lunes, 27 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.7.)

Después de que me gradué, ya de profesor, seguí buscando a Restrepo, pero ahora no en el cuarto piso del bloque 12, sino en el bloque 28, donde funcionaban la Imprenta y Publicaciones. Una o dos veces me di una vuelta por allí, en pos del rechoncho y emérito profesor. Seguía vinculado al Alma Mater, ofreciendo su autoridad literaria, esta vez en el rol de editor. Yo tenía escritos una serie de cuentos y se me ocurrió publicarlos. Siempre me he negado a publicar del propio bolsillo. Hablé con Restrepo, pero no me dio otra opción que remitirme a los requisitos establecidos, los cuales me parecieron tediosos. También es que soy desesperado y llevado de mi parecer. El solo hecho de llenar un formulario me sacó de casillas, así que renuncié al propósito. Tal vez hoy sea más paciente, aunque no estoy seguro. He aquí el recuerdo de una de aquellas visitas a Restrepo:

La secretaria me aseguró que Restrepo no tardaba, que salió a tomar un café. Lo aguardé por media hora en la salita, en compañía de una mujer joven con dos niños. Un hombre claro, de gafas y de buena talla era el objeto de espera de la madre y los chicos. Este hombre salió de los cubículos, firmó unos papeles bajo la supervisión de la secretaria (algo sobre derechos de autor) y se reunió con la mujer y los pequeños, su familia. El tipo se mostró cortés. Todos contentos, al punto de preguntar qué se había hecho Rosita, la gata de Publicaciones. Todo indicaba que no era la primera vez que la familia visitaba el lugar. Rosita era una mascota albinegra, tan gorda que parecía preñada. La secretaria aseguró a los chicos que Rosita no estaba por parir, ya no podía, la operaron, pues había tenido ya muchos críos. 

Ya casi iban a ser las seis y casi terminaba mi paciencia, cuando vi a Restrepo venir por la acera en compañía de una mujer y un hombre jóvenes. Desde mi asiento podía ver la baranda de la entrada, el nacimiento de la escalera, el jardín de matas de banano, la acera, la calle, la otra acera (por donde trasegaban tantos estudiantes a esta hora, más los que salían de la u que los que entraban a clases nocturnas), la avanzada construcción del bloque de ingeniería tras la lona verde. En la salita, una mesita con dos sillas rojas. Al otro lado, otra silla del mismo color y una mata. Un aire sobrio y estético. Cuadros abstractos con pulidos y sobrios marcos de madera. El rótulo a la entrada del despacho: "Mirian Ospina, secretaria". Una cartelerita con información sobre una antología poética de Víctor Gaviria y un afiche grande sobre la 18 Feria del Libro a afectuarse en agosto. Vi venir a Restrepo, un hombre robusto, calvo, de gafas, bien vestido: camisa rosa de seda, pantalón de dril y zapatos cafés de cuero. Su cuerpo delataba vigor y fuerza. Lo perdí de vista un instante, mientras ascendía la escalera, y al cabo de unos segundos  lo vi aparecer en el rellano. Allí estaba la gata, gorda y casi altanera. Por un momento solo ella dominó la escena, detenida allí, en un ángulo del umbral, como una visión misteriosa. Luego aparecieron Restrepo y sus acompañantes. Restrepo me miró sin reconocerme y se quedó a la entrada junto a sus compañeros, haciéndole mimos a la gata. Restrepo era el primero en la fila, su aire era un poco distante. Contemplaba a la gata y comentaba cosas a los otros en tono humorístico, sutil, risueño. Algo como que la gata era una consentida. El joven que lo acompañaba, canosito, era quien más mimaba a Rosita, y acabó cargándola.

Los tres entraron y yo esperé hasta este momento, cuando Restrepo estuvo casi frente a mi, para saludarlo. Me reconoció. Hablamos. Me invitó a su cubículo. Abrió la puertecilla y me cedió el honor. Entramos a su oficinita, la tercera del ala derecha del pasillo (al fondo, en la pared, había una llamativa pintura abstracta). Me invitó a sentarme, luego de presentarme a su joven asistente, la diseñadora. Se sentó junto a ella, que estaba trabajando en el computador, y habló conmigo. Advertí las arrugas en sus párpados, sus ojos empequeñecidos y cansados, su obesidad. Era un hombre maduro, vivaz al hablar y al moverse. Mostró una vez más su vena humorística al preguntarme: "¿casado, con hijos, divorciado?"

Restrepo se levantó con el objeto de sacar un libro de un paquete. Se hizo un lío con la envoltura plástica, le dio lidia extraerlo. Me levanté y le ayudé a tirar de la banda plástica. Me pareció divertido los dos inclinados ante el paquete de libros que descansaba en el piso. Todos esos libros eran el mismo libro. Recordé el filme The Wall y la imagen de los ladrillos de la pared, igualitos. También evoqué el conjunto de los cincuenta libros de que me hice merecedor por ganar un concurso de poesía, años atrás. Siempre me ha asombrado esa seriada repetición de la especie, llámese persona, libro, vaso, cerilla, célula. Salí de la Secretaría de Educación (entidad organizadora del concurso) con un maletín y un sobre de manila abultados por los cincuenta libros. Venía hecho un lío con todos esos libros. En cierto instante pensé tirarlos, desprenderme de ellos. Es que pesaban los condenados. Para acabar de ajustar, estaba constipado. Tuve un resto de cordura. Y ahí estábamos Restrepo y yo, intentando hacernos con un ejemplar de esa seriada repetición de un título. Al fin logramos sacarlo. Me quedé con el volumen. Era un obsequio de Restrepo. (Hoy no recuerdo qué libro era). 

Volvimos a nuestros asientos y continuamos la conversación, con pausas en las que él daba instrucciones a la  asistente o un joven de un cubículo vecino (el mismo que entrara con él momentos atrás, el canosito), el cual se acercó y, desde la entrada, le pidió información sobre algo: negocios editoriales con otras ciudades, Madrid. Restrepo era el director de la revista de la u. 

Llegaron las seis y Restrepo debía salir: su jornada había terminado. Antes de irme le dije si podía quedarme con la revista Alma Mater que estaba sobre el escritorio y que hojeé todo el tiempo (nerviosamente, volviendo siempre a la imagen de la cubierta, Ronda nocturna, de Rembrandt), mientras hablaba con él. Restrepo vaciló y habló algo con una muchacha del cubículo contiguo. "Sí, puedes quedarte la revista". Nos despedimos. "No olvides despedirte de la asistente", me dijo. Y salí de allí con dos impresos en la mano como equipaje. Dos obsequios de Restrepo, la revista de la u y el libro cuyo título no recuerdo.

El canosito que cargara  a la gata (que se había acercado a preguntar algo a Restrepo mientras conversábamos, ¿recuerdan? El de los negocios editoriales con Madrid...), también venía de salida, y al verme sujetó la reja del acceso y me permitió salir primero. Era un hombre afable, delicado, y de seguro tendría gatos en su casa, dos por lo menos. Le agradecí su cortesía y vine bordeando ingeniería, por lugares que tanto trajiné en mis  años de pregrado, mirando con nostalgia a los grupos de muchachos haciendo  cola ante las fotocopiadoras, la cola a que tantas veces me sumé para sacar algún documento. Esa nostalgia.    

             

         

     

sábado, 25 de diciembre de 2021

Restrepo (cap.6.)

Teníamos una compañera (a la que llamaré Tita) que le gustaban los hombres veteranos, robustos, de anchas espaldas, barbados, morenos. Restrepo cumplía estas condiciones en un ochenta por ciento, descachándose solo en lo de moreno. En el tiempo en que Tita se prendó de él, llevaba barba. Luego, unos años antes de pensionarse, optó por afeitarse. Cierta vez Tita empezó un coqueteo con un profesor de artes al que llamaba "mi musiquillo". Una tarde en que nos hallábamos sentados en Troncos, Tita me invitó a mudarnos a artes, con el fin de tener una mejor vista de su amor, que se hallaba sentado al borde de la fuente en compañía de una chica a la que Tita llamó "boba". Hay que advertir que este musiquillo cumplía a cabalidad los requerimientos estéticos de Tita. De los quiebres que Tita tuvo los dos últimos semestres, el musiquillo era quien más le había parado bolas. No era casado ni estaba tan comprometido como el resto. Hablaron. Salieron. Una noche, con rones en la cabeza, Tita marcó el número del musiquillo. Contestó una señora de edad, seguro la madre. Tita preguntó por su amor. La señora, muy educada, le dijo que no estaba. Entonces a Tita la picó el demonio de la travesura y se dio en llamar cada media hora, desde las diez de la noche hasta la una de la madrugada, con el propósito malévolo de tomarle el pelo a la dama. La señora, tras descolgar repetidamente el teléfono y padecer la indelicadeza de esa voz ebria que siempre le preguntaba por su hijo, acabó por perder la paciencia y pedirle más cultura, que respetara. La seriedad del musiquillo los días siguientes hizo pensar  a Tita que su amor sospechaba de ella. Cuando él le inquirió (bastante molesto por el irrespeto de que fue víctima su madre) si acaso Tita lo hizo, ella negó.     

Con Restrepo las cosas fueron más arduas para Tita. Restrepo era un individuo reservado, además de comprometido, con esposa e hijos. Yo creo que era hasta tímido. La mayoría de las veces se lo veía solo, del salón de clase a la oficina. No es que acostumbrara sentarse en las cafeterías. Tita tenía sus artes de seducción. Recordaba a Circe viéndoselas con Odiseo. Estilaba cierta perversidad con él. Entraba a clase con un vasito de agua en la mano y le ofrecía: "profe, ¿quiere?" Restrepo denegaba, discreto. Un día ocurrió lo peregrino. Restrepo solía sentarse en una silla ante el tablero. Tita se sentaba cerca de él, a la cabeza de la fila. Como al descuido, trabó su pierna a la de él. Restrepo comenzó a sudar copiosamente. Sacó el pañuelo. Se secaba la cara, el cuello, y no zafaba la pierna, y estuvieron así un rato. Restrepo peroraba y Tita escuchaba y las piernas enlazadas, y él sude que sude y el pañuelo en su nervioso vaivén. 

Un día Tita fue más audaz, llegó a clase con una manzana y se la brindó. Restrepo la rechazó con una sonrisa medrosa. "No me tiente con la idea del Paraíso", susurró.

