Fue una prueba ardua para la memoria. Al final tuve que ayudarme con Google, buscando fotografías antiguas de Calibío y Carabobo, así lo encontré: Edificio Guttemberg. La evocación se refería a ese sector del centro de Medellín donde está hoy la Plaza Botero, las edificaciones demolidas para componer este engendro burocrático y artístico del que tanto se precia esta ciudad, pero que no deja de tener sus detractores. Fueron muchos los comercios echados abajo en la construcción del metro y de la Plaza Botero, modificaciones del espacio urbano que algunos nostálgicos todavía censuran. Trataba de recordar el nombre de ese centro comercial de eléctricos que funcionaba en Carabobo con Calibío y que luego se trasladó a la Cascada, en Cundinamarca, entre Colombia y Boyacá. Nada. La memoria no rebobinaba. Entonces me pegué del edificio esquinero, sin mejor suerte. Google tuvo que ayudarme: Edificio Guttemberg. Ya me sonaba desde siempre a algo relacionado con la imprenta, con los incunables, con libros, pero no pude dar con él, por más asociaciones que hice. Y claro, era Guttemberg. Ahí sigue el edificio, de adobe rojizo, metamorfoseado en una mezcolanza de negocios: barberías, celulares, cafeterías; años atrás había un almacén de deportes en toda la esquina, Sport River. ¡La memoria!
Para dar con el nombre del árbol que emblematiza al parque del barrio San Pablo, en Guayabal, no tengo que recurrir a tales estratagemas del recuerdo. Sé que es un algarrobo. Según datos de expertos, este árbol tiene más de 150 años. Desde hace mucho mantengo un diálogo estético silencioso con los árboles, una empatía que me lleva a interesarme por ellos, a conocer sus nombres, sus historias. Así que el algarrobo del parque San Pablo constituye un marco adecuado para adentrarme en la semblanza de la profesora de literatura colombiana de la u. No es un detalle gratuito, por lo demás. En el tiempo de la u, esta profesora vivía en el barrio San Pablo. Cierta mañana la visité. Ella me prestaba libros. No sé si continúa por allí. La última vez que la vi fue hace más de veinte años, en un supermercado de San Juan con la 70 adonde entré a proveerme de unas legumbres. La profesora estaba de pie junto a los grandes frigoríficos, examinaba unos pepinos. La saludé y conversamos.
Es casi una ley de los azares: suelen ocurrirme estas coincidencias. Ayer empecé a revisar mis notas para escribir los capítulos sobre la profesora de literatura colombiana. Di con unos apuntes de María, unas aproximaciones esbozadas para la argumentación a fondo. En la nochecita, bebiendo una cerveza en el parque de San Antonio de Prado, me crucé con Euclides, un amigo ya senil y nostalgioso que suele venderme libros. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir en el último de los que me ofrecía (los iba sacando, uno a uno, de su bolsito, que traía colgado al hombro, y donde también suele traer un cuaderno de notas para sus "conferencias") nada menos que María. Era un viejo tomito ya amarilloso, pero bien coservado. Acordamos un precio y me quedé con él. María. Euclides es de los que dicen "La María". No me pareció pedante corregirlo: "Maria". "Ah".
La época en que leí María con fines académicos, mi existencia atravesaba un período bastante difícil. La u vivía asimismo un tiempo revuelto, de paros y desórdenes. Recuerdo que me fui de casa una semana o más, que en un arranque inusitado viajé a Bogotá, que solo estuve allí unas horas (me regresé en la noche), que traía en la mochila mi cuaderno con los apuntes de María. Hoy no puedo precisar cómo resultó mi ensayo, qué nota me puso la profesora. Lo que sé es que la escritura de ese trabajo se trenzó con la opresión de una incertidumbre en la que no avistaba brechas hacia el futuro. Y ese nombre (María), que es el nombre de mi abuela, estuvo conmigo, como un susurro de amor, en todo ese lapso de angustia.
Es curioso que siempre penamos por una mujer, que una mujer se enreda ab aeterno en los hilos de nuestros días, y que ese nombre tan simple y tan diciente (tan místico), María, representa a la Madre de la humanidad. Es como decir Piedad. Así yo debía sentir en la proximidad de las páginas de Isaacs, en la dolorosa historia de Efraín y María, los maternales y salvíficos brazos que me amparaban de la tristeza y de mi destino de judío errante.
La profesora de literatura colombiana se llamaba Sonia, un nombre de mi completo agrado, por otra parte. Su oficina quedaba en el cuarto piso del bloqe 12, vecina a la de Restrepo, el poeta. Creo que compartía despacho con Consuelo Posada, otra eminencia entre los catedráticos de ese tiempo. Sonia Gómez.
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