*Ese perro no es de este mundo, es lo que dice Hernán con respecto a Maxi. Tiene razón. Maxi remeda el pregón del vendedor de fruta, se enloquece al escucharlo, y lo imita con alegres ladridos. “Maaaaangoooo”, es lo que parece entonar el simpático canino, lo que consigue arrebatar a propios y extraños. Es un aullido hermoso, que produce una curva perfecta en el aire, una vocalización ejemplar. ¿Será que el amigo Jhony lo tiene en clases de técnica vocal? No sería raro. ¿Es que Maxi no merece esos mimos? Jhony debería grabarlo y subir el vídeo a Youtube. Sería todo un éxito, con seguridad. Se convertiría en tendencia. Cualquier día Maxi desaparece, provocando un drama en la familia de Jhony, y es que el frutero lo ha secuestrado para obligarlo a trabajar de pregonero. Sin duda que incrementará sus ganancias. Un perro voceando fruta con toda la técnica del bel canto. Eso no es poca cosa. Tal vez ni haya que llegar al secuestro. Maxi se va tras el frutero por su propio gusto, enamorado de la papaya y el mango, de esos deleites del trópico, pulposas y olorosas fibras que enloquecen al canino. ¿Cómo responderá Hernán a la noticia? No dará crédito a las palabras de Jhony. Acabará por asumirlo, embargado de tristeza. Ah, el pobre Maxi. ¿Por qué lo descuidaron a ese punto? Se escapó. Bueno, eso fue lo que ocurrió, dirá Jhony, desolado. Desde entonces a Hernán le parecen nimias las atenciones y regalos con que rodea a Charly. Cuán agradecido está de que a su chucho no le guste la guayaba. Si no, ya se hubiese ido a dormir al lado de uno de los palos que abundan en los descampados del sector. No vayamos hasta allá. Dejemos a Maxi y a Charly al lado de sus bondadosos amos. Los perros, como los humanos, merecen finales felices.
Hernán conserva una aureola de
leyenda entre sus viejos alumnos. Arteaga se asombra cuando Marcos le cuenta
que ha estado hablando con el profesor. “¿En serio? ¡No!” Sus palabras
demuestran admiración y respeto por el académico. “Escribo unos recuerdos de la
universidad. Hernán me ha dado información sobre Natalia, la profesora de
rusa”. Entonces Arteaga le habla de las historias represadas en sus agendas, de
algún cuento que le publicaron, de un encuentro literario al que asistió. Sí,
hay que escribir. Siquiera le falta poco para pensionarse. Le ronda esa
historia sobre William Ospina y el poeta de Copacabana. Hay que conjurarla,
desprendérsela, hacerla carne en el verbo.Todavía conversa con algunos
compañeros de la u, Billiam, Norberto. Se reúnen esporádicamente y hablan de
literatura. El punto de encuentro es en una finquita en San Antonio de Prado,
solar de uno de los contertulios. Así que de vez en cuando visita San Antonio
de Prado. Claro que no tiene el comedimiento de acercarse donde su padrino, y
menos donde el amigo Marcos. No hay tiempo. Ese Marcos del que admira la
disciplina para escribir, que se levanta temprano, a veces de madrugada, y
contiende con el ángel. Escalofriantes horas. Las sombras rondan en torno al
tejedor de historias. El resuello de algún vecino de sueño cavernoso, el menor
ruido, su propia sombra, le asaltan, le ponen los pelos de punta. Pero Marcos
sigue allí, entre los helados dedos de la madrugada, pendiente de un apunte
donde Hernán habla de la soprosine (el dominio de sí mismo) y de la areté (la
condición viril, literal y originariamente marcial, lo mismo que los romanos
llamaban virtus o virilidad). Esos términos, que son algo más que tecnicismos,
forjaron la vida de Hernán, que galvanizó su espíritu en el fuego candente de
los griegos. ¿Qué otra cosa hizo Arizmendi sino purificarse en esa llama? De la
mano de Zaratustra, desafió al destino, lanzándose a lo inconquistable. Un Dionisos
cantor, danzante, ebrio. Y Marcos ve a Arizmendi adornado de pámpanos, libando
el dulce fruto de las vides, gozoso, desmedido. Era un discípulo del dios de la
Alegría. Sus carcajadas jocundas resuenan en la memoria de Marcos. Fredy
asegura que Arizmendi se jalaba su cacho, que entraba volao a griega, donde
Hernán andaba más volao, en su desboque de chalado helenizante. Y eso era
bello. Que Hernán, embriagado de soprosine, barbotara, como una tetera loca, su
gran acervo. Y que unos jóvenes contagiados de ese fervor clásico, se
entregaran, atolondrados, en brazos de Safo y de Arquíloco. Con todo y su fama
de guillado, Hernán era de lo más original entre la grisura del claustro.
Recordaba en algo al ilustre manchego, prevaricado el cacumen por tanta lectura.
En todos estos seres conviven el idiota y el santo, pero también el soldado y
el amante. Hernán era todo eso. No era raro que Arteaga se emocionara cuando
Marcos le contó que hablaba con él. Era volver sobre la época del enamoramiento
y los sueños. Inclinarse ante el ara de aquello que, sin olvidar sus
debilidades, nos invitaba a lo supremo. Sí, ese man vive aún. Está viejo y
enfermo, pero se sostiene. En su mente hay relumbrones de lucidez. Entre el
vértigo de las sombras y la chochera, una dulce claridad asoma. Para nosotros,
sin que hallamos entendido a fondo qué era, respondía al nombre de Grecia.
Hernán sí era ese actor tragicómico. Entre la embriaguez y el dolor, se había
aproximado al oráculo. Ahora, en su cuerpo senil, el joven espíritu de la cultura
sabía sonreír. Quizás era esta sonrisa lo que Arteaga exaltaba con su
sorprendida exclamación. La sonrisa del niño, el puente entre las tinieblas.
Todavía viejo, la sonrisa de Hernán se veía hermosa. Un soñador, un iluso.
Natalia lo asemejaría a la poesía. Tuvo que enamorarse de Hernán. Ella que
venía de tratos con un hombre burdo que la dejó en la estacada con un bebé en
brazos. Ella que traía intacto el amor por las brisas y los cantos, por todo
aquello que se traducía en sílabas encantadas. Ella que todavía era muchacha,
que amaba el vino y el tabaco. Oh, juventud. Soprosine. Areté.
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