martes, 9 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.10.)

*Ahí está Hernán, el profesor de literatura griega, entre la personalia, entre los actores y sus papeles (sus roles), de esa obra teatral, o de ese gran disparate (dirán otros), llamado universidad. Ahí está Hernán, entre tantos otros profesores, entre tantos estudiantes, desempeñando un acto, un cuadro, una escena, en esa compleja y patética representación. Qué orbe fantástico, todos esos rostros, todas esas vidas, todos esos sueños recogidos allí como en un enorme crisol, como en un vasto escenario. Hernán, cuya vida tuvo siempre una severidad espartana, un toque marcial, ese no salirse del molde impuesto. Algo relacionado con la rigidez de la educación confesional, con la férula paterna (el papá, Euclides, fue abogado civil) y el propósito de dorar la familia con un Licurgo. Pero Hernán eligió las letras. Aún así, siempre hubo en él un legislador, uno que dicta reglas, que impone maneras. La literatura es un medio donde se traslucen las pasiones, donde se declaran afectos y desafectos. Así como en el claustro de Humanidades había una profesora que no se tragaba a Estévez, Hernán jamás se tragó a García Márquez. ¿A cuántos pupilos contagió este desdén por el autor de Cien años de soledad? Es difícil de precisar. Demás que alguno le chupó rueda, sojuzgado por la autoridad literaria del profesor de griega. No Marcos, no Marcos.

El amigo Jhony resalta entre la personalia de aquel conglomerado de la u, de esa masa viva y movible con que la vida intenta hacer una obra, concretar una figura, en la que el diablo siempre dejará unas rebabas. Nada está suelto, sin embargo. Lo que no entra en el molde, lo que desborda y cae, por efecto de la consistencia queda atado a la masa original. Esas son las rebabas, las rebabas del diablo, dirá Marcos. El panadero no tira los recortes, los amasa de nuevo y torna a hacer pan. El nombre del amigo Jhony saca la cabeza entre esa amalgama. De todos los camaradas de Marcos en aquel tiempo, Jhony era quien vivía más cerca de Hernán, a dos cuadras, en el mismo cómodo barriecito de Carlos E. Restrepo. Entonces había que remitirse a este. Es así como Marcos visitó a Jhony uno de esos días posteriores a las medidas estrictas de la pandemia. Se encontraba realizando unas diligencias en la Alpujarra, y aprovechó la pausa laboral del mediodía para telefonear al amigo y proponerle que pasaría a saludarlo. Jhony estuvo de acuerdo. Llevaban meses sin verse. La idea de Marcos era regresar a la Alpujarra dos horas más tarde, y continuar con los trámites.

Jhony le indicó cómo llegar, el número de la manzana, del bloque, del piso. Marcos avanzó sin problemas por los senderos, entre los macizos de apartamentos, y cuando tuvo algún tropiezo, salió del paso preguntando a un vigilante. Jhony vivía en un segundo piso. A la entrada de la casa había dos bicicletas aseguradas con candado. Es que el amigo Jhony se deleitaba dando sus paseos en cicla. Jhony le enseñó la casa, sus pinturas. Su mujer hacía home-office en el computador. El hijo no salía aún del cuarto, se aprestaba a desayunar. Jhony le obsequió a Marcos un ejemplar de su novela Tribulaciones de un punk. Al fin conocía a Maxi, el que ayudaba al frutero voceando: “baanaaanooo”. Maxi, el perro que encanta al profesor Hernán, al frutero y a muchos residentes del sector. La gente del lugar ya responde con mayor prontitud y halago al pregón de Maxi que al del propio vendedor. Qué perro. Ya tienen vídeos de él hasta en España, declara el frutero, aludiendo a un habitante de la unidad que se fue a vivir a Europa y desde allá divulga los portentos de Maxi. “La sombra” dice Jhony que llaman a Maxi algunos, porque nunca desampara a su amo en los paseos por la urbanización.

Es que Maxi es un amor, piensa Marcos. Receptivo a sus mimos, se acercó por propia iniciativa y se echó a su lado en el sofá, mientras Jhony escribía la dedicatoria en la novela: “A Marcos estas palabras de calles, esquinas y punkeros, porque vos también vas brincando de pogo en pogo por esta página. A mi amigo, 24 de noviembre de 2020”. Las patas de Maxi son robustas y alfombradas. Es grandote, color nata, con una redonda y húmeda y negra nariz, con ojos de lobo. “Es una mezcla de lobo con  chizú, mi sobrina se lo regaló a David. Lleva tres años con nosotros”, aclara Jhony. La energía y la gracia  desplegadas por Maxi hacen pensar a Marcos en las maravillas de la naturaleza. Marcos recuerda que fue Hernán el primero en hablarle de Maxi, la tarde (en plena pandemia) en que lo llamó a preguntarle por Natalia Pikouch. ¿Qué tiene que ver Maxi con Natalia? Esa cosa de lobo, de “chizú” que dice Jhony. Eso es de por allá, de donde era Natalia, piensa Marcos. ¿Natalia revivió en Maxi? Vaya uno a saber. Hoy Hernán cuenta a Jhony sabrosas historias sobre Natalia. A veces comparten un café en el mall de Carlos E. Maxi es uno de esos seres dulces, que se hacen querer, como Natalia.

Jhony invita a Marcos a pasear por la unidad, toman un tinto, luego avistan al frutero (al que apodan el Guerrero) y se quedan conversando con él. Todo un personaje este hombre. La imagen del profesor Hernán, como un nimbo de gracia,  gravita por esos lugares. Marcos puede sentirla. Jhony sufre un repentino mareo, se sienta en la raíz de un árbol, suda frío. Seguro es el azúcar. El Guerrero le ofrece un banano: “consuma potasio, eso le sirve”. Pero Jhony lo rechaza. Entonces Marcos recuerda el número atómico del potasio, el 19, y recuerda el signo, la K. Y por ahí llega a Kafka.                    

 


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