lunes, 29 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.16.)

Un paleontólogo, con más precisión un paleógrafo, en todo caso un arqueólogo, es en lo que me he convertido en estos días en que escribo los recuerdos de la u, mis viejos maestros de literatura, mis condiscípulos del pregrado, que no escapan hoy al calificativo de viejos, porque todos cruzamos la raya del medio siglo, somos cincuentones, tremenda cosa, algunos ya son abuelos. Fatalmente, al evocar aquella época hay que volcarse a estas ciencias de lo fósil, de lo antiguo, de las vejeces, incluso de lo caduco. Cuántos no caducaron del totazo, es decir, finaron: Estévez, Natalia Pikouch. Hernán tiene el mérito de que aún es de este mundo, a la fecha vive todavía, así sea en decadencia. Vaya palabrejas en las que nos vamos reconociendo: caducidad, decadencia. 

Paleógrafo con mayor razón, porque trasiego los antiguos códices y documentos de los años en que éramos universitarios y nos movíamos en ese frangollo. Como un paleontólogo ante los restos de un arqueoptérix, intento descifrar en mis cuadernos el  borroso nombre (escrito a lápiz) de un profesor, un camarada. Hernán es ya un poco ese arqueotérix legendario, proto-ave, en la que las plumas todavía eran escamas y la rabadilla todavía era cola con vértebras, con dentadura completa dentro del pico. Pero con más propiedad, Hernán entra ya en el orden de los mamíferos al que pertenecen el armadillo y el oso hormiguero (los desdentados), aunque su jugosa mesada de pensionado cubra con creces los costosos servicios del odontólogo. En los años de la muchachada apenas nos acordamos de que existe el dentista, hoy, para todo el mundo, más para los catanos, es un especialista al que debes recurrir quieras o no. La platica de la mesada  de los jubilados se va, no pocas veces, en puentes, coronas, implantes. Edades extremas, la vejez y la niñez. En la primera hay una extrema caducidad; en la segunda, una extrema irreflexión.

En estas labores de paleógrafo, encuentro el nombre de Leonardo Arango, profesor de fonética y fonología, el cual, en tándem con Carlos García, redactó un módulo sobre dicha materia. Claro, Leonardo Arango, y por ahí, en una nota al margen, la precisión sobre lo que son un diptongo y un triptongo. Claro, y vuelvo a recordar cómo nos arrimábamos al bloque de Artes, en ese lado frente al museo, a comprar los documentos y los módulos. Vaya palabreja: módulo. Y caigo en la cuenta de que Hernán jamás redactó un módulo de literatura griega, que nos mandaba rectamente a los textos, al del estudioso Carlos García Guall, o, sin más, a la Ilíada. La palabra módulo llegaba a sonar como un artefacto mecánico especializado, fabricado para viajar a resguardo de los fundamentos de una ciencia, bajo la protección de un pontífice, digamos Saussure. Hernán no tenía módulo, no nos remitía a comprar el documento mimeografiado. "Lean a Homero, lean a García Guall". Y allí nos íbamos, a Homero, a la amistad entre Aquiles y Patroclo. 

Un paleógrafo... Ah, mi viejo profesor Hernán debe estar como estas escrituras desvaídas de mis cuadernos, que a veces es preciso mirar con lupa, que en ocasiones debo reteñir con el bolígrafo. En la primera sesión Leonardo Arango nos dictaba la bibliografía del curso, una pretenciosa lista de autores, sobre todo foráneos: Sommerstein, Alarcos, Dubois, Mounin. Hernán no escapaba a esta retórica, a esta engolada enumeración de sacerdotes del pensamiento. Lo griego ha sido explicado por tal y tal. Bueno, ¿y cómo explicas tú lo griego? En caso de que lo griego deba ser explicado. Yo era de los que pensaba que nada debe ser explicado. Pero en los cuadernos de apuntes se aglomeraban, curso tras curso, semestre tras semestre, explicaciones de todas las ciencias. Y esto no dejaba de parecerme sospechoso. Se me antojaba más humilde y cercano mi amado arqueoptérix. Se me hacía más entrañable la anécdota, contada de modo jocoso por los compañeros de curso, sobre que Hernán una vez prendió, distraído, un pitillo de marihuana en plena clase. Esto no podía ser más que una broma. Tampoco es que fuera raro que un profesor fumara yerba, pero ¿hacerlo en el salón? ¡Nunca! Arteaga recuerda la anécdota. También recuerda a Hernán y su cigarrillo sin encender en una mano, y en la otra mano la cajetilla de fósforos. Por supuesto, debía haber una cajetilla de fósforos en escena, de otro modo ¿cómo iba a prender el profesor su cigarrillo? Hernán tenía que ser un buen amante, porque demoraba el acto, tardaba con el cigarrillo inmaculado en la mano. Si así era en el amor, debía hacer felices a las mujeres. Con toda seguridad, no sería un polvo de gallo. Mantenía a los alumnos en ascuas, con su interminable juego en las manos, el cigarrillo intacto, la sonajilla de la caja de fósforos. Ellos anhelaban ver el cigarrillo humeando, consumiéndose, y al profesor Hernán fumando con delectación y exagerados gestos de cowboy. Deseaban escuchar el rastrillar de la cerilla, y ver a Hernán encender el cigarro, y fumar con delicia. Porque así era que Hernán fumaba, degustando a fondo, con amaneramiento. En general, sus gestos eran amplios, con algo de actor invistiéndolos, con algo de Calígula o de Nerón. Y en su presencia, uno recordaba Roma ardiendo.                              

sábado, 20 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.15)

Últimamente he ido a menudo por el barrio Carlos E. Restrepo, más exactamente a la Piloto, en procura de algún material bibliográfico. Busco en vano un cuento de Juan Carlos Onetti en el que los protagonistas son Diego Rivera y Frida Kahlo. Olvidé el título del relato, aunque recuerdo que se trata de Diego poniendo los cuernos a Frida en su propia cara. Una amante de Diego lo visita en su casa, sin cuidarse de que Frida esté allí. (Aprovecho este artículo para solicitar ayuda a los lectores, si alguien conoce el cuento del que hablo y me sopla  la referencia exacta). 

Carlos E. Restrepo es el sector donde vive Hernán desde hace años. No me conformo con mi pesquisa en la Piloto. Al salir de allí, doy una vuelta por la zona comercial de Carlos E., para almorzar o tomar un café, pero también a ver si tengo la fortuna de cruzarme con Hernán. No he tenido suerte, ni con mi búsqueda del texto de Onetti (¿será de Onetti realmente?) ni con la posibilidad de toparme con el profesor de literatura griega. La fortuna me ha socorrido en otros aspectos: di con un volumen de cuentos de Mario Benedetti, y al tiempo di con una vieja amiga, Regina, que era la bibliotecaria de Comfenalco de Cúcuta, durante el tiempo en que dicté clases en esa institución, hace años, bastantes. Regina trabaja como temporal en la Piloto, es analista de textos. encargada de digitalizar viejas publicaciones. Con Benedetti tenía una deuda. Lo hice aparte por largos años basado en prejuicios. Hoy solo me bastó leer uno de sus cuentos (Presupuesto), para cejar en mi desdén y tributarle el merecido homenaje. Como dice ese personaje de Camus en La peste: me quito el sombrero. En lo que toca a Regina, otra grata sorpresa. Se acordaba muy bien de mí y, como suele decirse, yo era de sus afectos, así que me brindó una acogida amable. Total, que acabamos tomando un café en un negocito de la vecindad, aprovechando una de las pausas activas de su labor.

En Carlos E. también vive Restrepo, otro de mis profesores de literatura de la u, poeta reconocido. Estos profesores ya están pensionados y gozando de un buen retiro, una jugosa mesada. En cierta forma, fueron privilegiados. Les tocó una época de garantías laborales. Hoy la cosa es muy otra, una canallada. Tampoco había avistado a Restrepo por allí. Lo evoco como un veterano robusto y bonachón. Luis afirma que los poetas son engreídos, que no recuerda haberse saludado con Restrepo. Claro que Luis andaba de malas pulgas ese día. 

Hernán vivía dentro de un airecillo de presunción, se daba el gusto de invertir su plata en buenos libros, siempre dentro de un criterio de entendido. Los libreros se lucraban de esta debilidad del profesor, ofreciéndole oportunamente el catálogo de novedades. Había sido un fumador contumaz y, claro, gustaba de los cigarrillos finos, de buena marca; Marlboro. Este dato de los cigarrillos y los libros caros (eran quizás las dos cosas que más amaba, fumar, leer) da una idea del estilo de vida de Hernán. El mismo barrio Carlos E. Restrepo, "cerca de todo". ¿También de Grecia? Por supuesto. Nunca nos imaginamos lo cerca que estamos de Grecia. 