Hay mujeres a las que les gustan los hombres mayores. Veteranos a los que les gustan las jovencitas, dirán otros. Días atrás, alguien me contaba que en su familia era ostensible esta particularidad. El papá tenía 54 cuando se unió a la mamá, que tenía 21. Una sobrina de 17 andaba con un novio de 32. El musiquillo de Tita era bastate mayor, y Restrepo ni se diga. Tampoco es que Tita fuese una sardina, se aproximaba a los 30. Tenía una hija, una chicuela rubia, hermosa. Tras la separación, mantuvo una buena amistad con su ex.

Tita se las arregló para entrevistarse con Restrepo. No a solas todavía, había que ir con tiento. Instigados por Tita, María y yo hablamos con el poeta y le propusimos tertuliar un rato. Restrepo accedió. Convinimos una cita en Carlos E. María llevó a Ana, la amiga que vivía en Suecia, que estaba en Medellín en esos días. En total, éramos cinco, incluida Tita, cómo no. 

La conversación versó sobre literatura, cine, ligeras intimidades. Estas menudearon conforme el ron y las cervezas cumplían su efecto de soltar la lengua, excitando el ánimo. El eje de la charla era el poeta, que exhibía su arte de conversador. La suavidad de la noche hacía más significativo el placer de los reunidos en torno a la mesa, al aire libre. La gente prefería el exterior de la tienda por obvias razones: el aire más fresco, el espacio más abierto, la complacencia en mirar lo que ocurría en derredor. En la pequeña explanada del negocio había, además de la que ocupábamos, otras mesitas con sombrillas. El sitio era pulcro, aireado, de buen tono, acorde con las inclinaciones de los presentes, personas con apariencia culta, de rostros delicados y ropa esmerada.

Entre sus jóvenes acompañantes, Restrepo denotaba su rol de maestro y mentor. Un observador desprevenido no podía pensar otra cosa: un profesor con sus discípulos. Después de Restrepo, Ana sobresalía por su delectación en la palabra. Los más parcos éramos Tita y yo. Sobre todo yo. Mi reserva motivó comentarios inquietos. Me excusé aludiendo al problema que representaba para mí una cirugía reciente en una muela. Ana y el poeta bebían ron, cerveza el resto. Acaso el ron tuviese propiedades parlanchinas, porque eran Ana y el poeta los más locuaces. Este se había interesado por generalidades de la vida de Suecia, país donde Ana llevaba cinco años. El poeta hablaba con un tono descocado, satisfecho, irónico. Al parecer el sarcasmo era el fruto selecto de una existencia rica en aconteceres y sensaciones. Nuestra mirada le enfocaba con avidez cada que decía algo. Tita era toda transporte. Su felicidad tenía poderosas razones para ser mayor que la de los otros. Chorreaba la baba por el poeta. Alababa su serenidad, su agudeza, su modestia, su timidez. Y, por supuesto, su bagaje de hombre maduro. Gran parte de la plática estribó sobre cuestiones artísticas y viajes ( fatal que Ana y el poeta llevasen la voz cantante en este punto, siendo los únicos que habían salido del país, contactado otras latitudes, otras culturas). 

Siendo el cine una de sus predilecciones, Tita confiaba contar con un elemento de enlace con el poeta, redomado cinéfilo. Lógico era pues que Tita, al tomar la palabra, encauzara el diálogo hacia ese tema. Los menos duchos en este tópico éramos María y yo, porque Ana poseía un saber enciclopédico con respecto a este arte. Era una mujer atractiva, no solo por su cabellera negra y lisa o por su rostro chispeante, también por la delicia de su voz, por su aureola sensual, por el aplomo de sus criterios. En Suecia, estudiaba y trabajaba. Y le quedaba tiempo para organizar, con otros colaboradores, la publicación de una revista. Andaba por los treinta, y conservaba la finura de su silueta, la gracia de sus ademanes, la atmósfera juvenil. El poeta y ella no se conocían de antes, pero era evidente que habían congeniado, que sus mundos eran más vívidos y plenos que los nuestros. En comparación con ellos, nuestras vidas parecieron opacas, provincianas, desprovistas de interés. 

La velada transcurrió así, entre repetidas tandas de ron y cerveza y un enérgico devorar de crispetas que el mesero traía con cada pedido. El aire era desinhibido; las palabras, sensuales. La despreocupación era el signo que presidía la noche. Excepto para Tita, que atravesaba su drama. Se había puesto un vestido nuevo para la ocasión. Su momento más radiante fue cuando pudo recordar y comunicar al poeta el título de una película, dato que, al igual que otros en el transcurso de la velada, denotara la debilidad de su memoria. El poeta sabía el nombre del director, pero no recordaba el del filme. Esto lo desasosegó un buen rato. Se salía del curso del tema para reprocharse en voz alta las falencias de su memoria. Al fin Tita, que se propuso no cejar hasta dar con el nombre (que también ella había olvidado, curiosamente) explotó en un gesto de regocijo y le informó a su inconfesado amor el título: "Sacrificio". 

Restrepo salpimentaba la reunión con chistes y gracias de su propia cosecha. Los rones lo habían desenvarado. Varias veces se levantó y entró a la tienda a utilizar el teléfono, teniendo que regresar decepcionado, ya que siempre se le adelantaba alguien. Al fin el mesero le dijo que, cuando el aparato quedase libre, le llamaría. Así ocurrió. Claro, sus acompañantes sentimos curiosidad por saber a quién llamaba. No la demostramos, lógico. Tampoco le preguntamos nada al poeta cuando regresó, cumplido su objeto. Cuál no sería nuestra sorpresa, sobre todo la de Tita, al ver que al rato se acercó a nuestra mesa una mujer que el poeta presentó como su esposa. Debía tener 38 años. Alta, gruesa, sonrosada. No tan menuda y frágil como Tita. Además, se comportaba con tacto. Afable, delicada, sonriente. Restrepo debía amarla mucho, y ella a él. Tenían dos hijos. Creo que Tita soportó mal el golpe. Dos pedidos más de licor y la reunión se disolvió. No es que la mujer del poeta comenzara a darle prisa. Nunca. Era discreta como ninguna. Me hizo recordar las palabras de Darwin en su autobiografía, sobre que una novela no es de primera categoría a menos que contenga un personaje que lo conquiste a uno por completo, y si es una mujer guapa, mucho mejor. Ella no metió prisa al poeta, sin embargo, su presencia aceleró el curso de las cosas, hizo caer a todos en cuenta de la hora. Tita se marchó estimulada por la esperanza de hacerle un favor a Restrepo, gracias a un acuerdo que, momentos atrás, antes de que apareciera la esposa, quedara fijado entre los dos. Se trataba de esto: el hijo del poeta requería un pre-icfes, y hasta el momento Restrepo no había dado con uno de calidad. Tita se ofreció a averiguarle. Ella sabía de uno. Le puso una condición mínima al poeta (y aquí volvió a ser Circe), que la llamara la semana entrante. Restrepo anotó el número de Tita. Quedaron en eso. Tita estuvo a la expectativa, lo cual es poco decir. Pendiente del teléfono, le voraceó la ansiedad. El teléfono, enigmático artefacto en el que cifraba su felicidad. Pero el poeta no llamó.                                 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.5.)

Recrear el mundo del bloque 12 (Humanidades) a través de las figuras de Restrepo, de Sonia Gómez, de Hernán, de Natalia Pikouch y tantos otros catedráticos. Óscar Castro, por ejemplo, que enseñaba literatura prehispánica; Dora Tamayo y sus sabrosas lecciones sobre Don Quijote; Ramón Jáuregui, el de linguística, áspero en apariencia, amable y cálido cuando se lo trataba de cerca, fuera de la esfera del salón de clase. Hernán Sepúlveda, otro experto en Saussure; la obesa y grata Vilma, que nos dictó un seminario de literatura europea donde me las vi con El proceso. En fin, Iván Hernández, Consuelo Posada, con quienes nunca vi cursos. Alcides, el de inglés, era otro personaje, algo pintoresco con su gran afro, de aquella fauna magisterial. Con este último también sostuve algunas charlas, aunque no tenía el bagaje literario que, en ese entonces, me parecía indispensable para considerar interesante a un académico. Incluso tenía facetas pesadas este Alcides tan folklórico. Le recuerdo algún chiste burdo sobre los negros. 

La verdadera alegría era hablar con Restrepo, ese hombre maduro, de voz grave y reposada, de aspecto tranquilo. Un viril y sincero afecto me inclinaba hacia él. Me lamentaba de que no pudiese sentir idéntica emoción frente a mi padre. Con este las cosas marchaban a los trancazos. Restrepo me atraía por su esencia de poeta, por su recorrido en las letras, por sus viajes. Quizás soñaba con llegar a ser como Restrepo, un vate de renombre, con libros publicados y un aura de reconocimiento por donde quiera que se movía. Una figura de peso en el escenario de la literatura. Reconocía en mi padre, sin embargo, al más grande poeta. Era una relación de la sangre, de la vida, eterna. A pesar de que jamás sostuvimos una conversación sobre libros ni se interesó por mi vocación literaria, mi padre está en el principio de mis búsquedas artísticas. Yo intentaba llenar con mi escritura esos vacíos que sentía en la naturaleza de mi padre, ese desdén suyo por mis versos. 

En ese entonces la cafetería del bloque 12 se llamaba Hello Kitty. El nombre da idea de cómo estaba decorada, qué aspecto tenía el tendido de sillas y mesitas. La secretaría de la facultad quedaba en el segundo piso, subiendo las escalas, y allí había una funcionaria eterna llamada Margarita. Aulas y oficinas de docentes, lo mismo que centros de documentación y uno que otro baño, se repartían el espacio de los cuatro pisos. En el bloque 12 también funcionaba bibliotecología. Muchas veces encontré el rastro frío al acercarme a la oficina de Restrepo. Entonces descendía las escalas hasta el segundo piso, y en ocasiones preguntaba por él a Margarita, la secretaria. La mayoría de las veces, me marchaba sin indagar, y me perdía por la u en mi sonambulismo.   

