Un sábado en la mañana me dirigí al barrio San Pablo: Sonia Gómez me prestaría un libro de Bajtín sobre el cuento maravilloso. Recuerdo que era una casa de dos pisos, bastante cómoda. La biblioteca estaba en el segundo. Sonia me precedió en el ascenso de la escalera. En comparación con la de Estévez, la biblioteca de la profesora de literatura colombiana no era tan nutrida y selecta. Me valgo de la memoria visual para hacer este aserto y, todavía más, con una distancia de más de veinte años sobre los hechos. Mas no tengo duda. Estévez poseía más libros y mejores que Sonia Gómez. El mismo paralelo es válido entre Luis y yo, o entre Edgar Hincapié y yo. Las bibliotecas de estos dos amigos superan a la mía. Luis es mejor lector que yo, y también ha invertido más dinero en libros que yo. Edgar nos aventaja a Luis y a mí (y estoy tentado a afirmar que a Estévez) con respecto al metálico que ha desembolsado para hacerse a buena literatura. Hay que recordar que Estévez entregaba al neófito una hoja con un listado de cien obras que era preciso leer, una tarea para toda la vida, o al menos para gran parte de esta.
La visita a Sonia Gómez fue de entrada por salida. La hora era un poco inconveniente, muy de mañana. Al bajar la escalera rumbo a la puerta, yo presidía la marcha. Salí a la Avenida Guayabal con mi Bajtín en la mano, ansioso de ver el algarrobo. En un espacio como el de ese parque, uno no podía ser más que un concupiscente, pura sensación. Creo que el del barrio San Pablo es uno de los parques más amplios y amenos que cualquier barrio pueda poseer. Los viejos recuerdan que al pasar hacia San Fernando a ver las carreras hípicas (aún no existía el barrio San Pablo), veían una casa en la manga donde hoy está el parque: el algarrobo ya estaba, y en él ataban las vacas para ordeñarlas. Debió de ser así. Antes casi todo era mangas y fincas rurales en este territorio usurpado por la urbe. Lo poco que queda ya lo han acaparado las constructoras, más tarde o más temprano vendrán las máquinas.
Cuando me prestó el libro de Bajtín Sonia ya había dejado de ser mi profesora. Tuve éxito en el curso. Un nuevo semestre comenzaba. Bajtín hacía parte de la bibliografía de otra materia, no recuerdo con qué docente. El hecho de que siguiera prestándome libros habla en favor de la acogida que Sonia me dispensaba. No recuerdo que Sonia me obsequiara un libro alguna vez. Restrepo sí, una obra suya: Fábulas. Estévez me obsequiaba copias de algunos de sus cuentos o de alguna de sus novelas. Un día me regaló una copia de un ensayo de Will Durant. En lo tocante a sus libros editados, solía ofrecerlos en venta a sus alumnos. El primero que le compré: Un hombre llamado Todero. Te cogía a rajatabla: "cómpreme este libro".
No sé si Sonia Gómez tenga hoy algún recuerdo de mí. Si conserva y hojea de vez en cuando algún cuaderno de esos en que anotaba a los deudores de libros, quizás se tope con mi nombre y se pregunte: ¿quién era este? Este Marcos Pita a quien presté el libro de Bajtín. Han transcurrido ya varios lustros desde aquello, y tal vez la profesora de literatura colombiana haya prescindido hace mucho de ese cuaderno. Tal vez ya no presta sus libros. O quizás, habiendo ascendido un peldaño en la filosofía de la vida, hoy los regala. "Llévate este libro. No, no tienes que devolvérmelo. Es tuyo".
Austeridad, renuncia, la mejor cosecha de los años. A Calibío no he renunciado, todavía visito el Palacio de la Cultura, me sirvo de su biblioteca (leo los reportajes de José Martí en los Estados Unidos, el asesinato del presidente Garfield), bautizada Carlos Castro Saavedra. En estos días me pregunto si todavía existe el Hotel Universo, que quedaba en el costado sur del pasaje, más abajo de la heladería La montaña. Los casinos, las barberías, los remates, las ventas de accesorios para celulares, los cafés internet, los puntos de apuestas y los ventorrillos de cuanta cosa hay, han desplazado a muchos viejos negocios. Bueno, y las cafeterías y restaurantes que nunca pasan de moda, porque la gente debe tragar. Debo averiguarlo. No soy optimista al respecto. Si el Hotel Universo no había sido liquidado ya, la pandemia debió asestarle el golpe de gracia. Más de una vez entré allí, al comienzo tras los pasos de mi padre, luego por propia iniciativa. Más allá del recibidor había una cantina. Las habitaciones quedaban del segundo piso en adelante. Algunos paisanos de Urabá solían hospedarse allí. Mi padre los visitaba y aprovechaba para invitarlos a aguardiente. Siempre fue un manirroto incorregible.
Conservo una imagen de la profesora Sonia
Gómez (en el cuaderno 37): la madurota catedrática renquea por
un pasillo de la universidad en compañía de dos esbeltos jóvenes con inquietudes literarias. Sonia rodó por una escalera de un
cuarto a un tercer piso. Estuvo incapacitada por un mes
y apenas ahora retornaba a su labor docente. Comenta con jovialidad los
hechos de su accidente. Invita a gaseosa a los mozos. Hablan de libros y autores. Critican.
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