*Me pregunto si Hernán viajó a Grecia, si conoce las ruinas del Partenón. Al menos debe conocer la Atenas suramericana. Jamás hablé con él de estas cosas, cosas personales. Sé que vive con un hermano, que tiene parientes en Estados Unidos. Quizás viajó al país de Tío Sam, invitado por sus hermanas, pero ¿Grecia? ¿Estuvo en Grecia? El viejo Jhony estuvo en Turquía. Dice Luis, con una migaja de mofa, que la novela de Jhony ya es conocida en Estambul y en Ankara. Quién sabe si Hernán es del mismo parecer de Pessoa con respecto a los viajes. Tan bella esa página de Pessoa. Mi amado libro de Pessoa (Libro del desasosiego), que casi se lo queda esa profesora a la que se lo presté en un momento de irreflexión. Hube de reclamárselo varias veces. Lo que Pessoa piensa de los viajes (una consigna que he hecho mía): “¿Qué puede darme China que mi alma no me haya dado ya? Y, si mi alma no me lo puede dar, ¿cómo puede dármelo China, si es con mi alma como veré China, si es que la veo? Podré ir a buscar riqueza a Oriente, pero no riqueza de alma, porque la riqueza de mi alma soy yo mismo, y yo estoy donde estoy, con Oriente o sin él”. Consigna que no hará suya una agencia de turismo, porque en seguida entraría en bancarrota. Hernán jamás presumió de un viaje a Grecia o a cualquier otra latitud, pero Misolonghi sabía delicioso en sus labios. Misolonghi, a orilla del mar Jónico, donde murió el gran romántico: Byron. Qué adefesio, llamar Atenas suramericana a una metrópoli andina, pensará el viejo profesor, toda una blasfemia. ¿Dónde está el ágora? ¿Dónde Sócrates? No, con Hernán no aborda uno asuntos personales. De vez en cuando se le escapa algún dato, por ejemplo cuando me remitió a su hermano Héctor para que me compartiera las dos fotografías de Natalia Pikouch. Entonces fue que supe que Hernán tiene un hermano. Héctor tiene traza de beato, como Hernán, y es aficionado a la bicicleta de ruta. De este gusto por el pedaleo habla su perfil de wasap. Hernán tampoco ha sido deportista, nunca lo conocí en esa faceta. Todo su conocimiento de Grecia es un entramado libresco, en lo que no hay nada de malo. Volvemos a Pessoa. Natalia viajaba a Ucrania, remozaba su espíritu en la tierra de sus ancestros. No imagino a Hernán en un tour por Grecia, entre el ruido de una tropa de turistas, tomándose fotos ante los monumentos. Mi profesor de francés del colegio, Heberto, había viajado a Francia, y sus estudiantes (al menos los que hallábamos placer en la lengua de Rabelais, Balzac y Proust) nos regodeábamos escuchándolo pronunciar frases en el idioma de los galos. Heberto hablaba el francés con una fonética perfecta. Daba gusto escucharlo. A raíz de mis escritos sobre Natalia, Joaco me ha contado que también fue su alumno, y que recuerda cómo ella exclamaba: “dichosos ustedes que pueden leer a García Lorca en español”. Y eso que el español de Natalia era excelente. A lo que la profesora aludía es que no hay como el gozo vernáculo de una lengua. Claro que se puede tener un dominio considerable de otro idioma, pero no estará impregnado del alma de la cultura. García Lorca en español, o en gallego, porque hay que recordar que también se expresaba en esta lengua (recordemos sus Seis poemas galegos: “Chove en Santiago meu doce amor, camelia branca do ar, brila entenebrecido o sol”). Volvemos a Pessoa, al alma de una lengua. Mi amado libro de Lorca: Primeras canciones, Seis poemas galegos, Poemas sueltos, Canciones populares. Gracias, hermano Lorca por la música de tu poesía. Gracias, hermano Pessoa por la música de tu poesía y tu prosa. Natalia Pikouch amaba a Lorca, uno de los poetas que aprendí a amar en mi juventud, cuando apenas era un estudiante de bachillerato y el profesor Heberto nos pronunciaba frases coloquiales en francés. Es que el amor por la poesía me llegó de España: Quevedo, Lorca. Joaco me refresca la memoria con respecto a la admiración de Natalia por Lorca, y ocasiona una maravillosa reminiscencia en mí. Con esa misma pasión hablaba Hernán de Grecia, de Misolonghi, de Byron. Puede que jamás haya estado en Grecia, pero Hernán era Grecia. Se había declarado hijo predilecto de Píndaro. Así, siguiendo a Pessoa, acaso Hernán haya viajado más que ninguno. Porque el viaje es interior. Viaja a Ucrania con Natalia, viaja a Atenas con María.
Viaja al País de las Hadas con Mónica, la protagonista del cuento El botón azul, que al fin consigo con Kolia. Sí, me comuniqué con Kolia. Kolia me envió el cuento de su madre en fotos por wasap. Sí, Hernán. Tengo el cuento El botón azul. El día que se mudan de casa y de barrio, Mónica encuentra un botón azul detrás del sofá. Estando en un almacén con su madre y su hermanito, una bruja, Cumagora, intenta arrebatarle el botón a Mónica, pero las hadas protegen a la niña. Un hada (la vendedora de juguetes) advierte a Mónica de los poderes del botón. El botón cumple los deseos, pero se va destiñendo con cada favor que prodiga, hasta volverse blanco y perder su magia. Cuando el botón se vuelve blanco, se pierde, y otro niño vuelve a encontrarlo, azul otra vez. Ningún adulto puede encontrar el botón, porque los adultos no hallan gracia en un botón o en una piedra. La vendedora regala una muñeca (la muñeca de traje rosado que Mónica siempre anheló) a la niña. Mónica habla con la muñeca y esta le cuenta que se llama Catalina. Comienzan las aventuras de la niña y la muñeca, un poco como en el cuento El príncipe feliz, de Óscar Wilde, donde el príncipe y la golondrina socorren a los necesitados. Eso mismo hacen Mónica y Catalina, que vuelan de noche por la ciudad y convierten en felicidad la triste vida de la gente, sobre todo de los hogares y los niños. Al amanecer llegan al País de las Hadas, donde los recibe la muchacha que vendía juguetes. Conocen todo sobre ese reino mágico. Regresan a casa y vencen los intentos de Cumagora (la Reina de las Cucarachas) por apropiarse del botón. El último deseo que Mónica pide es por la salud de su mamá, que se ha puesto mala al dar a luz otro niño. La mamá y el bebé salen bien del apuro y el botón, ahora blanco, resbala de las manos de Mónica y se pierde. Mónica queda feliz con su muñeca Catalina. Quiere volver alguna vez al País de las Hadas.
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