¡Grecia! Así que la parte del profesor Hernán no se agota con el capítulo 14. Continúa, gracias a Jaime, mi colega de ajedrez, pensionado de Trenes Nacionales. La última vez que me vi con Jaime (hace unos días), este debía asistir al día siguiente a una audiencia, la última, en un litigio sobre la pensión de su primera y difunta esposa. Jaime seguía cobrando la pensión de su mujer, pero su hija lo denunció: que él no vivía ( o no vivió) con su madre. Jaime no pasaba afugias monetarias. Cobraba dos pensiones del gobierno; además, su mujer actual también era pensionada y, como si fuera poco esta  era trabajadora activa. Vivían en casa propia y tenían otra vivienda que rentaban. Sus hijos eran mayores, independientes: uno de estos era policía. Jaime era adicto al ajedrez. Por la enfermedad de un hermano (junto con los demás parientes, Jaime debía cumplir turno en el hospital, cuidando al paciente), ahora no asistía puntual, como al principio, su cita diaria y vespertina  en la casa de la cultura, donde se reunía con sus homólogos de tablero. Dos o tres ajedreces abultaban su maletín, que cargaba sin seña de fastidio, amén del tubo que se colgaba al hombro (otro tablero, otras fichas). Solía vestir de bermuda, camiseta  y gorra. Era un sexagenario con nariz de perfil romano (léase "griego"). Acuerpado, con lo que pudo resistir 41 años de trabajo. Ahora disfrutaba de la pensión, dormía hasta las nueve. Como ajedrecista era impulsivo, lo que lo llevaba a cometer constantes errores. Tenía el desgarbo de colocar las piezas al garete en las casillas, como un ejército mal formado, de borrachos. Cuando comía una pieza, la sacaba a medias del tablero, dejándola a veces adentro, provocando confusión. El contendor debía llamarlo al orden o, por si mismo, sacar la ficha y ponerla fuera del tablero. "Vamos parriba", era su frase de combate al adelantar peones. Harto pugnaz en el juego, solía recordar el marcador al adversario, desde que llevara ventaja. De lo contrario, callaba, o simplemente, decía, bajito: " Eh, me ha ganado más de una hoy", y citaba el score, tergiversándolo, reduciendo su número de partidas perdidas, engañándose a sí mismo. "Me lleva una", cuando en realidad iba cuatro o cinco por debajo. Pues bien, la estación de trenes de Puerto Berrío donde Jaime laboró por más de veinte años, se llama Grecia. Parece cosa de sueño. Grecia es un barrio de Puerto Berrío, ligado a la tradición y al transporte ferroviario. ¡Grecia! Estación Central. No podía dar crédito a Jaime cuando me lo contó. Era como izar con una cabria una escultura clásica desde el lodo submarino. Despachador, ese fue el oficio de Jaime en Grecia. Puerto Berrío-Medellín, Puerto Berrío-Dorada-Bogotá, Puerto Berrío-Santa Marta. Un mundo prácticamente abolido, comido por el óxido. Cementerios de trenes. Grecia. Así que ese perfil romano de Jaime era asimismo un perfil "griego". 

En la época de la u, Hernán era fileño, delgado. No sé si hoy tenga una de esas barriguitas trabajadas por el ocio. Hoy, al encontrarme con Benedetti ( y luego con Margo Glantz), me parece vérmelas con antiguas estatuas rescatadas de fondos marinos.                              

jueves, 18 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.14.)

Imaginar (recordar) una de aquellas clases con Hernán, verlo gesticular ante el tablero, sentado en una silla con su aire despreocupado, cruzar una pierna sobre la otra, ancharse, encender un cigarrillo mientras nos habla. Detener esa imagen, examinarla una migaja. Su cuerpo menudo, su cabello negro que evocaba Brillantina, John Travolta y su tropa, su negra chaqueta de cuero. Un libro en las manos, claro, o sobre la tabla de la silla, no tardaría en abrirlo, en leer. Leía un poco cegatón, alejando el volumen. Un aula del bloque 11 (el bloque circular, como un porta-comidas, como la vida), una de tantas aulas, salvo que allí está ese profesor de aspecto nervioso, de arrebatado discurso, hablando de lírica griega antigua (explicaba que había Semónides y Simónides, no eran el mismo, uno era de Amorgos y el otro de Ceos, respectivamente. Los distinguía esa vocal en la primera sílaba). Ese profesor algo engreído, que denota su aburguesamiento a la legua, que se jacta de poseer una excelsa  biblioteca, en fin, alguien al que la vida ha  bientratado. Era eso lo que despedía su imagen: cierto refinamiento en el saber, indudable gusto en el vivir. Y allí, en aquel salón, estábamos también sus estudiantes. Había uno al que llamábamos por su apellido, Arizmendy. Estaba también Ospina. Y estaba Fredy, el mono. Nos gustaba situarnos en la parte trasera del aula y, mientras Hernán disertaba, distraídos de su perorata, tomábamos un aire de confabulados y contábamos chismes del profesor, si era verdad que tenía encima tres intentos de suicidio, si era cierto que había pasado su temporadita en el manicomio. Terminada la clase, Hernán se demoraba unos instantes aclarando dudas a algún alumno, y nosotros (Arizmendy, Ospina, Fredy  y yo) salíamos al corredor, nos recostábamos ante el parapeto y disfrrutábamos de la vista del atardecer, por lo general, un magnífico sol estival. En el antepecho de ese tercer piso de ese bloque circular, continuábamos la conversación empezada en el aula. ¿En verdad había intentado mandarse mudar en tres ocasiones? ¿De veras había estado en el nosocomio? Nos desentendiamos de Safo y Arquíloco y resbalábamos felices en el lodo de la vida ajena. 

(Desde la colina se divisan las instalaciones del hospital mental. Lo más inmediato es el largo edificio blancuzco en cuyo corredor permanecen los enfermos en actitudes varias. Antes, este pabellón era el de las mujeres. Ahora está ocupado por hombres. Hay bancas contra la pared. Es una construcción de dos plantas, con numerosas habitaciones, dormitorios en su mayoría. No hay muchos locos. Los más caminan de un lado a otro del corredor. Dos o tres yacen acostados en el piso. Otros están sentados en los bancos. Nadie se reúne con nadie. Cada cual actúa independientemente en el desarrollo de su personalidad. Una robusta enfermera trapea la segunda planta. Voces turbias, con densidad de bullicio, se levantan. Soliloquios.

Al lado del edificio mencionado, hay otro en sumo estado de abandono, cercado por la vegetación. 

Pongo especial atención en un hombrecito de pantalón rojo, en su andar rítmico y teatral, en su balanceo, como si estuviese bajo el paradisíaco efecto de una droga. Parece cantar.

Contemplo este mundo distinto de cualquier otro mundo. El sobrecogedor aspecto del sanatorio, donde se recluye a las personas de las que la sociedad, quizás con algo de ligereza, ha prescindido. Personas inútiles para el capitalismo. Prisioneros. Según el dictamen clínico: enajenados mentales. Escalofriante espectáculo.)

Les cuento a mis condiscípulos que vivo en Bello, cerca del hospital mental, que suelo trotar por la colina cercana y detenerme a echar un vistazo a los locos. Les hablo de mi hermano, que pasó varios días allí, desintoxicándose tras años de ingerir píldoras. Su preocupante sintomatología nos llevó a tomar medidas. Lo internamos. Fue doloroso, pero hubo de hacerse. La billetera la tenía repleta de basuritas. En casa, se ponía tres o cuatro camisas, una sobre otra. La gente del barrio ya comenzaba a burlarse de él. Había reforzado la puerta de la calle con una nueva chapa con alarma. Sufría una psicosis, un descontrol de los nervios. No cesaba de morderse las uñas, de observar con recelo a todo el que pasaba por la acera. En su habla se notaban la lentitud, la torpeza, la incoherencia. Se sentía amenazado. Paradójicamente, solía vagar por el barrio, solo, con un aspecto cada vez más descuidado, con aire extraviado. Se desapareció un fin de semana, y apareció en un pueblo, prácticamente en calzoncillos, sin zapatos. Entonces fue cuando optamos por internarlo.

Ah, sí, pero las loqueces de Hernán eran de otra índole, quizás de leer tanto, apuntaba Ospina.                       

lunes, 15 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.13.)

*Fogonazos de imágenes: Hernán y Natalia platicando en la cafetería, al mediodía, al final de semestre. Casi no reconozco a Hernán, es que se había dejado crecer la barba, algo del todo inusual en él. Aún así se veía más joven. Por regla general, se afeitaba. ¿Quién no tiene esas ocurrencias, el arranque de verse distinto, de cambiar de look? Dejarse la barba alguna vez, acto muy natural entre los varones. Era profesor de literatura griega, la barba no hubiese sido un elemento discordante en su aspecto, remedar a un griego, digamos a Homero, un Sócrates. Sin embargo, el asunto quizás obedeciese más a los altibajos emocionales de Hernán, a algún capricho momentáneo. Creo que fue la única vez que lo vi barbado.

La suave y flotante voz de Natalia me ha llamado al pasar. Me acerqué. Ambos se mostraron amables, risueños. Natalia orientó su cuerpo y su coloquio hacia mí, de modo que, sin proponérnoslo, desplazamos una migaja a Hernán. Este se desentendió un poco, asumió una actitud melancólica. La situación me produjo cierto embarazo. Qué pena con Hernán. ¿De qué estarían hablando cuando Natalia me llamó? ¿De qué pueden hablar dos profesores de literatura? A ver, muchos se daban su tonito de entendidos, su airecillo de  mucha cosa. No solo intercambiaban chismes al amor del tinto y el cigarro, sino que se envolvían en grandilocuencia y pontificaban sobre tal poeta o tal poema. Algunos formaban una camarilla de aduladores de Poesía. Había quien los consideraba un detestable círculo de gente que escribe o crítica libros. Ellos se sentían en su salsa en este ambiente. Se las daban de ir en la vanguardia de cualquier corriente, y se constituían en los guardianes a ultranza de las ideas de este a aquel autor. Quizás Natalia comentaba a su colega lo satisfecha que estaba con Gorbachov y la perestroika. Muy pronto había de caer el Muro de Berlín y las repúblicas socialistas fuerceaban por su independencia. La barba de Hernán no había dejado de causar sensación en la facultad. Era lo mismo con Arizmendy, pero al revés. Arizmendy solía estar barbado, de modo que daba qué hablar cuando se afeitaba, parecía raro. Por esa época también yo me dejaba unos ralos pelos en la cara, una pobre pretensión de barba que no convencía a nadie.

