lunes, 8 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.9.)

*Hernán parecía saborear sabrosas uvas al pronunciar el nombre de Robert Graves. Hablaba de los mitos griegos y se le hacía agua la boca. Era como si dijese “Robert Grapes”. “Grape” es “uva”  en inglés. Las uvas de la ira, (The grapes of wrath), esa novela de John Steinbeck. Robert Graves, un experto en Grecia. “Grave” en inglés es “tumba”, un hueco en la tierra donde depositan un cadáver. Schliemann, otro amante de Grecia, arqueólogo alemán, descubridor de las ruinas de Troya, y más tarde las ruinas de Micenas. Bautizó a sus hijos con nombres griegos: Agamenón, Andrómaca.  La promesa jurada entre María y su amiga Ana (habían sido compañeras y amigas en la u, ahora Ana estaba radicada en Suecia): que llegado el año 2000 viajarían a Grecia, cada una por su lado, María desde Medellín y Ana desde Estocolmo, y se encontrarían ante el Partenón. El sueño romántico de Grecia, los tesoros arqueológicos, las islas paradisíacas. Quizás fue escuchando las disertaciones de Hernán como las amigas se enamoraron de Grecia. Quizás también leyeron los libros de Robert Graves, que en ese tiempo estaban en boga. Robert Graves, longevo, murió a los 90 años, en Deyá, España. Se cuenta que los objetos que más amaba eran una escultura etrusca y un anillo hallado en las ruinas de una ciudad celta. Un día un loco drogado entró a su casa y destruyó cuanto encontraba a su paso. Sereno entre el estropicio de valiosas pertenencias, Graves dijo “no pasó nada”, al constatar que su escultura etrusca estaba intacta. Llegó el 2000, pasó y dejó atrás sueños y supersticiones. El mundo no se acabó, como creían muchos. María y Ana no dieron cumplimiento a su anhelado viaje a Grecia. Al egresar de la u, María no se vinculó al magisterio oficial. Trabajó, ocasionalmente, como promotora de lectura y como profesora en algún instituto privado. Su pareja era un profesor estatal con quien llevaba viviendo muchos años. Alguna vez, por allá en 1993, Ana vino de paseo a Medellín, y las dos amigas se enrumbaron. Como que se les iba la mano en la rumba, porque el marido de María ya estiraba jeta y se preguntaba cuándo se marcharía Ana. María y Ana se escribían cartas. ¿Qué carácter revestía su correspondencia? Cierto día Marcos llegó a Troncos y encontró a María leyendo una carta de la sueca: dos hojas manuscritas en tinta azul por ambas carillas. La caligrafía de Ana era esmerada, de caracteres parejos. Marcos fisgoneó. Aída había iluminado con resaltador dos líneas donde Ana le consultaba sobre una bibliografía. Quería saber algo sobre un texto de hermenéutica de Robert Jauss. Marcos advirtió en la carta la franqueza y el afecto de una relación femenina. También notó cierto aire libresco. ¡Cartas transatlánticas! Lo más al norte en el Atlántico que uno pueda imaginar, Suecia, desde allá le escribía Ana a María. La reina Cristina de Suecia, mecenas de Descartes. ¡Esos hielos! Claro, Ana volvía al trópico y quería desquitarse. Su estada en Medellín duró tres meses (con ocasionales y breves paseos a la costa y Bogotá). María la alojó en su casa. Se desbocaron a tal modo que no querían parar, noche sobre noche bebiendo, trasnochando. Con razón el marido de María renegaba. Este no tenía tiempo para sumarse a las andadas de las amigas, debía responder por su trabajo. La llegada de Ana coincidió con el fin de semestre y de la carrera de María. Doble motivo para festejar. Quién sabe si Ana había ido a Grecia por su cuenta. Ana interrumpió la u y se fue a Suecia a trabajar. Pero no había dejado de estudiar. Si hasta tenía tiempo y cacumen para editar una revista de filología. Al despedirse, María y Ana partieron en dos una lámina de chocolatina (tesoro que no tenía precio) y cada una guardó su mitad con el fin de que, cuando volvieran a encontrarse en Grecia, unieran los dos hemisferios de la estampa. Era un simbolismo que significaba la plenitud inmortal de su afecto. Llegó el 2000, pasó y dejó atrás sueños y supersticiones, la vida corrió, y quién sabe si el afecto entre las dos amigas conservaba el calor, si la amistad mantenía la tibieza entre rescoldos. Quién sabe si Hernán, en las brumas de la vejez, es consciente de las pasiones y los sueños que desató con sus peroratas, cómo elevó las vidas de tantos jóvenes a las esplendentes alturas de los mitos. Quién sabe qué ha sido de las dos mitades del cromo de chocolatina, si todavía aguardan, en manos de sus poseedoras, la ilusión del Partenón.                      

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