viernes, 11 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 4.)

*Iván faltó a la u una semana, sin que nadie diera razón de él. Cualquier tarde, luego de la sesión de literatura rusa, Marcos se cruzó en el corredor con Héctor y supo la noticia de labios de este. Quedó mudo, extraño.Se paró ante el pretil, al lado de Héctor, mientras los compañeros de clase se marchaban sin molestarse en despedirse, como si él no  existiera. Sí, los muchachos se alejaron por el pasillo, hablando animadamente, muy amistosos entre sí, ajenos a su dolor, a este golpe que lo tenía al borde de las lágrimas. Héctor añadía detalles. Se hablaba de suicidio, de desengaños amorosos. Marcos se dijo que Arizmendy había seguido el ejemplo de Tzinacán, el personaje borgiano, irse de este mundo sin revelar el secreto. Porque, ¿qué es un hombre ante los designios del Universo? Nadie. Nada. Tal vez por eso se había mandado mudar, llevando el pensamiento de su autor preferido a su lógica consecuencia. Igual que Tzinacán, prefirió la oscuridad y el olvido. ¿Penar por una mujer? ¿Desvivirse por los sueños triviales que la sociedad blande como acicate? ¿Aspirar a la meta de los profesores, una pensión miserable tras treinta años de deslome? ¿Realizar una obra? Hasta eso era  vanidad. ¡Se ha escrito tanto! ¿Para qué seguir borronando cuartillas? Se puede tener talento, pero a veces se requiere más que eso. Fortuna, por ejemplo. Estrella. De otra parte, somos demasiado ególatras. Si en realidad se creyera en algo. ¿Qué había sido la pasión con los libros? Un altar levantado al paganismo. La confraternidad con los espíritus más rebeldes y telúricos. Un panteón de apóstatas. Nietzsche, por ejemplo. Marcos trató de vislumbrar la mínima lucecita de una tomadura de pelo en las palabras de Héctor, pero no vio sino el desmadeje que cualquier alusión a la muerte de un ser querido provoca en la gente. Qué irónico que fuera Héctor quien le comunicara la novedad. Marcos se acordó de que, días atrás, tuvo desconfianza de Héctor al ver que traía una cámara fotográfica en el morral. Héctor era fotógrafo de eventos sociales, ya se lo había contado. Sin embargo, una emoción enrevesada hizo nacer en Marcos la  sospecha. Fue una cosa momentánea. Salió de la ciudad universitaria. La tristeza lo llevó al Gatopardo, la taberna del frente, a una cerveza, a una desolación sin flancos. Escribió en su cuaderno unos versos desconsolados. Luego, en el humillante hacinamiento del bus de Bello, oprimido por la brutal confabulación de hombros, caderas y costados extraños, pensaba en Arizmendy. No era la tenacidad con la que lo pensaba la que le encharcaba los ojos, sino la idea de que el amigo estaba muerto. Héctor acababa de referírselo. No era que no creyera lo de la muerte de Arizmendy. En una sociedad genocida, la desaparición de un hombre es cosa corriente. ¿Qué escepticismo cabía? La historia reciente de la ciudad era la vaharada de un cementerio. El país estaba bañado en sangre. Qué vaina. Una cuenta más en el rosario de fantasmas de la memoria. Quizás era eso lo que agobiaba. No tanto las circunstancias objetivas del fallecimiento del camarada. Si se suicidó o lo mataron, carecía de importancia. También el lugar donde lo habían sepultado. Marcos pensaba en la cadena de sucesos que se resolvían en esa vida noctámbula e insatisfecha llamada Iván Arizmendy Posada. Cómo esa rutina taciturna y excéntrica se volcaba en un propósito supremo: la literatura. De todos esos días, esas coincidencias, esos diálogos en la u ¿qué quedaba? ¿Cuál era el sedimento de ese precipitado de los días? El recuerdo, sin duda. Para recordación quedaban las carcajadas festivas de Arizmendy, su figura dispar y sus seguidillas de sinónimos: hombre, animal racional, homúnculo, criatura, individuo, macho, persona, prójimo, semejante, mortal.  Claro que era un mortal. Marcos hasta jugó en la mente con el archisabido silogismo: Todo hombre es mortal, Cayo es hombre, luego Cayo es mortal.  Pero eso no explicaba nada. Beatriz, esa joven que también vivía en Bello y que lideraba un espacio poético los viernes al mediodía, le honró con un homenaje póstumo, la lectura de uno de sus escritos: El sueño perdido. La cita fue en el Museo. El facsímil del relato fue repartido entre los asistentes.

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