Así es como pasaban las cosas: uno atravesaba una cafetería o una explanada de la u, topaba con un profesor, y venga el saludo. Hernán a veces venía algo distraído (camina rápido, en su nube), pero solía saludar, ser cortés, y muy cálido. Ese cruzarse en el pasillo enfrentaba a seres hechos de fábula y de mito en su mayor parte, de chismes y suposiciones, porque no existía otra manera de conocer a un profesor, solo por el escaso tiempo compartido en la u, lo demás eran puras habladurías. No me costaba trabajo saludar a Hernán. Dejó en mí un grato recuerdo de Semómides de Amorgos y de Anacreonte de Teos. Uno sospechaba  que había algo más allá de la realidad que el profesor nos mostraba en el aula, en su oficina, en el pasillo, en la cafetería. En ocasiones uno se los encontraba en la biblioteca, y era de lo más grato. ¡Y qué decir cuando los topábamos en la calle! La mente de Hernán estaba conectada con Grecia. A María le cambió el nombre. Cada que la veía, la saludaba: “Ariadna”. En clase recitaba pedazos de Anacreonte: “Sé tú de Cleóbulo un buen consejero, y que acepte, oh Dioniso, mi amor”. Muy al estilo griego, Anacreonte andaba perdido de amor por Cleóbulo: “A Cleóbulo yo amo, por Cleóbulo enloquezco, de Cleóbulo ando prendado”.

Hoy no recuerdo qué impresiones se agitaron en mi mente y me acompañaron por algún tiempo a raíz de toparme con un Hernán de barba. Seguro que volvía de una de sus temporadas en la clínica y había olvidado afeitarse. Seguro que la mayoría de los guerreros a los que Calino y Tirteo exhortaban a avanzar con valor contra el enemigo, eran barbados. Sin embargo, Alejandro suele aparecer lampiño en las efigies e imágenes, cuando más estila rubias patillas alargadas y pobladas. Claro que Hernán, más que por el ardor marcial del macedonio, se inclinaba por la dulce embriaguez de Anacreonte. Es maravilloso. Días atrás abrí al azar el libro Confieso que he vivido, de Neruda, y el párrafo en que mis ojos se volcaron, era este: “La hermosa mujer de madera con rostro griego, como todos los mascarones de los antiguos veleros, me mira ahora con su melancólica belleza, mientras escribo estas memorias junto al mar”.

Es Grecia que me ronda, solo porque escribo estas páginas sobre Hernán, mi profesor de literatura griega de la u.                      

sábado, 13 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.12.)

*Me pregunto si Hernán viajó a Grecia, si conoce las ruinas del Partenón. Al menos debe conocer la Atenas suramericana. Jamás hablé con él de estas cosas, cosas personales. Sé que vive con un hermano, que tiene parientes en Estados Unidos. Quizás viajó al país de Tío Sam, invitado por sus hermanas, pero ¿Grecia? ¿Estuvo en Grecia? El viejo Jhony estuvo en Turquía. Dice Luis, con una migaja de mofa, que la novela de Jhony ya es conocida en Estambul y en Ankara. Quién sabe si Hernán es del mismo parecer de Pessoa con respecto a los viajes. Tan bella esa página de Pessoa. Mi amado libro de Pessoa (Libro del desasosiego), que casi se lo queda esa profesora a la que se lo presté en un momento de irreflexión. Hube de reclamárselo varias veces. Lo que Pessoa piensa de los viajes (una consigna que he hecho mía): “¿Qué puede darme China que mi alma no me haya dado ya? Y, si mi alma no me lo puede dar, ¿cómo puede dármelo China, si es con mi alma como veré China, si es que la veo? Podré ir a buscar riqueza a Oriente, pero no riqueza de alma, porque la riqueza de mi alma soy yo mismo, y yo estoy donde estoy, con Oriente o sin él”. Consigna que no hará suya una agencia de turismo, porque en seguida entraría en bancarrota. Hernán jamás presumió de un viaje a Grecia o a cualquier otra latitud, pero Misolonghi sabía delicioso en sus labios. Misolonghi, a orilla del mar Jónico, donde murió el gran romántico: Byron. Qué adefesio, llamar Atenas suramericana a una metrópoli andina, pensará el viejo profesor, toda una blasfemia. ¿Dónde está el ágora? ¿Dónde Sócrates? No, con Hernán no aborda uno asuntos personales. De vez en cuando se le escapa algún dato, por ejemplo cuando me remitió a su hermano Héctor para que me compartiera las dos fotografías de Natalia Pikouch. Entonces fue que supe que Hernán tiene un hermano. Héctor tiene traza de beato, como Hernán, y es aficionado a la bicicleta de ruta. De este gusto por el pedaleo habla su perfil de wasap. Hernán tampoco ha sido deportista, nunca lo conocí en esa faceta. Todo su conocimiento de Grecia es un entramado libresco, en lo que no hay nada de malo. Volvemos a Pessoa. Natalia viajaba a Ucrania, remozaba su espíritu en la tierra de sus ancestros. No imagino a Hernán en un tour por Grecia, entre el ruido de una tropa de turistas, tomándose fotos ante los monumentos. Mi profesor de francés del colegio, Heberto, había viajado a Francia, y sus estudiantes (al menos los que hallábamos placer en la lengua de Rabelais, Balzac y Proust) nos regodeábamos escuchándolo pronunciar frases en el idioma de los galos. Heberto hablaba el francés con una fonética perfecta. Daba gusto escucharlo. A raíz de mis escritos sobre Natalia, Joaco me ha contado que también fue su alumno, y que recuerda cómo ella exclamaba: “dichosos ustedes que pueden leer a García Lorca en español”. Y eso que el español de Natalia era excelente. A lo que la profesora aludía es que no hay como el gozo vernáculo de una lengua. Claro que se puede tener un dominio considerable de otro idioma, pero no estará impregnado del alma de la cultura. García Lorca en español, o en gallego, porque hay que recordar que también se expresaba en esta lengua (recordemos sus Seis poemas galegos: “Chove en Santiago meu doce amor, camelia branca do ar, brila entenebrecido o sol”). Volvemos a Pessoa, al alma de una lengua. Mi amado libro de Lorca: Primeras canciones, Seis poemas galegos, Poemas sueltos, Canciones populares. Gracias, hermano Lorca por la música de tu poesía. Gracias, hermano Pessoa por la música de tu poesía y tu prosa. Natalia Pikouch amaba a Lorca, uno de los poetas que aprendí a amar en mi juventud, cuando apenas era un estudiante de bachillerato y el profesor Heberto nos pronunciaba frases coloquiales en francés. Es que el amor por la poesía me llegó de España: Quevedo, Lorca. Joaco me refresca la memoria con respecto a la admiración  de Natalia por Lorca, y ocasiona una maravillosa reminiscencia en mí. Con esa misma pasión hablaba Hernán de Grecia, de Misolonghi, de Byron. Puede que jamás haya estado en Grecia, pero Hernán era Grecia. Se había declarado hijo predilecto de Píndaro. Así, siguiendo a Pessoa, acaso Hernán haya viajado más que ninguno. Porque el viaje es interior. Viaja a Ucrania con Natalia, viaja a Atenas con María. 

Viaja al País de las Hadas con Mónica, la protagonista del cuento El botón azul, que al fin consigo con Kolia. Sí, me comuniqué con Kolia. Kolia me envió el cuento de su madre en fotos por wasap. Sí, Hernán. Tengo el cuento El botón azul. El día que se mudan de casa y de barrio, Mónica encuentra un botón azul detrás del sofá. Estando en un almacén con su madre y su hermanito, una bruja, Cumagora, intenta arrebatarle el botón a Mónica, pero las hadas protegen a la niña. Un hada (la vendedora de juguetes) advierte a Mónica de los poderes del botón. El botón cumple los deseos, pero se va destiñendo con cada favor que prodiga, hasta volverse blanco y perder su magia. Cuando el botón se vuelve blanco, se pierde, y otro niño vuelve a encontrarlo, azul otra vez. Ningún adulto puede encontrar el botón, porque los adultos no hallan gracia en un botón o en una piedra. La vendedora regala una muñeca (la muñeca de traje rosado que Mónica siempre anheló) a la niña. Mónica habla con la muñeca y esta le cuenta que se llama Catalina. Comienzan las aventuras de la niña y la muñeca, un poco como en el cuento El príncipe feliz, de Óscar Wilde, donde el príncipe y la golondrina socorren a los necesitados. Eso mismo hacen Mónica y Catalina, que vuelan de noche por la ciudad y convierten en felicidad la triste vida de la gente, sobre todo de los hogares y los niños. Al amanecer llegan al País de las Hadas, donde los recibe la muchacha que vendía juguetes. Conocen todo sobre ese reino mágico. Regresan a casa y vencen los intentos de Cumagora (la Reina de las Cucarachas) por apropiarse del botón. El último deseo que Mónica pide es por la salud de su mamá, que se ha puesto mala al dar a luz otro niño. La mamá y el bebé salen bien del apuro y el botón, ahora blanco, resbala de las manos de Mónica y se pierde. Mónica queda feliz con su muñeca Catalina. Quiere volver alguna vez al País de las Hadas.                  

