sábado, 19 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 9.)

*Arizmendy y su cuento El sueño perdido; Gildardo y el suyo, Una sombra en la penumbra; Luis y su mujer, que fue novia de Gildardo. Es el cuento de Luis, El hilo, o mejor, su poema, Anáfora del agua. Y está esa otra mujer, Diana Bernal, con su cuento Háblame en silencio, texto al que el amigo de Estefanía (ese Marcos) no cesa de apabullar. ¿Es esa mujer del cuento de Gildardo la que sufre en el cuento de Arizmendy? Pero en el cuento de Arizmendy es el muchacho quien sufre, quien espera en vano el sonido del teléfono. Es “esa mujer anhelante, aguardando la periódica visita de su novio, en el aire de una sensualidad compartida, en la penumbra de una casa (su casa, la de la mujer) donde los bombillos encendidos fastidian la tranquilidad de los padres”. Esa mujer es Estefanía, la madre de Celeste, con su divorcio de un hombre que la golpeaba, con su noviazgo y su idea de romperlo, con su cuadro clínico de ansiedad, con su oficio de profesora de primaria y su relación con Selene, la alumna ciega, con su furor uterino y su desdén por los escritos del amigo. Estefanía es una mujer un poco histérica, irritable. También se le intuyen asuntos lésbicos (su grupo de amigas) y trágicos (la amiga a la que asesinaron en el bus, de regreso de una obra teatral). Es el personaje masculino del cuento de Gildardo, que vive sobrecogido por la violencia que azota a la ciudad. Y está además el poema de Jhony a Teresa, iniciadora de amores. Bueno, y el cuento de Elvia Cecilia, sobre la historia de Marta Luz. Luis no recuerda a Arizmendy, no lo conoció, no lo trató. Pero en esta trama de locura, se reconocen, los ata una mujer. Esa mujer, Estefanía, que de pronto cae en periodos de silencio, apartándose del amigo, negándose a responder a sus mensajes. Todo porque cualquier cosilla la ofende. Porque el amigo habla poco, porque ella quiere hablar y ser escuchada. No es amiga de los monosílabos. Y el amigo se pregunta (también esta es una causa de su ir soltando), si ella gusta de la lectura, ¿por qué se ha mostrado indiferente ante los escritos de él? Él le ha hecho más que una insinuación con respecto a ellos. Pero Estefanía se muestra ajena, descortés, fría. ¿Qué hay tras esa frialdad? Es extraño. Porque ella ama la lectura, es lo que afirma. Ama leer para sí y a los demás. En varias ocasiones le ha leído a él apartes de la novela Una mujer de cuatro en conducta, su libro favorito, la historia de Helena, una campesina de Santa Elena. Él le compartió su blog literario, le compartió su libro de cuentos, le compartió la  obra pedagógica con la que ascendió en el escalafón docente. Sólo por esta última demostró una pizca de interés, sin que la cosa pasara de ahí. Tiene demandado al ex marido. Este se consiguió una novia y se fue a vivir a Bogotá. Gildardo, Luis, Arizmendy. Y siempre esas historias de amores. A Gildardo no se le da nada que Luis se haya quedado con su novia. Cosa que no ocurre con Arteaga, que se distancia de Luis por líos de faldas. Las faldas siempre andan por allí, metiendo ruido, intoxicando el cerebro de cuanto incauto se cruza en el camino. Madre y padre veinticuatro siete, así le toca a Estefanía. Y esto la mantiene al borde del estallido. Y Estefanía afirma que si le descubren una enfermedad grave, se manda mudar. ¿Fue eso lo que hizo Arizmendy? En el que menos se piensa laten instintos suicidas. Estefanía tiene 36 años, y su hijita, 6. Se embarazó a los 30, luego de convivir diez años con el marido, de haberse casado con él en el octavo año de la relación. Un asunto desquiciado. En su boda, dos carretas de libros fueron colocadas a la entrada del salón de recepciones, para que los invitados cogieran el volumen que quisieran. La idea fue de ella. Su otro libro preferido es El amor en los tiempos del cólera. Siempre se la ve andando como a disgusto, a los empellones, en compañía de su niña. A Estefanía le gusta callejear, y la pequeña limita sus expansiones. “La tuve muy tarde”, afirma.       

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