*Autónomo, batido, cadáver, chulo, dormido, extinto, finado, gélido, huero, inmóvil, jugado, quieto, lueñe, muñeco, negado, occiso, pospuesto, quintaesenciado, resumido, solo, tundido, uno, varado, walhallado, xiloide, yerto, zafado, en fin, muerto. Es mediodía y estoy tendido de espaldas en una losa de la Facultad de Medicina, cubierto con una sábana. Para ser sincero, ignoraba este destino antecesor de la tumba. Borges me hubiese augurado un jardín de senderos que se bifurcan, una excentricidad de piedras azules o una celda donde acaso pudiera descifrar la escritura del dios. ¡Recalar en este antro desnudo donde los pichones de médico me picotean, vaya suerte! Como es época de inicio de vacaciones, el edificio está desierto. Casi todas las dependencias están cerradas. En una sala contigua a esta, una muchacha ataviada con una bata blanca se las ve con otro cuerpo tieso y terroso. Yo que destazaba a Faulkner y su método de la impersonalidad artística, hoy sufro el rigor del bisturí de estos jovencitos engreídos. Yo que me solazaba en el dominio de la sinonimia y competía con mis compañeros de la u al que enumerara más “parecidos” de una palabra, hoy, en la definición sucinta de los discípulos de Hipócrates, no soy más que un cadáver.
¿No es Marcos Pita quien entra en
este momento acompañado por un estudiante de último semestre? Solía cruzarme con Marcos en mis errancias
por los parajes de Bello. Yo marchaba abrazado con Patricia y él parecía tropezar con su propia sombra. Eh, Marcos,
¿qué haces aquí? Mira en donde he
acabado, en manos de esta tropa de buitres, una estampa que el mismo Kafka
podría reclamar como suya. Incluso a este prospecto de médico que hace tan
buenas migas con Marcos, creo reconocerlo, es un vecino del barrio. Claro. ¿Cómo
es que se llama? ¡Camilo! El doctorcito Camilo. Pero, ¿qué es lo que pretenden?
Me indigna esa mueca asqueada de Camilo. A pesar de tantos semestres, no ha
aprendido a dominar su fastidio frente a las emanaciones de los muertos. “Las
secreciones humanas son aburridoras. No hay nada más asqueroso que las
autopsias, abrir intestinos”, dice a Marcos. Me gusta la impasibilidad de
Marcos. Seguro que fue él quien pidió a Camilo que le enseñara esta sección.
Debió soltarle así nomás que desde hace tiempo sentía curiosidad por visitar
este lugar. Pero si Marcos frecuenta los garitos de Bello, varias veces lo he
sorprendido allí. También nos hemos cruzado en esa atmósfera noctámbula de los
bares de salsa. Es un poco más joven que yo, y tampoco se ha salvado de la
obsesión de las palabras. Asiste al Taller de Bagual. El viejo rijoso se quiere merendar a las potranquitas. Yo
no hago concesiones a esa moda de los talleres de escritores, que en el fondo
no es otra cosa que un círculo del mutuo elogio. Como decía el viejo Truman Capote,
si quieres escribir qué haces aquí, por qué no estás escribiendo en este
instante; o como decía Cesar Pavese, amárrate a la silla, que no sientas la
tentación de levantarte, escribe como un condenado. Patricia era la admiradora y la confidente de
mis escritos. A nadie más se los enseñaba. Me alentó a que enviara El sueño
perdido a un concurso. ¡Patricia! Mi hermosa Patricia. Camilo desliza la sábana
y expone mi desnudez a la seria mirada de Marcos. Muy bien, amigo, aquí me
tienes. ¿Qué es lo que piensas?
Con un tonito desabrido, Camilo
dice: “¿quiere ver más?” Marcos hace un gesto afirmativo. Camilo me destapa
hasta la cintura. Soy un cuerpo rígido, de morbosa coloración, la cabeza parda
y el torso amarillento. Una costura chapucera me atraviesa el vientre. (Traigo
el cráneo mondo. La boca entreabierta muestra pequeños y terrosos dientes.
Parezco un hombre senil. Blancos pelos tiesos en la cara. Pero, ¿soy yo? ¿Qué
se hizo mi barba de Walt Whitman? ¿La canjeé por aguardiente?) Suturas más
chicas aquí y allá. Camilo me golpea una, dos veces, con el índice en el
costado: “ya está duro”, dice. La materia putrefacta y negra parece querer
reventar por mis costuras. Camilo baja la sábana otro poco, y aparece mi pene,
terroso, con el glande carnoso, quieto, duro. Es un miembro viril de tamaño
regular. Más grande que pequeño, como le gustaba a Patricia, que seguro,
dondequiera que esté, pensará en esto, en su pene. Ven por él, ahora. Está
intacto, sin heridas ni costurones. Como si allí la tarea de la descomposición
fuese más lenta. “Este cuerpo está inyectado de formol”, dice Camilo.
“Suficiente”, dice Marcos.
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