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.11.)

*Cosa de dos semanas que hablé con Hernán por teléfono. Lo llamé desde un sillón de la sección de literatura de la Piloto, al lado de los estantes cargados de libros, contra el ventanal que da a la calle que penetra en Carlos E. Restrepo. Tenía en mis manos un volumen de Mario Benedetti, y acababa de leer uno de sus cuentos, Sábado de Gloria. Primero llamé a Jhony, a ver si estaba con tiempo y ánimo para compartir un café o una cerveza, y luego darnos una pasada por la casa de Hernán. Amagaba lluvia, más bien una tormenta. El cielo estaba cerrado y oscuro. Cayeron unos goterones. Jhony tenía que acompañar a su hijo al entrenamiento de fútbol, y estaba pendiente de una llamada del manager. Del cielo dependía todo, que hubiese práctica futbolera o no. El manager esperaba resolver el drama auscultando las  nubes, delegando en estas la alternativa de dar un sí o un no a los padres de sus pupilos. Así que no había que contar con Jhony esta tarde. Su mente era presa del temor del aguacero y de la incertidumbre de si tendría o no que acompañar a su hijo a la cancha. “Ya está lloviendo”, dijo Jhony, con fatalismo, sintiendo los escandalosos goterones que, por fortuna, no pasaron de ahí. Pregunté a Jhony por Hernán y me dijo que no lo veía hacía días. Una muchacha sacaba a pasear a Charly y otras mascotas. El viejo profesor casi no sale. Es una lástima. Nada qué hacer con Jhony. Anda muy ocupado en sus cosas. Regresa del colegio entre 1,30 y 2. No, no se ha pensionado. Metió los papeles, pero hay unas semanas embolatadas, así que se los devolvieron. No, de verdad que no queda tiempo de preocuparse mucho de Hernán.  Deje que me desembarace de tantas obligaciones y verá. Nada que hacer con Jhony.  Entonces llamé a Hernán.

“Aló, ¿Hernán?” Contestó Hernán, y escuché su voz atropellada y vibrante. Una voz con su esencia intacta (la voz del maestro), impetuosa y desaprensiva, pero obnubilada, caliginosa, y, si caben estos adjetivos, cegatona y huérfana. “Aló, ¿Alejandro?” “No, Marcos”. “¿Marcos?” “Sí, Marcos, el que escribe sobre Natalia”. “Ah, sí, Marcos, claro. ¿En qué puedo colaborarte?” Recuerdo que una amiga me dijo un día que la vejez es como una borrachera. Esto sentí en la voz y en la densidad general del ser de Hernán hoy. Sentí que era un hombre perdido en los tremedales de la decadencia, que habla a borbotones, con cierto desamparo temblón en el acento, pero que ya no se escucha a sí mismo, una suerte de disco rayado. El poder de esa voz se conservaba a pesar de las mermas físicas. Era quizás la sugestión de la leyenda, de ese misterio que tejimos en torno al maestro, hilvanado de admiración y respeto. Eso estaba ahí, en esa voz ampulosa y vacilante, en ese registro único e inolvidable: Hernán.

“Dentro de una discreción puntual, sin que nos tachen de chismosos, puedo contarte unas cosas”, dijo Hernán. Así que volvimos a hablar de Natalia y de su hijo Kolia. Siempre lo llevaba al terreno donde él se sentía tan bien, al mundo de Natalia, al bello recuerdo de la ucraniana. Entre tanto, la amenaza del aguacero se había disipado, la luz se abría entre los nubarrones y la tarde cobraba un matiz adorable. Al resguardo de los estantes, los bibliotecarios birlaron una pausa a su tarea y comentaron los aspavientos de la lluvia, cómo todo se había ido en bulla. En este aire de renovada claridad (tan distinto al lóbrego cielo que enmarcó mi plática con Jhony), hablé con el viejo profesor. De Natalia sólo poseía un libro y dos fotografías. El libro era Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea. No tenía El botón azul, cuento infantil con el que Natalia obtuvo el primer puesto en un concurso en 1983. Tampoco lo había leído, qué descuido. “Nunca lo leí. Siempre estuve interesado, pero nunca lo leí. Y no lo tengo”. Quizás Kolia tuviese un ejemplar. “Es imposible que Kolia no tenga entre sus cosas una copia de El botón azul”, sentenció Hernán. Y añadió: “creo que fue la Fundación Rafael Pombo la que organizó el concurso, averíguate por ahí”. Yo quería leer El botón azul. De Natalia solo he leído, además de sus Cinco ensayos, un aparte sobre la poesía que aparece en Google, extractado del prólogo de una de sus compilaciones de poesía infantil publicada por la Universidad de Antioquia. Con su proverbial amabilidad, Hernán puso a mi disposición el libro y las dos fotografías. “Ya los tengo”, dije. “¿Sí? Ah” No recordaba que él mismo, por medio de su hermano Héctor, me compartió las dos fotografías.

Al preguntarle por su salud, dijo: “Me encontraste en uno de mis días buenos. Por lo general, estoy mal. Debo tomar una droga narcótica a diario, sino me apago. Sabes que padezco una enfermedad huérfana. Estoy al tanto de que la IPS Universitaria me responda, como asociado que soy…” Cuántas veces me ha hablado el viejo profesor de su enfermedad huérfana, que lo castiga desde hace más de veinte años. En realidad, a veces pienso si sabe en verdad con quién habla, si recuerda mi rostro. “¿Alejandro?”, dijo al levantar el auricular y oír mi voz. Me desea buena suerte con Kolia y me pide, si logro comunicarme con este, que le dé saludos de su parte, que lo recuerda con cariño. Recordaba la boda de Kolia, cómo invitó a varios profesores de la u, colegas de su madre. “Natalia vivía aún… Hoy Kolia es ingeniero… Me era muy simpático… Siempre que visitaba a Natalia, se hallaba presente…Ojalá lo encuentres… Taborda, sí ese es su apellido, gracias por recordármelo… Su padre era colombiano, naturalmente…”

Colgué con Hernán y seguí sentado otro instante en el sillón de la Piloto, pensativo. Por un momento, mi vida se me antojó prisionera entre murallas de libros.                       

martes, 9 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.10.)

*Ahí está Hernán, el profesor de literatura griega, entre la personalia, entre los actores y sus papeles (sus roles), de esa obra teatral, o de ese gran disparate (dirán otros), llamado universidad. Ahí está Hernán, entre tantos otros profesores, entre tantos estudiantes, desempeñando un acto, un cuadro, una escena, en esa compleja y patética representación. Qué orbe fantástico, todos esos rostros, todas esas vidas, todos esos sueños recogidos allí como en un enorme crisol, como en un vasto escenario. Hernán, cuya vida tuvo siempre una severidad espartana, un toque marcial, ese no salirse del molde impuesto. Algo relacionado con la rigidez de la educación confesional, con la férula paterna (el papá, Euclides, fue abogado civil) y el propósito de dorar la familia con un Licurgo. Pero Hernán eligió las letras. Aún así, siempre hubo en él un legislador, uno que dicta reglas, que impone maneras. La literatura es un medio donde se traslucen las pasiones, donde se declaran afectos y desafectos. Así como en el claustro de Humanidades había una profesora que no se tragaba a Estévez, Hernán jamás se tragó a García Márquez. ¿A cuántos pupilos contagió este desdén por el autor de Cien años de soledad? Es difícil de precisar. Demás que alguno le chupó rueda, sojuzgado por la autoridad literaria del profesor de griega. No Marcos, no Marcos.

El amigo Jhony resalta entre la personalia de aquel conglomerado de la u, de esa masa viva y movible con que la vida intenta hacer una obra, concretar una figura, en la que el diablo siempre dejará unas rebabas. Nada está suelto, sin embargo. Lo que no entra en el molde, lo que desborda y cae, por efecto de la consistencia queda atado a la masa original. Esas son las rebabas, las rebabas del diablo, dirá Marcos. El panadero no tira los recortes, los amasa de nuevo y torna a hacer pan. El nombre del amigo Jhony saca la cabeza entre esa amalgama. De todos los camaradas de Marcos en aquel tiempo, Jhony era quien vivía más cerca de Hernán, a dos cuadras, en el mismo cómodo barriecito de Carlos E. Restrepo. Entonces había que remitirse a este. Es así como Marcos visitó a Jhony uno de esos días posteriores a las medidas estrictas de la pandemia. Se encontraba realizando unas diligencias en la Alpujarra, y aprovechó la pausa laboral del mediodía para telefonear al amigo y proponerle que pasaría a saludarlo. Jhony estuvo de acuerdo. Llevaban meses sin verse. La idea de Marcos era regresar a la Alpujarra dos horas más tarde, y continuar con los trámites.

