*Fogonazos de imágenes: Hernán y Natalia platicando en la cafetería, al mediodía, al final de semestre. Casi no reconozco a Hernán, es que se había dejado crecer la barba, algo del todo inusual en él. Aún así se veía más joven. Por regla general, se afeitaba. ¿Quién no tiene esas ocurrencias, el arranque de verse distinto, de cambiar de look? Dejarse la barba alguna vez, acto muy natural entre los varones. Era profesor de literatura griega, la barba no hubiese sido un elemento discordante en su aspecto, remedar a un griego, digamos a Homero, un Sócrates. Sin embargo, el asunto quizás obedeciese más a los altibajos emocionales de Hernán, a algún capricho momentáneo. Creo que fue la única vez que lo vi barbado.
La suave y flotante voz de
Natalia me ha llamado al pasar. Me acerqué. Ambos se mostraron amables,
risueños. Natalia orientó su cuerpo y su coloquio hacia mí, de modo que, sin
proponérnoslo, desplazamos una migaja a Hernán. Este se desentendió un poco,
asumió una actitud melancólica. La situación me produjo cierto embarazo. Qué
pena con Hernán. ¿De qué estarían hablando cuando Natalia me llamó? ¿De qué
pueden hablar dos profesores de literatura? A ver, muchos se daban su tonito de
entendidos, su airecillo de mucha cosa. No
solo intercambiaban chismes al amor del tinto y el cigarro, sino que se
envolvían en grandilocuencia y pontificaban sobre tal poeta o tal poema.
Algunos formaban una camarilla de aduladores de Poesía. Había quien los
consideraba un detestable círculo de gente que escribe o crítica libros. Ellos
se sentían en su salsa en este ambiente. Se las daban de ir en la vanguardia de
cualquier corriente, y se constituían en los guardianes a ultranza de las ideas
de este a aquel autor. Quizás Natalia comentaba a su colega lo satisfecha que
estaba con Gorbachov y la perestroika. Muy pronto había de caer el Muro de
Berlín y las repúblicas socialistas fuerceaban por su independencia. La barba
de Hernán no había dejado de causar sensación en la facultad. Era lo mismo con
Arizmendy, pero al revés. Arizmendy solía estar barbado, de modo que daba qué
hablar cuando se afeitaba, parecía raro. Por esa época también yo me dejaba
unos ralos pelos en la cara, una pobre pretensión de barba que no convencía a
nadie.
Así es como pasaban las cosas:
uno atravesaba una cafetería o una explanada de la u, topaba con un profesor, y
venga el saludo. Hernán a veces venía algo distraído (camina rápido, en su
nube), pero solía saludar, ser cortés, y muy cálido. Ese cruzarse en el pasillo
enfrentaba a seres hechos de fábula y de mito en su mayor parte, de chismes y
suposiciones, porque no existía otra manera de conocer a un profesor, solo por
el escaso tiempo compartido en la u, lo demás eran puras habladurías. No me
costaba trabajo saludar a Hernán. Dejó en mí un grato recuerdo de Semómides de
Amorgos y de Anacreonte de Teos. Uno sospechaba
que había algo más allá de la realidad que el profesor nos mostraba en
el aula, en su oficina, en el pasillo, en la cafetería. En ocasiones uno se los
encontraba en la biblioteca, y era de lo más grato. ¡Y qué decir cuando los
topábamos en la calle! La mente de Hernán estaba conectada con Grecia. A María
le cambió el nombre. Cada que la veía, la saludaba: “Ariadna”. En clase
recitaba pedazos de Anacreonte: “Sé tú de Cleóbulo un buen consejero, y que
acepte, oh Dioniso, mi amor”. Muy al estilo griego, Anacreonte andaba perdido
de amor por Cleóbulo: “A Cleóbulo yo amo, por Cleóbulo enloquezco, de Cleóbulo
ando prendado”.
Hoy no recuerdo qué impresiones
se agitaron en mi mente y me acompañaron por algún tiempo a raíz de toparme con
un Hernán de barba. Seguro que volvía de una de sus temporadas en la clínica y
había olvidado afeitarse. Seguro que la mayoría de los guerreros a los que Calino
y Tirteo exhortaban a avanzar con valor contra el enemigo, eran barbados. Sin
embargo, Alejandro suele aparecer lampiño en las efigies e imágenes, cuando más
estila rubias patillas alargadas y pobladas. Claro que Hernán, más que por el
ardor marcial del macedonio, se inclinaba por la dulce embriaguez de
Anacreonte. Es maravilloso. Días atrás abrí al azar el libro Confieso que he
vivido, de Neruda, y el párrafo en que mis ojos se volcaron, era este: “La
hermosa mujer de madera con rostro griego, como todos los mascarones de los
antiguos veleros, me mira ahora con su melancólica belleza, mientras escribo
estas memorias junto al mar”.
Es Grecia que me ronda, solo
porque escribo estas páginas sobre Hernán, mi profesor de literatura griega de
la u.
No hay comentarios:
Publicar un comentario