*Ahí está Hernán, el profesor de
literatura griega, entre la personalia, entre los actores y sus papeles (sus
roles), de esa obra teatral, o de ese gran disparate (dirán otros), llamado
universidad. Ahí está Hernán, entre tantos otros profesores, entre tantos
estudiantes, desempeñando un acto, un cuadro, una escena, en esa compleja y
patética representación. Qué orbe fantástico, todos esos rostros, todas esas
vidas, todos esos sueños recogidos allí como en un enorme crisol, como en un
vasto escenario. Hernán, cuya vida tuvo siempre una severidad espartana, un
toque marcial, ese no salirse del molde impuesto. Algo relacionado con la
rigidez de la educación confesional, con la férula paterna (el papá, Euclides,
fue abogado civil) y el propósito de dorar la familia con un Licurgo. Pero
Hernán eligió las letras. Aún así, siempre hubo en él un legislador, uno que
dicta reglas, que impone maneras. La literatura es un medio donde se traslucen
las pasiones, donde se declaran afectos y desafectos. Así como en el claustro
de Humanidades había una profesora que no se tragaba a Estévez, Hernán jamás se
tragó a García Márquez. ¿A cuántos pupilos contagió este desdén por el autor de
Cien años de soledad? Es difícil de precisar. Demás que alguno le chupó rueda,
sojuzgado por la autoridad literaria del profesor de griega. No Marcos, no
Marcos.
El amigo Jhony resalta entre la personalia
de aquel conglomerado de la u, de esa masa viva y movible con que la vida
intenta hacer una obra, concretar una figura, en la que el diablo siempre
dejará unas rebabas. Nada está suelto, sin embargo. Lo que no entra en el
molde, lo que desborda y cae, por efecto de la consistencia queda atado a la
masa original. Esas son las rebabas, las rebabas del diablo, dirá Marcos. El
panadero no tira los recortes, los amasa de nuevo y torna a hacer pan. El
nombre del amigo Jhony saca la cabeza entre esa amalgama. De todos los
camaradas de Marcos en aquel tiempo, Jhony era quien vivía más cerca de Hernán,
a dos cuadras, en el mismo cómodo barriecito de Carlos E. Restrepo. Entonces
había que remitirse a este. Es así como Marcos visitó a Jhony uno de esos días
posteriores a las medidas estrictas de la pandemia. Se encontraba realizando
unas diligencias en la Alpujarra, y aprovechó la pausa laboral del mediodía para
telefonear al amigo y proponerle que pasaría a saludarlo. Jhony estuvo de
acuerdo. Llevaban meses sin verse. La idea de Marcos era regresar a la
Alpujarra dos horas más tarde, y continuar con los trámites.
Jhony le indicó cómo llegar, el número de
la manzana, del bloque, del piso. Marcos avanzó sin problemas por los senderos,
entre los macizos de apartamentos, y cuando tuvo algún tropiezo, salió del paso
preguntando a un vigilante. Jhony vivía en un segundo piso. A la entrada de la
casa había dos bicicletas aseguradas con candado. Es que el amigo Jhony se
deleitaba dando sus paseos en cicla. Jhony le enseñó la casa, sus pinturas. Su
mujer hacía home-office en el computador. El hijo no salía aún del cuarto, se
aprestaba a desayunar. Jhony le obsequió a Marcos un ejemplar de su novela
Tribulaciones de un punk. Al fin conocía a Maxi, el que ayudaba al frutero
voceando: “baanaaanooo”. Maxi, el perro que encanta al profesor Hernán, al
frutero y a muchos residentes del sector. La gente del lugar ya responde con
mayor prontitud y halago al pregón de Maxi que al del propio vendedor. Qué
perro. Ya tienen vídeos de él hasta en España, declara el frutero, aludiendo a
un habitante de la unidad que se fue a vivir a Europa y desde allá divulga los
portentos de Maxi. “La sombra” dice Jhony que llaman a Maxi algunos, porque
nunca desampara a su amo en los paseos por la urbanización.
Es que Maxi es un amor, piensa Marcos.
Receptivo a sus mimos, se acercó por propia iniciativa y se echó a su lado en
el sofá, mientras Jhony escribía la dedicatoria en la novela: “A Marcos estas
palabras de calles, esquinas y punkeros, porque vos también vas brincando de
pogo en pogo por esta página. A mi amigo, 24 de noviembre de 2020”. Las patas
de Maxi son robustas y alfombradas. Es grandote, color nata, con una redonda y
húmeda y negra nariz, con ojos de lobo. “Es una mezcla de lobo
con chizú, mi sobrina se lo regaló a David. Lleva tres años con
nosotros”, aclara Jhony. La energía y la gracia desplegadas por Maxi
hacen pensar a Marcos en las maravillas de la naturaleza. Marcos recuerda que
fue Hernán el primero en hablarle de Maxi, la tarde (en plena pandemia) en que
lo llamó a preguntarle por Natalia Pikouch. ¿Qué tiene que ver Maxi con
Natalia? Esa cosa de lobo, de “chizú” que dice Jhony. Eso es de por allá, de
donde era Natalia, piensa Marcos. ¿Natalia revivió en Maxi? Vaya uno a saber.
Hoy Hernán cuenta a Jhony sabrosas historias sobre Natalia. A veces comparten
un café en el mall de Carlos E. Maxi es uno de esos seres dulces, que se hacen
querer, como Natalia.
Jhony invita a Marcos a pasear por la
unidad, toman un tinto, luego avistan al frutero (al que apodan el Guerrero) y
se quedan conversando con él. Todo un personaje este hombre. La imagen del
profesor Hernán, como un nimbo de gracia, gravita por esos lugares.
Marcos puede sentirla. Jhony sufre un repentino mareo, se sienta en la raíz de
un árbol, suda frío. Seguro es el azúcar. El Guerrero le ofrece un banano:
“consuma potasio, eso le sirve”. Pero Jhony lo rechaza. Entonces Marcos recuerda
el número atómico del potasio, el 19, y recuerda el signo, la K. Y por ahí
llega a
Kafka.
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