Jhony le indicó cómo llegar, el número de la manzana, del bloque, del piso. Marcos avanzó sin problemas por los senderos, entre los macizos de apartamentos, y cuando tuvo algún tropiezo, salió del paso preguntando a un vigilante. Jhony vivía en un segundo piso. A la entrada de la casa había dos bicicletas aseguradas con candado. Es que el amigo Jhony se deleitaba dando sus paseos en cicla. Jhony le enseñó la casa, sus pinturas. Su mujer hacía home-office en el computador. El hijo no salía aún del cuarto, se aprestaba a desayunar. Jhony le obsequió a Marcos un ejemplar de su novela Tribulaciones de un punk. Al fin conocía a Maxi, el que ayudaba al frutero voceando: “baanaaanooo”. Maxi, el perro que encanta al profesor Hernán, al frutero y a muchos residentes del sector. La gente del lugar ya responde con mayor prontitud y halago al pregón de Maxi que al del propio vendedor. Qué perro. Ya tienen vídeos de él hasta en España, declara el frutero, aludiendo a un habitante de la unidad que se fue a vivir a Europa y desde allá divulga los portentos de Maxi. “La sombra” dice Jhony que llaman a Maxi algunos, porque nunca desampara a su amo en los paseos por la urbanización.

Es que Maxi es un amor, piensa Marcos. Receptivo a sus mimos, se acercó por propia iniciativa y se echó a su lado en el sofá, mientras Jhony escribía la dedicatoria en la novela: “A Marcos estas palabras de calles, esquinas y punkeros, porque vos también vas brincando de pogo en pogo por esta página. A mi amigo, 24 de noviembre de 2020”. Las patas de Maxi son robustas y alfombradas. Es grandote, color nata, con una redonda y húmeda y negra nariz, con ojos de lobo. “Es una mezcla de lobo con  chizú, mi sobrina se lo regaló a David. Lleva tres años con nosotros”, aclara Jhony. La energía y la gracia  desplegadas por Maxi hacen pensar a Marcos en las maravillas de la naturaleza. Marcos recuerda que fue Hernán el primero en hablarle de Maxi, la tarde (en plena pandemia) en que lo llamó a preguntarle por Natalia Pikouch. ¿Qué tiene que ver Maxi con Natalia? Esa cosa de lobo, de “chizú” que dice Jhony. Eso es de por allá, de donde era Natalia, piensa Marcos. ¿Natalia revivió en Maxi? Vaya uno a saber. Hoy Hernán cuenta a Jhony sabrosas historias sobre Natalia. A veces comparten un café en el mall de Carlos E. Maxi es uno de esos seres dulces, que se hacen querer, como Natalia.

Jhony invita a Marcos a pasear por la unidad, toman un tinto, luego avistan al frutero (al que apodan el Guerrero) y se quedan conversando con él. Todo un personaje este hombre. La imagen del profesor Hernán, como un nimbo de gracia,  gravita por esos lugares. Marcos puede sentirla. Jhony sufre un repentino mareo, se sienta en la raíz de un árbol, suda frío. Seguro es el azúcar. El Guerrero le ofrece un banano: “consuma potasio, eso le sirve”. Pero Jhony lo rechaza. Entonces Marcos recuerda el número atómico del potasio, el 19, y recuerda el signo, la K. Y por ahí llega a Kafka.                    

 


lunes, 8 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.9.)

*Hernán parecía saborear sabrosas uvas al pronunciar el nombre de Robert Graves. Hablaba de los mitos griegos y se le hacía agua la boca. Era como si dijese “Robert Grapes”. “Grape” es “uva”  en inglés. Las uvas de la ira, (The grapes of wrath), esa novela de John Steinbeck. Robert Graves, un experto en Grecia. “Grave” en inglés es “tumba”, un hueco en la tierra donde depositan un cadáver. Schliemann, otro amante de Grecia, arqueólogo alemán, descubridor de las ruinas de Troya, y más tarde las ruinas de Micenas. Bautizó a sus hijos con nombres griegos: Agamenón, Andrómaca.  La promesa jurada entre María y su amiga Ana (habían sido compañeras y amigas en la u, ahora Ana estaba radicada en Suecia): que llegado el año 2000 viajarían a Grecia, cada una por su lado, María desde Medellín y Ana desde Estocolmo, y se encontrarían ante el Partenón. El sueño romántico de Grecia, los tesoros arqueológicos, las islas paradisíacas. Quizás fue escuchando las disertaciones de Hernán como las amigas se enamoraron de Grecia. Quizás también leyeron los libros de Robert Graves, que en ese tiempo estaban en boga. Robert Graves, longevo, murió a los 90 años, en Deyá, España. Se cuenta que los objetos que más amaba eran una escultura etrusca y un anillo hallado en las ruinas de una ciudad celta. Un día un loco drogado entró a su casa y destruyó cuanto encontraba a su paso. Sereno entre el estropicio de valiosas pertenencias, Graves dijo “no pasó nada”, al constatar que su escultura etrusca estaba intacta. Llegó el 2000, pasó y dejó atrás sueños y supersticiones. El mundo no se acabó, como creían muchos. María y Ana no dieron cumplimiento a su anhelado viaje a Grecia. Al egresar de la u, María no se vinculó al magisterio oficial. Trabajó, ocasionalmente, como promotora de lectura y como profesora en algún instituto privado. Su pareja era un profesor estatal con quien llevaba viviendo muchos años. Alguna vez, por allá en 1993, Ana vino de paseo a Medellín, y las dos amigas se enrumbaron. Como que se les iba la mano en la rumba, porque el marido de María ya estiraba jeta y se preguntaba cuándo se marcharía Ana. María y Ana se escribían cartas. ¿Qué carácter revestía su correspondencia? Cierto día Marcos llegó a Troncos y encontró a María leyendo una carta de la sueca: dos hojas manuscritas en tinta azul por ambas carillas. La caligrafía de Ana era esmerada, de caracteres parejos. Marcos fisgoneó. Aída había iluminado con resaltador dos líneas donde Ana le consultaba sobre una bibliografía. Quería saber algo sobre un texto de hermenéutica de Robert Jauss. Marcos advirtió en la carta la franqueza y el afecto de una relación femenina. También notó cierto aire libresco. ¡Cartas transatlánticas! Lo más al norte en el Atlántico que uno pueda imaginar, Suecia, desde allá le escribía Ana a María. La reina Cristina de Suecia, mecenas de Descartes. ¡Esos hielos! Claro, Ana volvía al trópico y quería desquitarse. Su estada en Medellín duró tres meses (con ocasionales y breves paseos a la costa y Bogotá). María la alojó en su casa. Se desbocaron a tal modo que no querían parar, noche sobre noche bebiendo, trasnochando. Con razón el marido de María renegaba. Este no tenía tiempo para sumarse a las andadas de las amigas, debía responder por su trabajo. La llegada de Ana coincidió con el fin de semestre y de la carrera de María. Doble motivo para festejar. Quién sabe si Ana había ido a Grecia por su cuenta. Ana interrumpió la u y se fue a Suecia a trabajar. Pero no había dejado de estudiar. Si hasta tenía tiempo y cacumen para editar una revista de filología. Al despedirse, María y Ana partieron en dos una lámina de chocolatina (tesoro que no tenía precio) y cada una guardó su mitad con el fin de que, cuando volvieran a encontrarse en Grecia, unieran los dos hemisferios de la estampa. Era un simbolismo que significaba la plenitud inmortal de su afecto. Llegó el 2000, pasó y dejó atrás sueños y supersticiones, la vida corrió, y quién sabe si el afecto entre las dos amigas conservaba el calor, si la amistad mantenía la tibieza entre rescoldos. Quién sabe si Hernán, en las brumas de la vejez, es consciente de las pasiones y los sueños que desató con sus peroratas, cómo elevó las vidas de tantos jóvenes a las esplendentes alturas de los mitos. Quién sabe qué ha sido de las dos mitades del cromo de chocolatina, si todavía aguardan, en manos de sus poseedoras, la ilusión del Partenón.                      

domingo, 7 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.8.)

*Troilo se había ido al cielo de los caninos. Allí seguía Charly, el viejo compañero  de un senil que vivía con un hermano (otro veterano, aunque menor que Hernán, quizás también solterón) , al cuidado de una mucama. Charly, el incondicional de este septuagenario profesor perdido entre las nieblas de la memoria, el desorden de sus libros y el abandono de los amigos, que cada vez son menos (dos o tres fieles se han vuelto remisos). Un Snauser que, más que mascota, es ya un hermano en la lucha con los días, un cómplice en el arte de hurtar instantes a la belleza (la visita de un amigo, un café, una plática libresca).  Charly está con él desde hace quince años, desde el tiempo en que vivía en la plazoleta de la Inmaculada. Un anciano que lleva veinte años tiranizado por una enfermedad huérfana, un dolor en las piernas crónico, que remite muy rara vez. La soledad es la cruda evidencia de estos días duros. La memoria recuenta los amigos que tuvo, los que se fueron, los que persisten. Sus alumnos de la universidad. El más cercano por esta época es Jhony, que vive a escasos cien metros de su casa, en los mismos bloques de apartamentos. Descubrió que Jhony era su vecino de una manera impensada. Un vendedor de frutas pasaba pregonando sus productos por el barrio. El viejo profesor se percató un día, en ejercicio de su paseo matinal por el sector y de su cinegética habitual en los palos de guayaba, de un hecho sorprendente. Había un perrito que remedaba el vozarrón del frutero, que respondía al grito del hombre con un aullido hermoso, elevando en el aire una hermosa curva sonora. Incapaz de resistir la maravilla, siguió al perrito. Al girar la esquina, se dio de bruces con el dueño del chucho, que lo llamaba al orden: “Maxi, ven acá”. “¿Se llama Maxi? ¿Usted es el dueño de esta preciosura? ¿Me deja verlo de cerca? ¿Me permite acariciarlo?” “Sí, profesor”. “¿Y cómo sabe que soy profesor?” “Usted me dio clase en la universidad”. Así se reencontró con Jhony, su alumno del curso de Literatura griega de muchos años atrás.

