lunes, 1 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.4.)

*Luis aventó la voz hacia arriba. Hernán había hecho quitar el timbre. Estaba pendiente de la visita y, al oír la voz de Luis, miró por el balcón y bajó a abrir. Luis le contaría después a Marcos que Hernán había quitado el timbre para librarse de las incordiantes visitas de Gallo, un amigo algo manilargo, que le había robado varias cosas, la última, el DVD. Hernán abrió con la llave, como es frecuente en los edificios, y tornó a cerrar la puerta. Subieron (en este orden, Luis, Hernán y Marcos), por una escalera muy pegada a la pared, estrecha y algo oscura. Hernán vivía en el cuarto piso. Al llegar, le cedieron el paso al anfitrión y oyeron las voces de los perros, las mascotas del profesor. Eran un Snauser y un chucho ordinario, negro, de pelo amarillo en el vientre y que, según les contó Hernán, encontró en la calle. Parecía una perrita, obesa y bajita. En el recibidor desnudo había dos cocas verdes, vacías, para el alimento a los perros. Al fondo de esta sala, junto a la salida a la terraza y a la ventana en el muro, estaba la mesa, con mantel e individuales de tela con girasoles estampados. Se veía que Hernán estaba estudiando o se disponía a hacerlo: un libro voluminoso y unas cuartillas ocupaban un ángulo de la mesa. En el lado opuesto se hallaba la novela El olvido que seremos. Una botella de vinagre y una bolsa con aromáticas también tenían su lugar en la mesa, lo mismo que las gafas de Hernán, recuperadas de las mandíbulas de Charly (el Snauser), luego de que Luis lo descubriera mordiéndolas y le avisara a Hernán, que se levantó y lo persiguió hasta la terraza. “¿Cómo las cogió?”, repetía, simulando enojo con Charly. Un cadmio descansaba sus ramas en la pequeña terraza iluminada por la luz de la mañana. En la plazoleta frente al edificio campeaba el monumento a un monje. Un indigente dormía contra la base, presumiblemente ajeno a la charla libresca de estos hombres, sino es que, en sueños, participaba de ella, siendo el más acalorado interlocutor. Hernán se sentó con aire pontifical ante el libro voluminoso: un hombre avejentado, de cabello canoso pero todavía espeso y vigoroso; de ojos expresivos con escleróticas limpias, dientes postizos que daban a su rostro y sonrisa una expresión tirante; cuerpo menudo, como el de un muchacho de dieciséis años. El leve y picante aroma de los cadmios (tan leve que acaso fuera sugestión) entraba a la sala por la terraza. Una tropa de ellos acordonaba partes de la plazoleta. Dos estantes, en las paredes junto a la mesa, estaban repletos de música clásica y libros en menor cantidad. En la pared opuesta, por donde discurría el zaguancito interior hacia otros cuartos, había otra estantería llena de libros. La casa tenía muebles y decoración a la antigua, aunque no muy recargada: los jarrones y un espejo (en el baño) mostraban esta cara antañona, que era señal de gusto elegantón. En una pieza vacía, unos cuadros que reposaban en un sillón hablaban de una vida donde faltaba la mano femenina o la diligencia viril.

Un tema candente usurpó el lugar al propósito inicial de la entrevista con el profesor (que serviría de asesor a Marcos en un concurso literario). Hernán habló de Gallo. Contó cómo este le había robado, luego de que le dio posada por quince días. Le hurtó libros, un jarrón italiano (de porcelana), un jarrón chino (regalo de una amiga, ¿Natalia?), y hasta la olla express. “Deshonró la estética del robo. Empezó por objetos caros y acabó con una vieja olla a presión”, dijo Hernán, irónico. Lo que Hernán ignoraba era dónde fueron a parar la mayoría de sus libros (algunos los compró de nuevo): a la biblioteca de Julio, que era pintor y que era amigo de Gallo. “Es un canalla”, comentó Luis. Y añadió: “A Hernán le han pegado unas tumbadas. Fió a alguien en un crédito de varios  millones, a otro en el de una moto, y le tocó pagar ambas cosas”. Luis consideraba que Hernán era un hombre indefenso y le enojaba que abusaran de su bondad.

Hernán les contó que había puesto Charly al Snauser por Charles Dickens y por Charles Chaplin, asimismo por el libro de John Steinbeck, Viajes con Charly, donde “Charly” es un chucho. El criollo se llamaba Troilo. “Algún día les cuento la historia de cómo lo conseguí”, les dijo. “Les adelanto una migaja. Su nombre es un homenaje a la obra de Shakespeare, Troilo y Crésida. Y también al perro de Antonio Gala, escritor catalán de mi agrado”.                

