jueves, 18 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.14.)

Imaginar (recordar) una de aquellas clases con Hernán, verlo gesticular ante el tablero, sentado en una silla con su aire despreocupado, cruzar una pierna sobre la otra, ancharse, encender un cigarrillo mientras nos habla. Detener esa imagen, examinarla una migaja. Su cuerpo menudo, su cabello negro que evocaba Brillantina, John Travolta y su tropa, su negra chaqueta de cuero. Un libro en las manos, claro, o sobre la tabla de la silla, no tardaría en abrirlo, en leer. Leía un poco cegatón, alejando el volumen. Un aula del bloque 11 (el bloque circular, como un porta-comidas, como la vida), una de tantas aulas, salvo que allí está ese profesor de aspecto nervioso, de arrebatado discurso, hablando de lírica griega antigua (explicaba que había Semónides y Simónides, no eran el mismo, uno era de Amorgos y el otro de Ceos, respectivamente. Los distinguía esa vocal en la primera sílaba). Ese profesor algo engreído, que denota su aburguesamiento a la legua, que se jacta de poseer una excelsa  biblioteca, en fin, alguien al que la vida ha  bientratado. Era eso lo que despedía su imagen: cierto refinamiento en el saber, indudable gusto en el vivir. Y allí, en aquel salón, estábamos también sus estudiantes. Había uno al que llamábamos por su apellido, Arizmendy. Estaba también Ospina. Y estaba Fredy, el mono. Nos gustaba situarnos en la parte trasera del aula y, mientras Hernán disertaba, distraídos de su perorata, tomábamos un aire de confabulados y contábamos chismes del profesor, si era verdad que tenía encima tres intentos de suicidio, si era cierto que había pasado su temporadita en el manicomio. Terminada la clase, Hernán se demoraba unos instantes aclarando dudas a algún alumno, y nosotros (Arizmendy, Ospina, Fredy  y yo) salíamos al corredor, nos recostábamos ante el parapeto y disfrrutábamos de la vista del atardecer, por lo general, un magnífico sol estival. En el antepecho de ese tercer piso de ese bloque circular, continuábamos la conversación empezada en el aula. ¿En verdad había intentado mandarse mudar en tres ocasiones? ¿De veras había estado en el nosocomio? Nos desentendiamos de Safo y Arquíloco y resbalábamos felices en el lodo de la vida ajena. 

(Desde la colina se divisan las instalaciones del hospital mental. Lo más inmediato es el largo edificio blancuzco en cuyo corredor permanecen los enfermos en actitudes varias. Antes, este pabellón era el de las mujeres. Ahora está ocupado por hombres. Hay bancas contra la pared. Es una construcción de dos plantas, con numerosas habitaciones, dormitorios en su mayoría. No hay muchos locos. Los más caminan de un lado a otro del corredor. Dos o tres yacen acostados en el piso. Otros están sentados en los bancos. Nadie se reúne con nadie. Cada cual actúa independientemente en el desarrollo de su personalidad. Una robusta enfermera trapea la segunda planta. Voces turbias, con densidad de bullicio, se levantan. Soliloquios.

Al lado del edificio mencionado, hay otro en sumo estado de abandono, cercado por la vegetación. 

Pongo especial atención en un hombrecito de pantalón rojo, en su andar rítmico y teatral, en su balanceo, como si estuviese bajo el paradisíaco efecto de una droga. Parece cantar.

Contemplo este mundo distinto de cualquier otro mundo. El sobrecogedor aspecto del sanatorio, donde se recluye a las personas de las que la sociedad, quizás con algo de ligereza, ha prescindido. Personas inútiles para el capitalismo. Prisioneros. Según el dictamen clínico: enajenados mentales. Escalofriante espectáculo.)

Les cuento a mis condiscípulos que vivo en Bello, cerca del hospital mental, que suelo trotar por la colina cercana y detenerme a echar un vistazo a los locos. Les hablo de mi hermano, que pasó varios días allí, desintoxicándose tras años de ingerir píldoras. Su preocupante sintomatología nos llevó a tomar medidas. Lo internamos. Fue doloroso, pero hubo de hacerse. La billetera la tenía repleta de basuritas. En casa, se ponía tres o cuatro camisas, una sobre otra. La gente del barrio ya comenzaba a burlarse de él. Había reforzado la puerta de la calle con una nueva chapa con alarma. Sufría una psicosis, un descontrol de los nervios. No cesaba de morderse las uñas, de observar con recelo a todo el que pasaba por la acera. En su habla se notaban la lentitud, la torpeza, la incoherencia. Se sentía amenazado. Paradójicamente, solía vagar por el barrio, solo, con un aspecto cada vez más descuidado, con aire extraviado. Se desapareció un fin de semana, y apareció en un pueblo, prácticamente en calzoncillos, sin zapatos. Entonces fue cuando optamos por internarlo.

Ah, sí, pero las loqueces de Hernán eran de otra índole, quizás de leer tanto, apuntaba Ospina.                       

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