martes, 8 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 2.)

Marcos le llama prófugo. Ninguno de su círculo de amigos se acuerda de él. Les pregunta, les da señas, y nada, no lo recuerdan. Inicios de la u, primeras cátedras, y todo ese fervor. No, no se acuerdan de esa barba que a veces se dejaba, de esos ojos volados, de esas risotadas alegres, de esos intempestivos abismos. Hombre, no lo recuerdo, tengo una imagen vaga. Es todo lo que atinan a decir. El de El sueño perdido, ese relato que la u publicó y divulgó en el Espacio Poético de los viernes al mediodía en el Museo. Ese texto que habla de un amor trunco, de una separación y un dolor. ¿No conservas la fotocopia? Amarillosa, casi desleída por los años, ¿no la conservas? ¿La hiciste picadillo? Hay otra hoja de esas, que guardas entre tus viejos papeles, donde aparece un cuento de Diana Bernal. Diana Bernal fue otra invitada al Espacio Poético. Diana Bernal sí estuvo allí, de facto, leyendo su Háblame en silencio al auditorio, saboreando la huera ceremonia del halago, mientras que él, a su turno,  no fue más que una sombra invocada, un nombre, un relato en una hoja reproducida por docenas. ¿De verdad no lo recuerdas? Estruja la memoria, devuélvete a esa época, baraja rostros. Incluso como terapia es saludable. Y a veces vienen unos tipos. Sí, es un  poco como una sesión espiritista. Se queda uno perplejo con los rostros que vienen. Esa Diana Bernal, por ejemplo. No, la prosa de él es superior, de lejos. El cuento de Diana Bernal es insípido. Quizás tengas una fotocopia de El sueño perdido por ahí, entre tus libros, doblada, quién sabe. Tal vez un día, buscando alguna otra cosa, como al descuido, salte la hoja con el cuento. Te sentirás impelido a leerlo, verás la fuerza con que escribía y te acordarás de él. Se perdió en el sueño, muy a lo Borges, su escritor preferido. A propósito, hay que releer a Borges. Su Sueño de amor le llevó a otras aguas, a parajes fatídicos. Marcos se pregunta si esa muchacha con la que lo vio caminando alguna vez es la misma de El sueño perdido. La forma como la abrazaba al avanzar por el borde de la calle, parecía que quisiera retenerla para toda la vida y la eternidad. Pero también se dice que ya ahí, en ese abrazo apasionado, revelaba su talón de Aquiles. Para Marcos es más fácil el desvío, la sequedad. No entiende del todo cómo una persona se entrega de tal modo a otra. El prófugo. Se fue una noche, en una de sus bebetas del viernes en el parque de Bello. Había bebido varios días seguidos. Ese día lo vieron en la u, ebrio. Estaba listo. Lo hablaría consigo mismo, que no era su propósito llegar a octogenario, como su querido maestro rioplatense, que mejor honraba el antiguo ideal griego de la muerte joven. Y bien, las fotocopias. El mimeógrafo. Los organizadores del Espacio Poético, los asistentes, el cerco de máscaras indolentes. No alcanzan a llevarse todas las fotocopias, queda todavía un cerrito. Es que no vino toda la gente que esperábamos. Es que la poesía no es que tenga demasiados seguidores. Es que al mediodía uno está pensando en almorzar, en hacer deporte, en darse la siestecita. Marcos siente que le palmean el hombro por la espalda. “¿Me pasas una fotocopia?” Marcos vuelve la cabeza y, sorpresa, ahí está el profesor Fabián con sus gelatinosos ojos tras los lentes, dulzones y perversos ojos. Es la clase de personas que asiste a estos actos, y que también infestan las salas de cine y de conciertos. Qué rostro asqueroso. ¿Y ese tipo ha estado todo el tiempo allí, detrás de él? ¿Y cómo es que Marcos no lo había descubierto? Qué horror. Esos tipos tienen sus mañas. El libreto es el mismo, o quizás introduzcan leves variaciones en el viejo formato. “¿Tienes un facsímil de los poemas?” No es la primera vez que siente el asedio de esos ojos repugnantes. Sigilosos, rastreros, han estado ahí siempre. Es la misma mirada que te escruta desde un lugar incierto del teatro donde asistes a una presentación musical, presta a abordarte en la confusión del interludio. El prófugo. Quizás él se libró adrede de toda esta miserableza, de una vez por todas, mandándose mudar. Con esas maricadas a otro.              

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