*Gallo vivió dos semanas con Hernán. ¿Cómo fueron esos días? Gallo se manejó mal, al punto de caer en desgracia con el profesor, que le cerró la puerta de su casa. La anécdota de los hurtos de los que el huésped lo hizo objeto, eran tal vez el aspecto superficial del asunto. Quizás hubo una relación sentimental, afecto de por medio, si bien no de parte de Gallo (que se lucraba de la hospitalidad), sí por el lado de Hernán. Este siempre tuvo en alta estima la amistad, siempre exaltó la simpatía de sus alumnos de la universidad. Acaso no fuese gratuita su pasión por el mundo griego, que celebraba el amor viril. Sócrates fue condenado por corromper a la juventud, eufemismo que disfrazaba la inculpación de pedófilo. La mañana en que Marcos y Luis lo visitaron en el apartamento de la plazoleta de la Inmaculada, la borrasca estaba fresca. Hernán les contó que había desactivado el timbre, con el fin de evitar algunas visitas molestas. El teléfono le ayudaba a manejar la logística. Acordaba con el visitante la hora en que se presentaría y oteaba su llegada desde el balcón. A veces esperaba en la acera, fumando un cigarrillo.
Quince días son dos semanas; una
semana tiene siete días; un día son veinticuatro horas; una hora, sesenta
minutos. ¿Cómo sería el minuto a minuto de la vida del profesor y el alumno?
¿Hernán le dio llave? A lo mejor, no. Puede ser que Gallo sólo fuera a
dormir. Hernán delimitaría un horario. Me acuesto a las diez, y esas cosas.
Debió desvivirse en cortesías, porque era de natural solícito. Demás que puso a
las órdenes del huésped la despensa, el baño, la biblioteca, la mesa de
estudio. De seguro que hasta le daría plata para los pasajes y los frescos,
presumiblemente en calidad de préstamo. Hernán era un alma de Dios. Ya
pensionado, se sentía bien en el rol de autoridad intelectual con los ex
alumnos, que lo buscaban y le consultaban en materia de literatura. Jamás se
negaba a asesorarlos. Los invitaba a su domicilio y les hacía sentirse
bienvenidos. Desplegaba ante ellos la profusión de sus conocimientos y la
extraordinaria singularidad de su carácter. Luis opinaba que las personas
inescrupulosas solían abusar de la bondad de Hernán. Hernán no se casó ni tuvo hijos. Desfogaba en sus ex-alumnos y amigos la solicitud de un padre. Gallo
tendía a la inestabilidad emocional y estilaba un temperamento ardoroso. Se
había obstinado en sabotear la ceremonia de graduación, demostrando que le
importaba un ardite el cartón de licenciado. El auditorio estaba lleno, el
protocolo avanzaba y Gallo, vistiendo un atuendo de diario, envuelto en un
aire de insolencia y provocación, se sentó en las gradas y observó con befa el
desarrollo del acto; luego se levantó con vehemencia y, ante el desconcierto de
la sala, lanzó una carcajada estruendosa, saliendo de inmediato. ¿Por qué lo
hizo? Parecía un ser desequilibrado. Sus compañeros de promoción guardarían el
recuerdo de semejante exabrupto. Era un hombre de amores y odios intensos.
Marcos le conoció dos novias en la época de la universidad. Con la segunda, Mirian, tuvo una relación apasionada y tempestuosa. Tuvieron una hija y, al
cabo de unos años, se separaron. Gallo se descontroló a tal grado que lo
internaron en una clínica de reposo. Por ese tiempo tuvo un accidente en una moto, vivía con la mamá. Una vez, Marcos lo vio en el metro.
Viajaban en el mismo vagón, pero en extremos opuestos. Marcos se sustrajo una
migaja en su asiento, evitando ser reconocido. Había en el rostro de Gallo
tal aspecto de guillado que daba miedo. Iba de aquí para allá, en un corto
espacio, con un gesto exaltado y perdido, estallando en sordas exclamaciones.
Los pasajeros se pusieron en guardia. Marcos agradeció que Gallo bajara en la
estación siguiente. Como amigo, solía ser impulsivo y cálido, de una lealtad
sin reservas. Así era Gallo. Con Hernán era otro
cantar. Había faltado a su confianza. Quién sabe qué había ocurrido realmente
entre los dos. Tras un contubernio de quince días, tal vez había salido a flote
lo más sórdido. Una cosa es la simpatía, otra la convivencia. Gallo comenzó
por robar los jarrones de porcelana, siguió con los libros costosos y terminó
con la olla express. ¿Habían descrito los sentimientos la misma curva infame?
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