Para Jhony fue un placer volverse a ver con el viejo maestro que les exaltaba las delicias de Safo y las insolencias de Arquíloco, que les hacía sentir un temblor de elegía al hablar de la muerte de Byron en Misolonghi (¡luchando por Grecia!). Jhony quedó admirado de la lucidez de Hernán, del vigor de sus cuerdas vocales, que le conservan la voz llena de vitalidad, suelta, rebosante de amabilidad. Esa voz grandilocuente y efusiva, que despliega su poder de seducción ante el mínimo acicate.  Esa voz que es hinchada y loca como la de una mujerona histérica y embellecida a  su vez por un veteado de dulzor, por una pátina de cansancio y de fiereza. Esa voz que es recuerdo y es presente, una realidad material con un sustrato eternal. Al menos así le parece a Jhony al escucharla.

Jhony vivió toda la vida en Castilla. Al terminar la universidad y convertirse en maestro, se unió a su compañera de siempre y se mudaron a vivir a Carlos E.  Tenían un niño, David, al que era preciso rodear de un ambiente social agradable. Qué molicie la charla y el café compartido con Hernán, hablarle de su novela (Tribulaciones de un punk), dársela para que la lea y la critique; lo mismo con sus poemas, sus ensayos y sus crónicas aparecidos en diversas publicaciones. Para el profesor también era ameno hablar de los tiempos de la universidad, de sus amados alumnos. Ahora tenía noticia de solo dos o tres. Gallo, que lo visitaba mucho, se había ausentado. Ahora cursaba un posgrado virtual. Hernán había olvidado las canalladas de este, el burdo robo de la olla express. Y el otro, Juan Mario Sánchez, que había publicado dos novelas y dos poemarios, había tenido que irse del país por sus críticas al gobierno. “Se le fue la mano en sus ataques”. Sí, Jhony  se sentía feliz platicando con el añoso profesor, trayendo a colación autores y libros, disfrutando del aire tranquilo y cómodo del sector, donde la vida discurría por cauces ordenados y pulcros. Se sentía feliz sintiéndose un privilegiado. Qué suerte haber librado a su hijo de la crudeza de Castilla, una comuna popular con un historial de violencia; poder matricularlo en un colegio privado e inscribirlo en una  escuela de fútbol y poder patrocinarle un viaje a Europa. En fin, hacerle la vida holgada. 

Charly y Maxi eran a menudo objeto de conversación de maestro y alumno, que narraban, cada uno a su turno, el currículum vitae de sus mascotas, las curiosidades de su carácter, las atenciones del veterinario, y las anécdotas dramáticas o risibles que habían protagonizado. Sin falta, cuando sus piernas se lo permitían, Hernán sujetaba del collar a Charly y le daba el paseo rutinario; en caso de sentirse mal, delegaba la tarea en la mucama. De igual mimo gozaba Maxi por parte de Jhony. Era cosa frecuente para los vecinos del barrio ver al antañoso profesor salir con el perrito, llevarlo de la correa, sorprenderlo tratando de alcanzarse las guayabas de los palos de la zona verde, y entendían la chochera del senil. Porque un hombre con una pensión millonaria solo podía entregarse a esa faceta de pájaro frugívoro por desquiciadura del caletre o sentimentalismo de la nostalgia. ¡Una guayaba! Lo que podía costarle una guayaba, un lumbago, o descaderarse. Por puro capricho, porque debía mantener su despensa bien surtida, la nevera a reventar de frutas. Esos viejos profesores universitarios salían con una jubilación envidiable. Por eso Hernán siempre había sido un anfitrión de quilates, que atendía a las visitas con regalo. Y de esta bondad hacían presa los aprovechados como Gallo. Jhony era de otra índole. Un tipo sencillo, honrado y cálido. Tenía dotes de pintor, amén de la vena de escritor y poeta. Todo un Hans Sachs, prescindiendo de las galas de meistersinger, dramaturgo, actor, y compositor. Y claro, prescindiendo también de la adscripción luterana. Jhony no tenía confesión religiosa, y amaba el fútbol de vieja data. Muchos años después de graduarse, todavía se citaba en la universidad con una gallada de egresados, jugando un picaíto y entregándose, luego, a las dulzuras de Baco. Expansiones en las que a veces se le iba la mano, como a Jorge Mario con los denuestos contra el partido de gobierno.

Un día el conocido vendedor de frutas dejó de pasar por el sector. Pero muy pronto fue remplazado por otro, que no gritaba tan fuerte, pero al que Maxi se apresuraba a imitar. Tal vez en una vida anterior Maxi fuera un expendedor de frutas o un meistersinger, al estilo de Hans Sachs y los cantores de Nuremberg. Sean lo que hayan sido en sus distintos avatares, tanto Maxi como Charly, independientemente de la religión de sus amos o de la temperatura ambiente, por decir algo, cumplen a cabalidad el litúrgico impulso fisiológico de descargar sus excrementos, ante la mirada condescendiente y el íntimo aplauso de sus dueños. Qué perritos tan educados. Qué belleza.                              

 

sábado, 6 de noviembre de 2021

Hernán (Cap. 7.)

*Ese perro no es de este mundo, es lo que dice Hernán con respecto a Maxi. Tiene razón. Maxi remeda el pregón del vendedor de fruta, se enloquece al escucharlo, y lo imita con alegres ladridos. “Maaaaangoooo”, es lo que parece entonar el simpático canino, lo que consigue arrebatar a propios y extraños. Es un aullido hermoso, que produce una curva perfecta en el aire, una vocalización ejemplar. ¿Será que el amigo Jhony lo tiene en clases de técnica vocal? No sería raro. ¿Es que Maxi no merece esos mimos? Jhony debería grabarlo y subir el vídeo a Youtube. Sería todo un éxito, con seguridad. Se convertiría en tendencia. Cualquier día Maxi desaparece, provocando un drama en la familia de Jhony, y es que el frutero lo ha secuestrado para obligarlo a trabajar de pregonero. Sin duda que incrementará sus ganancias. Un perro voceando fruta con toda la técnica del bel canto. Eso no es poca cosa. Tal vez ni haya que llegar al secuestro. Maxi se va tras el frutero por su propio gusto, enamorado de la papaya y el mango, de esos deleites del trópico, pulposas y olorosas fibras que enloquecen al canino. ¿Cómo responderá Hernán a la noticia? No dará crédito a las palabras de Jhony. Acabará por asumirlo, embargado de tristeza. Ah, el pobre Maxi. ¿Por qué lo descuidaron a ese punto? Se escapó. Bueno, eso fue lo que ocurrió, dirá Jhony, desolado. Desde entonces a Hernán le parecen nimias las atenciones y regalos con que rodea a Charly. Cuán agradecido está de que a su chucho no le guste la guayaba. Si no, ya se hubiese ido a dormir al lado de uno de los palos que abundan en los descampados del sector. No vayamos hasta allá. Dejemos a Maxi y a Charly al lado de sus bondadosos amos. Los perros, como los humanos, merecen finales felices.

