*Cosa de dos semanas que hablé con Hernán por teléfono. Lo llamé desde un sillón de la sección de literatura de la Piloto, al lado de los estantes cargados de libros, contra el ventanal que da a la calle que penetra en Carlos E. Restrepo. Tenía en mis manos un volumen de Mario Benedetti, y acababa de leer uno de sus cuentos, Sábado de Gloria. Primero llamé a Jhony, a ver si estaba con tiempo y ánimo para compartir un café o una cerveza, y luego darnos una pasada por la casa de Hernán. Amagaba lluvia, más bien una tormenta. El cielo estaba cerrado y oscuro. Cayeron unos goterones. Jhony tenía que acompañar a su hijo al entrenamiento de fútbol, y estaba pendiente de una llamada del manager. Del cielo dependía todo, que hubiese práctica futbolera o no. El manager esperaba resolver el drama auscultando las nubes, delegando en estas la alternativa de dar un sí o un no a los padres de sus pupilos. Así que no había que contar con Jhony esta tarde. Su mente era presa del temor del aguacero y de la incertidumbre de si tendría o no que acompañar a su hijo a la cancha. “Ya está lloviendo”, dijo Jhony, con fatalismo, sintiendo los escandalosos goterones que, por fortuna, no pasaron de ahí. Pregunté a Jhony por Hernán y me dijo que no lo veía hacía días. Una muchacha sacaba a pasear a Charly y otras mascotas. El viejo profesor casi no sale. Es una lástima. Nada qué hacer con Jhony. Anda muy ocupado en sus cosas. Regresa del colegio entre 1,30 y 2. No, no se ha pensionado. Metió los papeles, pero hay unas semanas embolatadas, así que se los devolvieron. No, de verdad que no queda tiempo de preocuparse mucho de Hernán. Deje que me desembarace de tantas obligaciones y verá. Nada que hacer con Jhony. Entonces llamé a Hernán.
“Aló, ¿Hernán?” Contestó Hernán,
y escuché su voz atropellada y vibrante. Una voz con su esencia intacta (la voz
del maestro), impetuosa y desaprensiva, pero obnubilada, caliginosa, y, si
caben estos adjetivos, cegatona y huérfana. “Aló, ¿Alejandro?” “No, Marcos”.
“¿Marcos?” “Sí, Marcos, el que escribe sobre Natalia”. “Ah, sí, Marcos, claro.
¿En qué puedo colaborarte?” Recuerdo que una amiga me dijo un día que la vejez
es como una borrachera. Esto sentí en la voz y en la densidad general del ser
de Hernán hoy. Sentí que era un hombre perdido en los tremedales de la
decadencia, que habla a borbotones, con cierto desamparo temblón en el acento,
pero que ya no se escucha a sí mismo, una suerte de disco rayado. El poder de
esa voz se conservaba a pesar de las mermas físicas. Era quizás la sugestión de
la leyenda, de ese misterio que tejimos en torno al maestro, hilvanado de
admiración y respeto. Eso estaba ahí, en esa voz ampulosa y vacilante, en ese
registro único e inolvidable: Hernán.
“Dentro de una discreción
puntual, sin que nos tachen de chismosos, puedo contarte unas cosas”, dijo
Hernán. Así que volvimos a hablar de Natalia y de su hijo Kolia. Siempre lo
llevaba al terreno donde él se sentía tan bien, al mundo de Natalia, al bello
recuerdo de la ucraniana. Entre tanto, la amenaza del aguacero se había
disipado, la luz se abría entre los nubarrones y la tarde cobraba un matiz
adorable. Al resguardo de los estantes, los bibliotecarios birlaron una pausa a
su tarea y comentaron los aspavientos de la lluvia, cómo todo se había ido en
bulla. En este aire de renovada claridad (tan distinto al lóbrego cielo que
enmarcó mi plática con Jhony), hablé con el viejo profesor. De Natalia sólo
poseía un libro y dos fotografías. El libro era Cinco ensayos sobre literatura
rusa contemporánea. No tenía El botón azul, cuento infantil con el que Natalia
obtuvo el primer puesto en un concurso en 1983. Tampoco lo había leído, qué descuido. “Nunca
lo leí. Siempre estuve interesado, pero nunca lo leí. Y no lo tengo”. Quizás
Kolia tuviese un ejemplar. “Es imposible que Kolia no tenga entre sus cosas una
copia de El botón azul”, sentenció Hernán. Y añadió: “creo que fue la Fundación
Rafael Pombo la que organizó el concurso, averíguate por ahí”. Yo quería leer
El botón azul. De Natalia solo he leído, además de sus Cinco ensayos, un aparte
sobre la poesía que aparece en Google, extractado del prólogo de una de sus
compilaciones de poesía infantil publicada por la Universidad de Antioquia. Con
su proverbial amabilidad, Hernán puso a mi disposición el libro y las dos
fotografías. “Ya los tengo”, dije. “¿Sí? Ah” No recordaba que él mismo, por
medio de su hermano Héctor, me compartió las dos fotografías.
Al preguntarle por su salud,
dijo: “Me encontraste en uno de mis días buenos. Por lo general, estoy mal.
Debo tomar una droga narcótica a diario, sino me apago. Sabes que padezco una
enfermedad huérfana. Estoy al tanto de que la IPS Universitaria me responda,
como asociado que soy…” Cuántas veces me ha hablado el viejo profesor de su
enfermedad huérfana, que lo castiga desde hace más de veinte años. En realidad,
a veces pienso si sabe en verdad con quién habla, si recuerda mi rostro.
“¿Alejandro?”, dijo al levantar el auricular y oír mi voz. Me desea buena
suerte con Kolia y me pide, si logro comunicarme con este, que le dé saludos de
su parte, que lo recuerda con cariño. Recordaba la boda de Kolia, cómo invitó a
varios profesores de la u, colegas de su madre. “Natalia vivía aún… Hoy Kolia es
ingeniero… Me era muy simpático… Siempre que visitaba a Natalia, se hallaba
presente…Ojalá lo encuentres… Taborda, sí ese es su apellido, gracias por
recordármelo… Su padre era colombiano, naturalmente…”
Colgué con Hernán y seguí sentado
otro instante en el sillón de la Piloto, pensativo. Por un momento, mi vida se
me antojó prisionera entre murallas de libros.
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