Restrepo no las tenía todas consigo. Había los detractores. Recuerdo el inicio de un semestre en que me matriculé con él en un seminario de literatura universal. Restrepo propuso trabajar la literatura fantástica. Se armó tremenda discusión. Asunto: metodología, autores, bibliografía básica y secundaria. Óscar, un condiscípulo pertrechado con un impresionante saber enciclopédico, se alzó como contradictor del maestro. Restrepo sostenía que no se puede enseñar la literatura sino desde la incertidumbre y el placer, elementos que, de un modo indirecto, se convierten en generadores de conocimiento. Un conocimiento particular, intuitivo, distinto al académico y doctrinario. Óscar argumentaba lo opuesto. Era un racionalista a ultranza, pleno de vigor juvenil, ardoroso. Restrepo vaciló ante la arremetida del oponente. Se hizo un lío. Intervine, conciliador. Pero no dejé de advertir el quiebre de Restrepo. A mis ojos, las bolsas de sus párpados se acentuaron, su calva se hizo más notoria. En fin, sentí que su majestad se derrumbaba. Todo aquello me parecía tan grotesco. Óscar cesó en su temeridad al ver el desmadeje del profesor y, sobre todo, al advertir el rechazo que su ataque causaba en el grueso del alumnado. Tenía algo de innoble ese irse lanza en ristre contra un maestro de aspecto tan bondadoso. Al final se llegó a un acuerdo. Elegimos una temática: la literatura fantástica restringida al cono sur de América: Cortazar, Bianco, Casares. Habría una bibliografía adicional, documentos complementarios. En el fondo, todo al gusto de Óscar: leer a la luz de un problema. ¿Por qué el desarrollo de la literatura fantástica en Argentina?   

Salía de clase más sonámbulo que nunca, sintiéndome atracado de la vida, en una especie de fraude. Era fácil sentirlo. Imbuidos en el maremagno libresco, llegábamos a sentirnos plenos. Pero no había tal, porque la fragmentación inevitable de nuestra energía, hacía que los productos de nuestro pensamiento no fuesen más que piltrafas, pobreza intelectual, ausencia de grandes miras, servil obediencia. Y notaba que este entorno de la u en el que empleaba la mayor parte de mis calorías, era donde menos auténtico me sentía.                 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Restrepo (cap.4.)

Por lo general, a lo largo del semestre, un estudiante acude a la oficina de un profesor en pos de asesoría sobre un trabajo. Es lo más frecuente. Sin embargo, Marcos visitaba a Restrepo para conversar. Este le recibía con deferencia, y le preguntaba sobre su vida y sus lecturas. Restrepo tenía un carácter risueño y una sutil ironía que dejaba aflorar a menudo. Sobre su ordenado escritorio se veían algunos cartapacios y, en su sobriedad, se permitía el ornato de un vaso de porcelana con una solitaria flor. En una repisa mantenía libros y revistas. Había un escritorio más al otro lado de la oficina, igualmente pulcro, y la pared de esa parte mostraba una colección de coloridas libélulas de papel. El compañero de despacho de Restrepo debía tener un espíritu soñador.

¿Qué pensaba Restrepo de ese muchacho afro que se atrevía a visitarlo en su oficina y le pedía que le recomendara libros? Ya se había regado la bola entre los docentes y los estudiantes de que ese muchacho escribía bien. Acaso Restrepo se percatara de que ese joven tenía cara de abjurar de todo, de dirigir contra el mundo la burla más desfachatada. Quizás había algo de compasión en su gesto de recibirlo en su despacho con la mayor consideración. Tal vez advertía que se hallaba ante un reprimido, un tipo peligroso, al borde de la locura, y era prudente tratarlo con tacto. También sentía ante ese muchacho esa suerte de desvalimiento que hay en la juventud. Intuía que un joven como él no respetaba a nadie, que a las mujeres las trataba de perras y a los profesores de bestias. Imaginaba que Marcos era de esos tipos chocantes que reparaban en cuántas mudas de ropa tenían sus profesores, con qué frecuencia repetían cada muda, haciendo mofa de ello. 

Sea como fuere, siempre que lo visitaba se comportaba modosito, algo inquieto, pero dentro del protocolo. Era un muchacho respetuoso. Podía tener su mundo de aullantes hienas íntimas, mas se atenía a la fórmula alumno-profesor. Restrepo esperaba que la visita calmara sus demonios, que la sacerdotal benevolencia del maestro impusiera una penitencia de recato en ese joven a todas luces desesperado con la vida. Sí, a veces se sentía como un clérigo que recibiese en confesión a una tropa pervertida. El muchacho andaba embolatado, pero era natural, todavía era muy joven.

Marcos hacía anotaciones sobre Restrepo. En su caligrafía pequeña y pasuda como su pelo discurrían apuntes sobre el profesor de literatura: lo sorprendía comprando confites de menta, viajando en la buseta de Circular. Reparaba en su bluyín, en su camisa fina, en sus zapatos. Y un día de canícula lo describe usando gafas de sol. Era viernes, día pintiparado para imitar a sus amadas estrellas del cine y usar lentes de sol. Podía excusarse con la artimaña de que el sol le irritaba los ojos. Entonces se dejaba la barba y se parecía a Bud Spencer, sin llegar a ser tan talludo. Marcos se topaba con él en la Plaza Barrientos y Restrepo le enseñaba el confite de menta recién comprado, como un niño sorprendido cometiendo una falta. Al separarse, el profesor volvía la cabeza para mirar al muchacho, y su sonrisa era la de un buen padre.

¡Viernes! Para un universitario, llámese profesor o alumno, un viernes era mágico. Era día de expansiones. Restrepo se ajuareaba sus lentes de estrella del celuloide, y Marcos se escurría en un aula (y había gozo indescriptible en ello) y consignaba un apunte en su cuaderno, mientras las cafeterías y los tránsitos eran pura ebullición. "Restrepo se puso lentes hoy viernes, el sol le irritaba los ojos y en su ser había un antiguo asombro ante la vida. En la buseta se mostró reservado con el amigo del lado, se miró las palmas de las manos y se sonrojó. La verdad es que se veía algo nervioso", está escrito en el diario de Marcos.                     

Y Marcos pensaba en el dominio que debía ostentar el cauto y reservado Restrepo en la buseta, por ejemplo, al coincidir con estudiantes y colegas, al enfrentar un saludo, una charla, o un simple silencio, una indiferencia, un desplante. Eran cosas de todos los días, necesarias, insufribles en ocasiones, molestas. No era un hombre sociable, se veía a la legua.  

sábado, 18 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.3.)

Restrepo se sentaba a leer en un sillón junto a la ventana. Su oficina estaba en el cuarto piso del bloque 12, a unos pasos de la de Sonia Gómez. El ventanal, que daba a una zona verde, debía de ser el lugar más ameno del despacho. Más de una vez, al entrar allí, uno solía encontrar a Restrepo de ese lado, de pie o sedente, leyendo o mirando hacia el jardín. Uno era un poco indiscreto y amaba fisgonear en las vidas de los profesores. Los comentarios que escuchábamos sobre Restrepo tenían que ver con su producción literaria, con su agenda de poeta, con su vida bohemia. No era difícil hallarlo en los cafés de Carlos E., departiendo con colegas al amor de unos rones. 

No tardé en darme cuenta de que Restrepo era una persona observadora y sensible. Calificaba mis informes escritos con una nota alta, y añadía por escrito: "muy bien". Adivinaba en él un cúmulo de sabiduría, y esto me hizo dirigirme a él en pos de un mentor. Me atacaban las ganas de confesarle mi vocación literaria, anhelaba sus consejos. En alguna ocasión le escribí un poema y, más tarde, redacté una carta que nunca le envié. Moderé mis ímpetus. Alguna oportunidad hasta le reproché (en una de las anotaciones de mis cuadernos) que me pusiera buenas notas, pues esto obedecía simplemente a que yo escribía lo que él quería oír. Y así son todos los profesores, pensaba. Si tienes una sensibilidad o una concepción del mundo similar a la mía, un cinco; si tu sensibilidad se va apartando de la mía, un tres con cinco; si difiere de la mía, un dos. 

Restrepo era evasivo, y no pudo ser ese mentor buscado, ese padre espiritual en el que hallar estímulo. Este papel lo representó Estévez. La personalidad de Restrepo despertó tal entusiasmo en mí, que lindaba con la veneración.  A Estévez jamás llegué a escribirle un poema o una carta, y tal vez lo mereció más que ninguno. Embargado de romanticismo y de candor, en mi carta enumeraba a Restrepo los nombres de Kafka, Beethoven, Nietzsche, Freud, Joyce, como esclarecidos ejemplos del género epistolar, y me proponía emularlos. "Restrepo...", rezaba el encabezamiento. Pero no tuve valor de enviarla. Claro que la carta era una trabazón de vaguedades e incongruencias. No decía nada en concreto. Siquiera no la envié. Me hubiese arrepentido de tamaño adefesio.                 

Hubo un vínculo entre profesor y alumno, por supuesto, pero nunca tan cercano como lo idealicé. Restrepo sólo me dictó uno o dos cursos, luego cada uno fue por su lado. Estévez, en cambio, fue mi guía durante tres años por los menos. La diferencia salta a la vista. Ahora que lo pienso, cuántos de mis alumnos, a lo largo de mi vida en el magisterio, no vivieron con respecto a mí la misma experiencia que atravesé con Restrepo. Espero haber copado sus expectativas. Siempre me preocupé por ser atento, por ofrecer una frase de incentivo. La incertidumbre, las dudas, las vacilaciones, los temores hacen presa del alma de un joven. No sé por qué a los adultos nos cuesta entender esto. De otro modo, seríamos más tolerantes. 

Incertidumbre, era lo que lastraba mi carta a Restrepo. Tres enormes párrafos angustiados, con vetas de pedantería, y una posdata extravagante. Todavía conservo una que otra esquela de algún alumno, mensajes de gratitud. Mi carta a Restrepo era una comunicación entre pares, un diálogo entre espíritus ofuscados por la luz. Creo que hasta me faltó humildad. Siquiera no la envié. En mis visitas a su oficina y en entrevistas ocasionales, informé a Restrepo de mis logros en los concursos literarios. Se alegraba, me felicitaba. De algún modo, yo era su hijo espiritual. Envidiaba su serenidad, su sonrisa bonachona, y deseé que hubiese estado más en su oficina las veces en que me acerqué a esta urgido de un solaz estético. Pero mientras la puerta del despacho de Sonia Gómez estaba expedita, la de Restrepo, raras veces. En algún apunte de los cuadernos de aquella época lo manifiesto, no sin una pizca de coraje.         

jueves, 16 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.2.)

*Fábulas, un librito de Restrepo, acompañó a Marcos por mucho tiempo, constituyéndose en un superviviente de trasteos y percances. Los años y la humedad acabaron por descuadernarlo y enmohecerlo, así que Marcos tuvo que tirarlo. Nunca olvidó la imagen del unicornio que adornaba la carátula. Eran textos en prosa, breves, amenos, desenfadados, sobre anécdotas cotidianas o vidas de estrellas del celuloide. Restrepo parecía añorar esa época de las leyendas del cine. Según el profesor Hernán, Restrepo había sido su compañero en la carrera de derecho. Quién sabe si la terminaría. Al parecer, también la abandonó. Porque, al igual que a Hernán, Marcos lo conoció como profesor de literatura. Y nunca escuchó que Restrepo hablara de sus tiempos de estudiante de leyes. Según eso, había sido una experiencia episódica e ingrata.