Hernán conserva una aureola de leyenda entre sus viejos alumnos. Arteaga se asombra cuando Marcos le cuenta que ha estado hablando con el profesor. “¿En serio? ¡No!” Sus palabras demuestran admiración y respeto por el académico. “Escribo unos recuerdos de la universidad. Hernán me ha dado información sobre Natalia, la profesora de rusa”. Entonces Arteaga le habla de las historias represadas en sus agendas, de algún cuento que le publicaron, de un encuentro literario al que asistió. Sí, hay que escribir. Siquiera le falta poco para pensionarse. Le ronda esa historia sobre William Ospina y el poeta de Copacabana. Hay que conjurarla, desprendérsela, hacerla carne en el verbo.Todavía conversa con algunos compañeros de la u, Billiam, Norberto. Se reúnen esporádicamente y hablan de literatura. El punto de encuentro es en una finquita en San Antonio de Prado, solar de uno de los contertulios. Así que de vez en cuando visita San Antonio de Prado. Claro que no tiene el comedimiento de acercarse donde su padrino, y menos donde el amigo Marcos. No hay tiempo. Ese Marcos del que admira la disciplina para escribir, que se levanta temprano, a veces de madrugada, y contiende con el ángel. Escalofriantes horas. Las sombras rondan en torno al tejedor de historias. El resuello de algún vecino de sueño cavernoso, el menor ruido, su propia sombra, le asaltan, le ponen los pelos de punta. Pero Marcos sigue allí, entre los helados dedos de la madrugada, pendiente de un apunte donde Hernán habla de la soprosine (el dominio de sí mismo) y de la areté (la condición viril, literal y originariamente marcial, lo mismo que los romanos llamaban virtus o virilidad). Esos términos, que son algo más que tecnicismos, forjaron la vida de Hernán, que galvanizó su espíritu en el fuego candente de los griegos. ¿Qué otra cosa hizo Arizmendi sino purificarse en esa llama? De la mano de Zaratustra, desafió al destino, lanzándose a lo inconquistable. Un Dionisos cantor, danzante, ebrio. Y Marcos ve a Arizmendi adornado de pámpanos, libando el dulce fruto de las vides, gozoso, desmedido. Era un discípulo del dios de la Alegría. Sus carcajadas jocundas resuenan en la memoria de Marcos. Fredy asegura que Arizmendi se jalaba su cacho, que entraba volao a griega, donde Hernán andaba más volao, en su desboque de chalado helenizante. Y eso era bello. Que Hernán, embriagado de soprosine, barbotara, como una tetera loca, su gran acervo. Y que unos jóvenes contagiados de ese fervor clásico, se entregaran, atolondrados, en brazos de Safo y de Arquíloco. Con todo y su fama de guillado, Hernán era de lo más original entre la grisura del claustro. Recordaba en algo al ilustre manchego, prevaricado el cacumen por tanta lectura. En todos estos seres conviven el idiota y el santo, pero también el soldado y el amante. Hernán era todo eso. No era raro que Arteaga se emocionara cuando Marcos le contó que hablaba con él. Era volver sobre la época del enamoramiento y los sueños. Inclinarse ante el ara de aquello que, sin olvidar sus debilidades, nos invitaba a lo supremo. Sí, ese man vive aún. Está viejo y enfermo, pero se sostiene. En su mente hay relumbrones de lucidez. Entre el vértigo de las sombras y la chochera, una dulce claridad asoma. Para nosotros, sin que hallamos entendido a fondo qué era, respondía al nombre de Grecia. Hernán sí era ese actor tragicómico. Entre la embriaguez y el dolor, se había aproximado al oráculo. Ahora, en su cuerpo senil, el joven espíritu de la cultura sabía sonreír. Quizás era esta sonrisa lo que Arteaga exaltaba con su sorprendida exclamación. La sonrisa del niño, el puente entre las tinieblas. Todavía viejo, la sonrisa de Hernán se veía hermosa. Un soñador, un iluso. Natalia lo asemejaría a la poesía. Tuvo que enamorarse de Hernán. Ella que venía de tratos con un hombre burdo que la dejó en la estacada con un bebé en brazos. Ella que traía intacto el amor por las brisas y los cantos, por todo aquello que se traducía en sílabas encantadas. Ella que todavía era muchacha, que amaba el vino y el tabaco. Oh, juventud. Soprosine. Areté.  

Hernán (Cap.6.)

*Levantada la cuarentena, el viejo profesor había vuelto a sus andadas. Jhony solía verlo dando su paseíto por el sector, sacando a recreo a Charly. Desde la acera, ante el edificio de Jhony, le hacía mimos a Maxi. Cómo andaría de contento el viejo profesor ahora que todo el mundo podía salir libremente. Jhony lo vio en compañía de Gallo. Por esos días Marcos telefoneó a Jhony y se enteró del acontecer con el veterano académico: que había estado paseando en compañía de Gallo, que dirigía cariños a Maxi desde la acera, que desprendía un aire de guardado que intentaba desalojar con  la exposición al sol, al fresco aire de las mañanas, y, sobre todo, con la cordial medicina de los coloquios con algún amigo. Jhony no había tenido tiempo de compartir un café con Hernán, sus ocupaciones eran muchas. Pero sí lo había saludado desde el balcón, al pasar. Y lo había visto con Gallo, caminando en el aire tranquilo de la señorial urbanización de Carlos E. Restrepo. Marcos los imaginó usando el tapabocas. De seguro el viejo maestro traía un pomo de alcohol en el bolsillo, que utilizaba cada momento. Eran muchos años de amistad entre Hernán y Gallo, con los naturales hiatos de tirantez y enfriamiento.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.5.)

*Gallo vivió dos semanas con Hernán. ¿Cómo fueron esos días? Gallo se manejó mal, al punto de caer en desgracia con el profesor, que le cerró la puerta de su casa. La anécdota de los hurtos de los que el huésped lo hizo objeto, eran tal vez el aspecto superficial del asunto. Quizás hubo una relación sentimental, afecto de por medio, si bien no de parte de Gallo (que se lucraba de la hospitalidad), sí por el lado de Hernán. Este siempre tuvo en alta estima la amistad, siempre exaltó la simpatía de sus alumnos de la universidad. Acaso no fuese gratuita su pasión por el mundo griego, que celebraba el amor viril. Sócrates fue condenado por corromper a la juventud, eufemismo que disfrazaba la inculpación de pedófilo. La mañana en que Marcos y Luis lo visitaron en el apartamento de la plazoleta de la Inmaculada, la borrasca estaba fresca. Hernán les contó que había desactivado el timbre, con el fin de evitar algunas visitas molestas. El teléfono le ayudaba a manejar  la logística. Acordaba con el visitante la hora en que se presentaría y oteaba su llegada desde el balcón. A veces esperaba en la acera, fumando un cigarrillo.

Quince días son dos semanas; una semana tiene siete días; un día son veinticuatro horas; una hora, sesenta minutos. ¿Cómo sería el minuto a minuto de la vida del profesor y el alumno? ¿Hernán le dio llave? A lo mejor, no. Puede ser que Gallo sólo fuera a dormir. Hernán delimitaría un horario. Me acuesto a las diez, y esas cosas. Debió desvivirse en cortesías, porque era de natural solícito. Demás que puso a las órdenes del huésped la despensa, el baño, la biblioteca, la mesa de estudio. De seguro que hasta le daría plata para los pasajes y los frescos, presumiblemente en calidad de préstamo. Hernán era un alma de Dios. Ya pensionado, se sentía bien en el rol de autoridad intelectual con los ex alumnos, que lo buscaban y le consultaban en materia de literatura. Jamás se negaba a asesorarlos. Los invitaba a su domicilio y les hacía sentirse bienvenidos. Desplegaba ante ellos la profusión de sus conocimientos y la extraordinaria singularidad de su carácter. Luis opinaba que las personas inescrupulosas solían abusar de la bondad de Hernán. Hernán no se casó ni tuvo hijos. Desfogaba en sus ex-alumnos y amigos la solicitud de un padre. Gallo tendía a la inestabilidad emocional y estilaba un temperamento ardoroso. Se había obstinado en sabotear la ceremonia de graduación, demostrando que le importaba un ardite el cartón de licenciado. El auditorio estaba lleno, el protocolo avanzaba y Gallo, vistiendo un atuendo de diario, envuelto en un aire de insolencia y provocación, se sentó en las gradas y observó con befa el desarrollo del acto; luego se levantó con vehemencia y, ante el desconcierto de la sala, lanzó una carcajada estruendosa, saliendo de inmediato. ¿Por qué lo hizo? Parecía un ser desequilibrado. Sus compañeros de promoción guardarían el recuerdo de semejante exabrupto. Era un hombre de amores y odios intensos. Marcos le conoció dos novias en la época de la universidad. Con la segunda, Mirian, tuvo una relación apasionada y tempestuosa. Tuvieron una hija y, al cabo de unos años, se separaron. Gallo se descontroló a tal grado que lo internaron en una clínica de reposo. Por ese tiempo tuvo un accidente en una moto, vivía con la mamá. Una vez, Marcos lo vio en el metro. Viajaban en el mismo vagón, pero en extremos opuestos. Marcos se sustrajo una migaja en su asiento, evitando ser reconocido. Había en el rostro de Gallo tal aspecto de guillado que daba miedo. Iba de aquí para allá, en un corto espacio, con un gesto exaltado y perdido, estallando en sordas exclamaciones. Los pasajeros se pusieron en guardia. Marcos agradeció que Gallo bajara en la estación siguiente. Como amigo, solía ser impulsivo y cálido, de una lealtad sin reservas. Así era Gallo. Con Hernán era otro cantar. Había faltado a su confianza. Quién sabe qué había ocurrido realmente entre los dos. Tras un contubernio de quince días, tal vez había salido a flote lo más sórdido. Una cosa es la simpatía, otra la convivencia. Gallo comenzó por robar los jarrones de porcelana, siguió con los libros costosos y terminó con la olla express. ¿Habían descrito los sentimientos la misma curva infame?                      

lunes, 1 de noviembre de 2021

Hernán (Cap.4.)

