lunes, 29 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.16.)

Un paleontólogo, con más precisión un paleógrafo, en todo caso un arqueólogo, es en lo que me he convertido en estos días en que escribo los recuerdos de la u, mis viejos maestros de literatura, mis condiscípulos del pregrado, que no escapan hoy al calificativo de viejos, porque todos cruzamos la raya del medio siglo, somos cincuentones, tremenda cosa, algunos ya son abuelos. Fatalmente, al evocar aquella época hay que volcarse a estas ciencias de lo fósil, de lo antiguo, de las vejeces, incluso de lo caduco. Cuántos no caducaron del totazo, es decir, finaron: Estévez, Natalia Pikouch. Hernán tiene el mérito de que aún es de este mundo, a la fecha vive todavía, así sea en decadencia. Vaya palabrejas en las que nos vamos reconociendo: caducidad, decadencia. 

Paleógrafo con mayor razón, porque trasiego los antiguos códices y documentos de los años en que éramos universitarios y nos movíamos en ese frangollo. Como un paleontólogo ante los restos de un arqueoptérix, intento descifrar en mis cuadernos el  borroso nombre (escrito a lápiz) de un profesor, un camarada. Hernán es ya un poco ese arqueotérix legendario, proto-ave, en la que las plumas todavía eran escamas y la rabadilla todavía era cola con vértebras, con dentadura completa dentro del pico. Pero con más propiedad, Hernán entra ya en el orden de los mamíferos al que pertenecen el armadillo y el oso hormiguero (los desdentados), aunque su jugosa mesada de pensionado cubra con creces los costosos servicios del odontólogo. En los años de la muchachada apenas nos acordamos de que existe el dentista, hoy, para todo el mundo, más para los catanos, es un especialista al que debes recurrir quieras o no. La platica de la mesada  de los jubilados se va, no pocas veces, en puentes, coronas, implantes. Edades extremas, la vejez y la niñez. En la primera hay una extrema caducidad; en la segunda, una extrema irreflexión.

En estas labores de paleógrafo, encuentro el nombre de Leonardo Arango, profesor de fonética y fonología, el cual, en tándem con Carlos García, redactó un módulo sobre dicha materia. Claro, Leonardo Arango, y por ahí, en una nota al margen, la precisión sobre lo que son un diptongo y un triptongo. Claro, y vuelvo a recordar cómo nos arrimábamos al bloque de Artes, en ese lado frente al museo, a comprar los documentos y los módulos. Vaya palabreja: módulo. Y caigo en la cuenta de que Hernán jamás redactó un módulo de literatura griega, que nos mandaba rectamente a los textos, al del estudioso Carlos García Guall, o, sin más, a la Ilíada. La palabra módulo llegaba a sonar como un artefacto mecánico especializado, fabricado para viajar a resguardo de los fundamentos de una ciencia, bajo la protección de un pontífice, digamos Saussure. Hernán no tenía módulo, no nos remitía a comprar el documento mimeografiado. "Lean a Homero, lean a García Guall". Y allí nos íbamos, a Homero, a la amistad entre Aquiles y Patroclo. 

Un paleógrafo... Ah, mi viejo profesor Hernán debe estar como estas escrituras desvaídas de mis cuadernos, que a veces es preciso mirar con lupa, que en ocasiones debo reteñir con el bolígrafo. En la primera sesión Leonardo Arango nos dictaba la bibliografía del curso, una pretenciosa lista de autores, sobre todo foráneos: Sommerstein, Alarcos, Dubois, Mounin. Hernán no escapaba a esta retórica, a esta engolada enumeración de sacerdotes del pensamiento. Lo griego ha sido explicado por tal y tal. Bueno, ¿y cómo explicas tú lo griego? En caso de que lo griego deba ser explicado. Yo era de los que pensaba que nada debe ser explicado. Pero en los cuadernos de apuntes se aglomeraban, curso tras curso, semestre tras semestre, explicaciones de todas las ciencias. Y esto no dejaba de parecerme sospechoso. Se me antojaba más humilde y cercano mi amado arqueoptérix. Se me hacía más entrañable la anécdota, contada de modo jocoso por los compañeros de curso, sobre que Hernán una vez prendió, distraído, un pitillo de marihuana en plena clase. Esto no podía ser más que una broma. Tampoco es que fuera raro que un profesor fumara yerba, pero ¿hacerlo en el salón? ¡Nunca! Arteaga recuerda la anécdota. También recuerda a Hernán y su cigarrillo sin encender en una mano, y en la otra mano la cajetilla de fósforos. Por supuesto, debía haber una cajetilla de fósforos en escena, de otro modo ¿cómo iba a prender el profesor su cigarrillo? Hernán tenía que ser un buen amante, porque demoraba el acto, tardaba con el cigarrillo inmaculado en la mano. Si así era en el amor, debía hacer felices a las mujeres. Con toda seguridad, no sería un polvo de gallo. Mantenía a los alumnos en ascuas, con su interminable juego en las manos, el cigarrillo intacto, la sonajilla de la caja de fósforos. Ellos anhelaban ver el cigarrillo humeando, consumiéndose, y al profesor Hernán fumando con delectación y exagerados gestos de cowboy. Deseaban escuchar el rastrillar de la cerilla, y ver a Hernán encender el cigarro, y fumar con delicia. Porque así era que Hernán fumaba, degustando a fondo, con amaneramiento. En general, sus gestos eran amplios, con algo de actor invistiéndolos, con algo de Calígula o de Nerón. Y en su presencia, uno recordaba Roma ardiendo.                              

No hay comentarios:

Publicar un comentario