Restrepo amaba dibujar, como García Lorca (que además de dibujante era músico y dramaturgo). En ocasiones se excusaba de dar clase, debido a sus viajes al extranjero para participar en eventos de poesía. Su talla de poeta era indudable. Tenía la categoría de un Juan Manuel Arango o de un Juan Manuel Roca, y solía tener un puesto merecido en las antologías nacionales. Marcos fue su alumno en el curso de Introducción a la literatura. Restrepo no era avaro con los cincos, desde que el estudiante demostrara pasión y audacia en lo que escribía. Marcos vio otro curso con Restrepo, donde algunos discípulos que se las daban de superdotados le hicieron pasar un mal rato, al espetarle, agavillados, que su bibliografía era idéntica en sus diversos cursos. Restrepo transigió con los rebeldes. Era un hombre manso, con una sabiduría a prueba de banalidades. Cuando fue su turno de pensionarse, no le dio largas. Abandonó el rol de docente y siguió vinculado a la u desde un cargo en la editorial. En esas dependencias, situadas junto a Ingeniería y al coliseo, lo visitó Marcos las últimas veces. Siempre fue un hombre receptivo y risueño, aunque Luis alguna vez, con la acritud de los años, lo tildara de engreído. Para Marcos no había tal. Sencillamente, Luis andaba de malas pulgas ese día. 

Lo que Marcos encontraba de su gusto en Restrepo era esa forma discreta y amable con que se escondía del mundo, con que evitaba los formalismos sociales. No se daba tono con su fama de poeta. Era una persona sencilla, distante. 

Cierta tarde, Marcos conversaba con Restrepo junto a una columna de la cafetería del bloque 12. Se remitían a libros antiguos, incunables, cuando apareció un individuo maduro y arrancó a Restrepo del diálogo con el alumno, instalándolo en una charla de viejos amigos que se saludan y hablan de asuntos comunes. Restrepo hizo gala del tacto necesario para impedir que Marcos quedara excluido, presentando a los dos que no se conocían. Estos cambiaron una mirada civilizada y abandonaron cualquier recelo. El tema que Restrepo y Marcos sostenían, quedó olvidado, y los dos veteranos empezaron a hablar de sus hijos, los cuales prestaban el servicio militar en Puerto Berrío. El de Restrepo se llamaba Santiago, y el del otro, Jaime. A Jaime el cambio de clima le irritó la piel del rostro, el acné que padecía se le convirtió en una erupción endiablada. Esto preocupó de tal modo a los padres, que lo enviaron a un médico. Fuera de este inconveniente (relató el padre, más animado) Jaime no había disfrutado sino de ventajas, porque se ocupaba de dar clases de inglés al hijo de un oficial. El hijo de Restrepo no tenía tales privilegios, le tocaban duros turnos de vigilancia. Marcos estaba fastidiado, no por la plática de los dos hombres, sino por el aire opaco de la cafetería, por saberse blanco de la mirada de los circunstantes, por no poder intervenir sino con débiles expresiones y gestos estúpidos en una conversación que no le concernía.

Se despidió. A sus ojos, era como si Restrepo hubiese perdido la aureola en la que lo había circunscrito. Se fue algo desengañado de esos dos vejancones que hablaban de hijos reclutas, de preocupaciones paternales, de asuntos, en fin, tan prosaicos. Marcos ignoraba que Restrepo tuviese hijos. Lo imaginaba como un poeta célibe, ajeno a la idea de reproducir la semilla. Se le antojó panzón, avejentado, tocado por la simpleza y las menguas. Pensó que a esos dos hombres los años les habían robado la hermosura. Así nomás se daba cuenta de que Restrepo tenía un vástago (al parecer tenía también una hija), que prestaba servicio en Puerto Berrío, que soportaba duros turnos de vigilancia y vaya a saber Dios qué otras penalidades. El muchacho se llamaba Santiago, y a Marcos se le antojó un ser de fábula, del todo inconexo con el concepto (naturalmente, prejuiciado) que tenía de Restrepo, en el que lo asimilaba a una entidad casi divinal, asexuada, símbolo excelso de la Poesía.           

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Restrepo (Cap.1.)

*Una tarde Marcos visitó a Restrepo  en su oficina. Lo encontró fuera de su escritorio, de espalda a la puerta, mirando el paisaje por la ventana. Restrepo volvió el cuerpo hacia él. Vio en el empaque del muchacho un gesto urgido, inflexible; su mirada lo interpeló. Lo saludó. Restrepo respondió con solicitud y lo invitó a sentarse. Se acomodó en su sillón, ante el mesón lleno de libros y revistas. Adoptó un semblante abierto, exhortativo, dispuesto a escuchar. Se dio cuenta de la sorpresa de Marcos ante su barba rasurada, esto lo turbó un poco. Quizás su rostro se veía menos benévolo. ¿Acaso quiso retroceder? Fue lo que pensó, pero se mostró cordial y receptivo, y el joven pareció tomarse confianza. Le confió que sólo había pasado a saludar, que su visita era informal, con el objeto de cruzar unas palabras.

Mientras empezaban a conversar, recordó su visita anterior, cuando le solicitó una lista de autores recomendados. Tenía el propósito de trazarse un exigente plan de lectura. Quedó algo decepcionado ante su respuesta. Le dijo de su desconfianza frente a esos listados y decálogos. Los libros van llegando a nosotros, dependiendo de la intensidad de nuestra búsqueda. Sabía que Marcos asistía al taller de escritores dirigido por Estévez. Estévez prescribía un catálogo de escritores dignos de leerse. ¡Ese muchacho! Ahí estaba otra vez, ante él, la imagen de su juventud, su inexperiencia, sus inquietudes, pesquisas, zozobras. Reprimió en su interior la resaca de dolor que amenazó con arrasarlo. Le preguntó por su vida, por sus lecturas. Marcos le dijo que estaba leyendo Gran sertón, de Joao Guimaraes Rosa.

La postura y las palabras de Restrepo obedecieron al propósito de vencer la inseguridad del joven, de conseguir que se sintiera bien. Sabía que a esa edad somos presa fácil de la ambigüedad y la modestia, lo mismo que de la arrogancia. Marcos era un muchacho reservado y arisco. Seguro que se autoflagelaba a diario  con reproches, que le dominaba el desánimo. No era difícil descubrir en sus ojos el vaivén de estas emociones. Al fin entraron en una apaciguada atmósfera y el diálogo fluyó. Parecía que se entendían. Hablaron de ese cuento de Guimaraes Rosa titulado La tercera orilla del río. Sí, parecía que se entendían.

Restrepo le preguntó por Estévez y advirtió que el muchacho no se sintió tan a gusto. Quizás tenía como principio no hablar de personas ausentes. Tal vez percibía cierta deslealtad al actuar así. Acaso hubiese algo de volubilidad en su carácter. No sabía. Las palabras de Restrepo sobre Estévez habían sido discretas y elogiosas. Pese a que el trato entre estos colegas era limitado, se guardaban mutua consideración. Estévez no tenía muchos estudios académicos, pero suplió esta falta con el autodidactismo. Había llegado a ser un escritor respetado, muy consciente de su oficio. Rara vez se veían. Ambos eran seres esquivos. En cuanto a Restrepo, la universidad y la casa eran sus espacios habituales. De vez en cuando, un viaje a algún evento poético, en ocasiones al exterior. Vivía en Carlos E. Restrepo, en un conjunto de cómodos apartamentos, al pie de la biblioteca La Piloto y la Universidad Nacional. El ambiente estudiantil daba vida al sector, salpicado de comercios donde era grato sentarse a tertuliar. Bebía unos rones con amigos escogidos y de vuelta a casita. Era su rutina.

La impaciencia se apoderó del muchacho, Restrepo lo advirtió en seguida. Fue mala cosa mencionar a Estévez, de esto se dio  cuenta. Quizás la culpa era suya. Tal vez el desestimar el listado de libros significó una crítica encubierta a la metodología del colega. Esto cabreó al muchacho, desnudando la hosquedad en su semblante. Restrepo notó cómo se removía a menudo en la silla, apretando la mochila contra el regazo, mirando inquieto a uno y otro lado. Ahí estaba frente a él, con su piel morena y su pelo apretado, su vigorosa y atlética figura. Vestía un bluyín y una camiseta de mangas largas y cuello redondo. En general, presentaba un aspecto esmerado. El buen clima había durado muy poco. Marcos hizo varias veces el ademán de levantarse. Restrepo se hizo cargo de la situación e inventó cualquier excusa para abandonar la oficina. Se pusieron de pie. Restrepo tomó su chaqueta del respaldo del sillón. El muchacho le antecedió, aguardándolo en el pasillo, mientras el otro se demoraba con la cerradura. Una muchacha abordó  a Restrepo al salir y le preguntó algo sobre Mircea Eliade y el mito. Esto fue ya demasiado para el muchacho que, fingiendo mirar algo en la cartelera de la pared,  libraba una lucha interna entre el respeto a las convenciones y su fogosidad. Mircea Eliade y el mito, a ver. Restrepo se despidió un poco a la ligera del muchacho y este bajó la escalera. Al verlo desaparecer, el profesor no pudo evitar advertir unos desgarrones en la mochila de lona del joven.                 

 

lunes, 13 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.7.)

Ante la previsión de Sonia de anotar en un cuaderno el nombre y el teléfono de la persona a la que prestaba libros, pensé en hacer una tipología de esta actitud, tomando en cuenta al que presta y al que toma prestado, distinguiéndolos de acuerdo a la mayor o menor desconfianza (esto con relación a los primeros)y a la mayor o menor falta de seriedad (con relación a los segundos).

Al salir de la oficina de Sonia (esa mujer madurota, maquillada, de voz alegre, apasionada por la literatura), me sentí  un hombre nuevo, curado de mis males. “Adiós al infierno del garito, adiós al Salón Bogotá, bienvenidas las salas de cine”, me dije. Uno de los hechos que fundamentaron mi resolución de volverme un adicto al cine, es la conexión que este tiene con la literatura, aspecto que había ponderado con Sonia y al que le había prestado escasa atención. Contagiado de este fervor, un tiempo después emprendí con María el estudio de Eisenstein, el cineasta ruso. Pertrechados con varios libros, nos reuníamos en las tardes en la universidad y leíamos, y discutíamos.