*Luis aventó la voz hacia arriba. Hernán había hecho quitar el timbre. Estaba pendiente de la visita y, al oír la voz de Luis, miró por el balcón y bajó a abrir. Luis le contaría después a Marcos que Hernán había quitado el timbre para librarse de las incordiantes visitas de Gallo, un amigo algo manilargo, que le había robado varias cosas, la última, el DVD. Hernán abrió con la llave, como es frecuente en los edificios, y tornó a cerrar la puerta. Subieron (en este orden, Luis, Hernán y Marcos), por una escalera muy pegada a la pared, estrecha y algo oscura. Hernán vivía en el cuarto piso. Al llegar, le cedieron el paso al anfitrión y oyeron las voces de los perros, las mascotas del profesor. Eran un Snauser y un chucho ordinario, negro, de pelo amarillo en el vientre y que, según les contó Hernán, encontró en la calle. Parecía una perrita, obesa y bajita. En el recibidor desnudo había dos cocas verdes, vacías, para el alimento a los perros. Al fondo de esta sala, junto a la salida a la terraza y a la ventana en el muro, estaba la mesa, con mantel e individuales de tela con girasoles estampados. Se veía que Hernán estaba estudiando o se disponía a hacerlo: un libro voluminoso y unas cuartillas ocupaban un ángulo de la mesa. En el lado opuesto se hallaba la novela El olvido que seremos. Una botella de vinagre y una bolsa con aromáticas también tenían su lugar en la mesa, lo mismo que las gafas de Hernán, recuperadas de las mandíbulas de Charly (el Snauser), luego de que Luis lo descubriera mordiéndolas y le avisara a Hernán, que se levantó y lo persiguió hasta la terraza. “¿Cómo las cogió?”, repetía, simulando enojo con Charly. Un cadmio descansaba sus ramas en la pequeña terraza iluminada por la luz de la mañana. En la plazoleta frente al edificio campeaba el monumento a un monje. Un indigente dormía contra la base, presumiblemente ajeno a la charla libresca de estos hombres, sino es que, en sueños, participaba de ella, siendo el más acalorado interlocutor. Hernán se sentó con aire pontifical ante el libro voluminoso: un hombre avejentado, de cabello canoso pero todavía espeso y vigoroso; de ojos expresivos con escleróticas limpias, dientes postizos que daban a su rostro y sonrisa una expresión tirante; cuerpo menudo, como el de un muchacho de dieciséis años. El leve y picante aroma de los cadmios (tan leve que acaso fuera sugestión) entraba a la sala por la terraza. Una tropa de ellos acordonaba partes de la plazoleta. Dos estantes, en las paredes junto a la mesa, estaban repletos de música clásica y libros en menor cantidad. En la pared opuesta, por donde discurría el zaguancito interior hacia otros cuartos, había otra estantería llena de libros. La casa tenía muebles y decoración a la antigua, aunque no muy recargada: los jarrones y un espejo (en el baño) mostraban esta cara antañona, que era señal de gusto elegantón. En una pieza vacía, unos cuadros que reposaban en un sillón hablaban de una vida donde faltaba la mano femenina o la diligencia viril.

Un tema candente usurpó el lugar al propósito inicial de la entrevista con el profesor (que serviría de asesor a Marcos en un concurso literario). Hernán habló de Gallo. Contó cómo este le había robado, luego de que le dio posada por quince días. Le hurtó libros, un jarrón italiano (de porcelana), un jarrón chino (regalo de una amiga, ¿Natalia?), y hasta la olla express. “Deshonró la estética del robo. Empezó por objetos caros y acabó con una vieja olla a presión”, dijo Hernán, irónico. Lo que Hernán ignoraba era dónde fueron a parar la mayoría de sus libros (algunos los compró de nuevo): a la biblioteca de Julio, que era pintor y que era amigo de Gallo. “Es un canalla”, comentó Luis. Y añadió: “A Hernán le han pegado unas tumbadas. Fió a alguien en un crédito de varios  millones, a otro en el de una moto, y le tocó pagar ambas cosas”. Luis consideraba que Hernán era un hombre indefenso y le enojaba que abusaran de su bondad.

Hernán les contó que había puesto Charly al Snauser por Charles Dickens y por Charles Chaplin, asimismo por el libro de John Steinbeck, Viajes con Charly, donde “Charly” es un chucho. El criollo se llamaba Troilo. “Algún día les cuento la historia de cómo lo conseguí”, les dijo. “Les adelanto una migaja. Su nombre es un homenaje a la obra de Shakespeare, Troilo y Crésida. Y también al perro de Antonio Gala, escritor catalán de mi agrado”.                

Unos días después, Marcos telefoneó a Hernán para dictarle su teléfono. Había aceptado ser su asesor, y el pupilo consideraba importante que el profesor tuviese su número. “Me anticipo a informarle que estoy bastante indispuesto, que hoy no puedo recibirlo”, dijo Hernán. Por la cabeza de Marcos no había pasado la idea de visitarlo ese día. Sólo quería dictarle el teléfono. “El único estilográfico que tengo no lo veo por aquí. Llame de aquí al lunes, mientras tanto ya habré encontrado con qué anotar… Los cuentos ya están leídos. Me gustaría leer también sus poemas. Llámeme el lunes, entre las ocho y las once”. Marcos sospechó, de la reticencia de Hernán, que no le habían gustado los cuentos. O se reservaba el comentario para después. Esperaba un dictamen favorable de al menos dos o tres de ellos. Eran once. Hernán le había adelantado: “soy un juez severo”. Aun así, Marcos confiaba en sus cuentos. Se preguntó en qué mundo vivía Hernán, si no encontraba un lapicero con que anotar un número. Bromeando, Luis solía decir que los genes del profesor eran duros. Ni el Diablo Rojo, ni el cigarrillo, ni el azúcar le hacían mella. Tenía en su haber varios intentos de suicidio por el socorrido recurso de beber Diablo Rojo. Fumaba como un indio y endulzaba el café con una seguidilla de cucharadas de azúcar. Fórmulas para una muerte segura. Pero Hernán resistía al poderoso químico y a la exageración con el café y la sacarosa. Su biología buscaría otra forma de pasarle cuenta de cobro.

Marcos lo visitó el miércoles. Hernán estaba apostado en la acera frente al edificio, esperándolo. Marcos reparó otra vez en su figura menuda y fina, como la de un muchacho de dieciséis años, con algo de danzarín o torero.  Pero era un veterano y su fisonomía delataba nerviosismo, excitación temblona.  El gesto de encender el cigarro y sostenerlo en la mano se había vuelto característico en este hombre de aspecto frágil. En su rostro se dibujaba un rictus producto de su carácter nervioso, una sonrisa inestable, tensa, entre verdad y mentira. “Es San Juan Bosco”, le explicó, cuando Marcos le preguntó sobre la estatua del religioso que dominaba la plazoleta de La Inmaculada, al lado de la cual se erguía el edificio donde moraba el profesor. Habló pestes del Bosco, que predicaba el castigo como elemento pedagógico. “Fue quien perdió a Santo Domingo Savio, que fue su alumno y que murió a los diecisiete años”, sentenció.

“Los cuentos tienen algunos problemitas, me adelanto a decirle”, confesó Hernán al cerrar el portón del edificio. Los ladridos de los perros encerrados en el apartamento les acompañaron en su ascenso por la escalera, disparando la inquietud en Marcos, que sintió fastidio de los chuchos. El dictamen adverso de Hernán con respecto a los relatos le había agriado el momento. Pero su prevención era razonable, pues nomás entrar los animales se le echaron encima, ladrando, inofensivos, encaramando patas y acosándolo con sus trompas húmedas. Fue a sentarse a la mesa, para desprendérselos, mientras Hernán los reñía débil, infructuosamente, sin ninguna convicción. Marcos recordó los latrocinios de Gallo y comprendió que Hernán, como amo de mascotas, profesor, padre o amigo, no podía ser más que un alcahuete.

Qué estampa de hombre, Hernán: una manta vieja y unas cocas volcadas en el recibidor mostraban el desvelo por sus perros (sus compañeros), Charly y Troilo. Estos se aquietaron y (quizás por la grisalla de la tarde lluviosa), cansinamente, se echaron por ahí, como piezas decorativas. Sobre todo Charly. Troilo desapareció. Con soñoliento sosiego, recostado a la pared, al lado de la ventana, acompañó el Snauser la charla de los dos hombres, mientras en la terraza el piso enmohecido y las lozanas ramas del cadmio eran azotados por un aguacero. Un aire misterioso acogió al viejo profesor, a Charly  y al pupilo. Marcos se prendó de esta imagen, prometiéndose conservarla: la ciudad empañada, lluviosa, como una postal caliginosa, y el tríptico animal en la calidez de la habitación. Algo íntimo se remansó allí.    

Hernán bebía café. Le ofreció a Marcos, pero él no aceptó. Entonces el profesor fue adentro y le trajo una avena en bolsa y un paquete de galletas wafer. “Me gusta atender a las visitas con un mínimo de cortesía”, dijo. Su vozarrón apasionado criticó los cuentos de Marcos, pero alabó sus poemas (este había llevado algunos), que leyó en voz alta. A continuación le enseñó cuatro de sus propios poemas (“corregidos por cuatro meses con meticulosidad flaubertiana”) y le pidió a Marcos que los leyera en voz alta. Marcos accedió.

Hernán le acompañó a la salida. Bajaron la escalera en compañía de Charly, que Hernán trató inútilmente de dejar encerrado. Troilo no apareció para la despedida del visitante. Estaría durmiendo en un rincón. Hernán volvió a explicarle otra vez a Marcos (las lagunas de la memoria eran pan del día) el por qué de los nombres de sus mascotas. Le dijo que podían reunirse cuando quisiera: salvo las consultas al odontólogo (por estos días se sometía  a un tratamiento), solía estar en casa. Le indicó dónde se cogía el bus. Conteniendo a Charly de traspasar el enrejado del portón, salió hasta la acera, donde le había aguardado al llegar. “Sí, Hernán es de una amabilidad señorial”, se fue pensando Marcos.