*Troilo se había ido al cielo de los caninos. Allí seguía Charly, el viejo compañero de un senil que vivía con un hermano (otro veterano, aunque menor que Hernán, quizás también solterón) , al cuidado de una mucama. Charly, el incondicional de este septuagenario profesor perdido entre las nieblas de la memoria, el desorden de sus libros y el abandono de los amigos, que cada vez son menos (dos o tres fieles se han vuelto remisos). Un Snauser que, más que mascota, es ya un hermano en la lucha con los días, un cómplice en el arte de hurtar instantes a la belleza (la visita de un amigo, un café, una plática libresca). Charly está con él desde hace quince años, desde el tiempo en que vivía en la plazoleta de la Inmaculada. Un anciano que lleva veinte años tiranizado por una enfermedad huérfana, un dolor en las piernas crónico, que remite muy rara vez. La soledad es la cruda evidencia de estos días duros. La memoria recuenta los amigos que tuvo, los que se fueron, los que persisten. Sus alumnos de la universidad. El más cercano por esta época es Jhony, que vive a escasos cien metros de su casa, en los mismos bloques de apartamentos. Descubrió que Jhony era su vecino de una manera impensada. Un vendedor de frutas pasaba pregonando sus productos por el barrio. El viejo profesor se percató un día, en ejercicio de su paseo matinal por el sector y de su cinegética habitual en los palos de guayaba, de un hecho sorprendente. Había un perrito que remedaba el vozarrón del frutero, que respondía al grito del hombre con un aullido hermoso, elevando en el aire una hermosa curva sonora. Incapaz de resistir la maravilla, siguió al perrito. Al girar la esquina, se dio de bruces con el dueño del chucho, que lo llamaba al orden: “Maxi, ven acá”. “¿Se llama Maxi? ¿Usted es el dueño de esta preciosura? ¿Me deja verlo de cerca? ¿Me permite acariciarlo?” “Sí, profesor”. “¿Y cómo sabe que soy profesor?” “Usted me dio clase en la universidad”. Así se reencontró con Jhony, su alumno del curso de Literatura griega de muchos años atrás.
Para Jhony fue un placer volverse
a ver con el viejo maestro que les exaltaba las delicias de Safo y las
insolencias de Arquíloco, que les hacía sentir un temblor de elegía al hablar
de la muerte de Byron en Misolonghi (¡luchando por Grecia!). Jhony quedó admirado de la lucidez de
Hernán, del vigor de sus cuerdas vocales, que le conservan la voz llena de vitalidad,
suelta, rebosante de amabilidad. Esa voz grandilocuente y efusiva, que
despliega su poder de seducción ante el mínimo acicate. Esa voz que es hinchada y loca como la de una
mujerona histérica y embellecida a su
vez por un veteado de dulzor, por una pátina de cansancio y de fiereza. Esa voz
que es recuerdo y es presente, una realidad material con un sustrato eternal.
Al menos así le parece a Jhony al escucharla.
Jhony vivió toda la vida en Castilla. Al terminar la universidad y convertirse en maestro, se unió a su compañera de siempre y se mudaron a vivir a Carlos E. Tenían un niño, David, al que era preciso rodear de un ambiente social agradable. Qué molicie la charla y el café compartido con Hernán, hablarle de su novela (Tribulaciones de un punk), dársela para que la lea y la critique; lo mismo con sus poemas, sus ensayos y sus crónicas aparecidos en diversas publicaciones. Para el profesor también era ameno hablar de los tiempos de la universidad, de sus amados alumnos. Ahora tenía noticia de solo dos o tres. Gallo, que lo visitaba mucho, se había ausentado. Ahora cursaba un posgrado virtual. Hernán había olvidado las canalladas de este, el burdo robo de la olla express. Y el otro, Juan Mario Sánchez, que había publicado dos novelas y dos poemarios, había tenido que irse del país por sus críticas al gobierno. “Se le fue la mano en sus ataques”. Sí, Jhony se sentía feliz platicando con el añoso profesor, trayendo a colación autores y libros, disfrutando del aire tranquilo y cómodo del sector, donde la vida discurría por cauces ordenados y pulcros. Se sentía feliz sintiéndose un privilegiado. Qué suerte haber librado a su hijo de la crudeza de Castilla, una comuna popular con un historial de violencia; poder matricularlo en un colegio privado e inscribirlo en una escuela de fútbol y poder patrocinarle un viaje a Europa. En fin, hacerle la vida holgada.
Charly y Maxi eran a menudo
objeto de conversación de maestro y alumno, que narraban, cada uno a su turno,
el currículum vitae de sus mascotas, las curiosidades de su carácter, las
atenciones del veterinario, y las anécdotas dramáticas o risibles que habían
protagonizado. Sin falta, cuando sus piernas se lo permitían, Hernán sujetaba
del collar a Charly y le daba el paseo rutinario; en caso de sentirse mal,
delegaba la tarea en la mucama. De igual mimo gozaba Maxi por parte de Jhony.
Era cosa frecuente para los vecinos del barrio ver al antañoso profesor salir
con el perrito, llevarlo de la correa, sorprenderlo tratando de alcanzarse las
guayabas de los palos de la zona verde, y entendían la chochera del senil.
Porque un hombre con una pensión millonaria solo podía entregarse a esa faceta
de pájaro frugívoro por desquiciadura del caletre o sentimentalismo de la
nostalgia. ¡Una guayaba! Lo que podía costarle una guayaba, un lumbago, o
descaderarse. Por puro capricho, porque debía mantener su despensa bien
surtida, la nevera a reventar de frutas. Esos viejos profesores universitarios
salían con una jubilación envidiable. Por eso Hernán siempre había sido un
anfitrión de quilates, que atendía a las visitas con regalo. Y de esta bondad
hacían presa los aprovechados como Gallo. Jhony era de otra índole. Un tipo
sencillo, honrado y cálido. Tenía dotes de pintor, amén de la vena de escritor
y poeta. Todo un Hans Sachs, prescindiendo de las galas de meistersinger,
dramaturgo, actor, y compositor. Y claro, prescindiendo también de la
adscripción luterana. Jhony no tenía confesión religiosa, y amaba el fútbol de
vieja data. Muchos años después de graduarse, todavía se citaba en la
universidad con una gallada de egresados, jugando un picaíto y entregándose,
luego, a las dulzuras de Baco. Expansiones en las que a veces se le iba la
mano, como a Jorge Mario con los denuestos contra el partido de gobierno.
Un día el conocido vendedor de
frutas dejó de pasar por el sector. Pero muy pronto fue remplazado por otro,
que no gritaba tan fuerte, pero al que Maxi se apresuraba a imitar. Tal vez en
una vida anterior Maxi fuera un expendedor de frutas o un meistersinger, al
estilo de Hans Sachs y los cantores de Nuremberg. Sean lo que hayan sido en sus
distintos avatares, tanto Maxi como Charly, independientemente de la religión
de sus amos o de la temperatura ambiente, por decir algo, cumplen a cabalidad
el litúrgico impulso fisiológico de descargar sus excrementos, ante la mirada
condescendiente y el íntimo aplauso de sus dueños. Qué perritos tan educados.
Qué belleza.
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