La verdad es que mi entusiasmo con el cine duró muy poco. Siempre preferí la lectura y, más que esta, la escritura. Sonia sabía que yo escribía, que asistía al taller de Estévez, pero nunca conversábamos al respecto. A mis veintidós años yo había escrito ya dos novelas. La primera sobre mi escapada de casa siendo un niño de diez u once años. La segunda sobre Jeremías, predicador callejero, anciano achacoso y fanático que divulga y defiende la palabra de Cristo en el Parque Bolívar. Me regodeaba describiendo la miseria del personaje, como la del mundo en que este se mueve. Hacía constantes alusiones a pasajes de los Evangelios. Soterrada o explícitamente, denunciaba la injusticia social, clamaba por un mundo de paz y amor. Jeremías era un personaje combativo, férreo en sus creencias. Yo lo situaba en la lidia pública, entre un corro de detractores. Era palmaria mi intención de reivindicarlo, exaltando su apostolado. Jeremías era un cruzado de Cristo. El aire sórdido del libro se desprendía de la morbosa fascinación del narrador por los sitios lóbregos, crapulosos, un mundo que él contemplaba con ansia y espanto. Había largas disquisiciones con relación al episodio en que Jesús multiplica los panes. En la obra latía un deseo de redención de los oprimidos. La figura de Cristo se conjuraba como la del hombre capaz de redimir a la especie humana de sus padecimientos. 

Ambas novelas (la primera escrita en un un bloc, la segunda en un cuaderno) las perdí en los trasteos. Las evoco con cariño, como el luminoso despertar de mi vocación de escritor, que eclosionó a mis dieciocho años, en Itaguí.                      

Luego vino ese tiempo en que Estévez nos decía que un cuento es un sector de historia, que debe tener una columna vertebral, y creo que ahí fue donde comencé a hacerme un lío, perdiendo la espontaneidad y la desmesura de la imaginación. Tengo cuadernos enteros de apuntes sobre sectores de historias, columnas vertebrales y, enhorabuena, uno que otro cuento acabado. Algunas ideas eran bastante osadas, y eso me gustaba. Por ejemplo: "En Riofrío un sepelio era una oportunidad para variar la rutina, y nadie quería desaprovecharla. Como la mayoría de la gente no tenía nada qué hacer, se iban de paseo acompañando el féretro hasta el cementerio".  

Entonces Sonia nos hablaba de La vorágine, y uno trataba de prestarle atención a la clase, de entender la cuestión. Pero era imposible dejar de sentirse en medio del torbellino de la vida universitaria, la masa, el tumulto de un viernes, por ejemplo, en que las cafeterías no daban abasto y los patios bullían de estudiantes ostentosamente juveniles, parlanchines, llenos de vitalidad. Y uno argumentaba para sí mismo que en la segunda parte de la obra es Clemente Silva, más que Arturo Cova, la figura relevante. No solo porque el relato de sus desventuras se extiende agotando páginas y páginas, sino porque aparece como un personaje con mayor entidad que ningún otro. Tanto el viejo rumbero como Arturo Cova están impelidos a la selva por un deseo obsesivo: el primero quiere repatriar los huesos de su hijo, el segundo quiere vengarse de su adversario. Los viernes en la u eran como un paroxismo de sensualidad. Al margen de la crisis social, cientos de jóvenes buscábamos divertirnos. La naturaleza me parecía casi un adorno, un abalorio, comparada con esta enorme manifestación del hedonismo, del querer rumbiar, beber, disiparse. Y ahí al lado estaba Clemente Silva, lanzado por su amor de padre a la selva inhóspita y carnívora. Ya no era el idilio de Efraín y María, era una cosa brutal.  

Tras la lectura de estas novelas colombianas estaba una mujer que sabía mucho de su materia, una profesora (Sonia Gómez) que nos recibía en su clase con indudable buena voluntad, pero que acaso no se detuviese a pensar en ese remolino en que nos sentíamos atrapados como jóvenes, cuando sentíamos la vida como una araña vigilando su presa. ¿Y por qué debía detenerse a pensar en ello? ¿Acaso era nuestra madre o nuestra hermana? Hoy, con el superavit de los años, me digo que ella también daba tumbos en el vórtice, así tuviese la seguridad de un trabajo y una casa en un barrio confortable con esponjado algarrobo a bordo. Su amor por el cine era ese escape al que confiaba la salvaguarda de su mundo decoroso, amenazado por los rabiosos canes del tedio.      

domingo, 12 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.6.)

En la época federalista, el estado del Cauca comprendía los actuales departamentos de Chocó, Valle del Cauca y Cauca. Fue una región que acogió la mano de obra esclava, para el desempeño en las minas, en los cultivos de caña de azúcar y en el servicio doméstico. El pasaje Calibío también era punto de concentración de negros del Pacífico. En ese sector, del lado de Bolívar, echando hacia el Parque Berrío, había un garito que frecuenté por un tiempo: el Salón Bogotá. Había en la timba asiduos de toda laya, pero los negros constituían una buena parte del paisaje. En María la servidumbre está conformada sobre todo por esclavos: Pedro, Bruno, Remigia, julián, Feliciana, Juan ángel. Durante la travesía de Efraín por el Dagua, la obra tiene acentos que nos recuerdan la poesía de Candelario Obeso (1849-1884): los bogas, su jerga, su canto, su faena.

Yo me embeleso con el algarrobo del parque San Pablo. En Maria, Isaacs se derrite con las palmeras: "Los grupos de palmeras se hicieron más frecuentes. Veíase la pambíl de recta columna manchada de púrpura; la milpesos frondosa, brindando en sus raíces el delicioso fruto; la chontadura y la gualte, distinguiéndose entre todas la chonta de flexible tallo e inquieto plumaje, por aquello de coqueto y virginal que recuerda talles seductores y esquivos. Las más con sus racimos medio defendidos aún por la concha que los había abrigado, todas con sus penachos color de oro, parecían con sus rumores dar la bienvenida a un amigo olvidado".          

En una de las visitas que hice a Sonia Gómez en su oficina, le conté que había interrumpido la carrera para trabajar como profesor en un colegio privado. En el momento menos pensado, hallándome en la u, se me ocurría pasar por el despacho de un profesor y saludarlo. Tenía estas confianzas con muy pocos: Restrepo, Natalia Pikouch y Sonia Gómez. Estévez no tenía oficina en el campus. Su despacho eran las cafeterías. Nunca entendí bien su contrato con la u. Debía de ser prestación de servicios. Ya casi a sus setenta años le dieron una cátedra de español. En la ocasión presente, me había dirigido a la oficina de Restrepo. Al encontrarla cerrada, ya en retirada, opté por saludar a Sonia Gómez. Eran vecinos del cuarto piso, en el bloque 12. Era una tarde de esas en que, luego de terminar mi jornada de docente, me iba a la u a estudiar, un poco a fingir que seguía matriculado, cuando no era así. Se me presentó la oportunidad de trabajar en un colegio, y me retiré de la carrera a tontas y locas. No avisé a mi familia. Ni siquiera redacté una carta dirigida a la administración, poniéndolos al tanto de mi resolución. Esto me hubiese ahorrado dinero a la hora del reingreso. Al volver a la u, un año después, el costo de la matricula se acreció considerablemente. De veras que lamenté mi imprevisión. Pero son cosas que nos pasan por atolondrados, por irreverentes o por terquedad.

Desde el corredor vi a Sonia sentada en su escritorio, al fondo de la oficina. Una mujer entrada en años, motilada cortico, con cierta gravedad en el semblante. Me dispensó una acogida reconfortante. Empezamos a platicar, y cada vez nos sumergíamos más y más en el mundo de los libros. Era inevitable no atender el magnético conjuro de los poemas enmarcados y colgados en la pared, leer como al descuido los versos de Emily Dickinson y de Quevedo, ofrecidos al visitante como una provocación. Me sinceré con Sonia, refiriéndole mi desvinculación de la u, mi trabajo como profesor. Hoy me doy cuenta de que yo debía inspirarle crédito, o que sencillamente, me estimaba, porque siguió  prestándome libros, a pesar de mi condición de retirado. Ya hacía un semestre o dos que yo había estado en su curso de literatura colombiana, que había puesto cacumen en el trabajo sobre María, y seguramente me recordaba con aprecio. Un muchacho que escribe bien es una felicidad para un profesor. Le hace sentir que no todo está perdido, que vale la pena compartir nuestro saber. Yo seguía saludándola cuando nos cruzábamos por ahí. Y esa vez en que se rodó por la escalera y retornó a la u luego de un mes de incapacidad, yo era uno de los dos estudiantes en que ella apoyaba su renqueante cuerpo al avanzar por el pasillo rumbo a su bloque. Una mujer jamona con dos jóvenes apolíneos sirviéndole de muletas, era una imagen digna de ver, quién sabe qué sensaciones suscitaba en los protagonistas y en los espectadores de la escena. La verdad, yo sentía cierto embarazo. No es que acostumbrara ser muy galante. Tal vez Sonia hasta exageraba su impedimento, para recostarse más en sus auxiliadores. Muchachos considerados, aceptaron el pedido de ayuda de la profesora al verla pasar trabajo con su cojera. Muchachos con inquietudes literarias ambos. No, qué lujo de muchachos. ¿Aceptan que los invite a gaseosa? Bueno, entonces detengámonos en la cafetería.

Mis apuntes sobre María eran cosa del pasado, lo mismo que mi estrambótico viaje a Bogotá y mi anécdota con el poeta muelón (me invitó a su casa, un inquilinato vetusto, y me enseñó sus poemas y sus pinturas. Me ofreció posada. Denegué). Sonia Gómez también quedaba atrás, en el recuerdo y la nostalgia de los profesores de la u, de esos maestros que nos transmitieron su experiencia. Desde cualquier corriente del pensamiento que siguieran, nos explicaban la materia y nos invitaban a dar nuestro aporte. Estaba dentro del camino trazado por Sonia que basara mi trabajo sobre María en las teorías de George Lucaks y Bertold Brecht. Parecía que nuestros argumentos tuvieran más peso si los sustentábamos en pensadores foráneos. Eran pocos los que evitaban darse ese puntillo. Explicar María desde la perspectiva de unas eminencias de afuera. Así es la Academia. Al escribir María, Isaacs tendría a la vista a Atala de Chateaubriand (1768-1848). Esos referentes extranjeros son casi una fatalidad.

    

jueves, 9 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.5.)

