otros. Días atrás, alguien me contaba que en su familia era ostensible esta particularidad. El papá tenía 54 cuando se unió a la mamá, que tenía 21. Una sobrina de 17 andaba con un novio de 32. El musiquillo de Tita era bastate mayor, y Restrepo ni se diga. Tampoco es que Tita fuese una sardina, se aproximaba a los 30. Tenía una hija, una chicuela rubia, hermosa. Tras la separación, mantuvo una buena amistad con su ex.
Tita se las arregló para entrevistarse con Restrepo. No a solas todavía, había que ir con tiento. Instigados por Tita, María y yo hablamos con el poeta y le propusimos tertuliar un rato. Restrepo accedió. Convinimos una cita en Carlos E. María llevó a Ana, la amiga que vivía en Suecia, que estaba en Medellín en esos días. En total, éramos cinco, incluida Tita, cómo no.
La conversación versó sobre literatura, cine, ligeras intimidades. Estas menudearon conforme el ron y las cervezas cumplían su efecto de soltar la lengua, excitando el ánimo. El eje de la charla era el poeta, que exhibía su arte de conversador. La suavidad de la noche hacía más significativo el placer de los reunidos en torno a la mesa, al aire libre. La gente prefería el exterior de la tienda por obvias razones: el aire más fresco, el espacio más abierto, la complacencia en mirar lo que ocurría en derredor. En la pequeña explanada del negocio había, además de la que ocupábamos, otras mesitas con sombrillas. El sitio era pulcro, aireado, de buen tono, acorde con las inclinaciones de los presentes, personas con apariencia culta, de rostros delicados y ropa esmerada.
Entre sus jóvenes acompañantes, Restrepo denotaba su rol de maestro y mentor. Un observador desprevenido no podía pensar otra cosa: un profesor con sus discípulos. Después de Restrepo, Ana sobresalía por su delectación en la palabra. Los más parcos éramos Tita y yo. Sobre todo yo. Mi reserva motivó comentarios inquietos. Me excusé aludiendo al problema que representaba para mí una cirugía reciente en una muela. Ana y el poeta bebían ron, cerveza el resto. Acaso el ron tuviese propiedades parlanchinas, porque eran Ana y el poeta los más locuaces. Este se había interesado por generalidades de la vida de Suecia, país donde Ana llevaba cinco años. El poeta hablaba con un tono descocado, satisfecho, irónico. Al parecer el sarcasmo era el fruto selecto de una existencia rica en aconteceres y sensaciones. Nuestra mirada le enfocaba con avidez cada que decía algo. Tita era toda transporte. Su felicidad tenía poderosas razones para ser mayor que la de los otros. Chorreaba la baba por el poeta. Alababa su serenidad, su agudeza, su modestia, su timidez. Y, por supuesto, su bagaje de hombre maduro. Gran parte de la plática estribó sobre cuestiones artísticas y viajes ( fatal que Ana y el poeta llevasen la voz cantante en este punto, siendo los únicos que habían salido del país, contactado otras latitudes, otras culturas).
Siendo el cine una de sus predilecciones, Tita confiaba contar con un elemento de enlace con el poeta, redomado cinéfilo. Lógico era pues que Tita, al tomar la palabra, encauzara el diálogo hacia ese tema. Los menos duchos en este tópico éramos María y yo, porque Ana poseía un saber enciclopédico con respecto a este arte. Era una mujer atractiva, no solo por su cabellera negra y lisa o por su rostro chispeante, también por la delicia de su voz, por su aureola sensual, por el aplomo de sus criterios. En Suecia, estudiaba y trabajaba. Y le quedaba tiempo para organizar, con otros colaboradores, la publicación de una revista. Andaba por los treinta, y conservaba la finura de su silueta, la gracia de sus ademanes, la atmósfera juvenil. El poeta y ella no se conocían de antes, pero era evidente que habían congeniado, que sus mundos eran más vívidos y plenos que los nuestros. En comparación con ellos, nuestras vidas parecieron opacas, provincianas, desprovistas de interés.
La velada transcurrió así, entre repetidas tandas de ron y cerveza y un enérgico devorar de crispetas que el mesero traía con cada pedido. El aire era desinhibido; las palabras, sensuales. La despreocupación era el signo que presidía la noche. Excepto para Tita, que atravesaba su drama. Se había puesto un vestido nuevo para la ocasión. Su momento más radiante fue cuando pudo recordar y comunicar al poeta el título de una película, dato que, al igual que otros en el transcurso de la velada, denotara la debilidad de su memoria. El poeta sabía el nombre del director, pero no recordaba el del filme. Esto lo desasosegó un buen rato. Se salía del curso del tema para reprocharse en voz alta las falencias de su memoria. Al fin Tita, que se propuso no cejar hasta dar con el nombre (que también ella había olvidado, curiosamente) explotó en un gesto de regocijo y le informó a su inconfesado amor el título: "Sacrificio".
Restrepo salpimentaba la reunión con chistes y gracias de su propia cosecha. Los rones lo habían desenvarado. Varias veces se levantó y entró a la tienda a utilizar el teléfono, teniendo que regresar decepcionado, ya que siempre se le adelantaba alguien. Al fin el mesero le dijo que, cuando el aparato quedase libre, le llamaría. Así ocurrió. Claro, sus acompañantes sentimos curiosidad por saber a quién llamaba. No la demostramos, lógico. Tampoco le preguntamos nada al poeta cuando regresó, cumplido su objeto. Cuál no sería nuestra sorpresa, sobre todo la de Tita, al ver que al rato se acercó a nuestra mesa una mujer que el poeta presentó como su esposa. Debía tener 38 años. Alta, gruesa, sonrosada. No tan menuda y frágil como Tita. Además, se comportaba con tacto. Afable, delicada, sonriente. Restrepo debía amarla mucho, y ella a él. Tenían dos hijos. Creo que Tita soportó mal el golpe. Dos pedidos más de licor y la reunión se disolvió. No es que la mujer del poeta comenzara a darle prisa. Nunca. Era discreta como ninguna. Me hizo recordar las palabras de Darwin en su autobiografía, sobre que una novela no es de primera categoría a menos que contenga un personaje que lo conquiste a uno por completo, y si es una mujer guapa, mucho mejor. Ella no metió prisa al poeta, sin embargo, su presencia aceleró el curso de las cosas, hizo caer a todos en cuenta de la hora. Tita se marchó estimulada por la esperanza de hacerle un favor a Restrepo, gracias a un acuerdo que, momentos atrás, antes de que apareciera la esposa, quedara fijado entre los dos. Se trataba de esto: el hijo del poeta requería un pre-icfes, y hasta el momento Restrepo no había dado con uno de calidad. Tita se ofreció a averiguarle. Ella sabía de uno. Le puso una condición mínima al poeta (y aquí volvió a ser Circe), que la llamara la semana entrante. Restrepo anotó el número de Tita. Quedaron en eso. Tita estuvo a la expectativa, lo cual es poco decir. Pendiente del teléfono, le voraceó la ansiedad. El teléfono, enigmático artefacto en el que cifraba su felicidad. Pero el poeta no llamó.
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