*Héctor (el fotógrafo de eventos sociales) y Fredy (el mono que después viviría en San Antonio de Prado, vereda La Florida) le informaron esa tarde, en el corredor del bloque 11, ante el parapeto del cuarto piso, de la muerte de Arizmendy. Fredy fue de los condiscípulos de la camada de primíparos, un joven muy alegre y sociable, con traza de hippie o de artesano, al estilo de Elina y sus amigos. Cuando Marcos se mudó a San Antonio de Prado (cuando empezó como profesor estatal) rumbo al colegio solía cruzarse con Fredy, que bajaba de su predio campestre rumbo a la tiza en otro barrio. Charlaban unos instantes, al borde de la calzada, en vena de buenos camaradas. En esa vereda vivían (de hecho viven aún) otros artesanos, entre estos una mujer tromponcita, a la que Marcos ve todavía por ahí, trasegando por el parque, ahora con sus años, aseñorada, con su buena papada. Esta debió ser pareja de Fredy, debieron vivir juntos. El mono se abrió y la mujer se quedó en el pueblito.
De esos primeros semestres databa
asimismo la amistad con Héctor. Coincidieron en la clase de Restrepo,
que dictaba Introducción a la literatura, y en cursos como Literatura griega
(con Hernán) y Literatura rusa (con Natalia Pikouch). Fueron los amigos
iniciales, que luego se irían esfumando, el primero de ellos, Arizmendy, que la
peló una madrugada de bohemia incurable en las calles de su amado Bello. Con
estos, aunque llegó a tener un trato cordial, no fue amigo de verdad. Arizmendy
falleció cuando adelantaba el pregrado, así que no se retrató en los tediosos
despachos oficiales, donde se solicitaba una plaza de profesor y se cobraba el
sueldo. Uno de sus encuentros ulteriores con Héctor, luego de que ambos se
graduaran, fue en el Distrito Educativo,
adonde Héctor fue a cobrar el salario de
maestro cofinanciado. Marcos aún no se había vinculado. Los maestros estaban en
paro. Héctor solicitó el cheque en la oficina correspondiente, pero no se lo
dieron. “Entonces, seguiremos en paro”, dijo, con una risita sarcástica, mueloncita, que pretendía incomodar al funcionario. A este se le daría un comino la risita y el comentario sarcástico de Héctor. En ese
tiempo en que comenzaba las diligencias para enrolarse, Marcos se cruzaba con
antiguos compañeros de la u en los despachos del Distrito, ese edificio de Los
Huesos. Allí se cruzó una vez con Loren, que tenía un negocio de tizas coreanas y las
ofrecía.
Luis tenía la misma categoría
contractual que Héctor, eran maestros cofinanciados, una parte la pagaba el
departamento, otra la nación. En esos días ya eran profesores en funciones,
mientras que Marcos todavía no se ubicaba. Marcos aún laboraba en colegios
particulares, y le atacaba la pachorra al pensar en las vueltas del enrole.
Pero al final acabaría por allanarse a la realidad. No podía darle largas, como
hacía Gallego, que desperdició tantos años, sacándole el cuerpo a la enseñanza,
hasta que por fin se decidió, con el consecuente atraso en lo relativo a la
pensión y esas cosas. Héctor, Luis y Marcos (y quizás también Fredy) ya estaban
jubilados, en tanto que Gallego todavía cogía el tajo, y más, en época de
pandemia. La imagen de Iván Arizmendy,
entre socarrona e irónica, caracoleaba en el recuerdo, entre los hábitos grises
(como decía Luis) de sus condiscípulos, que no habían tenido agallas para
largarse, que se habían sometido a una vida de indignidad ante el discutible
logro de asegurar la pitanza, conseguirse una casa, un carro, un terrenito.
Arizmendy se fugó, fue un maestro
de la fuga, otro Bach. Una melodía recóndita e inclasificable lo sugería en el
recuerdo de los que lo conocieron. Los que lo recordaban acaso fuesen pocos,
pero no podían olvidarlo. Alguno de estos conservó anotaciones en su cuaderno
de la época, apuntes en que lo salvaba del olvido. Sus rasgos, sus acciones,
algún escrito suyo, estaban allí. Era una figura entretejida de mariposas y
hojas de vid, con algo pletórico y jocundo, y también lastimado, al estilo de
Walt Whitman.
Arizmendy acaso los hubiese
superado a todos. Así, la noche en que, en un selecto auditorio de la Cámara de Comercio del Poblado,
lanzaron el libro laureado de Marcos, y Héctor estuvo entre los asistentes,
felicitando al amigo, tal vez quien debiera estar allí, recibiendo los honores,
fuese Arizmendy. Porque tenía madera, como decía Estévez.
¿Cómo hubiese sido Arizmendy de
profesor? Marcos lo imagina como un maestro feliz, risueño, paternal, de los
que se gana, de entrada, el aprecio de los estudiantes. No hubiese sido amargo,
como Luis, ni serio, como Marcos. Un locuelo, divertido y satisfecho. Por
supuesto, no se tomaría la enseñanza a lo trágico. Esto se daba por descontado.
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