Hacía tres años me había graduado de la u. Ocasionalmente seguía yendo allí, sobre todo a trotar y a consultar en la biblioteca. Por lo general iba en las tardes, después del trabajo en el colegio, y también algunos sábados. Una de aquellas tardes, hallándome en la biblioteca, avisté a Mónica del Valle, que todavía penaba en la academia. La vi de lejitos. Yo consultaba el catálogo, ella estaba en un extremo de la sala de estudio, con su blusa malva. Nuestras miradas se encontraron. Cambiamos un saludo quedo, superficial, que yo sentí frío. Luego me acerqué a saludarla. Expresó la calidez sonreída que es habitual en ella. Adelantaba una investigación de Terminología, una materia del pensum, me dijo. Se trataba de una reformulación de la gramática de Bello desde la necesidad de la literatura inglesa.
Por estos días he vuelto una o dos veces a la u. Pero la verdad es que, durante los últimos años, había tenido con ella un extenso hiato de distanciamiento. Ya no hay mesas de estudio en los corredores del contorno del Museo, ni en el andén oriental de las afueras del Camilo, ni en el corredor frente a la entrada de la biblioteca, sitios donde solía sentarme, que tantas veces me recibieron con su tibio hálito. Las han acomodado en otros lugares: hablo de las mesas de estudio. Ahora las hay en la parte baja de la fachada de la biblioteca (frente a Troncos, al lado izquierdo de las escalas que comunican a la explanada y al estanque). Ahí me senté a estudiar en esta ocasión, al amparo de los grandes afiches de pensadores y escritores que adornan esa parte del muro del frontis. En la cara sur de la muralla de la biblioteca luce un gran telón con la imagen y una frase de Carlos Gaviria. No recordaba que la biblioteca universitaria lleva el nombre de Carlos Gaviria Díaz. Esta vez me cercioré del dato. Por estos días acompaño a mi esposa a una clínica del centro a que le apliquen una droga intravenosa. El procedimiento es semanal y tarda dos horas. He aprovechado este hueco, mientras mi esposa está acostada en la camilla con una cánula en la vena, para venir a la u y sumirme en la nostalgia.
"Terminología", la materia que Mónica del Valle veía en aquellos días de 1996, cuando daba los últimos sorbos del pregrado (sorbos que a muchos nos saben amargos y fastidiosos), me hace pensar en la situación vital en que muchos nos hallamos, en cierto momento, frente a la u: con ganas de "terminar". Yo ya había terminado, y Mónica del Valle estaba a las puertas de hacerlo. Extrañas materias, que el grueso de la gente ignora que existan: Terminología. Recuerdo que años atrás, cuando aún cursaba la carrera, me matriculé a un curso no obligatorio: Profetas. Mis gustos o mis caprichos me animaban a matricularme en cursos ajenos al plan de estudios. Es así como un semestre asistí a Apreciación Musical, otro a Inglés Básico (nuestro pensum establecía Inglés Diversificado). En cuanto a Profetas, siempre he leído la Biblia, y esos tipos como Elías y Eliseo, así como Isaías me traían guillado. Aún hoy conservo en mi billetera un papel con un versículo manuscrito de Isaías. El papel era más grande; lo doblé y, con los días, se ajó y se partió. Perdí una de las partes. La que me resta dice: "no temas... contigo...no te asustes...yo te doy fuerza y te sostengo con mi diestra".
Mónica del Valle era un amor. Estudiaba Inglés. Fue novia de Gallego, un condiscípulo nuestro. Se pasó a vivir en el edificio contiguo al mío, en Bello. Yo le presté un colchón. Solo la visité una vez en que regresaba de jugar fútbol, un domingo. Me senté a charlar un rato con ella (Mónica en el rellano, yo en las escalas). Una noche me contó que se pasaba, que volvía a vivir con sus padres. Me entristecí. Mónica vino cargando el colchón, con el objeto de devolvérmelo. Corrí a recibírselo, para ahorrarle incomodidades, tan pesada carga. Casi no me lo da, quería traerlo hasta la casa. ¿No era adorable? Yo se lo quité y me quedé hablando con ella en la acera, tan amenamente. En el cielo resplandecían las estrellas. Mónica me dijo: "estoy revisando unos trabajos de mis alumnos" (trabajaba de profesora, como yo). Me hubiese gustado hablar un buen rato con ella, pero no me atreví a proponérselo. Estuvimos de acuerdo en que el afecto familiar hace falta; la carencia de este en los meses que llevaba independiente, era uno de los motivos de su regreso al redil hogareño. No estoy seguro, pero mi distancia de Mónica se debía al hecho de que era la novia de mi amigo. "Terminaba" pues ese lapso de vida alejada de los padres, de desafíos, penurias, angustias. Volvía a casa. Ahora pienso que acaso fue la época en que ella "terminó" con Gallego.
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