jueves, 10 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 3.)

*Por los días en que Marcos iniciaba la carrera de español y literatura, tuvo un compañero de clase llamado Iván Arizmendy Posada. Un sujeto indolente, gran lector, amante de las letras, a las que se dedicaba con apasionamiento y disciplina. Amaba a Borges y estaba escribiendo un ensayo sobre éste. Iván citaba con frecuencia la obra borgiana, y vivía absorto en ese mundo de tigres y espejos, de sueños y literaturas exóticas. Medio en broma, recurriendo al paralelismo con Borges, decía que él también batallaba con su Estela Canto. Tenía novia. Era de esos amantes que abrazan a su amor al ir por la calle, envueltos en un aire desinhibido, en una burbuja de arrebato y dulzor. Iván tenía piel clara, estatura sin realce.Era un muchacho extrovertido. Se notaba que tenía más años y experiencia  que el resto de la camada,  aunque no debía rebasar los veintiséis. Manaba de él un aura excéntrica, algo antañón, de vida bohemia y vigilias arduas. Parecía un eterno trasnochado. Daba la impresión de no haber dormido por noches.  Se desplazaba con movimientos rápidos, largas zancadas, brazos agitados. Su insolencia contra el mundo se apaciguaba en el contacto con los amigos. Era versado en muchos temas, conversador; su carácter se expandía y estallaba en fáciles y jocundas carcajadas. Tenía una personalidad atrayente. Convertía en ágora el sitio en que estuviese disertando, ya fuese una jardinera de la explanada de la u, un café de barrio o una banca del bus. Su barba crecida y sus ojos brillantes convocaban escuchas, de los que se constituía en centro de atención. Pronto ganó predicamento entre los compañeros. Era una porra en inglés, materia en la que se había preparado de manera autodidacta. El pensum de los estudiantes de licenciatura en español contenía tres niveles de inglés diversificado, basado en la comprensión lectora, más que en las estructuras profundas de la lengua. Iván volaba en  esta clase.  No presumía de esta ventaja sobre el grueso de sus condiscípulos. Era servicial y se reía de todo. Desprendido con los libros, siempre estaba dispuesto a prestarlos. Una semana se le veía afeitado y, a la siguiente, se paseaba de nuevo con la barba llena, que le daba una apariencia austera y sabihonda. Marcos no entendía el efecto que la clase de Psicología obraba sobre Iván, porque allí guardaba un silencio supersticioso, como si temiera meterse con Freud, Lacan y Jung. Tal vez por su costumbre de trasnochar, siempre iba un poco descuidado en el vestir y con señales de estrago físico. Vestía con modestia, pantalones de ancha bota y camisas manga corta, de géneros más bien escandalosos; calzaba tenis. No cargaba mochila. Iba de aquí para allá con un cuaderno  barato en la mano y a veces sólo con un libro. Vivía en Bello. En sus caminatas íngrimas por calles despobladas, Marcos se había cruzado varias veces con Iván. Una tarde lo vio muy acaramelado con la novia, caminando por el borde de una avenida despoblada, en una atmósfera de intensa pasión. También habían coincidido en el tropel de las tabernas, atraídos por el embrujo de la salsa y el licor. A veces Iván andaba solo, con traza de despechado, con una botella de aguardiente en la pretina. Antes de que Blandón exhortara a Marcos a participar en concursos literarios, Iván ya había encendido en él esa luz. Iván le hacía acordarse de Óscar, ese compañero de décimo, escritor declarado, que llevaba al salón una libreta atiborrada de historias. Marcos se había sentido perplejo por la temprana vocación de Óscar, y por la seguridad de su decisión. Era un muchacho tímido, callado. Al ver que Marcos iba en la misma línea de búsqueda, le confió sus escritos. Marcos se encontró gratamente sorprendido y, desde ese día, lo consideró un amigo. Iván les había contado (a la entrada del salón de clase o en la jardinera bajo el laurel) de su mención de honor en un concurso de cuento, de sus desvelos ante la hoja en blanco, de sus fiestas y tormentos con el lenguaje. Su desparpajo era contagioso. Entre ostentación y chanza, soltaba chorros de palabras sinónimas, exhibiendo su dominio del idioma, tan importante a la hora de vérselas con la escritura. En el recuerdo de Marcos se fijaba una imagen: la singular figura de Iván en medio del corrillo de amigos departiendo un tinto en Kokorico. Al hilo de la plática, Iván ensartaba una palabra y en seguida pronunciaba, risueño, suelto, los sinónimos correspondientes. Gozaba con esta destreza lingüística, en la que no había petulancia, sólo diversión y agudeza. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario