sábado, 12 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 5.)

*El sueño perdido entre tus ojos que no dan tregua, que me persiguen a toda hora, que se han vuelto verdugos. ¿Quién lo hace difícil? ¿Tú? ¿Yo? Tu voz. Es eso, tu voz rompiendo el silencio, torturando, negando la paz. La búsqueda ciega a través de la madrugada, el licor, el desvelo, la poesía. La pugna por ganar una postura firme en el día. Cuando menos se piensa, la confianza en uno mismo se debilita y, poco a poco, el ánimo se desmorona. Oh, infeliz. Las horas vienen a nuestro encuentro como sendas sin torsión y, de pronto: el abismo. Entonces el espíritu se exaspera, y algún inocente ha de pagar. El animal nos posee. Llega a existir una impetuosa fraternidad con la bestia acosada. Este voltear por el horario y las impostergables obligaciones con la generosidad a flor de piel. Aunque los poemas son casi siempre inasibles, nos conformamos con la perspectiva venturosa de una dádiva o de una responsabilidad aceptada y cumplida. Pero cuando caemos en un inopinado recoveco del infierno y los deseos ya no son mansas palomas y la templanza nos deja: ¡piedad! ¡Piedad! ¡Piedad! Uno es un monstruo. Esta lanzadera de días, horarios, auditorios, charlas. Hay que sumar a todo esto unos gramos de aburrimiento, otros de tolerancia. Ahí está el invierno, el frío. Y las palabras no prescritas, las músicas del alma, tu sonrisa que podría salvarme de la inminente catástrofe. El gesto que podría exhortarnos a lo sublime. Pensar que acaso, como Tzinacán, uno sea el elegido y, aun así, que debemos asumir una filosofía de la paciencia y la reflexión. Dejar de lado toda precipitud. Caminar, masticar, pensar despacio. Rumiar. El vértigo es una sensación placentera, pero infecunda y peligrosa. Tampoco hay que vivir cachazuda y torpemente, no. Simplemente, refrenarse un poco, moderarse, templar las pasiones. Maldita sea, ¿para qué somos animales racionales, entonces? Salir de la biblioteca universitaria y sentir la lluvia como una cosa bella y suculenta. Leer esas Baladas y canciones de Rafael Alberti. La exultante osadía de correr un tramo bajo la lluvia, mientras los timoratos se quedan resguardados en el pasillo. Canturrear una canción por los desiertos corredores, en ese ambiente propicio para los besos y el amor. Todavía al entrar al orinal seguir silbando esa música que viene de un lugar del alma donde batalla el mar. Encontrarse con Beatriz, la muchacha que dirige el espacio poético de los viernes al mediodía. Venir por el pasillo, sentir a la espalda pasos rápidos, volver el rostro y reconocer a Beatriz. Primero una sonrisa, luego un hola, un intercambio de frases baladíes, adiós. Pero qué maravilloso haber visto a Beatriz, oír su voz. Y Rafael Alberti, esa infinita sed de mar en el destierro. Baladas y canciones del Paraná. Poemas fáciles de leer. Páginas recorridas por un río inmenso, por una naturaleza vasta, virgen, asombrosa. Extensiones de pasto y firmamento. Lueñes horizontes. Caballos, vacas, ovejas paciendo. Bucólico escenario. Y esa profunda ansiedad del mar, de la patria, del pueblo natal, de los amigos vivos y muertos, de la literatura, de la guerra y su crueldad.  Las ansias de sentirse bien, beber un café con leche, saludar y decir hasta luego a ese muchacho oscuro que asiste al Taller de Estévez, condiscípulo en literatura griega. Sentirse inundado por  una sensación de connivencia con el prójimo. Nadie es perfecto. Todos estamos inmersos en lo cambiante.  ¿Y la dicha? ¿Muy cuesta arriba la dicha? Es en la cafetería, antes de ir a la clase. El vestido anónimo, la facha ordinaria de un estudiante cualquiera. Una camisa negra, un pantalón, unos tenis. Nada del otro mundo. El velo. El castigo de Adán. Angustia, obscuridad. ¿Por qué nos pesa el alma? ¿Alguien podría contarnos? ¿Diagnóstico reservado?

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