Un sábado en la mañana me dirigí al barrio San Pablo: Sonia Gómez me prestaría un libro de Bajtín sobre el cuento maravilloso. Recuerdo que era una casa de dos pisos, bastante cómoda. La biblioteca estaba en el segundo. Sonia me precedió en el ascenso de la escalera. En comparación con la de Estévez, la biblioteca de la profesora de literatura colombiana no era tan nutrida y selecta. Me valgo de la memoria visual para hacer este aserto y, todavía más, con una distancia de más de veinte años sobre los hechos. Mas no tengo duda. Estévez poseía más libros y mejores que Sonia Gómez. El mismo paralelo es válido entre Luis y yo, o entre Edgar Hincapié y yo. Las bibliotecas de estos dos amigos superan a la mía. Luis es mejor lector que yo, y también ha invertido más dinero en libros que yo. Edgar nos aventaja a Luis y a mí (y estoy tentado a afirmar que a Estévez) con respecto al metálico que ha desembolsado para hacerse a buena literatura. Hay que recordar que Estévez entregaba al neófito una hoja con un listado de cien obras que era preciso leer, una tarea para toda la vida, o al menos para gran parte de esta. 

La visita a Sonia Gómez fue de entrada por salida. La hora era un poco inconveniente, muy de mañana. Al bajar la escalera rumbo a la puerta, yo presidía la marcha. Salí a la Avenida Guayabal con mi Bajtín en la mano, ansioso de ver el algarrobo. En un espacio como el de ese parque, uno no podía ser más que un concupiscente, pura sensación. Creo que el del barrio San Pablo es uno de los parques más amplios y amenos que cualquier barrio pueda poseer. Los viejos recuerdan que al pasar hacia San Fernando a ver las carreras hípicas (aún no existía el barrio San Pablo), veían una casa en la manga donde hoy está el parque: el algarrobo ya estaba, y en él ataban las vacas para ordeñarlas. Debió de ser así. Antes casi todo era mangas y fincas rurales en este territorio usurpado por la urbe. Lo poco que queda ya lo han acaparado las constructoras, más tarde o más temprano vendrán las máquinas.

Cuando me prestó el libro de Bajtín Sonia ya había dejado de ser mi profesora. Tuve éxito en el curso. Un nuevo semestre comenzaba. Bajtín hacía parte de la bibliografía de otra materia, no recuerdo con qué docente. El hecho de que siguiera prestándome libros habla en favor de la acogida que Sonia me dispensaba. No recuerdo que Sonia me obsequiara un libro alguna vez. Restrepo sí, una obra suya: Fábulas. Estévez me obsequiaba copias de algunos de sus cuentos o de alguna de sus novelas. Un día me regaló una copia de un ensayo de Will Durant. En lo tocante a sus libros editados, solía ofrecerlos en venta a sus alumnos. El primero que le compré: Un hombre llamado Todero. Te cogía a rajatabla: "cómpreme este libro".                   

No sé si Sonia Gómez tenga hoy algún recuerdo de mí. Si conserva y hojea de vez en cuando algún cuaderno de esos en que anotaba a los deudores de libros, quizás se tope con mi nombre y se pregunte: ¿quién era este? Este Marcos Pita a quien presté el libro de Bajtín. Han transcurrido ya varios lustros desde aquello, y tal vez la profesora de literatura colombiana haya prescindido hace mucho de ese cuaderno. Tal vez ya no presta sus libros. O quizás, habiendo ascendido un peldaño en la filosofía de la vida, hoy los regala. "Llévate este libro. No, no tienes que devolvérmelo. Es tuyo". 

Austeridad, renuncia, la mejor cosecha de los años. A Calibío no he renunciado, todavía visito el Palacio de la Cultura, me sirvo de su biblioteca (leo los reportajes de José Martí en los Estados Unidos, el asesinato del presidente Garfield), bautizada Carlos Castro Saavedra. En estos días me pregunto si todavía existe el Hotel Universo, que quedaba en el costado sur del pasaje, más abajo de la heladería La montaña. Los casinos, las barberías, los remates, las ventas de accesorios para celulares, los cafés internet, los puntos de apuestas y los ventorrillos de cuanta cosa hay, han desplazado a muchos viejos negocios. Bueno, y las cafeterías y restaurantes que nunca pasan de moda, porque la gente debe tragar. Debo averiguarlo. No soy optimista al respecto. Si el Hotel Universo no había sido liquidado ya, la pandemia debió asestarle el golpe de gracia. Más de una vez entré allí, al comienzo tras los pasos de mi padre, luego por propia iniciativa. Más allá del recibidor había una cantina. Las habitaciones quedaban del segundo piso en adelante. Algunos paisanos de Urabá solían hospedarse allí. Mi padre los visitaba y aprovechaba para invitarlos a aguardiente. Siempre fue un manirroto incorregible. 

Conservo una imagen de la profesora Sonia Gómez (en el cuaderno 37): la madurota catedrática renquea por un pasillo de la universidad en compañía de dos esbeltos jóvenes con inquietudes literarias. Sonia rodó por una escalera de un cuarto a un tercer piso. Estuvo incapacitada por un mes y apenas ahora retornaba a su labor docente. Comenta con jovialidad los hechos de su accidente. Invita a gaseosa a los mozos. Hablan de libros y autores. Critican.


La profesora de literatura colombiana (Cap.4.)

La panadería y pastelería Santa Clara estaba en la esquina suroccidental de Calibío. Me gustaba arrimarme allí y comer pasteles rellenos de arequipe, jalea de guayaba, pasta de leche  y brevas. Un relleno que me volvía loco, que me parecía delicioso, en el que no desmerecían ni las brevas, que en la infancia no eran muy de mi gusto, aunque mi madre nos las servía en conservas y en dulces. En Santa Clara vendían parva fina, y claro, costosita. Más abajo estaba la heladería La montaña, que mi padre solía frecuentar en su época de empleado gubernamental, y de la que yo también, siguiendo su ejemplo, me volví asiduo. "La montaña", nunca había reparado demasiado en este nombre. Pero hoy me provoca asociaciones bíblicas y literarias: la montaña a la que Moisés subió a recibir las Tablas de la Ley, y La montaña mágica, la novela de Tomás Mann. Tanto frecuenté este lugar donde mi padre se solazaba bebiendo, que llegué a pensar que repetiría la faceta juerguista de mi ancestro. Sin embargo, mis visitas a La Montaña, cuando no eran para entrevistarme con mi padre, obedecían a una extraña nostalgia. No pocas veces saqué mi cuaderno y me puse a escribir allí. 

Los árboles del pasaje Calibío (desde que recuerdo ha sido una calle peatonal) no podían ser otros que las palmeras que bordean el edificio de Goovaerts, similares a las que abundan frente a esta misma edificación, en la plaza Nutibara, donde los  bulliciosos pericos se han aquerenciado. Estas palmeras de Calibío tienen hoy gran tamaño, superando en altura a muchas de las construcciones del callejón, pero yo las recuerdo tiernas, casi recién sembradas, cuando el edificio de Goovaerts dejó de ser sede de la Gobernación y se le hizo mejoras para convertirlo en Palacio de la Cultura. Cómo pasan los años. También recuerdo las palmeras del parque San Antonio, me tocó verlas tiernas, niñas, protegidas tras la albitana. Hoy son palmeras gigantescas. 

Sonia Gómez sabía a qué atenerse con la literatura. Lo decía sin vacilar: "yo no me considero escritora, no tengo madera para eso. Soy crítica literaria, digo cosas sobre los libros que otros escriben. Soy cineasta a morir. Estévez me parece, definitivamente, un escritor muy flojo". Lo decía sin pelos en la lengua. El cine era lo suyo. Se sentía con autoridad para hablar de filmes y recomendarlos. Una vez que pasé a saludarla en su oficina, me prestó dos libros (Seis propuestas para el próximo milenio, de Ítalo Calvino, y La tejedora de coronas, de Germán Espinosa) y me recomendó una película: El maestro de música, de Jan Van Dan. También me habló de un ciclo de cine italiano que estaban pasando en el Colombo Americano. Como Estévez, ella tenía la precaución de anotar en un cuaderno el nombre y el teléfono de los deudores de libros. Eso hizo conmigo, no fui la excepción. ¿Que era lo que no le gustaba de Estévez? Estévez no es que amara mucho el cine. Un día me confesó su hartera con la familia de la mujer y de tener que acompañar a esta y a su hijito a ver cualquier película o a comer pizza. Le pesaba todo aquello que lo distrajera de la escritura. Cuánto acabe pareciéndome a Estévez. No es que me gusten mucho los convites familiares, que llamo "guachafitas". En cuanto a Sonia Gómez, su relación con la escritura era cómoda, algo frívola, como el que prefiere ver los toros desde la barrera. Estévez era un matador.                          

En esos días (ya lejanos, cuán lejanos) en que me crucé con Sonia Gómez en un supermercado de  San Juan con la 70, yo todavía solía visitar a Estévez en su casa de Manrique. De una de estas entrevistas salí con un prospecto sobre un concurso de literatura, obsequio de mi maestro. Igual que Blandón, me chutaba información sobre concursos, a ver si me los ganaba. Me tenían confianza. Blandón era aún más comunicativo y servicial, puesto que me chutaba cualquier dato de la agenda cultural de la ciudad: conferencias, cine, ajedrez, tertulias, posgrados, ferias,  lanzamientos de libros,. Recuerdo que toda esa tarde y parte de la noche anduve con el prospecto hecho un rollo en mi mano. Me acompañaba aún mientras orinaba en un billar al que entré de afán. Un concurso. Llegaría el día en que me importarían un maravedí esos concursos. Las paredes del billar estaban enchapadas con espejos. En ellos se reflejó mi figura de negro con cara de pocos amigos, desplazándose hacia el mingitorio con un papel enrollado en la mano. Otro negro muy borracho ocupaba uno de los tres compartimientos del orinal. Me coloqué con prudencia al lado del beodo. Este se hallaba en tal estado de embriaguez,  que  orinaba sin controlar bien su miembro, por lo que los meados caían fuera de la porcelana, salpicándole el pantalón y los zapatos. El tipo se mecía de un lado a otro, hip, hip. Hice aguas tranquilamente. Mi rostro expresaba gravedad y dominio. Vigilaba al otro con el rabillo del ojo. Qué situación tan deplorable, pensé del otro pobre diablo. Parecía a punto de dormirse y caer de bruces contra el tazón. Aparentaba unos cuarenta años y una barba de dos días le sombreaba la cara. Advertí el respingo de recelo del hombre cuando me sumé al orinal. Me percaté de que el borracho soltaba el pene para sacar algo del bolsillo del pantalón. El puerco se estaba mojando los zapatos. Oriné expedito. El hombre me dirigía turbias miradas de desconfianza. Me desconcertó notar que lo que el tipo extraía del bolsillo con arduos y torpes ademanes, era una navaja. Me puse en guardia. El tipo tenía cara de perpetrar un disparate. Subí la cremallera y me retiré con pasos enérgicos. 