Unos días después, Marcos telefoneó a Hernán para dictarle su teléfono. Había aceptado ser su asesor, y el pupilo consideraba importante que el profesor tuviese su número. “Me anticipo a informarle que estoy bastante indispuesto, que hoy no puedo recibirlo”, dijo Hernán. Por la cabeza de Marcos no había pasado la idea de visitarlo ese día. Sólo quería dictarle el teléfono. “El único estilográfico que tengo no lo veo por aquí. Llame de aquí al lunes, mientras tanto ya habré encontrado con qué anotar… Los cuentos ya están leídos. Me gustaría leer también sus poemas. Llámeme el lunes, entre las ocho y las once”. Marcos sospechó, de la reticencia de Hernán, que no le habían gustado los cuentos. O se reservaba el comentario para después. Esperaba un dictamen favorable de al menos dos o tres de ellos. Eran once. Hernán le había adelantado: “soy un juez severo”. Aun así, Marcos confiaba en sus cuentos. Se preguntó en qué mundo vivía Hernán, si no encontraba un lapicero con que anotar un número. Bromeando, Luis solía decir que los genes del profesor eran duros. Ni el Diablo Rojo, ni el cigarrillo, ni el azúcar le hacían mella. Tenía en su haber varios intentos de suicidio por el socorrido recurso de beber Diablo Rojo. Fumaba como un indio y endulzaba el café con una seguidilla de cucharadas de azúcar. Fórmulas para una muerte segura. Pero Hernán resistía al poderoso químico y a la exageración con el café y la sacarosa. Su biología buscaría otra forma de pasarle cuenta de cobro.

Marcos lo visitó el miércoles. Hernán estaba apostado en la acera frente al edificio, esperándolo. Marcos reparó otra vez en su figura menuda y fina, como la de un muchacho de dieciséis años, con algo de danzarín o torero.  Pero era un veterano y su fisonomía delataba nerviosismo, excitación temblona.  El gesto de encender el cigarro y sostenerlo en la mano se había vuelto característico en este hombre de aspecto frágil. En su rostro se dibujaba un rictus producto de su carácter nervioso, una sonrisa inestable, tensa, entre verdad y mentira. “Es San Juan Bosco”, le explicó, cuando Marcos le preguntó sobre la estatua del religioso que dominaba la plazoleta de La Inmaculada, al lado de la cual se erguía el edificio donde moraba el profesor. Habló pestes del Bosco, que predicaba el castigo como elemento pedagógico. “Fue quien perdió a Santo Domingo Savio, que fue su alumno y que murió a los diecisiete años”, sentenció.

“Los cuentos tienen algunos problemitas, me adelanto a decirle”, confesó Hernán al cerrar el portón del edificio. Los ladridos de los perros encerrados en el apartamento les acompañaron en su ascenso por la escalera, disparando la inquietud en Marcos, que sintió fastidio de los chuchos. El dictamen adverso de Hernán con respecto a los relatos le había agriado el momento. Pero su prevención era razonable, pues nomás entrar los animales se le echaron encima, ladrando, inofensivos, encaramando patas y acosándolo con sus trompas húmedas. Fue a sentarse a la mesa, para desprendérselos, mientras Hernán los reñía débil, infructuosamente, sin ninguna convicción. Marcos recordó los latrocinios de Gallo y comprendió que Hernán, como amo de mascotas, profesor, padre o amigo, no podía ser más que un alcahuete.

Qué estampa de hombre, Hernán: una manta vieja y unas cocas volcadas en el recibidor mostraban el desvelo por sus perros (sus compañeros), Charly y Troilo. Estos se aquietaron y (quizás por la grisalla de la tarde lluviosa), cansinamente, se echaron por ahí, como piezas decorativas. Sobre todo Charly. Troilo desapareció. Con soñoliento sosiego, recostado a la pared, al lado de la ventana, acompañó el Snauser la charla de los dos hombres, mientras en la terraza el piso enmohecido y las lozanas ramas del cadmio eran azotados por un aguacero. Un aire misterioso acogió al viejo profesor, a Charly  y al pupilo. Marcos se prendó de esta imagen, prometiéndose conservarla: la ciudad empañada, lluviosa, como una postal caliginosa, y el tríptico animal en la calidez de la habitación. Algo íntimo se remansó allí.    

Hernán bebía café. Le ofreció a Marcos, pero él no aceptó. Entonces el profesor fue adentro y le trajo una avena en bolsa y un paquete de galletas wafer. “Me gusta atender a las visitas con un mínimo de cortesía”, dijo. Su vozarrón apasionado criticó los cuentos de Marcos, pero alabó sus poemas (este había llevado algunos), que leyó en voz alta. A continuación le enseñó cuatro de sus propios poemas (“corregidos por cuatro meses con meticulosidad flaubertiana”) y le pidió a Marcos que los leyera en voz alta. Marcos accedió.

Hernán le acompañó a la salida. Bajaron la escalera en compañía de Charly, que Hernán trató inútilmente de dejar encerrado. Troilo no apareció para la despedida del visitante. Estaría durmiendo en un rincón. Hernán volvió a explicarle otra vez a Marcos (las lagunas de la memoria eran pan del día) el por qué de los nombres de sus mascotas. Le dijo que podían reunirse cuando quisiera: salvo las consultas al odontólogo (por estos días se sometía  a un tratamiento), solía estar en casa. Le indicó dónde se cogía el bus. Conteniendo a Charly de traspasar el enrejado del portón, salió hasta la acera, donde le había aguardado al llegar. “Sí, Hernán es de una amabilidad señorial”, se fue pensando Marcos.   

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