Atado a una rueda de fuego Ixión da vueltas en el infierno por toda la eternidad. Júpiter lo castiga por haber traicionado su hospitalidad cortejando a Juno. Ixión es el padre de los Centauros. Luego de la sesión con Restrepo sobre Cortazar y la literatura fantástica, la piel pegajosa tras un día de trajín, estoy sentado en un banco del corredor del segundo piso del bloque de idiomas. Miro el atardecer. El sol me golpea el lado izquierdo del rostro. Desde aquí observo las macizas columnas de la biblioteca central. ¿No es Carlos Eduard, mi colega en La Salle, ese que cruza la explanada? Como una ballena gigantesca y retinta, una nube cubre temporalmente el sol, privándole de su vigor. Voces, lejanas unas, como murmullos, otras más próximas, y el sol, ahora azul en el centro, oro en los bordes de la ígnea rueda, hace que recuerde a Ixión y sus biformes descendientes. ¡Cómo osas irrespetar a la mujer de Júpiter! Rey de los lapitas, Júpiter te asila en el Olimpo. ¡Y la embarras! Pero engendras a los Centauros. ¿Somos biformes? Más que eso. Detrás de mí una voz con tono conspirador, dice: "esa pelada es más chimba". Sí, son chimbas esas peladas. En un momento tendré que ir a clase de Taller Didáctico. ¿Qué tipo de hombre es el profesor de este curso? Es un hombre maduro, delgado, de color cenizo. Muy formal y decoroso en el vestir, brilloso y compacto el cabello negro. Su voz es cansada y lánguida. Una voz fría, lejana, acompañada de ademanes. A mi me parece que chochea, que parece una viejita dando consejos. Siento que hay algo caduco en él, a pesar de que todavía se ve joven. Su piel es renegrida, sin arrugas, me recuerda a un indio. En ocasiones mando al diablo al profesor y contemplo las piernas de esa compañera con cara de grilla. Es más emocionante. No son fáciles estos días. Son los días del racionamiento de energía. Leo a Soren Kierkegaard, Temor y temblor. Papá se levanta y entra a nuestra pieza, la de los varones, y sincroniza los relojes con la nueva hora nacional. De encima del chifonier toma los relojes de Jhony y Carlos y los cuadra, mientras yo hojeo la agenda vinotinto en busca del apunte de la chica que se quiso matar con pastillas. En el curso de Taller didáctico conozco a una muchacha que es sobrina de un finquero de Concordia, a quien conocí cuando viví allí de niño. Se llama Ligia. A Ligia la veo al mediodía, almuerza con dos amigas en el bloque 9. No la saludo, tal vez por fastidio, tal vez porque es mediodía. Sí, tal vez porque la veo fuera de la densidad que la noche le confiere, cuando estamos en clase de Taller didáctico, y salimos y caminamos y yo sé, más que nunca, que sus brazos son velludos, encendida su cara, como la del finquero de Concordia que es su tío, un hombre legendario por su valentía en los duelos con machete y pañuelo. Para mí Ligia no existe al mediodía, solo en la nochecita. Papá luego hace lo mismo con el rondel de madera del reloj de pared, sosteniéndolo con la mano izquierda, moviendo las doradas agujas con la otra. Por último, se sienta en el borde de la cama de Smith: "venga, también le arreglaré el suyo". Y busca el brazo de Smith bajo la manta. Smith duerme. Pero papá saca el brazo a la luz, desabrocha la manilla (el niño duerme con el reloj puesto) y comienza la tarea Es por esta época que, aludiendo, por ejemplo, a estas ocurrencias de papá, pienso en una serie de bellos momentos hogareños. Mientras sincroniza la hora del reloj de Smith, papá musita al niño palabras sonreídas, tiernas. Termina y ata el reloj en la muñeca de Smith. Papá sale del cuarto. Entonces miro el rostro de Smith: está enfadado. Entre dormido y despierto, se acomoda el reloj. Si mi reloj hubiese estado a la vista, seguro que no escapa a la corrección de papá. Lo tengo en el bolso. Una hora de adelanto, vivir las ocho, cuando en realidad son las siete. Soberano lío. En estos días salgo con Magnolia y leo Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke. Lou Andreas Salomé. Tenías que ser de por allá, de San Petersburgo, de la inmensa Rusia. Rilke. ¿Nietzsche? ¿Freud? "Ningún terreno de la experiencia humana está tan provisto de convenciones como este (el amor): ahí están el cinturón salvavidas de la invención más variada, la barca y el flotador; la convención social ha sabido crear escapes de toda especie, pues, estando inclinada a tomar la vida amorosa como una diversión, debía también darle forma fácil, barata, sin peligro y segura, como son las diversiones públicas", Rilke. Ah, es mi alegato con Magnolia, cómo no me ajusto a esos banales arquetipos del amor, por eso soy un tipo extraño y, en definitiva, un aguafiestas. Atados a la rueda maniática de la academia, como Ixión, giramos, como las manecillas del reloj. Claro, la rueda de Ixión es el reloj del infierno. Lucifer también debe sincronizarlo con la hora nacional. Así nosotros rotando de aula en aula, de profesor en profesor, de lección en lección. A veces uno zanja el asunto no asistiendo a clase. Pero entonces no vemos a Ligia. "A las doce de la noche modificarán la hora nacional", reflexiona mamá. "El primero de mayo a medianoche". Entonces ya no serán las doce sino la una, y tendremos que prolongar la vigilia para sincronizar los relojes, sino queremos trastabillar en el caos. Las menecillas del amor, digo, del reloj. Rilke. La rueda del tormento. Se llama Ligia. Después que nos vemos, siempre acompaño a Magnolia a coger el bus. Me vuelvo solo, pensando en Ixión. Kierkegaard es otro asunto: la fe.
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