Era mediodía cuando fui de compras a la Candelaria de San Juan con la 70. En un cartoncito apunté: arroz, aceite, pescado, tomates, guayabas. No seguí la ruta acostumbrada (la 65, torciendo por la 44), sino que ascendí por la Avenida Bolivariana, tan chusca, y luego doblé por la 70. Un paseo confortante. Ya en el supermercado, lo primero que hice fue aviarme con la canasta y dirigirme a los enormes frigoríficos en pos de los tomates. En la desolación del mediodía había allí una mujer madura, entrada en carnes, sumida en el examen de unos pepinos. Reconocí en ella a Sonia Gómez, mi antigua profesora de literatura colombiana. Ahora no estaba maquillada , como en la u. Su rostro aparecía deslavado, sin gracia. La saludé cortésmente. Al verme, su rostro se despejó en una sonrisa y en una expresión gentil. Sonia Gómez  suele ser tan amable. Como yo (y quizás como todos los compradores) venía provista con una canasta naranja con manijas negras. Estaba de frente al congelador, mientras que yo permanecía de lado, a medio paso de ella. Vestía un traje veraniego, de tono suave, que magnificaba sus abundantes caderas. Se cara veíase apagada, algo marchita, a pesar de su ánimo cordial. Tontamente, le pregunté qué hacía. “Mercando, ¿qué más puede hacer uno?”, me contestó, entre festiva y fatalista. Sostuvimos un breve diálogo, durante el cual ella se las arreglaba para seguir con el escrutinio de los pepinos y yo me desplacé dos pasos para escoger unos tomates. Me habló del éxito de la maestría en literatura colombiana que dictaba, pero no mostré gran interés por el tema. Sin variar su gesto risueño, giró hacia otro tópico. Me preguntó qué hacía. Le dije que trabajaba en un colegio. Se mostró sorprendida y me felicitó, como si esa institución donde yo trabajaba fuese el premio áureo que todo profesor anhela. En mi opinión, no era para tanto. Antes de despedirnos (ya había escogido los pepinos), me animó a que no dejara de estudiar, o sea, de hacer una especialización. Me mostré condescendiente con su recomendación. Se fue, dejándome ante la tarea ardua de encontrar tomates sanos en ese descolorido y magullado  montón. Puro desperdicio. Me vi, quince años adelante, con la edad y las mermas físicas de Sonia Gómez, comprando víveres en un supermercado, cargando la modesta canasta del bolsillo estrecho, para aligerar la escasez de una despensa poco acostumbrada a la abundancia. Ay, vida.           

martes, 7 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.3.)

Calibío era el nombre de una hacienda de Popayán, escenario de una de las batallas de la independencia, donde se enfrentaron Nariño y Sámano en 1814. Antes de esto, en tiempos prehispánicos, debió existir un cacique Calibío: el término posee una clara sonoridad indígena. Esta última afirmación no es más que una suposición mía. Consultando en Google, "calibío" viene del neologismo latino "calibyum", que a su vez proviene del griego, y que significa choza, casa, lugar protegido. En botánica, "calibío" se refiere a una formación axial. Si no existió un cacique Calibío en la época previa a los conquistadores, estoy dispuesto a encarnar el papel. Me declaro cacique Calibío, en pugna perpetua contra el opresor español.

Tomas las dos primeras sílabas de "calibío" y tienes Cali, la capital del Valle del Cauca. En María, Jorge Isaacs canta el paisaje del Cauca: sus montañas, sus ríos, sus árboles (chiminangos, písamos, higuerones). La hacienda El Paraíso, donde estaba "la casa de la sierra", donde transcurre la historia de María, está en el Valle del Cauca: fue propiedad de la familia Isaacs de 1855 a 1858. Las láminas de portada que ilustran la novela, muestran a María sentada en una peña al lado del torrente, en medio de una vegetación tropical, protegiéndose del sol con una sombrilla. ¡El Cuaca! Más que ningún otro, fue el río de mi infancia, de mi vida. Concordia, el pueblo del suroeste donde transcurrió gran parte de mi niñez, queda cerca a Bolombolo, por donde cruza este río. Más que un referente geográfico o enciclopédico, fue siempre un crisol de tragedias y leyendas. Una de aquellas noches de mi niñez en Concordia, el desvelo me sorprendió entre la multitud expectante que aguardaba en la plaza la llegada de la volqueta municipal con los ahogados en el Cauca, unos jóvenes que habían ido de excursión, a pescar. Recuerdo que una de la víctimas era El mellizo, un muchacho perteneciente a una buena familia, que con su partida dejaba solos y tristes  a su fácsímil y a todos sus deudos.

Mi amigo Edgar Hincapié (lector incondicional de estos recuerdos) celebra que esté escribiendo sobre Calibío, mi amor por este paisaje urbano, y me invita a que no me olvide de apreciar allí la escultura Los mirones. Entiendo en seguida su referencia, pero me percato de que está errado. Alude, sin duda, a Los Cabezones ( así los llamo yo), motivo escultórico en la parte alta de la fachada del edificio Víctor (también llamado edificio Bedout), que está en la calle siguiente, al sur, esto es, Boyacá, entre Bolívar y Carabobo. Son tres cabezas humanas, en piedra, que semejan el mismo hombre en triple presentación, y que miran desde su alto sitial el transcurrir del callejón. A mí siempre me pareció que tienen rasgos italianos, o cuando menos, europeos. El edificio albergó la empresa Víctor, prensadora de vinilos (un sello discográfico), lo mismo que la Editorial Bedout. ¡Y volvemos a cruzarnos con la imprenta ! Esa calle Boyacá también debió estar animada por los negocios de las papelerías. Tiempo después, la Editorial Bedout tuvo su sede en Bolívar con Moore, cerca del Hospital San Vicente. Una vez llevé a mis alumnos allí, una visita guiada. Entiendo que ya no existe, que fue liquidada, y que sus instalaciones fueron compradas por la Universidad de Antioquia. Ah, los libros da Editorial Bedout, los "bolsilibros Bedout", memoria y gratitud, sí. Aunque esta empresa fue devorada por el capitalismo salvaje, aún quedan en nuestra biblioteca algunos de sus ejemplares, verbigracia: Así hablaba Zaratustra, Electra, Edipo rey, Antígona.  

Hacer una lectura de María como un estudio de los árboles, una experiencia botánica, es una idea que se me ocurre en este momento: las palmeras, los písamos, los higuerones, los chiminangos. El algarrobo del parque San Pablo es la imagen que he izado como símbolo de mi amistad con la profesora de literatura colombiana. En el parque de San Antonio de Prado, también hay un algarrobo. Es un gigante esbelto y bello, no tan añoso y ancho como el del parque San Pablo. A diario se presenta a mis ojos, junto con las palmeras y las ceibas, como guardianes de un tiempo esplendoroso. Nunca he visto que estos algarrobos echen frutos, regalándonos sus algarrobas de recia cáscara y de pulposas y polvosas y olorosas semillas, que comíamos alegres en la niñez. No sé por qué. ¿Será que es otra variedad de algarrobo? Era comida para puercos, según algunos. Nosotros las comíamos efundiendo gozo, ¿será que teníamos algo de puercos? También debió de ser el alimento que el hijo pródigo de la Biblia le disputaba a los puercos, después de que derrochó la herencia paterna y sufrió hambres. Algarrobas, gratitud y memoria a esta palabra, a estos frutos, así como al papel y a los libros de la Editorial Bedout. Ya no tenían con qué pagar de contado las enormes bobinas de papel con que producían sus libros, la proveedora capitalista les negó el crédito, por eso cerraron la imprenta: oh Guttemberg. En tiempos de la pandemia, en 2020, un descendiente de tercera generación de los Bedout pioneros se queja de la triste suerte de la empresa. ¡Liquidada!

¡El papel! ¡Qué cosa! Tan romántica nuestra mirada, tan bobalicona en el fondo, frente a al ojo de águila, a la especulación financiera,  al agresivo monopolio, al corazón de piedra de los industriales del papel. La profesora de literatura colombiana tenía en su despacho una repisa con libros y, junto a estos, un portarretrato con la fotografía de su amor. En las paredes cerca de su escritorio había dos poemas en gran formato enmarcados y colgados como cuadros: Amor constante más allá de la muerte, de Quevedo, y Eternidad, de Emily Dickinson. Era un papel fino, adornado con viñetas. Del cuerpo maduro de esta mujer cuarentona y de gafas manaba un perfume discreto, lánguido, reposado, con un leve dejo de almendras. Sentada en su sillón de catedrática, su figura expresaba dignidad y conocimiento. Al visitarla en su oficina, sentado frente a ella, yo imaginaba su cuerpo como un vigoroso y crujiente papel de Pérgamo. Con cierta malevolencia, me fijaba en las arrugas que apuntaban en su rostro, pero me cautivaba el ambiente espiritual del que se rodeaba: Francisco Quevedo, Emiliy Dickinson.                                           

lunes, 6 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.2.)

Esta vez el nombre no era  europeo, pero me sembró en la misma ardua rememoración. Claro que, al final, y después de un duermevela en que soñé que estaba en el parque de Bello, la palabra brotó musical en mi mente: "Maracaná". La amnesia tenía que ver con la marca de unos guayos  que solía mercar en mi época de futbolista, y que alguna vez  merqué en Sport River, en los bajos del edificio Guttemberg. "Maracaná". Desde el principio me sonaba carioca, latinoamericano. Me agoté inútilmente en una enumeración de términos, hasta que me dormí, ya muy de madrugada, y soñé que me hallaba en el parque de Bello, y que una rectora de alguno de tantos colegios en los que trabajé, me descubría haciendo el holgazán en la tierra de Marco Fidel Suárez, y me llamaba al orden. 

A través de Sport River, el nombre del almacén de artículos deportivos de Carabobo con Calibío (o Calibío con Carabobo), comencé a bucear en los recuerdos, a forzar la memoria, a ver qué encontraba. Se me hizo patente el lugar, el almacén abierto al público, los mostradores exhibiendo mercaderías de fútbol: uniformes, guayos, espinilleras, balones. Recordé los guayos marca "Gol", que tanto usé. Creo que había otros guayos marca "Crack". Y por supuesto, los balones "Mikasa", que eran un lujo. Vino a mi mente el nombre de otro almacén del mismo género: "La revancha", pero me queda la duda si estaba ubicado en Calibío o en Junín. Este nombre ("La revancha") me sonó bien, con un tinte contestatario, aunque sé que su sentido puntual se enmarca en el campo deportivo. Anhelé que la memoria rodara gentilmente ante mí una película lenta, y que yo pudiese verificar con precisión los comercios del pasaje Calibío, todo aquello desaparecido, abolido. Era demasiado pedir. La palabra "Maracaná" fue, con todo, una maravilla. Todo ese mundo de nombres y referencias comerciales cobraba realce en mi cabeza. Venía evocando los negocios desde la esquina de Bolívar hasta la de Carabobo, en ese Calibío de veinte, treinta o más años atrás. Y algo conseguía, sí, no era en vano del todo. 

Hace ya unos años, el algarrobo del parque San Pablo fue sometido a una "cirugía mecánica". Debido a su estado centenario y a fallas en su estructura, tuvo que ser sostenido con "muletas". Los ingenieros idearon unas vigas metálicas poderosas, hundidas en bases de concreto y acomodadas entre el ramaje, para que el coloso vegetal resista más de lo que su naturaleza y su edad le permitirían. Algún día colapsará, pero ya no tan pronto ni tan brutalmente. El mismo procedimiento usaron con otro árbol añoso, un piñón de oreja de Robledo. Así pues que los botánicos y los ingenieros se unen en el propósito de salvar a los árboles de un inminente desplome. ¡Aplausos! 

La profesora de literatura colombiana proyectó el curso con base en la lectura de tres novelas: María, La vorágine y Cien años de soledad. Yo tomaba apuntes para el trabajo sobre María. De acuerdo con la perspectiva teórica que había dado al ensayo (el realismo en la novela de Jorge Isaacs), me agencié, como bibliografía de apoyo, textos de Bertold Brecht y de George Lukacs.

No era muy ordenado con mis apuntes académicos. Los escribía, indistintamente, en uno u otro cuaderno de los que empleaba para mis anotaciones literarias. Así, las notas sobre María estaban dispersas aquí y allá. Las hacía a lápiz o bolígrafo (pero predominantemente con el primero), por lo general con una caligrafía menudita y apretada, que solía causar sorpresa en la gente. Alguna compañera de clase (¿Loren, Rosana, Olga Regina?) le había llamado a mi letra “pichaderito de pulgas”. ¿Cómo podía entenderla? Sin embargo, yo no tenía ningún problema. Cada cual descifra su enredo. Mis cuadernos eran sencillos y baratos, unas veces cuadriculados, otras, rayados. No solía ser escrupuloso con estas cosas. Por esa época llevaba, amén de otros cuadernos, una agendita café con la litografía de una entidad bancaria: Davivienda. 

Ahora recuerdo que era en Calibío (donde abundaban las papelerías, por algo ese edificio de la esquina tenía el apellido del inventor de la imprenta) donde yo mercaba mis cuadernos y otros menajes de escritura: la Papelería Palacio. Los empleados ya me referenciaban. Me gustaba la manera diestra y amable como empaquetaban mi compra en papel de envolver. Hice de esta práctica casi un sistema, de tal modo nos aquerenciamos en los hábitos. Hoy casi todas esas papelerías han desaparecido. No hay que olvidar que la gobernación de Antioquia funcionó mucho tiempo allí, en ese edificio exótico (levantado por Goovaerts) que da sobre la plaza Nutibara. Esta circunstancia legitimó, en el pasado, la proliferación de tinterillos y de papelerías en el pasaje Calibío. Con el traslado de la administración a la Alpujarra, todo cambió.

Ahora me ocupaba María. El lápiz había dado forma a sueltos trozos numerados de escritura a lápiz, que se disponían consecutivos a lo largo de tres páginas de mi cuaderno. Sumaban veintisiete fragmentos. Era apenas el acercamiento al tema, el aproach, como dicen los gringos. “Podemos rastrear y precisar en María (considerada por muchos la obra romántica por excelencia de la literatura latinoamericana) algunos elementos encasillables dentro del realismo”, rezaba el primer pedazo.  

Este cuaderno con los apuntes sobre María (la imagen de la profesora Sonia Gómez, el barrio San Pablo y su amplio parque con el excelso algarrobo) me acompañó durante mi extravagante viaje a Bogotá, realizado a la loca, sin un fin preciso. Andaba fugado de casa, luego de derrochar un dinero que mi padre me confiara para consignar en su cuentecita bancaria. La mañana en que llegué a la capital, evocando la figura de Camilo Torres (“el cura guerrillero”), visité la Universidad Nacional. Allí me duché. Una hora después, en la Plaza Bolívar, conocí a un poeta muelón, un amanuense que trabajaba en los despachos del capitolio. Después del mediodía, entré a un cine y vi un filme de acción (¿Van Dame?). Luego fui en busca de la dirección de la casa del tío de Jaime, mi hermano menor, pensando en encontrarlo y saludarlo. Búsqueda infructuosa. A las cinco de la tarde, según lo convenido, regresé a la Plaza Bolívar y me encontré con el poeta. Estuve en la pensión donde este se alojaba, Candelaria arriba. La imagen de una muchacha hermosa y trágica (María) recorría los renglones de mi cuaderno, mientras me perdía en el laberinto de las calles capitalinas, subía a un bus, rastreaba a mi pequeño hermano. Lo mismo la estampa de Sonia Gómez, la profesora jamona, que acaso hilaba trampas románticas a sus estudiantes bajo la excusa de préstamos de libros. Veinte o más años atrás, ella había sido joven y hermosa como María, y había captado los suspiros de más de un Efraín. Pero ahora solo podía fingir benevolencia ante sus alumnos, mientras trataba de capturarlos en la red de sus deseos.        

            

domingo, 5 de diciembre de 2021

La profesora de literatura colombiana (Cap.1.)

Fue una prueba ardua para la memoria. Al final tuve que ayudarme con Google, buscando fotografías antiguas de Calibío y Carabobo, así lo encontré: Edificio Guttemberg. La evocación se refería a ese sector del centro de Medellín donde está hoy la Plaza Botero, las edificaciones demolidas para componer este engendro burocrático y artístico del que tanto se precia esta ciudad, pero que no deja de tener sus detractores. Fueron muchos los comercios echados abajo en la construcción del metro y de la Plaza Botero, modificaciones  del espacio urbano que algunos nostálgicos todavía censuran. Trataba de recordar el nombre de ese centro comercial de eléctricos que funcionaba en Carabobo con Calibío y que luego se trasladó a la Cascada, en Cundinamarca, entre Colombia y Boyacá. Nada. La memoria no rebobinaba. Entonces me pegué del edificio esquinero, sin mejor suerte. Google tuvo que ayudarme: Edificio Guttemberg. Ya me sonaba desde siempre a algo relacionado con la imprenta, con los incunables, con libros, pero no pude dar con él, por más asociaciones que hice. Y claro, era Guttemberg. Ahí sigue el edificio, de adobe rojizo, metamorfoseado en una mezcolanza de negocios: barberías, celulares,  cafeterías;  años atrás había un almacén de deportes en toda la esquina, Sport River. ¡La memoria!

Para dar con el nombre del árbol que emblematiza  al parque del barrio San Pablo, en Guayabal, no tengo que recurrir a tales estratagemas del recuerdo. Sé que es un algarrobo. Según datos de expertos, este árbol tiene más de 150 años. Desde hace mucho mantengo un diálogo estético silencioso con los árboles, una empatía que me lleva a interesarme por ellos, a conocer sus nombres, sus historias. Así que el algarrobo del parque San Pablo constituye un marco adecuado para adentrarme en la semblanza de la profesora de literatura colombiana de la u. No es un detalle gratuito, por lo demás. En el tiempo de la u, esta profesora vivía en el barrio San Pablo. Cierta mañana la visité. Ella me prestaba libros. No sé si continúa por allí. La última vez que la vi fue hace más de veinte años, en un supermercado de San Juan con la 70 adonde entré a proveerme de unas legumbres. La profesora estaba de pie junto a los grandes frigoríficos, examinaba unos pepinos. La saludé y conversamos.

Es casi una ley de los azares: suelen ocurrirme estas coincidencias. Ayer empecé a revisar mis notas para escribir los capítulos sobre la profesora de literatura colombiana. Di con unos apuntes de María, unas aproximaciones esbozadas para la argumentación a fondo. En la nochecita, bebiendo una cerveza en el parque de San Antonio de Prado, me crucé con Euclides, un amigo ya senil y nostalgioso que suele venderme libros. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir en el último de los que me ofrecía (los iba sacando, uno a uno, de su bolsito, que traía colgado al hombro, y donde también suele traer un cuaderno de notas para sus "conferencias") nada menos que María. Era un viejo tomito ya amarilloso, pero bien coservado. Acordamos un precio y me quedé con él. María. Euclides es de los que dicen "La María". No me pareció pedante corregirlo: "Maria". "Ah". 

La época en que leí María con fines académicos, mi existencia atravesaba un período bastante difícil. La u vivía asimismo un tiempo revuelto, de paros y desórdenes. Recuerdo que me fui de casa una semana o más, que en un arranque inusitado viajé a Bogotá, que solo estuve allí unas horas (me regresé en la noche), que traía en la mochila mi cuaderno con los apuntes de María. Hoy no puedo precisar cómo resultó mi ensayo, qué nota me puso la profesora. Lo que sé es que la escritura de ese trabajo se trenzó con la opresión de una incertidumbre en la que no avistaba brechas hacia el futuro. Y ese nombre (María), que es el nombre de mi abuela, estuvo conmigo, como un susurro de amor, en todo ese lapso de angustia.           

Es curioso que siempre penamos por una mujer, que una mujer se enreda ab aeterno en los hilos de nuestros días, y que ese nombre tan simple y tan diciente (tan místico), María, representa a la Madre de la humanidad. Es como decir Piedad. Así yo debía sentir en la proximidad de las páginas de Isaacs, en la dolorosa historia de Efraín y María, los maternales y salvíficos brazos que me amparaban de la tristeza y de mi destino de judío errante. 

La profesora de literatura colombiana se llamaba Sonia, un nombre de mi completo agrado, por otra parte. Su oficina quedaba en el cuarto piso del bloqe 12, vecina a la de Restrepo, el poeta. Creo que compartía despacho con Consuelo Posada, otra eminencia entre los catedráticos de ese tiempo. Sonia Gómez.